El Delta Panorámico es el mundo ficcional en el que transcurren todos los libros publicados por Marcelo Cohen en la última década. Fue inaugurado por los relatos de Los acuáticos (2001), y Balada, su novela más reciente, como un islote recién emergido a la superficie, no hace más que expandir y reconfigurar sus límites. Y aunque a esta altura se pueda tener la impresión de que Cohen siempre trabajó meticulosamente sobre la misma maqueta, basta hojear sus libros de los años ochenta y noventa, y cotejarlos con sus datos biográficos, para hacerse una idea de la génesis o fundación de este espacio literario.
A mediados de los noventa Cohen regresó a la Argentina después de veinte años de exilio español. Era, por aquel entonces, un escritor de culto (y un muy destacado traductor literario). De la novela rockera El país de la dama eléctrica (1984) a la ciencia ficción distópica y retrofuturista de El oído absoluto (1989) y El fin de lo mismo (1992), con una decena de libros publicados Cohen había configurado una obra por demás singular, al margen de las tendencias dominantes de la literatura argentina. Fue esa distancia que mantuvo con el campo literario local –y con el español, al que nunca se integró– lo que le permitió ir libando una obra única, difícil de catalogar, que abrevaba tanto en Ballard y la speculative fiction anglosajona como en Leopoldo Marechal y Lezama Lima, por citar algunas referencias.
Fue una vez de vuelta en su ciudad natal, que el proyecto del Delta Panorámico fraguó. Era una forma de no estar en Buenos Ares, incluso estando físicamente, dice Cohen. “Me daba mucho miedo esta realidad invasiva y abrumadora, que me provocaba reacciones, tanto en el gusto como en la repulsión, mucho más intensas y violentas que la española. Entonces me inventé este lugar al que me voy todo el tiempo en que no estoy inmerso en la realidad nuestra tan problemática.”
Novela de aventuras en clave de comedia romántica, Balada transcurre en la isla Asunde. Después de escuchar a Deisi Munava, una enigmática gurú espiritual, pronunciar un número en voz alta, Lerena Dost apuesta y gana una fortuna en la lotería. Pero hay algo –llamémoslo culpa o agradecimiento– que la impulsa a dar con Deisi y para encarar la pesquisa convoca a Susano Botilecue, un viejo amor del pasado al que Lerena le había roto el corazón sin piedad.

 

Aunque no es una típica historia romántica sino más bien un coletazo tardío o, en términos musicales, un reprise, en Balada se habla en forma explícita acerca del amor. Que es lo único que da sentido al mundo o que licua el bloque de piedra que hay en lo más recóndito de todos los seres…
Suena bastante melodramático (risas). Balada es una comedia romántica con un dejo de otras cosas. O es la comedia romántica que podía escribir yo. De manera que esas frases pueden ser ciertas o pueden ser pura grandilocuencia del narrador que tiene simpatía por estos personajes que, cuando ya no tenían que ver el uno con el otro, deciden embarcarse juntos en la búsqueda de un objetivo muy preciso. ¿Qué decir? ¿Donde hubo fuego, cenizas quedan? ¿Que hay un rescoldo amoroso? Yo prefiero decir que a veces los cortes amorosos son prematuros y las relaciones siguen de largo sin las personas involucradas. El amor se metamorfosea, parece que se extingue, y a veces no.

 

Un torrente, como diría John Cassavetes…
Los españoles con su amor por el lugar común dirían que es como el Guadiana, ese río que desaparece y después vuelve a aparecer. No encuentro el símil, precisamente por eso escribí la novela. Lo cierto es que el amor nos puede convertir en estúpidos, pero también nos puede librar de muchas tonterías. El amante es implacable, pone el dedo donde más duele. El amante te enseña, siempre y cuando quieras prestar atención. Por eso tantas veces uno se escapa, porque no puede tolerar que lo hayan descubierto.

 

Hablando de baladas, ¿cuáles son tus favoritas?
I’ll Be Seeing You me conmueve hasta la médula, cantada por Billie Holiday o por Ricky Lee Jones. Y también baladas pop, como las de Stevie Wonder. Sobre todo esa que dice (Cohen tararea la letra) “My premonition misses” ¿Cómo es que se llama? (Se levanta y busca en su discoteca, mientras sigue tarareando) ¡Lately! Y Michelle, de los Beatles, también. O She, de Charles Aznavour. O baladas de Litto Nebbia como El otro cambió, los que se fueron o Haz tu mente al invierno del sur, que cantaba Gabriela. Y las de Spinetta me gustan muchísimo.

 

La figura del líder espiritual, en este caso Deisi, está presente en casi todos tus libros. ¿Te parece que puede accederse a la experiencia mística a través de los textos o que la figura del maestro juega un rol crucial?
Yo creo que hace falta un maestro, aunque puede no tener un certificado de magisterio. A todos los que les importa dar con, como decía Plotino, lo más importante –llamémoslo gracia, iluminación o el fin de la ansiedad, pueden llegar conversando con ciertas personas que se lo han tomado muy en serio. Cuando uno está verdaderamente sumido en esa búsqueda, que no es evidentemente mi caso, va y busca a ese tipo. Pero uno también puede sentarse y meditar, o hacer un psicoanálisis profundo. Todo eso funciona. Y la literatura también sirve para eso.

 

¿Te pasó de haber tenido crisis con la escritura, de desencanto, de replantearte por qué, para qué escribir?
Duran poco, pero, cada tanto, aparecen. A cierta altura de la vida, después de haber hecho tantas horas esto, al cohete, porque sí, porque te impulsaba qué exigencia, qué búsqueda de placer, qué necesidad amorosa, o qué sueño de realización, no importa; después de tantos años de haberlo hecho, te das cuenta que esto de escribir no tiene objetivo. Sin duda, como bien dice Aira, con el lápiz te dan el narcisismo. Pero llega un momento en que te das cuenta de que está la muerte, que después no hay nada, y que lo que más te gusta de hacerlo es estar haciéndolo. Yo me siento más pleno cuando el motor está funcionando. Cuando estoy escribiendo mi relación con el mundo es más viva, la percepción está más despejada, los sentidos están más atentos, y me llevo mejor con la gente. En mi caso los momentos de escribir duran lo que duran, y están mezclados con montones de otras exigencias. Si no, no podría hacer una revista como Otra parte. Lo que me molesta es no tener momentos de silencio en que no pase nada.

 

¿Es una cuestión higiénica?
Hay que tener tanto cuidado con las palabras, “higiénica” no es la correcta. Hay que tratar de despejar la percepción. No se trata de limpieza. Y si es una limpieza, es pasar el paño (risas) para que el vidrio no esté muy empañado. Para que la mente se apacigüe y evacue todo lo que no le sirve, lo que juzga que no la está alimentando.

 

Sos un lector voraz e incasable. ¿Con la lectura te pasa algo parecido?
Cada vez más, con los años, leer se volvió el placer esencial. Pero también me doy cuenta de que no sentiría tanto placer, si no fuera yo mismo escritor. Si no escribiera, no leería tan contento. Hay un resto de competencia con lo que lees, siempre. Aunque no veo posible escribir mejor que alguno de los escritores que admiro mucho. Eso para mi está liquidado. Mi relación no es la de Wallace Steven con Eliot, o la de Pound con Whitman. No es esa: los escritores que más admiro, me resultan inalcanzables.

 

¿En quiénes estás pensando?
El primer nombre que surge, como narrador, es Faulkner. Este verano lo estuve releyendo y me di cuenta de que esa monumentalidad dolorosa, esa torrencialidad donde se confunde imaginación, desgracia, agudeza de la percepción y audacia de la innovación, tragedia y ridículo; las formas del tiempo, el pasaje de las generaciones, la locura familiar… Toda esa corriente turbulenta y llena de remolinos que es una novela de Faulkner, está muy cerca de la locura. Uno empieza a tener la sensación de estar escuchando a un loco. A un loco iluminado. Y lo seguís porque la felicidad que te da es que el tipo se inventó una lógica. Y después están Kafka, Flaubert, Beckett, Joyce… O poetas como Pessoa, Eliot, Ponge, Michaux: ¿quién puede escribir como esos tipos? Seguramente saldrá el que escriba como ellos, pero uno no es tonto. Algunas cosas salieron más o menos bien, me lo dicen algunos lectores; no es que uno sienta que es un fracaso, pero conoce sus limitaciones.

 

Los personajes del Delta Panorámico, más que en papel, leen soportes similares a las tabletas. ¿Crees que seguirá habiendo, más allá de los libros, una literatura inmaterial?
El sentido de la literatura es la expansión permanente de sus límites. Yo creo que las literaturas inmateriales van a prosperar simplemente por la inquietud de la renovación, que es parte de la gracia de hacer literatura. La necesidad de escribir, como acto físico, y de obtener un documento de ese momento de escritura, es un impulso muy resistente que no desaparecerá. Da mucho gusto a las personas que lo practican, satisface necesidades, y sigue dando placer, estremecimiento, dolor y conocimiento a los que leen. Tanto el libro de papel como el electrónico, son objetos que uno tiene entre manos, donde hay unos signitos oscuros que en interacción con la mente, provocan la aparición de mundos, de personas y suscitan pensamientos y emociones. Es muy raro. Ya de por sí eso tiene un componente inmaterial muy fuerte. ¿Dónde tiene lugar? ¿En la mente, en los signos, en la mano que sostiene, en la luz que alumbra el texto, en el texto mismo? Me parece que es una adquisición de la humanidad, ya está en nuestros “memes”, que según el biólogo Richard Dawkins son algo así como genes culturales. Lo ves cuando un tipo entra un bar y necesita tener algo en la mano y ponerse a leer, aunque sea el Olé. La lectura es una necesidad de la especie.

 

¿Te imaginás escribir ficciones que no transcurran en el Delta Panorámico?
El Delta Panorámico se me hizo muy práctico porque puede pasar todo lo que pasa por mi cabeza. Me permite una ilusión de unidad, y de contar cualquier cosa viéndola desde afuera. Es un campo en donde lo que vivimos como realidad aparece como alucinación, y la lógica en la que nos movemos, aparece como un capricho. Me siento muy cómodo ahí. Pero al mismo tiempo me gustaría escribir una historia gótica sobre la Buenos Aires actual. ¿Qué narrador no siente la tentación de escribir una historia profusa que transcurra en los rincones que solo él cree conocer de su ciudad? A veces pienso que, tal vez, un escritor del Delta Panorámico, un personaje llamado Marcelo Cohen, pueda inventarse una ciudad completamente extravagante, llamada Buenos Aires. Ese es el truco que se me ocurrió. Espero llegar a hacerlo.

 

Sos un muy reconocido traductor literario, pero tu obra narrativa es prácticamente intraducible. ¿Vivís esta paradoja como una especie de karma, o es una estrategia deliberada?
Yo no me di cuenta de que me estaba volviendo intraducible. Y cuando me di cuenta, ya era tarde. Muchas veces algún extranjero se entusiasma con mis libros y me avisa que lo está traduciendo por gusto o desafío, pero después se da cuenta de que lo que va a dar en otro idioma es algo tan extravagante que probablemente va a ser muy poco leído. Pasa con otros escritores argentinos: es muy difícil traducir a Leónidas Lamborghini, a Zelarrayán o incluso a Cucurto. En la medida en que las lenguas se vuelven enormemente específicas, la traducción se hace más complicada. Y en el caso mío está la invención de palabras nuevas que manifiestan un mundo, determinado e inexistente, con sus propias reglas. Nunca pensé “¿y esto, cómo se va a traducir?”. Y ahora, como dirían las madres, mirá las consecuencias (risas).

Publicado en la Revista Ñ, octubre de 2011.

Publicado el por matias capelli | Deja un comentario

First thing in the morning Fernanda has a double espresso, or an orange juice, in one of four Starbucks in Leeds. She might be reading a pocket novel that cost her six pounds, leafing through the newspaper she buys almost daily, or, sometimes, gulping a glass of water to get an aspirin down on an empty stomach. She buys them every so often, always at the same pharmacy. Once a month, she pays forty pounds for her phone line and cell, twenty-five for cable and broadband internet. Lights, gas, water—fifty all in all. She doesn’t pay rent because a friend, who went off to Italy for “a year, maybe two,” loaned her the apartment. She buys books once a week, usually on Tuesday morning, Thursday afternoon, or, rarely, Saturday. She always goes to the same supermarket, once a week or every ten days. In total, it’s not much more than what she spent in Buenos Aires when she lived there by herself in the middle of the last decade. She regularly burns through five-pound long-distance phone cards in a single call. She eats out once a day, at noon or at night. She doesn’t take many taxis or buses, and almost never buys clothes, but sometimes she takes the train to London and goes to the movies, to shows, to bars, to rooms in three star hotels, sometimes doubles, then buys a subway ticket to Victoria Station and a couple of cups of coffee before coming back. But most of the time, she’s running late and hails a cab, because Fernanda is almost always late when she has to take a train, bus, or plane.

Lekman organizes the bills she sends him every month. He spreads all the slips out on the big table in the living room, which he rarely uses these days. He groups them face up, first by day, making three long rows of ten days each, then by category: “room and board”, “food”, “personal spending” and “research materials”. He glues one or two receipts on A4 paper, hole-punches, and writes the dollar total on each; then he adds up the entry totals, gets the monthly total, converts to pesos and puts away each page in one of the four categorized folders he has to present to the British foundation that gave Fernanda a one-year grant with an optional year-long extension. With time, he’s got used to doing this while thinking of something else, maybe a half-finished painting, or what he’s going to have for dinner, or how to shape that image, that minor revelation he’d had the day before, in the countryside, a chicken climbing a ladder leaning against the house wall, the light in August on a winter afternoon.

He doesn’t pay much attention while he puts it all together. That way he won’t read too deeply into the meaning of certain receipts that, at first, triggered a blend of surprise, indignation and pain (although he sometimes still blanches, especially to think that she wants him to know, that it’s not absent-mindedness). Those trips to London, for instance, or what exactly she buys at the supermarket. And that receipt for a twelve-pack of condoms—Durex brand, two pounds fifteen—he found a while ago, hiding in a long list of innocent products: frozen broccoli, Guatemalan coffee, toothpaste, and three bottles of carbonated water. But Fernanda never said anything about it, and Lekman found neither the moment nor the way to ask.

A high-school girlfriend used to tell him he was shy because he was born in Norway. Lekman’s family arrived at the height of the dictatorship, and he was still a child when his father was transferred to the local office of a French bank. Juana was the first and only girlfriend of his adolescence. They went out for a year, exactly; she broke up with him the day before their anniversary. Apart from the months that followed, Lekman was solitary by choice. Regardless, or maybe because of this, women were attracted to him from a very young age. His Scandinavian genes gave him an early growth spurt; at fourteen he was already 1.75 meters tall, had sculpted arms, and looked about twenty.

Lekman got his first kiss from a friend’s mother at a sleepover. He’d sneaked into the kitchen to eat something and found her barefoot in her nightgown, the refrigerator door hanging open. Her lips were cool, like she’d just drunk water from the mouth of a pitcher, and they tasted slightly sweet. The morning after, he panicked at the thought of the scandal that would break. Later on, he only thought about what he’d do the next time they were alone together, but he didn’t get the chance. He started seeing Juana shortly after. She liked him less for his Nordic features than that he sang and played guitar. Besides Juana, his only audience consisted of the few school friends who used to come over to his house, including the one whose mother he’d kissed. They said they liked his music, but that it was a little weird.

Lekman studied law for a couple of years, until he realized he didn’t want to be a lawyer or a musician. Maybe in Norway, but not here. He wanted to draw and paint, and signed up for a workshop. He quit law school a year later, kept working, and started taking private classes with a prestigious teacher. Another year went by and he worked less and less in the office. Everyone was impressed with his first group show, and two critics said something about his work that he didn’t understand but had the tone of praise.

He left his teacher after he arrived for a session and found him in his underwear, dragging himself from one end of the studio to the other, unraveling an enormous ball of red wool, his chest chafing against the wooden floorboards, his gaze absorbed in the point of the thread. He had several interviews with other teachers, but he didn’t hit it off with any of them—moreover, it was a fairly difficult moment in his development to start over with someone new, and it would be better to go on alone or give it a try abroad, a change of air, one of his interviewers said while shaking his hand goodbye.

He sent out copies of his best works to various international institutes and got no answers except from a Portuguese school to which he didn’t remember applying. He decided to quit the job his father had got him in the French bank, to lock himself up and paint, living on occasional illustrations for a children’s publishing house. And though his father didn’t know why, from then on, every time they saw each other, he pictured his son in his school uniform, sitting on a felt chair in the auditorium. It’s that the artist always has to get up when he’s sitting comfortably, said Lekman. But perhaps the chair won’t be in the same place when you want to sit back down, his father responded, because the world turns, and then you have to stay standing, like an idiot, until you die.

Six months later he had his second group exhibition. At the beginning, reviews are more important than sales; for that reason, presentation is just as important as the work, a critic told him. That month he sold a painting, his father bought a second, and he got an email from one Fernanda López, a journalist who wanted to interview him. Now, Lekman is much less naïve; years have passed. Still, every time he remembers those conversations with his father he feels a certain tenderness—in their time, those words served a purpose, to encourage him, to help him face his father, to inflate to epic proportions certain decisions that he wouldn’t have had the courage to make under different circumstances. What’s certain is that, without turning wholly cynical, he gave in a long time ago and adopted the words and modes of contemporary art, most of which Fernanda taught him. Now she doesn’t write much and rarely calls—once every fifteen days or so. But when they do talk, it’s for a half-hour or more, especially on Sunday afternoons, when it’s midnight in Leeds. Those Sundays when she comes back from London, as he later confirms with the receipt.  She must be feeling that blend of emptiness and guilt.  Sometimes he feels it too.

To fill a silence, Fernanda asks if everything is all right with the papers, and reminds him to submit them on time, so that they authorize next month’s expenses. He tells her not to worry, it’s a boring job, but he likes mechanical tasks because he doesn’t have to think, it’s nice after spending whole days shut in, working, “it clears my head”. Like driving to the countryside: the empty road, straight ahead, at 140 kph. She asks him if he’s kept away from cigarettes, and he lies and says yes. Lekman tells her he just won a grant for a six-month project; he’s confident, even though he still doesn’t have a clue what he’s going to do. She asks him to mail her some sketches as soon as he has them. And please don’t forget the text that opened the catalogue of your first multinational-sponsored collective show. It’s going to be very useful for her thesis. He says “sure”, and they say goodbye, but he never does it. Sometimes one says, “I love you”, and the other says “you too”, sometimes one says it and the other stays silent, sometimes neither says a word.

He has to hand in the folders Monday morning and he’s hardly opened the British woodpaper envelope on the living-room table. For the first time, he asks himself why he’s doing this. But he promised, and besides, Fernanda doesn’t have anybody else, so it’s better get it done as soon as possible. He tries to think of a new system or way to organize the folders and get focused. On Fridays, he always wakes up early at his country house, and he’s already tired when gets back to his apartment in the city after a light fifteen-peso lunch and a mineral water at a roadside parrilla, 90 pesos of gas and 4.20 in tolls. Besides, staying home alone just complicates the situation. And if he goes out with his friends, they all end up drinking around a table, wine or whiskey, going to the bathroom one at a time, everyone talking except for him, talking endlessly, and Lekman gets sluggish, dozes off, jolts awake to his friends laughter—they’re cracking up, and he apologizes. He got up at seven in the morning, took the highway home, and he’s tired.

He’s still got work to do, and what’s worse, the holes in the rows of receipts are days when Fernanda vanishes. Sometimes this disturbs him, sometimes he comforts himself with the thought that if there aren’t receipts there weren’t expenses, and if there weren’t expenses she must have stayed in her apartment. Sometimes Fernanda goes to the movies and watches two in a row, because in Leeds there are single screening room theaters that offer different films on the same day. Or she goes to the supermarket, buys everything she needs, and comes back fifteen minutes later to get something she’s forgotten. Lekman sometimes thinks it’s strange that, in spite of the distance, he now has a better record of her activities than when they lived together. And from what he can tell, she’s barely making progress on the thesis she got the grant for. She’s as scattered over there as Lekman is here, with an individual exhibition scheduled at the end of the year—an important gallery, who’d have thought—and also the fellowship and the crippled ranch.

Bordering a swath of dry pasture near the wire fence along the highway, the ranch, really a 1500-hectare lagoon, was flooded until last year. And out of nowhere a local entrepreneur appeared, offering to rent it from Lekman’s father. He wanted to exploit the lagoon: get a fishing club together, put in a dock, transplant trees, nail in beach umbrellas, sow fish, build barbecues and bring some motorboats. He paid, punctually, for ten months, but one Monday, around midday, he let them know there were some problems.  Before the first contract year was over, the lagoon dried up and the club closed.

That was around when Fernanda decided to go to England to finish her Doctoral thesis, a comparative study of a British painter and four young artists from emerging countries. None of the five had been born in the country where they currently lived. They emigrated as children and, for some reason, were developing much more radical works than the rest of the artists in those countries, or something like that, Lekman never really understood the whole project, like many of the articles Fernanda had published over the two years they lived together.

The English one, born in Turkey, emigrated at nine. He’d had shows in New York, Amsterdam, and a small retrospective in his native Istanbul. He is one of the few living artists who Lekman admires. He had been the one to introduced Fernanda to his work, telling her about it for entire nights on a trip to Europe a little while after they started living together. The Argentine is Lekman. Like him, the other artists are just starting their careers, “it’s that I prefer less high-profile artists, virgins to academic attention”, Fernanda used to say, and Lekman couldn’t help but feel a slight chill every time he heard her speak those words.

At first he’d thought in her terms: he had much more to gain than the rest, nevermind the Englishman, or Turk, who was already quite famous. In other words, the comparison was going to be very beneficial for his work. Only his father would use that word, he thought. It was several months before he figured out that the English Turk probably lived in Leeds or London. It’s the second revelation of the day, this Friday afternoon, looking out the window, making coffee with the remnants from two packets he found in the freezer.

He imagines her this very night, gazing absently after eating a set menu with a pint (five pounds ninety) in some chain pizzeria, like almost every Friday she doesn’t spend in London. Meanwhile, he’s making afternoon coffee, the receipts spread all over the living room table. Of course he’s OK with her buying condoms. He also buys them from time to time, not twelve, but little packets of three. What he can’t stop mulling over are the trips to London. Let’s say with the British Turk. It must be interesting, of course, even he would like to meet him. But why always to London and not to another city? Why not Scotland? And anyway, what does this have to do with a postgraduate study in Comparative Arts, and how is it that it doesn’t seem suspicious to the foundation, which is so meticulous about the receipts?

 

He looks his day over backwards and forwards, opens the fridge: empty plastic bags, empty bottles, and a lidless jar of jam. The only way to save himself tonight is to put some food in the fridge and stuff himself.  On his way to the supermarket he sees a poster for a recently premiered U.S. movie Fernanda saw months ago. He’d seen the orange ticket with the name printed on it. And though he doesn’t know why, when he notices a girl wearing an English band T-shirt he thinks that painters living in England have it easier than Argentines, as is almost always the case with rock bands. He buys fresh as well as frozen food. Some of the brands are similar to the English ones, not as many as before, but a lot, in any case, excluding kitchen items.

Lekman buys two bottles of beer and two of mineral water, and for a moment he contemplates his own receipts: drinks, paints, canvas, gas, tolls, and supermarket tickets, like the one the cashier, who’s Chinese, Korean, or Japanese, puts in his hand with his change. She scrutinizes her nails as if the contact with the coins had chipped her polish. Lekman counts the bags—there’s a lot—and asks if they have delivery service. The cashier says yes, taking a wad of hundreds from inside her jacket or her bra, he can’t quite see, into which she folds the two he just gave her and shouts something in Japanese, Korean, or Chinese. Someone who could just as easily be a second cousin as a pseudo-slave emerges from the back door, puts the bags in a shopping cart, and waits.

The idea of walking three blocks with a stranger makes him uneasy at first. He walks quickly, ignoring the supermarket employee from a few steps ahead. Lekman can’t tell if he just got to the country or has been here for years, always shut in the back stockroom. If he only goes out on deliveries and only knows this part of the city, which must be like a dream, an interruption of his dim world of organizing food in the stockroom shadows, whiling away his time in a pine bunk bed, pining for monsoons.

Now they’re traversing the cracked sidewalk of an avenue. Passing busses honk their horns. Lekman glances back when he crosses to see if the delivery boy is still following him. And he begins to think, first from boredom and then with immoderate morbosity, about how far the other, who by his way of walking must have pulled a rickshaw with an umbrella in the back in his native country, would follow him. At what point would he say something, how many blocks would it take? How far, literally, would he take his servility, and if he said something, what would it be, in what language? Would he push the cart away, shout an incomprehensible insult, and go back to the supermarket, or would he try to fight him? Or would he get lost, not knowing the way back, and wander around the neighborhood, hallucinating in an unknown city? Maybe he would find another Asian supermarket where they would understand him and show him the way back, or maybe he would just stay there, better off than he was before; he’d have a little patio in addition to the stockroom, the beds wouldn’t be bunked, and he’d meet a cousin who came to the country in a different litter.

Lekman starts to feel an almost infantile exhiliration, as if in some way he were revenging himself on all the immigrants in the world, starting with this one and the Southeast Asians, but also the British Pakistanis and the other four plastic artists. And he turns and crosses as if he were alone, like he’s been crossing for months, ignoring Fernanda’s warnings. She always made him cross when the street was absolutely empty. A dark car turns the corner, passes Lekman and hits the Asian with the shopping cart.

He studied law for a few years, and although he’d failed Criminal (this was the reason or excuse for quitting Law school), he knows he has some responsibility for the incident and it scares him. The man from the supermarket lies among the scattered bags and groceries on the asphalt. He doesn’t look hurt. Two men get out of the car, one with a beard and long hair, the other tall, like Lekman, but sturdier. There are two women in the back seat. The men look at the Asian and ask him with gestures if he’s O.K. They look at Lekman, then at each other and back at the Asian. The two men offer him a ride back to the supermarket. He either doesn’t understand Spanish or can only get back by muscle memory.  He says ‘no’ with his hands and head and leaves.

Then the bearded guy tells Lekman to get into the car, that they’ll take him home. Lekman doesn’t say anything, and he gets out again and tells him not to worry and to come on in. “Don’t worry”, he says, popping the trunk and putting in some of the bags with undamaged food. Lekman, still suspicious, climbs in as if the crucial thing were not to be separated from the bags. He closes the door, his stare fixed through the window on the Asian from the supermarket with the shopping cart, which rolls away, fortunately, in the right direction.

In a second he’d gone from lamenting the monotony of his life through the lens of his expenses to imagining himself in a police station. He calms down a little and distracts himself. He’s in the back seat, sandwiched between two girls. Though he has a good idea of what they look like, he hasn’t been able to give them a thorough once-over. They’re wearing miniskirts and they smell good. The car goes two more blocks and turns onto the avenue heading towards the city center. Lekman realizes that they’re not bringing him to his house when they go under a bridge. He considers jumping out at some stoplight, but he would lose everything in the trunk, almost two hundred pesos worth of food.

They stop at a bar in an office district. There’s a woman in the doorway crying into her hands. Then they go down a basement staircase and sit on some couches. The place is empty apart from them and looks deserted. The music is two or three years old. One of the girls goes into the bathroom, and one of the men, the bigger one, follows her after a minute or two. Lekman pictures her against a wall, skirt up, stockings down, the man’s leg wrapped around the toilet. But she comes out and whispers something in the other girl’s ear, a blond with apple-sized breasts that jiggle in her shirt’s low neckline. He’d guessed that she was the other guy’s girlfriend but they go into the bathroom together, and he’s alone with the bearded one, at opposite ends of the couch.

He lifts his hand to call the waitress, the same woman that was crying outside ten minutes earlier. He orders a drink. The music is bad and it’s loud enough to discourage conversation. Anyway, he wouldn’t know what to say. He downs the drink in one gulp and occupies himself with worrying the straw until it’s unrecognizable. The waitress sets down two identical glasses, leaves, and they remain silent. Lekman starts to search through his jacket and wallet and the others’ jackets and wallets. The bearded guy asks what he’s doing and he says he heard a phone ring. It must be yours, Lekman says. The other takes out his cell, looks at it, says no, it wasn’t his. “Maybe it was yours?” But Lekman didn’t bring his. Then I don’t know. “Look, I heard a phone”. Yes, sometimes it happens, the man tells him, because the notes of certain songs vibrate the neuron where the ring tone is kept.

He’d learned what a harmonic was when he was thirteen. At that age Lekman was somewhat judgmental and it surprised him that Pythagoras, a philosopher and a mathematician, would have dedicated himself to investigating, in his free time, he supposed, the sound a cord makes according to its longitude. It also surprised him that his music professor, who always wore colorful pants and seemed to subsist on tea, crackers and something he’d only later discover was marijuana, knew a good deal more about Pythagoras than the anecdote about harmonics he must have told every student at least once.

The memory stirs Lekman’s interest in the conversation and he asks what the deal is with the girls, if they’re a couple, if each is with one of the guys. The man laughs and tells him that they’re journalists and the girls are press managers. They’re lubricating the relationship, he says, and he laughs hard. “It’s part of the job, with what they pay us…” and Lekman doesn’t know if he left the phrase half finished or if the complaint dissolved into the music while it travelled the distance between them.

The bearded guy gets up, walks over to the wall, and presses something behind the curtains. He walks onto the dance floor, empty like the rest of the place, except for a D.J. in the corner, a thin man with long hair. The disco ball begins to spin. He beckons Lekman, who goes over after buying another drink to keep his hands busy. The song has no rhythm for dancing, and they can only spin around in the same place, with their arms held outwards a little, as if the whole bar were a music box in minor key running out of batteries. Of course he’d like to spend twenty minutes in the bathroom with two women. On the other hand, he’s almost caused a man’s death, had three fernets, and now he’s dancing to a Morrisey song with another man on the desolate dance floor of a voided bar.

He has to go: if he learned anything from his years with Fernanda, it’s to distrust journalists. But this bearded guy seems nice. He walks him out to the car, opens the trunk, hands him the bags and asks him if he’s sure he doesn’t want a ride. Lekman says no, shakes his hand, and hails a cab. It’s a long trip, and the driver’s running commentary is a little frightening, so at times he pretends to be falling asleep.

He’s taken barely any cabs since his father died and he decided to take care of his country house and bought a car. In the end, maintaining the house didn’t take up too much time. The agronomist he hired told him that the lake had accumulated so much sediment that an excess of minerals had rendered germination “impossible and dangerous”. Though nothing would grow for a year, high levels of potassium would make it extremely fertile in the future. Anyway, he keeps going once a week, on Thursdays. He always stays for the night and wakes up at seven, late for the workers who are already up at four-thirty in the morning in summertime and five or five-thirty in winter. There’s frost every morning until September, melting glaciers that shine like suns from a distant dimension when he leaves the house.

He makes sure everything’s O.K., that the six workers are there, not that they’re working, though, because there’s nothing to do, just that they’re at their posts so they don’t get into the fields or the house. That nobody stole anything, neither thieves nor workers, that the latter aren’t drunk or bringing women around, at least not when he’s there.  He doesn’t want to lose authority. When he’s gone they can do as they please as long as they don’t steal or break anything. But sometimes he comes and goes and notices he hasn’t had a real conversation with anybody, he’s just exchanged a few hand signals.

He wakes up at the entrance to his building, gets out of the taxi and puts the bags on the sidewalk while he looks for his key. He gets in the elevator, lays his stuff on the floor, and leans against the wall, like that night with Fernanda. She’d come back for a couple of days.  She was going to stay fifteen but she ended up leaving on the ninth, and that’s when she mentioned the two-year option for the first time, saying she might use it. Lekman later thought that, in spite of everything, her visit hadn’t been that bad. He weighs the elevator episode against other moments when Fernanda took calls on her British cell and came back after ten- or fifteen-minute absences. One night while they were watching a movie under the covers, she got a call. Fernanda picked up and went to talk in the kitchen, the farthest of the apartment’s three rooms. She was away six minutes, minutes he spent lying in silence, the lights off, the movie paused on an actor’s twisted smile. In cinema there aren’t perfect instances, paintings, but the effect of continuity, Lekman thought as he stared at the screen. Then he thought about other things without looking away from the TV.  He couldn’t hear anything, not even Fernanda’s voice, although he knew she was murmuring in English with her hand over her mouth. When she got back, the VCR had stopped the tape. She slid into bed and said, like it was nothing, let’s keep watching.

Piling his bags on the kitchen table, Lekman is certain that if his father hadn’t died, Fernanda wouldn’t have come back. And from then on they hadn’t mentioned any more visits. Seeing the receipts on the living room table, just as he’d left them a few hours ago, he feels as if he’d woken up from a night- or month-long dream and he calls her for the first time in a long time.

She answers sleepily and asks what’s up, if he called for anything in particular. He says no, he just wanted to talk, and tells her what happened with the Asian from the supermarket, he doesn’t understand how he could do something like that, so cruel, and about the bar, and the weird taxi driver who took him home. One of the journalists walked outside with me and kept insisting on giving me a ride. A taxi came along twenty minutes later, slow, and another behind it, also free, but much faster. So fast that he passed the other and slammed on the brakes right in front of him. It was a model he’d never seen before. The taxi behind pulled up next to the other one and insulted the driver, who just stared ahead in silence until the other one got fed up and drove off, laying on the horn for the rest of the block. “A night like this, nobody cuts you any slack,” he said, shifting into first gear just as the other taxi turned the corner. Lekman could have sworn he was a paralytic, and he drove pushing and pulling levers with his hands. He sat behind, half asleep, and a late night radio announcer asked in which episode of a movie saga did some event occur and the driver turned and said, out of his mind: “In the third, when they put an oxygen tank inside its mouth for the shark to swallow and then they shoot it, ha, and it explodes, ha… I love that part!”, he said, says Lekman, and Fernanda laughs and says something about taxi drivers in London.

Then he asks if she’s on her way out, it must be nine in the morning there. Yes, it’s nine, but she was sleeping, says Fernanda. Ah, of course, today is Saturday, he says, otherwise you’d already be eating breakfast. And before the last syllable is out of his mouth he regrets sounding like a maniac who knows her routine and shadows her through the streets every day. It doesn’t seem to bother her. She laughs drowsily and says don’t pay too much attention to the receipts, that, for example, she doesn’t go to Starbucks that often and most of the time she doesn’t eat breakfast. She gets the receipt from a Romanian friend who works as at one of the branches.  And that’s why there are so many Starbuck’s receipts, because the truth is, she says, there are times when I don’t remember what I spent the money on, or I lose the receipts, you know how hopeless I am with this kind of thing. And Lekman feels something crumbling to pieces, falling from somewhere, a wordless phrase careening through his body.

He catches his breath and asks how her project is going, something he has almost never done in all this time. While she talks, Lekman realizes he doesn’t recognize any of the names she mentions and barely understands the words she uses. He lets her go on and then asks about the Turk. He’s good, she says, everything’s great. He asks if she knows him personally. Yes, of course, Fernanda says, that’s why I came here, in a way, besides, the University has an extensive library and they give me access to everything. Lekman asks her what he looks like in person and she answers that she wouldn’t know how to describe him.

He remembers how she approached him at the beginning, at the first interview, how they saw each other in various exhibitions, in talks, in workshops. After one of these, they went out to eat. It was late, after midnight, and he took her to a cantina for taxi drivers. He figured he’d lose any chance he had but he took her anyway, testing her a little, and also because he was hungry and when he’s hungry he gets irritable. And she enveloped him in art theory, with ideas about his own art, with new points of view and keys to understanding different artist’s works, and even encouraged him to consider other painters, many of whom Lekman, who was fairly conservative, perhaps because he was self-thought, rejected until then.

He hangs up and jumps into bed; he can’t sleep. He gets up again and gets undressed. Juana gave him the T-shirt he’s been wearing all day, since he woke up at his country house, at least ten years ago. But it is still in good condition, laid out on the TV under a pair of pants with mud-crusted cuffs. He’s lying down with his eyes open. He puts music on and gets back in bed. He starts, twice, imagining a phone is ringing; maybe it’s Fernanda, wanting to talk more, or, for some mysterious reason, Juana.

Lekman still can’t sleep. He takes a shower and puts on the same clothes he wore last night. He goes to the kitchen, empties the shopping bags. The half-dozen eggs he bought are broken. He opens the humid, viscous carton and sees red stains, blood in the thick mixture of yolk, whites, and some feathers. He remembers the farm chickens. He puts the kettle on. He’s about to make coffee when he realizes he forgot to buy it. It’s quarter to nine. By now Fernanda must have already had breakfast, or at least gotten out of bed.

At five past nine he walks up to the supermarket entrance, but it’s Saturday, and it doesn’t open until ten. After waiting on the curb a while, he jumps up and heads for the public hospital in the neighborhood, four blocks away. He asks at the information desk if an Asian patient came in early last night. The nurse says she wouldn’t know what to tell him, that if she said anything she’d be lying. Another nurse behind the desk says that she was filling in a shift for a coworker and that she heard about someone coming in alone around eight or nine. Even though it wasn’t anything serious, the doctor who examined him asked him to stay the night under observation. And when they tried to get his personal information, he ran off, so he was definitely illegal, or couldn’t have been hurt that bad. While he’s going down the stairs, Lekman’s vision clouds over, maybe because of the mix of anesthesia and disinfectant he’s been breathing.

Employees have already started to crowd around the entrance to the supermarket, waiting for the manager with the key. He’s afraid they’ll recognize him if he stands around in plain sight so he walks around the block. It’s open when he comes back. He grabs some crackers, milk and a half-kilo of coffee. The cashier is the same one from last night and when she gives him his change, she acknowledges him with impersonal warmth. He can’t take his eyes off her, and asks if everything’s alright. She says yes, but he’s still uneasy and leans in a little more and asks her again if everything is O.K., if she’s sure, now gazing over the entire supermarket with a look that ends up lost in the door to the stockroom. No problem, sir, she says, annoyed with his insistence.

Translation by Chris Wait

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Cuenta Fabio Morábito que cuando el editor de Anagrama Jorge Herralde leyó el original de su primera y esperada novela –esperada porque para ese entonces, 2008, el mexicano tenía cincuenta y tres años y era un poeta y cuentista de merecido renombre en Latinoamérica–; que cuando Herralde terminó de leerlo, una de las pocas sugerencias que le hizo fue cambiar el título. Mejor dicho, agregarle una palabra. Que al Emiliolos chistes y la muerte le agregara un cuarto término: “el sexo”. Eso sugirió el editor, pero al autor le pareció demasiado; demasiado explícito, explicativo y hasta extravagante –entre otras equis– y decidió dejarlo tal como estaba. Lo cierto es que estas cuatro coordenadas bien pueden funcionar como puntos cardinales para mapear la zona literaria de este escritor que nació en Alejandría, Egipto, se crió en Italia y a los quince años se radicó definitivamente en México; o sea que la lengua en que escribe –el español– no es la materna –que es el italiano.

Pero para conversar con Morábito de la infancia, los chistes, la muerte y el sexo primero hace falta romper el hielo, entrar en confianza. Y entonces surge la pregunta de rigor respecto de por qué se demoró tanto en publicar una novela, cuando entre cuentos, poemas, ensayos y hasta un libro para chicos ya sumaba casi una decena de títulos en su haber. “Ese fue el tiempo que tardó en llegar”, dice con un énfasis de despreocupación resignada. “Me costó mucho encontrar la historia, la secuencia, dosificar la información. También me pasa con los cuentos. Siempre me ha costado mucho dar con el argumento; no con el tono, ni con el punto de vista, si no con qué es lo que va a pasar. Todos mis problemas siempre pasan por ese lado. Corrijo y reescribo; las versiones se multiplican y van sumándose los nombres de archivos de Word hasta que por fin encuentras algo que destraba. Pero a veces tarda mucho tiempo. Emilio…, por ejemplo, empezó como un libro de cuentos y enseguida se convirtió en otra cosa. Cada vez que terminaba un libro regresaba a esta novela pero nunca lograba dar con la forma final. Incluso me había hecho a la idea de que no iba a poder terminarla jamás…”

Durante una larga estadía en Buenos Aires en 2007 fue que pudo enfrascarse en este texto sin pensar en otra cosa y logró darle las puntadas finales a su primera novela, que resultó un magistral relato de iniciación que se inscribe en la tradición mexicana de Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, y ElsinoreUn cuaderno, de Salvador Elizondo, por mencionar algunas. ¿Con todos los libros siempre es igual, o hay un aprendizaje, cierto conocimiento que se va adquiriendo o cierta intuición que se vuelve más nítida en la escritura? Reconoce que con Grieta de fatiga, su volumen de relatos más reciente, publicado en nuestro país hace dos años, fue más fácil. “Uno va acumulando experiencia, se da cuenta, encuentra la salida más rápido.” ¿Y con los poemas? “La poesía tiene que ver más con algo del orden de la iluminación. Los textos son más chicos y es más fácil darse cuenta de qué funciona y qué no. Y puedo escribir varios a la vez, algo que con narrativa, no.”

Una aclaración necesaria: no hay queja ni lamento en sus palabras. De eso se trata escribir para él, y punto. Una lentitud que tiene mucho de la parsimonia impasible de los bicicleteros o de la gente que disfruta de armar rompecabezas o resolver juegos de enigma. Puede que el escritor italo-mexicano tenga algo de orfebre o relojero pero en ese caso se trata de un artesano que ensambla y le da cuerda a mecanismos que marcan un tiempo propio que no se corresponde con el uso corriente. “Trato de no tener ideas previas, simplemente personajes que actúan en espacios. No es que yo pretenda dirigir al personaje hacia un determinado sitio para demostrar una cosa u otra. Procuro ser lo más pasivo posible, y que la historia se vaya armando por sí sola.”

La infancia, los chistes, la muerte y el sexo, decíamos, puntúan un mapa posible con el que internarse en las ficciones de Morábito. Vayamos por partes. El niño puede ser Emilio (guiño rousseauniano), o puede ser el chico del cuento “Flores y frutos” o el de ciertos pasajes de “La caída del árbol”, dos de los seis –muy parejos– relatos de La vida ordenada. Relatos parejos en su calidad y también en su extensión; así, sumando los picos de Grieta de fatiga y La lenta furia se perfila entre los mejores cultores del cuento corto pero no tanto, precisos artefactos lingüísticos de veinte o treinta páginas. Después: el humor que surge de la torpeza, de la candidez, del malentendido más que del chiste ingenioso o efectista; luego la muerte y sus espacios –los velorios, los cementerios– como cifra de lo trágico, de lo inevitable. Y la potencia de la mezcla. Porque aunque hable de muerte, nunca se vuelve lúgubre (“yo le huyo al melodrama”), porque aunque ría no se vuelve satírico. “Por algo dicen que en los funerales se oyen los mejores chistes”, dice como remate de una reflexión, y viene a la mente el cuento “Las llaves”, en el que una fiesta de cumpleaños termina volviéndose la vigilia de una muerte, y en la que el protagonista pone música y no puede evitar coquetear con las cuñadas.

La sexual es de las pocas pulsiones que sus personajes no pueden controlar, que los arrastra, así como también el miedo y el fastidio. Ahí están esos hombres a los que se les acelera el pulso con ver el pie o un tobillo de mujer. Y ahí están esos niños muriendo de amor y calentura por mujeres que podrían ser sus madres. No en vano, uno de los conflictos más potentes que supo corporizar Morábito tiene que ver justamente con el descubrimiento de la sexualidad, la imposibilidad de controlar esos impulsos, el modo en que todo se vuelve inquietante cuando lo maternal se hace indistinguible de lo sensual.“Todos pasamos por ahí. Aunque no hayamos tenido relaciones de ese tipo, que sí son raras, a todos nos pasó de ir aprendiendo el lugar que tiene el sexo en el ámbito de lo familiar.”

Morábito se gana la vida como traductor del italiano. Sin embargo, su relación con las literaturas mexicana e italiana es sumamente particular: dejó Europa a los quince años, antes de descubrir los grandes autores que lo marcaron. Vivía en un México que le resultaba desconocido, sin haber hecho todavía amigos ni dominado el idioma; pasaba sus tardes de adolescente, como Emilio en el cementerio con su detector de chistes, leyendo libros que tomaba prestados de la biblioteca de la Dante Alighieri del DF. Así fue que surgió su relación con la literatura italiana contemporánea: a la distancia, al tiempo que aprendía español. “Primo Levi, Calvino, Moravia, Svevo, Pirandello, Ginzburg, Buzzati, los grandes del siglo XX, tanto poetas como narradores, fueron fundamentales para mi formación. Si vengo de una tradición, yo diría que es la literatura italiana.”

La infancia, los chistes, la muerte, el sexo… Si tuviéramos que agregar otra coordenada, entonces, una insoslayable: la lengua. Algo que está bastante tematizado sobre todo en su obra en verso, cuatro libros hasta el momento (Lotes baldíosDe lunes todo el año,Alguien de lava y Delante de un prado una vaca) compilados recientemente por Gog y Magog en Un náufrago jamás se seca. Su relación con ese español que aprendió y que tiene que volver a aprender cada vez que escribe, cada vez que elije cuidadosamente la próxima pieza del rompecabeza, la arandela, el próximo resorte a colocar. Escribe Morábito: “Puesto que escribo en una lengua/ Que aprendí/ Tengo que despertar/ Cuando los otros duermen./ Escribo antes que amanezca/ cuando soy casi el único despierto/ y puedo equivocarme/ en una lengua que aprendí”. Lo asombroso es que al aprenderla, frase a frase, libro a libro, Morábito nos enseña su singular modo de entender la literatura.

Públicado en el número de septiembre de 2012 de la revista Los inrockuptibles. Descargar versión pdf: página 1, página 2 y página 3.

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Todos las perras van al cielo es una película soviética de animación protagonizada por Laika, personaje basado en la célebre perra espacial, primer ser vivo en salir de la órbita terrestre en noviembre 1957. El autor del largometraje es Alexander Zarkolinh, seudónimo bajo el que se escudaron el director Roman Kachanov, realizador de clásicos animados como Mittens, El Misterio del tercer Planeta y Cheburashka, y el entrenador de perros del programa espacial soviético, el doctor Oleg Gazenko. Ambos estuvieron al mando de un equipo de treinta dibujantes y animadores de los estudios Soyuzmultfilm. Según documentos desclasificados en 2002, Gazenko aportó la idea original y estuvo a cargo de la redacción del guión y la asesoría especializada, mientras que la dirección técnica y cinematográfica corrió por cuenta de Kachanov. Los citados documentos de inteligencia sugieren que Todas las perras van al cielo fue la respuesta soviética a Ciento un dálmatas, estrenada a principios de 1961 en los Estados Unidos y el bloque Occidental. Mientras que la película de Disney narra en clave melodramática el destino de los cachorros Pongo y Perdita azotados por la malvada Cruella De Vil, “en última instancia un relato de burgués neoyorquino”, consigna el documento, la película soviética muestra a un escuadrón intergaláctico de perras* que luego de dar la vida como parte del programa de investigación espacial de la URSS protegen a la Humanidad de toda clase de amenazas extraterrestres. En su hora y veinticinco minutos de duración el relato “exalta el sacrificio canino de estos revolucionarios comprometidos con la humanidad toda”. Todo comienza con el despegue de Laika en el Sputnik 2. “El primer ser vivo que salió de la órbita terrestre estaba condenado a morir porque todavía no se había desarrollado un sistema para regresar con vida,” dice un locutor en off. Pero Laika logra pilotear el Sputnik 2 internándose en el cosmos hasta ser rescatada por una nave nodriza cuya tripulación está compuesta nada más y nada menos que por perronautas como Dezik y Lisa, Smelaya, Mushka, Belka y Strelka, estas últimas dos del Sputnik 5 (una licencia narrativa ya que viajaron en 1960 y volvieron a salvo).

Estrenada el 7 de noviembre de 1962 para conmemorar el 45 aniversario de la Revolución Bolchevique, la película está considerada uno de los más célebres y eficaces exponentes de la política cultural de “destalinización” encarada por la administración de Nikita Khrushchev. Por tratarse de un largometraje de propaganda estatal orientado a un público infantil, la verdadera identidad de Zarkolinh se mantuvo en secreto durante años. Sin embargo con el tiempo se volvió un clásico de culto entre cinéfilos de todo el mundo –en especial, en ciertos círculos feministas– y en 2004, la edición canónica de Criterion Collection consignó por primera vez a Gazenko y Kachanov en los créditos.

*Debido a un requerimiento de diseño del arnés que sujetaba a los animales en la cabina, el programa espacial soviético recurrió siempre a hembras; la mayoría, como Laika, recogidas en la calle.

Publicado en el especial sobre Nuevos narradores argentinos, Revista Ñ, Agosto 2012.

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Marcelo Gudiño, José “Tuco” Castiglione, Waldemar Cubilla y Juan Andrés Chilote tienen algo en común: los cuatro estuvieron, hace un tiempo, presos en la cárcel de San Martín. Por estos días Waldemar y Marcelo están en libertad y son empleados de la Universidad Nacional de San Martín, Chilote recuperó la libertad hace más de un año y trabaja como repartidor en un supermercado chino, y Tuco vive en el penal de Baradero, donde goza de un régimen transitorio de salidas semanales de 72 horas. Más allá de sus presentes divergentes, una vez por semana, los martes, cada uno va hasta el Rectorado de la UNSAM, se reúnen, toman unos mates, se cuelgan los instrumentos musicales al hombro y emprenden el viaje menos pensado: volver otra vez, por el día, al lugar en el que se conocieron.

Es que los martes en la Unidad 48 del Penal de San Martín pasan la tarde ensayando con su banda, Rimas de alto calibre, integrada por un puñado de músicos profesionales y unos cuantos presos –y ahora, algunos, ex presos–, que va del rock al trópico pasando por el folclore latinoamericano. No sólo acaban de editar un disco homónimo grabado íntegramente tras las rejas, sino que este jueves 12 lo presentan, permiso judicial mediante, en un recital en la ciudad en pleno Corrientes y Callao.

Todo surgió con un taller impartido por los músicos Lautaro Merzari y José Lavallén; uno de los tantos talleres de extensión que empezaron a dictarse junto con carreras universitarias como sociología y una tecnicatura en informática desde 2008 en el CUSAM, un pabellón de la U48 que depende directamente de la Universidad, o sea, que está fuera de la órbita del servicio penitenciario bonaerense. En los papeles, el taller en cuestión era de “versada popular latinoamericana”, técnica de composición que emplean los cantantes de muchas expresiones musicales regionales, entre ellas el Son Jarocho, original de la ciudad mexicana de Veracruz. Pero la experiencia resultó tan fructífera que enseguida excedió los límites originales y empezaron a surgir canciones escritas por los alumnos que pertenecían a los más diversos géneros.

Las cosas no podían quedar ahí, pensaron Merzari y Lavallén; con esas canciones como materia prima se propusieron armar una banda y grabar un disco. Ahora bien, ¿cómo grabar un disco de estudio si casi todos los músicos están presos? Montando un estudio en la mismísima cárcel. Para eso convocaron a Juan Pablo de Mendonça y a su estudio móvil La burra, con quien ya habían compartido la experiencia de recolectar músicas a lo largo de Latinoamérica, y a la documentalista Paula Fernández, que viene registrando todos los pasos del proceso. Los desafíos, dicen sus responsables, fueron dos: lograr un producto de calidad y hacer que la lógica grupal, solidaria, necesaria para que funcione una banda o cualquier proyecto colectivo se impusiera en un mundo hostil en el que prima el individualismo más radical, el sálvese quien pueda. Para decirlo sin vueltas: cómo hacer para formar una banda musical en un ámbito en que la palabra “banda” es sinónimo de eso que el derecho penal tipifica como “asociación ilícita”.

Explica Merzari: “La idea era tender puentes entre el afuera y el adentro… Es por eso que Rimas de alto calibre no fue concebida como una ‘banda de presos’. Es una banda hecha tanto por presos como por nosotros, los músicos que armamos el proyecto.” Otra forma de apuntalar y fortalecer estos puentes, y de darle al asunto un poco más de visibilidad, fue contar con la participación de músicos invitados como Andrea Prodran, Lidia Borda, Miss Bolivia, Sergio Dawi (ex saxofonista de los Redondos), el trombonista Alejo Ferrero (de Las Pelotas) y Liliana Daune, que recita unos poemas en el último track. Cada uno aporta lo suyo en un álbum que despliega una amplia paleta sonora y cultural.

Es así que, aunque pueda sonar paradójico, Rimas de alto calibre, disco grabado íntegramente en la cárcel, se escucha como un viaje musical por todo el espectro de lo “latino” con recurrencias y conexiones inesperadas. Algunas paradas de la travesía dan lugar a un rock clásico rutero (Pensando en vos) o más pesado como el punk Ángel vengador; en otros trechos predominan los pantalones anchos y las viseras de la música callejera, con aires de rap y hip-hop, pero siempre en clave latina (Nena bolsita, Ansiada libertad); y más de una vez nos topamos con dosis ahumadas de cumbia colombiana con mucho groove (Ágil Cazadora y Porque me sale así); además de algo de reggae clásico, bien coreable, como en el tema Reggae preventivo. Y una infaltable incursión por el folclore latinoamericano: un vals peruano (Rosa Negra, escrita por Chilote, con la implacable voz de Borda) y una Chacarera de los presos, con violín y todo.

El disco abre pisando fuerte, con Nena bolsita, uno de sus hits. Entre latigazos de rock y hip hop en la senda de los mexicanos Molotov, hay un hombre que le pide a su chica que ya no quiera verla “con la bolsita”. Además de marcar el terreno temático para el resto del disco –una disección de la marginalidad y de la vida tras las rejas sin moralinas pero tampoco sin exaltaciones ni apologías–, acá empieza a destacarse la presencia de Ariel “Patón” Arguello, compositor de varias letras, y uno de los líderes naturales de Rimas de alto calibre. Patón tiene 34 años y vive en la cárcel, exccept por un breve período de libertad, desde hace diecisiete. La segunda vez que cayó preso le dieron perpetua pero confía que en algún momento no muy lejano pueda lograr algún tipo de régimen más benigno.

“Yo cuando llegué acá no conocía a nadie. Desconfiaba hasta de mi sombra. Las vivencias que yo tuve en la cárcel, un rapero no te la cuenta. Ni Tupac…” dice el Patón mientras conversamos dando vueltas en círculo alrededor del pabellón universitario. La cita a Tupac no es azarosa, y hace referencia al célebre rapero estadounidense, cronista de la violencia callejera del gueto, muerto de cuatro balazos en Las Vegas en 1996. Casualmente ese mismo año el Patón cayó preso por primera vez, en la vieja cárcel de Olmos, que en su momento llegó a concentrar a la mitad de la población carcelaria de la provincia de Buenos Aires. Un verdadero infierno comparado con las nuevas instalaciones de la cárcel de San Martín, que alberga en esta unidad a poco menos de quinientos presos. Patón empezó a escribir letras (tiene más de cuatro cuadernos llenos, dice) y se convirtió en uno de los alumnos más entusiastas del taller;  gracias a su carisma y liderazgo natural, se volvió uno de los puntales del proyecto.

Seguimos caminando y le pregunto si sirven, y hasta qué medida, programas como el CUSAM. No tiene dudas: “Claro que sirve, más bien. Es educar al preso. Si yo a un preso cuando entra acá le enseño a usar dos facas, va a usar dos facas; si yo le enseño a estudiar, a tocar un instrumento, va a aprender algo distinto.” ¿Y cómo viven el hecho de que gente de afuera, desconocidos con los que no los ata ningún lazo, lleven adelante semejante empresa, vengan semana a semana, muchas veces sin cobrar un peso? “Nunca vamos a terminar de agradecer esta ayuda que nos dieron. ¡Creyeron en nosotros! Nadie se interesa por nosotros más que la familia –si es que te vienen a visitar. Si no, arreglatelá, hasta que te mate uno o vos matés a alguno. Acá te hacés individual sí o sí, a la fuerza,” resume Patón con un español que, aunque reñido con el de la Real Academia, es ultra elocuente y eficaz.

Desde que comenzó como un simple taller hasta ahora, el proyecto de Rimas de alto calibre fue creciendo de a poco pero de forma incesante. Con obstáculos y dificultades, es cierto. Porque es un tema sensible, delicado, y hay que andar con cuidado. A veces es difícil conseguir los permisos judiciales; a veces los funcionarios o autoridades universitarias escatiman apoyos por miedo a quedar pegados o a recibir críticas de los sectores más reaccionarios. Pero Merzari y Lavallén siempre redoblaron la apuesta. Cuando el disco estuvo grabado, armaron una presentación en vivo piloto, en diciembre, en un recital frente a más de trescientas personas (la mayoría familiares y amigos) en el Teatro Tornavía del Campus de la UNSAM. Y ahora que el disco está fabricado, recién salido del horno, es el turno de un recital oficial en el centro de la ciudad de Buenos Aires: el auditorio del Hotel Bauen (Av. Corrientes y Callao), este jueves 12 a las 21. La banda, para esa fecha, estará integrada por los convictos y ex convictos Ariel y Jonatan Arguello, Fabiano Pereira, Gudiño, Chilote, Cubilla, Castiglione, Rodrigo Alfonzo y Diejo Tejerina, y el aporte musical de Nicolás Méndez, actual baterista de Virus.

¿Broche de oro? Solo por el momento, dicen los responsables. En realidad, esperan que la fecha del Bauen sea tan solo el corolario de una etapa, una parada más en esta travesía humana y musical. Porque Rimas de alto calibre ya tienen un nuevo objetivo: encarar, si es posible antes de fin de año, una gira intercarcelaria por los penales de Ezeiza, Córdoba, Mendoza, etcétera. Y convertir al taller en una tecnicatura universitaria de dos años y medio, que les permita a los presos, al salir, realizar trabajos como músicos populares y gestores culturales.

Pero volvamos al disco. Más allá de sus virtudes musicales y técnicas, el hecho de que haya sido grabado en la cárcel le inyecta una dosis testimonial que aumenta la potencia de lo que se canta y lo que se escucha. Para decirlo clarito: no es lo mismo que León Gieco o Manu Chao entonen versos sobre la ansiada libertad a que lo haga alguien con perpetua o con un horizonte de dos décadas a la sombra. Y un disco como Rimas de alto calibre (al igual que el libro Yo no fui, que recopilaba la experiencia del taller de poesía coordinado por María Medrano en el penal de Ezeiza) es también importante porque marca la materialización visible de un trabajo tan silencioso como vital llevado adelante al interior de varias cárceles, y que todavía tiene mucho margen para crecer y desarrollarse. Vital porque proyectos como CUSAM abren al interior del presidio espacios y crean instituciones regidas por otra lógica, una lógica civil que neutraliza –por el momento, tímidamente– a la lógica militar-policial del servicio penitenciario. Y en última instancia, estos proyectos son demostraciones puntuales de que es posible enarbolar a gran escala políticas que tiendan a poner, de una vez por todas, el manejo global del sistema penitenciario –del vigilar y castigar– en manos civiles, y no en la más salvaje y despiadada de las fuerzas de seguridad. Es entonces que, puesto en esta perspectiva, y sin ponerse excesivamente sentimentales ni solemnes, el de Rimas de alto calibre se revela como uno de esos casos en los que no quedan dudas de que el arte puede servir para hacer de este un mundo menos peor.

LINKS

Blog http://rimasdealtocalibre.wordpress.com/

Para escuchar online http://rimasdealtocalibre.bandcamp.com/

Programa CUSAM http://www.unsam.edu.ar/home/CUSAM.asp

Publicado en la Revista Ñ, Julio de 2012.

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Caminábamos juntos a buen ritmo por un pueblo inglés una tarde de abril. Él era alto y dos pasos suyos equivalían a tres de los míos. Debía tener más de sesenta años, pero lo disimulaba bajo el impermeable, el gorro hundido hasta las orejas y una bufanda enroscada al cuello. La lluvia arreciaba cada vez más espesa y el cielo tronaba amenazante. Un rayo podía partirnos al medio antes de que intuyéramos siquiera su ruido.

Mi temor debió volverse evidente porque dijo que no me preocupara, que o bien las bombas estaban destinadas a uno, o no lo estaban. Lo miré desconcertado: ahora lucía el uniforme de un joven sargento estadounidense, como si fuera abril del 44 y hablara de los alemanes. Pero su uniforme estaba raído y polvoriento (¿es que la lluvia no lo mojaba?) y llevaba un reloj pulsera con el vidrio roto que había dejado de funcionar treinta y ocho años atrás.

Caminábamos por un pueblo inglés en los mares del sur que estaba a punto de ser atacado por los propios ingleses. Es como estar en un manicomio y que otro paciente disfrazado de médico venga a tomarte el pulso o algo parecido, dijo. No capté la conexión, pero sí reconocí su peculiar énfasis itálico. Debía estar perdiendo el juicio. Tal vez lograra volver a casa con vida, pero no con todas mis facultades intactas. No era un viejo ni un sargento quien me acompañaba ahora, sino una jovencita con abrigo de mapache y un libro encuadernado en tela verde. Quería enseñarme a rezar. Sólo yo podía verla. El mundo era un infierno pero yo tenía un amuleto. Mi Jimmy Jimmereeno, mi propio Mickey Mickeranno.

Publicado en Revista Ñ en febrero de 2010 con motivo de la muerte de J.D. Salinger.

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Le matin, Fernanda commence par boire un café double ou un jus d’orange dans l’un des quatre Starbucks café de Leeds. Elle lit peut-être un de ces romans de poche qui lui ont coûté six livres, ou feuillette le journal, qu’elle achète presque tous les jours, à moins qu’elle ne boive d’un trait le verre d’eau servi avec le café pour faire passer une aspirine certains matins. Elle en achète un tube de temps en temps, toujours dans la même pharmacie. Une fois par mois elle paie quarante livres de téléphone fixe et mobile, vingt-cinq livres pour le câble et pour la connexion internet haut débit. En eau, gaz et électricité, cinquante livres au total. Elle ne paie pas de loyer parce qu’elle habite dans un appartement que lui a prêté une amie partie «pour un an, peut-être deux » en Italie. Elle achète des livres, une fois par semaine, généralement le mardi matin, le jeudi après-midi ou, beaucoup plus rarement, le samedi. Elle fait toujours ses courses dans le même supermarché, une fois par semaine ou tous les dix jours. Au total cela ne représente pas beaucoup plus que ce qu’elle dépensait à Buenos Aires quand elle vivait seule, au milieu de la dernière décennie. Les cartes téléphoniques internationales à cinq livres, elle les dépense en général en un seul coup de fil. Elle mange dehors une fois par jour, soit le midi soit le soir. Elle se déplace rarement en bus et achète très peu de vêtements, mais prend de temps en temps le train pour Londres et là-bas, c’est cinéma, concert, bars, chambre dans un hôtel trois étoiles, parfois c’est une chambre double, billet de métro pour Victoria Station et un café ou deux avant de reprendre le train. Ou bien juste un taxi quand elle est en retard, or Fernanda est presque toujours en retard quand elle a un train, un avion ou un bus à prendre.
Lekman range les factures qu’elle lui envoie tous les mois par courrier. Il renverse tous les petits papiers sur la grande table du salon qu’il utilise à peine désormais, les retourne puis les regroupe, d’abord par jour, il fait trois longues rangées de dix jours chacune, puis par catégorie: « logement », « nourriture », « dépenses personnelles » et « matériel de recherche ». Il colle une ou deux factures sur des feuilles A4 qu’il perfore ensuite, inscrit à côté de chacune le total en dollars, puis les additionne, total par rubrique, total du mois, même chose en pesos, et range chacune des feuilles dans l’un des quatre dossiers, un par catégorie, qu’il doit présenter avant le vingt de chaque mois à la fondation britannique qui a accordé à Fernanda une bourse d’un an renouvelable un an. Avec le temps il a pris l’habitude de le faire en pensant à autre chose, un tableau à terminer, le repas de ce soir, ou quelle forme donner à telle image, la petite révélation qu’il a eue la veille à la campagne en voyant une poule perchée en haut d’un escalier contre le mur de la maison, la lumière d’août d’un coucher de soleil hivernal.
Il prépare tout cela sans vraiment y prêter attention, afin de se poser de moins en moins de questions sur la signification de certains des reçus. Un mélange de surprise, d’indignation et de douleur, voilà ce qu’il éprouvait au début, d’ailleurs il lui arrive encore, de temps à autre, de ressentir un pincement, surtout lorsqu’il se dit que cela ne ressemble pas à de la négligence, on dirait plutôt qu’elle veut qu’il apprenne certaines choses, comme ces voyages à Londres, ou ce qu’elle achète au supermarché, la boîte de préservatifs de douze unités – des Durex, deux livres quinze – qu’il a découverte il y a quelque temps sur un ticket au milieu d’une longue énumération de produits innocents: des brocolis surgelés, du café guatémaltèque, du dentifrice et trois bouteilles d’eau gazeuse. Mais Fernanda n’a jamais rien dit à ce sujet, et Lekman n’avait trouvé ni le moment ni les mots pour la questionner.
Une petite amie du lycée lui disait qu’il était timide parce qu’il était né en Norvège. La famille de Lekman était arrivée en pleine dictature. Il était encore tout petit quand son père avait été affecté à la filiale locale d’une banque française. Juana avait été la première et unique petite amie de son adolescence. Ils étaient restés ensemble un an, exactement: elle l’avait quitté la veille de leur premier anniversaire. À l’exception des mois qui suivirent, la plupart du temps la solitude avait été un choix de Lekman. Malgré cela, ou peut-être justement pour cela, il avait attiré les femmes depuis son plus jeune âge. Ses gènes scandinaves lui avaient valu une croissance précoce et à quatorze ans, avec son mètre soixante-quinze et ses bras puissants il en faisait déjà vingt.
Son premier baiser, il l’avait donné à la mère d’un ami un soir où il avait dormi chez lui. Il était allé à la cuisine manger un morceau en cachette et l’avait trouvée pieds nus, en nuisette, la porte du frigo ouverte. Ses lèvres étaient fraîches, comme si elle venait de boire de l’eau au goulot de la carafe, et légèrement sucrées. Au réveil, il fut paniqué à l’idée de provoquer un scandale. Puis il ne pensa plus qu’à ce qu’il ferait lorsqu’il se retrouverait avec elle, mais il n’en eut pas l’occasion, et peu de temps après il commença à sortir avec Juana. Ce qui lui plaisait, plus que ses traits nordiques, c’était l’entendre chanter et jouer de la guitare. À part Juana, seuls l’entendirent les rares amis du lycée qui allaient chez lui, et parmi eux celui dont il avait embrassé la mère. Ils lui dirent qu’ils aimaient bien sa musique même s’ils la trouvaient un peu bizarre.
Lekman fit deux ans de droit puis se rendit compte qu’il ne voulait être ni avocat ni musicien. En Norvège, peut-être, mais pas ici : il voulait dessiner ou peindre. Il s’inscrivit à un atelier. Au bout d’un an il laissa tomber la faculté tout en gardant son travail et commença à prendre des cours particuliers avec un maître prestigieux. Une année passa encore, et il travaillait de moins en moins au bureau. Tout le monde fut satisfait de sa première participation à une exposition collective et les critiques dirent de son oeuvre quelque chose qu’il ne comprit pas mais qui lui sembla être un éloge.
Il quitta son maître le jour où, alors qu’il arrivait à son atelier à l’heure du cours, il le trouva en caleçon en train d’arpenter la pièce d’un mur à l’autre tout en déroulant une énorme pelote de laine rouge, sa poitrine frôlant les lattes du plancher, les yeux rivés sur l’extrémité du fil. Il rencontra plusieurs professeurs: aucun ne lui convenait tout à fait, il se trouvait à un moment de sa formation trop délicat pour tout recommencer avec quelqu’un d’autre, mieux valait se lancer seul ou tenter sa chance ailleurs, changer d’air, lui dit un de ceux qu’il avait consulté en lui tendant la main en signe d’au revoir.
Il envoya des reproductions de ses meilleurs travaux dans des instituts de divers pays, mais ne reçut aucune réponse, sauf d’une école portugaise où il ne se souvenait pas d’avoir postulé. Il décida de démissionner du poste que son père lui avait obtenu dans la banque française, de s’enfermer pour peindre et de vivre d’illustrations que lui commandait sporadiquement une maison d’édition pour enfants. Et sans qu’il sût pourquoi, chaque fois qu’il voyait son père, celui-ci revoyait son fils dans son uniforme de collégien, assis dans l’un des fauteuils en velours de l’auditorium. C’est que l’artiste doit se lever alors même qu’il est confortablement installé, Lekman sans exception. Mais il est possible qu’au moment où tu voudras te rasseoir, la chaise ne soit plus au même endroit, répondait son père, car la terre tourne, et alors tu devras attendre debout, comme un idiot, jusqu’à la mort.
Six mois plus tard il participa pour la deuxième fois à une exposition collective. Ce qui compte, au début, ce n’est pas de vendre, ce sont les échos, c’est pourquoi la présentation est aussi importante que l’œuvre elle-même, lui dit un critique. Ce mois-là il vendit un tableau, son père lui en acheta un deuxième, et il reçut un mail d’une certaine Fernanda López, une journaliste qui voulait l’interviewer.
À présent Lekman est beaucoup moins naïf, les années ont passé. Malgré tout, chaque fois qu’il se remémore ces conversations avec son père il est attendri – à l’époque, ces paroles avaient aiguisé son courage et lui avaient permis de lui tenir tête, d’insuffler une dimension épique à des décisions qu’il n’aurait sans cela pas eu la force de prendre – à vrai dire, cela fait longtemps que, sans être devenu tout à fait cynique, il a fini par céder et par adopter le jargon et les attitudes de l’art contemporain, lesquels lui ont pour la plupart été inculqués par Fernanda, elle qui désormais lui écrit et l’appelle peu, une fois tous les quinze jours, mais quand ils se parlent ils restent au moins une demie-heure au téléphone, surtout le dimanche après-midi, à Leeds il est minuit. Ces dimanches où elle rentre de Londres, comme les reçus le lui confirment ensuite. Elle doit ressentir ce mélange de culpabilité et de vide, cela lui arrive à lui aussi.

Pour combler un silence Fernanda s’assure qu’il a bien reçu les papiers et lui demande d’être gentil, de ne pas oublier de les remettre à temps pour qu’on lui avance les frais du mois suivant. Il lui répond de ne pas s’inquiéter, c’est un travail ennuyeux mais il aime bien les tâches mécaniques, qui lui évitent d’avoir à penser, ça fait du bien quand on a passé des jours enfermé à travailler, « ça me change les idées ». Comme d’aller à la campagne : la route déserte, droite, à cent quarante. Elle demande s’il n’a pas repris la cigarette, et il ment en disant que non. Et Lekman lui raconte qu’il vient de gagner une bourse pour se consacrer à un projet de six mois, il y croit, même s’il ne sait pas encore quoi faire exactement. Elle lui demande de lui envoyer des esquisses par mail sitôt qu’il en aura, et de ne pas oublier – s’il te plaît – ce texte qui ouvrait le catalogue de sa première exposition collective parrainée par une multinationale, elle va sûrement lui être très utile pour son mémoire. Il dit oui, pourtant il ne l’envoie jamais, et ils se disent au revoir: parfois l’un des deux dit « je t’aime »et l’autre « moi aussi », parfois l’un des deux le dit et l’autre ne répond rien, et parfois ni l’un ni l’autre ne dit rien.
Il doit remettre les dossiers le lundi matin et c’est à peine s’il a ouvert l’enveloppe en papier kraft en provenance de Grande-Bretagne posée sur la table du salon. Et pour la première fois il se demande pourquoi c’est lui qui fait tout cela. Mais il l’avait promis à Fernanda, et de surcroît elle n’avait personne d’autre, alors mieux vaut finir le plus vite possible. Il essaie de se concentrer et de réfléchir à un nouveau système ou procédé pour les ordonner. Le vendredi il se réveille toujours tôt à la campagne et quand il rentre, après un déjeuner léger de quinze pesos eau minérale comprise dans un grill sur la route, quatre-vingt dix pesos d’essence et quatre pesos vingt de péage, il est fatigué. Et si en plus il reste chez lui tout seul, les choses peuvent se compliquer. Et s’il sort avec des amis, ils finissent tous par boire du whisky ou du vin autour d’une table et par aller l’un après l’autre aux toilettes, tous parlent sauf lui, ils ne peuvent plus s’arrêter de parler et Lekman finit par s’endormir, dodeline de la tête, se réveille en sursaut, ses amis rient, rient très fort, et il leur demande de l’excuser: il s’est levé à sept heures du matin, il a fait de la route et a sommeil.
Il est loin d’avoir terminé, et de plus les trous dans les rangées de factures sont autant de jours où Fernanda disparaît. Parfois cela l’inquiète, parfois il se console en se disant que s’il n’y a pas de reçus c’est qu’il n’y a pas de dépenses, et que s’il n’y a pas de dépenses c’est parce qu’elle est restée à l’appartement. Il y a des jours où Fernanda va au cinéma et regarde deux films de suite, parce qu’à Leeds certains petits cinémas programment des films différents selon l’heure. Ou bien elle va au supermarché et achète de tout et revient un quart d’heure plus tard acheter quelque chose qu’elle a oublié. C’est curieux, pense Lekman certains après-midi, malgré la distance, il est mieux informé aujourd’hui de ce qu’elle fait que lorsqu’ils vivaient ensemble. Et d’après ce qu’il peut en déduire, elle n’avance guère dans la thèse qui lui vaut sa bourse. Elle est aussi dispersée que lui ici, qui est sur la liste pour exposer dans une galerie importante à la fin de l’année, une exposition individuelle, et cette bourse, qui l’eut cru, et son champs en friche.
Jusqu’à l’année précédente il était inondé et plutôt qu’un champ c’était une lagune de mille cinq cents hectares avec une frange sèche de paturâge près de la clôture le long de la route. Et puis un entrepreneur de province avait surgi du néant pour proposer de le louer au père de Lekman. Il voulait exploiter la lagune, monter un club de pêche, construire un quai, planter des arbres et des parasols, semer des poissons, installer des barbecues et apporter quelques barques. Il paya dix loyers rubis sur l’ongle, mais un lundi midi on se rendit compte qu’il y avait des problèmes et avant la fn de l’année et du contrat, la lagune s’était asséchée et le club avait fermé.
C’est à cette époque que Fernanda avait décidé de partir pour l’Angleterre terminer sa thèse de doctorat, une étude comparée d’un peintre britannique et de quatre jeunes artistes de pays émergents. Aucun des cinq n’était né dans le pays où il résidait. Ils avaient émigré dans leur enfance et, pour une raison mystérieuse, produisaient une oeuvre bien plus radicale que les autres artistes de ces pays, ou quelque chose comme ça, Lekman n’avait jamais vraiment compris la démarche, ni d’ailleurs la plupart des autres articles que Fernanda avait publiés au cours de ces deux dernières années qu’ils avaient vécues ensemble.
Le Britannique était né en Turquie, avait émigré à neuf ans; il avait participé à des expositions à NewYork et Amsterdam, ainsi qu’une petite rétrospective au musée d’art contemporain de son Istamboul natale. C’est l’un des rares artistes vivants qu’admire Lekman. C’est lui qui avait fait découvrir son oeuvre à Fernanda, après lui en avoir parlé pendant des soirées entières, au cours d’un voyage en Europe peu après qu’ils se soient installés ensemble. L’Argentin n’est autre que Lekman. Comme lui, les trois autres débutent à peine leur carrière, « je préfère les artistes moins célèbres, vierges de toute exploration universitaire », disait Fernanda, et Lekman ne pouvait réprimer un léger frisson chaque fois qu’il l’entendait prononcer ces paroles.
Au début il considéra les choses dans les termes où elle les lui avait présentées: il avait bien plus à gagner que les autres, et surtout plus que l’Anglais, c’est-à-dire le Turc, qui était déjà assez reconnu. En d’autres termes, la comparaison allait être flatteuse pour son oeuvre. Il pensa qu’il n’y avait que son père pour employer ce terme. Il mit plusieurs mois à comprendre que le Turc anglais habitait probablement à Leeds ou à Londres. C’est la deuxième révélation du jour, ce vendredi après-midi tandis qu’il regarde par la fenêtre en préparant du café avec les restes qu’il a trouvés dans le réfrigérateur.
Il l’imagine le regard perdu, ce soir même, après avoir soupé un menu pour une personne avec une demi-pinte de bière (cinq livres quatre-vingt-dix) dans une chaîne de pizzeria comme elle le fait presque tous les vendredi soir quand elle ne va pas à Londres, tandis qu’au même moment, dans la cuisine, en plein après-midi, il se prépare un café, les factures éparpillées sur la table du salon. Pour les préservatifs, bien sûr, il comprend. Lui aussi en achète encore de temps en temps, pas par douze, certes, mais par boîtes de trois. Ce qui le chiffonne, ce sont ces voyages à Londres. Mettons qu’elle y aille avec le Turc britannique. Cela doit être intéressant, c’est certain, même lui aimerait. Mais pourquoi toujours Londres, et jamais une autre ville? Ou l’Ecosse? Et de toute façon, il ne voit pas le rapport avec un doctorat en arts comparés, ni comment il se fait que les gens de la fondation, qui sont si pointilleux avec les factures, ne s’en étonnent pas.
Il regarde le jour précédent et le jour suivant, ouvre le réfrigérateur et y trouve des sacs plastique vides, des bouteilles vides, un pot de confiture ouvert. La seule chose qui puisse le sauver ce soir, c’est de remplir son réfrigérateur et de manger en quantité. Sur le chemin du supermarché il tombe sur l’affiche d’un film américain qui vient de sortir et que Fernanda a déjà vu il y a plusieurs mois, il se souvient du billet de couleur orange sur lequel était imprimé le titre du film. Il croise aussi une fille portant le tee-shirt d’un groupe anglais et, sans s’expliquer pourquoi, se dit que les peintres qui vivent en Angleterre le portent sûrement mieux que les Argentins, comme c’est presque toujours le cas avec avec les groupes de rock.
Il achète des produits frais et des conserves. Certaines marques ressemblent à celles de là-bas, pas autant qu’avant, mais malgré tout beaucoup sont identiques, sauf les produits ménagers. Il achète deux bouteilles de bière et deux d’eau minérale et, pendant un instant, pense à ses factures à lui : bars, peinture, toiles, essence, péage, tickets de caisse que la caissière du supermarché, qui est chinoise, ou coréenne ou japonaise, met dans sa main avec la monnaie, puis elle se regarde les ongles comme si leur vernis s’écaillait au contact des pièces. Lekman compte les sacs – il y en a beaucoup – et demande s’il peut être livré à domicile. La caissière acquiesce tout en tirant une liasse de billets de cent pesos de la poche intérieure de son blouson, ou de son corsage, il ne voit pas bien, pour ranger les deux qu’il vient de lui donner, et crie en japonais, coréen ou chinois, et de la porte du fond sort un type qui pourrait bien être son cousin éloigné ou une espèce d’esclave, met les sacs dans le chariot et attend.
L’idée de parcourir trois pâtés de maison côte à côte avec un inconnu le met mal-à-l’aise dans un premier temps. Il se met à marcher quelques mètres devant lui, à pas pressés, en l’ignorant. Il n’arrive pas à deviner s’il vient d’arriver dans le pays ou s’il y vit déjà depuis plusieurs années, toujours enfermé dans le hangar du fond. S’il n’en sort que pour faire les livraisons et s’il ne connaît que cette partie de la ville, qui doit être presque un rêve, l’interruption de son obscur monde de l’entrepôt où il range la nourriture, sur le lit superposé en pin où il reste allongé pendant des heures à pleurer ses moussons.

À présent ils marchent sur le trottoir abîmé d’une avenue où passent des bus en klaxonnant. Lekman regarde derrière lui au moment de tourner pour s’assurer que l’autre le suit toujours. Et il se demande, d’abord par ennui, puis avec une perversité inédite, jusqu’où cet homme serait capable de le suivre et qui, à en juger par sa façon de marcher, tirait certainement, sur sa terre natale, l’une de ces voitures à traction humaine qui transportent des gens à l’arrière, sous un parasol. À quel moment finirait-il par lui dire quelque chose, dans combien de pâtés de maison? Jusqu’où pourrait le conduire, littéralement, sa servilité, et que lui dirait-il alors, dans quelle langue? Lâcherait-il le chariot et une insulte qu’il ne comprendrait pas et retournerait-il au supermarché, ou essaierait-il de le frapper? Ou bien peut-être qu’incapable de rentrer il serait perdu, errant dans le quartier, halluciné dans une ville inconnue? Peut-être finira-t-il ainsi par se retrouver dans un autre supermarché oriental où on le comprendra et où on le reconduira dans le sien, à moins qu’il ne reste dans celui-ci, qui est peut-être mieux que l’actuel, qui sait s’il n’y a pas, en plus du hangar, une petite cour intérieure, et des lits qui ne sont pas superposés, et s’il ne retrouvera pas un cousin qui est venu dans le pays avec un autre arrivage.
Lekman commence à ressentir une excitation presque enfantine, comme si d’une certaine façon il se vengeait de tous les immigrés du monde, à commencer par lui-même et par ceux de l’Asie du sud-est, mais aussi des Turcs et des Pakistanais britanniques, et des quatre autres artistes plasticiens. Et il tourne de l’autre côté, traverse comme s’il était seul, c’est comme cela qu’il traverse depuis des mois, sans tenir compte des craintes de Fernanda, qui le faisait toujours traverser quand il n’y avait personne, mais alors une voiture sombre tourne au coin de la rue, passe juste à côté de lui et renverse le porteur.
Il avait fait des études de droit pendant deux ans, et quoique recalé en droit pénal (ce qui servit de motif ou d’excuse pour abandonner cette voie), il sait qu’il porte une part de responsabilité dans l’incident et prend peur. L’homme du supermarché est étendu par terre, sur le bitume, au milieu des sacs et des achats répandus, et n’a pas l’air blessé. Deux hommes descendent de la voiture, l’un a une barbe et les cheveux longs, l’autre est aussi grand que Lekman et plus costaud. Sur la banquette arrière il y a deux femmes. Les types regardent le Chinois et lui demandent par signes s’il va bien. Puis ils regardent Lekman, se regardent, regardent l’autre à nouveau et lui proposent de le ramener. Soit le type ne comprend pas l’espagnol, soit il n’est capable de rentrer qu’en retournant sur ses pas, alors il dit non d’un geste de la main et de la tête, et s’en va.
Alors le barbu dit à Lekman qu’il peut monter, ils vont le ramener. Lekman ne répond pas, ne bouge pas, et le barbu redescend et lui dit de venir, il tente de le rassurer. « Ne t’inquiète pas », dit-il, il ouvre le coffre et y met certains des sacs du supermarché, tout ce qui n’a pas cassé. Lekman monte sans être tout à fait convaincu, comme si le plus important était de ne pas se séparer des courses. Il s’assied et ferme la porte sans cesser de regarder à travers la vitre dans la direction du porteur, qui s’éloigne dans l’autre sens, heureusement le bon.
En l’espace d’une seconde, lui qui se plaignait de la monotonie de sa vie en la considérant sous l’angle de ses dépenses, s’était soudain imaginé au poste de police. Il se calme un peu et décide de penser à autre chose. Il est assis sur la banquette arrière, un peu serré, à côté des deux filles. Il n’a pas eu l’occasion de les observer attentivement, mais il a une bonne intuition, elles portent une jupe courte et sentent bon. La voiture continue tout droit jusqu’au deuxième carrefour puis s’engage dans l’avenue vers le centre. Ce n’est que lorsqu’ils passent sous un pont que Lekman comprend qu’ils ne le ramènent pas chez lui. Il envisage de descendre à un feu rouge, mais dans ce cas il perdrait tout ce qu’il a dans le coffre, presque deux cents pesos de courses.
Ils arrivent devant un bar dans un quartier de bureaux. À côté de la porte du local il y a une femme en train de pleurer, ses mains lui couvrent le visage. Ils descendent au sous-sol par un escalier et s’installent dans les canapés. Il n’y a personne d’autre qu’eux dans le local qui semble d’une autre époque. La musique date d’il y a trois ou quatre ans. L’une des filles va aux toilettes et au bout d’un moment l’un des types, le costaud, l’y rejoint. Lekman l’imagine contre le mur, la jupe retroussée, les collants baissés, et lui, calant une jambe sur les cabinets. Mais la fille revient et glisse un mot à l’oreille de l’autre, une blonde avec des petits seins qui se soulèvent dans son corsage. Il avait imaginé que la blonde était avec l’autre type, mais elles repartent toutes deux aux toilettes et et lui se retrouve seul avec le barbu, chacun à une extrémité du canapé.
Il fait un geste de la main pour appeler la serveuse, c’est la femme qui pleurait dehors dix minutes plus tôt. Il commande un verre. La musique est mauvaise et le son, assez fort pour qu’il préfère l’écouter plutôt que parler. D’autant plus qu’il ne sait pas quoi dire. Il vide son verre presque d’un trait et se met à jouer avec la paille jusqu’à la déformer entièrement. Il commande un autre verre et le barbu lui dit que lui aussi en veut un. La serveuse dépose deux verres identiques, elle s’éloigne et ils gardent le silence. Lekman se met à retourner les sacs et les portefeuilles des autres. Le barbu demande ce qu’il se passe et il répond qu’il vient d’entendre un téléphone sonner. Ce doit être le tien, dit-il. L’autre sort son portable, le regarde, et dit non, ça n’est pas le sien. « C’est peut-être le tien, justement? » Mais Lekman n’a pas pris son portable. Alors je ne sais pas. « Pourtant, je suis sûr d’avoir entendu une sonnerie de téléphone ». Oui, ça arrive, répond-il à voix haute, près de son oreille, c’est comme si certaines notes de certaines chansons faisaient vibrer la neurone où ce son est enregistré.
Il avait appris à treize ans ce qu’était un harmonique. À cet âge-là il avait pas mal de préjugés et avait été surpris qu’un philosophe comme Pythagore ait pu étudier pendant son temps libre – c’est du moins ce qu’il supposait – le son qu’émet une corde selon sa longueur. Tout comme il avait été surpris que son professeur de musique, qui portait toujours des pantalons colorés et dont l’haleine sentait le thé, les biscuits mais aussi, comme il ne l’avait compris que plus tard, la marihuana, en sût beaucoup plus au sujet de Pythagore que cette anecdote sur l’harmonique qu’il devait raconter au moins une fois à chacun de ses élèves.
À ce souvenir, Lekman s’intéresse désormais à la conversation et demande ce qu’il en est des filles : est-ce qu’elles sont ensemble, est-ce que chacune est avec l’un d’eux? Le type se met à rire et lui dit qu’elles sont attachées de presse, deux presseuses, alors qu’eux sont journalistes. Ils sont en train de faire plus ample connaissance, dit-il, et il émet un rire gras. C’est un avantage en nature, vu ce qu’on nous paye… », et Lekman ne sait pas s’il s’est interrompu au milieu de sa phrase ou si sa plainte s’est noyée dans la musique avant de parvenir à ses oreilles.
Le barbu s’approche du mur, touche quelque chose derrière des rideaux et va sur la piste de danse qui, tout comme le reste du local, est vide, à l’exception de celui qui passe la musique dans un coin, un gars maigre aux cheveux longs. La boule à facettes se met à tourner. Il fait signe à Lekman de s’approcher, celui-ci commande encore un verre pour se donner une contenance, et le rejoint. La chanson qui passe manque de rythme, impossible de danser là-dessus, tout au plus peut-on tourner sur soi-même les bras sur le côté, à peine étendus, comme si tout le bar était une boîte à musique en mode mineur et aux piles usagées. Et puis, bien sûr, lui aussi aimerait bien être enfermé depuis vingt minutes dans les toilettes avec deux filles. Au lieu de quoi il avait manqué de provoquer la mort de quelqu’un, ensuite il avait bu trois fernets, et à présent il dansait avec un autre homme sur la piste d’un bar vide et sur une chanson de Morrisey.
Il faut qu’il parte: si les années passées avec Fernanda lui ont appris quelque chose, c’est bien à se méfier des journalistes. Pourtant le barbu a l’air sympathique. Il l’accompagne à la voiture, ouvre le coffre, lui donne ses sacs de courses et lui demande s’il ne veut pas qu’il le raccompagne, sûr? Lekman dit non, il lui serre la main et prend un taxi. Le trajet est long, les remarques que lui fait le chauffeur lui font un peu peur et par moments il fait semblant de dormir.
Il n’avait presque plus pris le taxi depuis qu’il s’était acheté la voiture, lorsqu’il avait décidé de s’occuper du terrain à la campagne à la mort de son père, finalement ça ne lui prenait pas trop de temps. L’agronome qu’il avait engagé lui avait dit que le lac avait accumulé tant de sédiments que l’excès de minéraux rendait toute germination « impossible et dangereuse ». Pendant un an on va rien pouvoir cultiver, mais à l’avenir il sera extrêmement fertile, avait-il dit, grâce au potassium. De toute façon, il continue d’y aller une fois par semaine, le jeudi. À chaque fois, il y passe la nuit et là-bas, se réveille à sept heures, c’est tard pour les paysans qui sont déjà réveillés à quatre heures et demi l’été, à cinq heures, cinq heures et demi l’hiver; il y a du givre tous les matins jusqu’à septembre, lorsqu’on sort de la maison ce sont des glaciers fondus qui brillent tels les soleils d’une lointaine dimension. Il vérifie que tout va bien, que les six paysans sont bien là, non qu’ils travaillent, puisqu’il n’y a rien à faire; mais au moins, qu’ils sont sur place pour que personne ne se mette à occuper le terrain, à s’installer dans leurs maisons, et il s’assure aussi que personne, ni voleur ni paysan, n’a rien volé, et que ces derniers ne sont pas soûls et ne font pas venir de femmes. En tout cas, pas quand il est là, car il en va de son autorité, le reste du temps, qu’ils fassent ce qu’ils veulent, tant qu’ils ne volent pas et n’abîment pas. Mais il y a des fois où il y va, rentre et se rend compte qu’il n’a pas échangé un mot avec qui que ce soit, tout au plus quelques saluts de la main. Il se réveille devant chez lui. Il descend du taxi et dépose les sacs de courses sur le trottoir le temps de chercher la clé pour ouvrir la porte. Il monte dans l’ascenseur, pose à nouveau ses courses par terre, et s’appuie contre le mur, tout comme cette nuit-là avec Fernanda, dans ce même ascenseur. Elle était rentrée pour quelques jours. Elle devait rester deux semaines mais était finalement partie au bout de huit jours, et lui avait parlé pour la première fois de la possibilité de rester une seconde année, en disant qu’elle le ferait peut-être.
Malgré tout, les retrouvailles n’avaient pas été désagréables, pensa plus tard Lekman en dressant un bilan dans lequel l’épisode de l’ascenseur compensait d’autres moments où elle recevait des appels sur son portable britannique et revenait au bout de dix à quinze minutes. Un soir qu’ils regardaient un film blottis dans le lit, son portable sonna. Fernanda répondit et partit parler dans la cuisine, très exactement à l’autre bout du trois pièces de Lekman. Elle y resta pendant six minutes, qu’il passa pour sa part couché, dans le silence, la lumière éteinte et le film sur pause, arrêté sur le sourire déformé de l’un des acteurs. Au cinéma il n’y a pas d’instants parfaits, de tableaux, mais un effet de continuité, pensa Lekman au début, en regardant l’écran du téléviseur. Ensuite il pensa à d’autres choses, sans détacher son regard de l’écran. On n’entendait aucun bruit, pas même la voix de Fernanda, mais il savait qu’elle parlait au téléphone, qu’elle chuchotait en anglais, en se couvrant la bouche avec la main. Quand elle revint, le magnétoscope était passé automatiquement sur STOP. Elle se coucha dans le lit et lui dit, comme si de rien n’était, de remettre le film.
Ce qui est sûr, pense Lekman tandis qu’il pose les sacs de courses sur le plan de travail de la cuisine, c’est que s’il n’y avait pas eu l’histoire de son père, Fernanda ne serait pas revenue. Et depuis cette fois-là, ils n’ont pas reparlé de futures visites. En voyant les factures sur la table du salon, telles qu’il les avait laissées quelques heures auparavant, c’est comme s’il se réveillait d’un rêve, d’une nuit ou de plusieurs mois, et il l’appelle pour la première fois depuis longtemps.
Elle décroche à moitié endormie et demande s’il s’est passé quelque chose. S’il l’appelle pour une raison particulière. Il lui répond que non, qu’il avait juste envie de parler, il lui raconte ce qui s’est passé avec le garçon du supermarché, il ne comprend pas comment il a pu agir ainsi, si cruellement; l’épisode du bar, le chauffeur de taxi bizarre qui l’a ramené. L’un des journalistes m’a suivi dehors et a encore insisté pour me raccompagner. Un taxi arrivait à une vingtaine de mètres, lentement, et un autre derrière, libre aussi, mais roulant beaucoup plus vite. À tel point qu’il l’a dépassé et a pilé. C’était un modèle de voiture qu’il n’avait jamais vu auparavant. Le taxi qui arrivait derrière lui a freiné à la hauteur de celui qui venait de le dépasser, a insulté le chauffeur, lequel ne disait rien et regardait devant lui, jusqu’à ce que l’autre chauffeur se lasse et s’éloigne en maintenant la main sur le klaxon jusqu’au carrefour suivant. « Un soir comme celui-ci, on ne fait pas de cadeau », a-t-il dit tandis qu’il passait la première sitôt que l’autre atteignait le coin de la rue. Il aurait juré que c’était un paralytique et qu’il conduisait en actionnant des leviers avec les mains, dit Lekman. Il était assis à l’arrière à moitié endormi, et le présentateur d’une émission de radio nocturne a demandé dans quel volet d’une saga cinématographique se passait telle action et le chauffeur s’est retourné et a dit, surexcité: « Dans le trois, celui où on lui colle une bouteille d’oxygène pour lui faire avaler, ha, et ensuite ils lui tirent dessus, ici, boom, et il explose, ha ha… j’adore ce moment! » a dit le type, dit Lekman, et Fernanda rit et lui dit quelque chose à propos des chauffeurs de taxi londoniens.
Il lui demande alors si elle s’apprêtait à sortir, là-bas il doit être neuf heures du matin. Oui, neuf heures, mais elle dormait, dit Fernanda. Ah, mais bien sûr, aujourd’hui on est samedi, autrement à cette heure-ci en général tu es déjà en train de prendre ton petit-déjeuner. Et à peine a-t-il terminé sa phrase qu’il regrette de passer devant elle pour un maniaque qui connaît sa routine comme s’il la suivait tous les jours dans la rue. Cela n’a pas l’air de déranger Fernanda. Elle rit, encore ensommeillée, et lui dit de ne pas trop se fier aux factures, Starbucks, par exemple, elle n’y va pas très souvent, en général elle n’y prend pas son petit-déjeuner. Cela lui arrive de temps en temps, mais la plupart des reçus, c’est une amie roumaine, qui est serveuse dans l’une de leurs enseignes, qui les lui donne. Et comme ça elle les rajoute aux autres parce qu’à vrai dire, dit-elle, il y a des fois où je ne me souviens même pas comment j’ai dépensé l’argent, ou alors je perds les factures, tu sais que je suis tête-en-l’air pour ce genre de choses. Et Lekman sent quelque chose s’effondrer, dégringoler de quelque part, une phrase sans paroles qui roule le long de son corps.
Il retrouve son souffle et s’enquiert de son travail, ce qu’il n’avait presque jamais fait depuis tout ce temps, il s’en rend compte quand elle commence à lui raconter et que tous les noms ainsi que la plupart des mots qu’elle emploie lui sont inconnus. Il la laisse parler puis lui demande des nouvelles du Turc. Ça va, dit-elle, tout va bien. Il lui demande si elle le connaît personnellement. Oui, bien sûr, dit Fernanda, c’est pour cela que je suis venue, d’une certaine manière, pour cela et parce que l’université possède une bibliothèque très fournie et me donne toutes les facilités. Il lui demande comment il est, en vrai, et elle lui répond qu’elle ne saurait pas dire.
Il se rappelle la façon dont elle l’a abordé: le premier entretien, comment ils se sont revus à plusieurs expositions, à des rencontres, à des ateliers. De l’un d’entre eux ils étaient partis ensemble manger, il était tard, une heure et demi du matin, et il l’avait emmenée dans une cantine de chauffeurs de taxis. Il s’était dit que cela lui faisait perdre toutes ses chances avec elle, mais il l’y avait emmenée quand-même, un peu pour la tester, en partie aussi parce qu’il avait faim et que quand il a faim il est de mauvaise humeur. Et elle l’avait abreuvé de théories sur l’art, de réflexions sur son œuvre, avec des approches et des clés nouvelles qui permettaient de comprendre les travaux d’autres artistes et de considérer comme tels bien des personnes que Lekman, qui était assez conservateur, peut-être à cause de sa formation autodidacte, méprisait jusqu’alors.
Il raccroche et s’allonge dans son lit: il n’arrive pas à s’endormir. Il se lève, retire ses vêtements. Le tee-shirt qu’il a porté toute la journée, depuis ce matin à la campagne, c’est Juana qui le lui avait offert il y a au moins dix ans. Pourtant il est toujours en bon état, gisant sur le téléviseur sous un pantalon avec des traces de boue sur l’ourlet. Il est couché les yeux ouverts. Il met de la musique et se recouche. Deux fois il sursaute en croyant entendre le téléphone sonner; c’est peut-être Fernanda qui veut encore parler ou bien, il ne sait pas pourquoi il y pense, Juana.
Il n’arrive toujours pas à s’endormir. Il prend une douche et remet les mêmes vêtements que la veille. Il va dans la cuisine et range les courses, vide les sacs. Les six œufs qu’il a achetés sont cassés. Il ouvre l’emballage en carton humide et visqueux et voit des taches rouges, du sang au milieu du liquide épais, mélange de jaune, de blanc et de quelques plumes. La poule de la ferme. Il met l’eau à chauffer. Il s’apprête à faire du café puis se rend compte qu’il a oublié d’en acheter. Le moteur du frigo s’éteint seul et on n’entend plus que le tic-tac de l’horloge au-dessus de la porte de la cuisine. Il est neuf heures moins le quart. À cette heure-ci, Fernanda a sûrement déjà déjeuné, en tout cas elle est levée.
À neuf heures cinq il est devant la porte du supermarché, lequel, comme on est samedi, n’ouvre qu’à dix heures. Il s’assied sur le rebord pour attendre, mais aussitôt se relève et va jusqu’à l’hôpital public le plus proche, quatre pâtés de maison plus loin. Il demande à l’accueil si un patient oriental a été hospitalisé la veille, en début de soirée. L’infirmière lui répond qu’elle ne saurait pas dire, « p’tête ben qu’oui, p’tête ben qu’non ». Une autre infirmière, assise derrière le guichet lui dit qu’hier elle remplaçait une collègue de l’équipe de nuit, et qu’elle a entendu parler d’un type qui était arrivé tout seul, à pied, vers huit ou neuf heures. Il n’avait rien de grave, mais le médecin qui l’a examiné lui a recommandé de passer la nuit en observation. Et lorsqu’on a voulu enregistrer son identité et ses coordonnées, il s’est enfui, c’était sûrement un sans-papiers ou alors il ne se sentait pas si mal que ça. Tandis qu’elle descend les escaliers, les yeux de Lekman se troublent, peut-être à cause du mélange d’anesthésiant et de désinfectant qu’on respire.
Devant la porte du supermarché les employés commencent à s’attrouper en attendant le responsable qui a la clé. Il a peur qu’on le reconnaisse s’il reste immobile devant eux et part faire un tour. Lorsqu’il revient c’est enfin ouvert. Il prend un petit paquet de biscuits, du lait, et un paquet de café de cinq cent grammes. La caissière est la même que la veille au soir et en lui rendant la monnaie elle le salue d’un bonjour impersonnel. Mais lui ne la quitte pas des yeux et lui demande si tout va bien. Elle dit oui, mais il n’est pas rassuré, il se rapproche un peu d’elle et lui redemande si tout va bien, si elle est sûre, à présent en couvrant tout le supermarché d’un regard qui va se perdre dans la porte du fond qui donne sur l’arrière-boutique. Aucun problème, monsieur, répond-elle, un peu agacée par son insistance.

* El primer capítulo de Frío en Alaska traducido al francés por Aurore Perrin. Publicado por la revista digital Retors como parte de un dossier sobre cuento contemporáneo argentino. Disponible online

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Frío en Alaska comienza con la historia de un amor declinante, en el que ha sobrevivido la hospitalidad a distancia. Ella, Fernanda, prepara su tesis de doctorado, un estudio comparativo entre cinco pintores, y para eso se radicó en Inglaterra gracias a la beca de un institución generosa. Él, Lekman, uno de los pintores contemplados en la tesis, se ocupa, del otro lado del océano, de rendir los gastos de Fernanda ante los mecenas. Lo que queda del amor, entonces, es el monitoreo recíproco: Lekman acopia tickets de comidas y pasajes de tren y así reconstruye los movimientos y rutinas entre Leeds y Londres; mientras permanece para ella como objeto de estudio (de homenaje) y un referente esporádico vía telefónica. Una gran situación narrativa que insinúa dar cuenta de una pareja en lenta y protocolar extinción, ahogada en las buenas maneras, y, en paralelo, de una forma ambigua de la ausencia. Recuerdos del presente, algo así, desde una tercera persona que enfoca al varón y su indolencia afectiva.
Pero luego la novela de Matías Capelli (cuatro relatos con título propio que sugieren la dispersión) se abre en un sistema de marchas y contramarchas, de planos oníricos y raras aventuras nocturnas, en el que la historia de Fernanda y Lekman sólo se filtra esporádicamente. Y se resuelve, por así decirlo, como un epílogo breve e inesperado. Descentrada, encimada por otros sucesos de índole diversa. Algo que el lector está lejos de imaginar en el capítulo inicial.
Si bien hay un desaire, la subexplotación de una secuencia productiva y promisoria (la verdad, me había entusiasmado con la sorda tensión de Fernanda y Lekman), el libro, al desflecarse, experimenta variedad de tonos y se afianza en la escala micro: aventuras insólitas siempre en los bordes del sueño, narradas con precisión, austeridad y el necesario velo enigmático que reclaman los cuentos en que nada es lo que parece.
Las digresiones pueden ser un modo de control. De postular un caos ordenado para evadir el riesgo que implica una estructura de largo aliento y un eje que, al mismo tiempo que vertebra, acota las peripecias. Mejor, puede pensarse, soslayar cierto clasicismo en general mal pago y ensanchar el cauce de la ficción. La novela, al fin de cuentas, es el género más resistente: nada le es ajeno. Un gesto comprensible para una primera obra de un muy joven narrador. Pero ojo, porque en el magma de sucesos existe un orden secreto, pautado, con enorme coherencia, por esas percepciones extrañas que le dan su clima al libro. Por caso, visiones provistas por el azar y de naturaleza predictiva. A saber: la señora que, a la vera de una ruta, en un salar, cae despatarrada es el boceto del reencuentro de Lekman con Juana, un antiguo amor. Una cita que ocurrió antes, pero que se relata después. De este modo, algunas imágenes al parecer caprichosas ofician de pistas, ligan las partes y adquieren sentido en forma episódica. Pero sin desfigurar la materia incierta de que está hecho cada incidente ni fijar una temporalidad reconocible.
Al promediar el primer capítulo (la pareja separada), la novela, entonces, emprende una progresiva inmersión en aguas turbias. Disuelve así sus trazos más definidos (los personajes, una situación en proceso impregnada por cierta melancolía) para multiplicar panes y peces. Al margen de los aciertos descriptos, la opción por episodios de intensidad media (más extrañeza que emoción, incluso en la breve escena en que se atisba un enraizado entuerto familiar) deja la sospecha de una dimensión de la sensibilidad negada voluntariamente. Creo que sin esa limitación, la sólida prosa de Capelli saldrá ganando.
Alejandro Caravario

*Publicado en la revista Llegás, octubre de 2008.

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En Frío en Alaska, Matías Capelli crea una conciencia que se deja flotar en una indistinción entre los hechos y la actividad febril del sueño, haciendo presente la idea saereana según la cual el 95 por ciento de la actividad mental es delirio y fantasmas. 
La conciencia en cuestión es la de Lekman, un joven pintor noruego que inmigró a la Argentina en la infancia y que desgaja su biografía (un primer beso con la madre de un amigo, un noviazgo juvenil, la separación de los padres, el trabajo en un banco francés) mientras sobrevive a una especie de melancolía neutra, atravesada por arrebatos de fría intensidad.
El libro de Capelli está fuera de los géneros, en algún sentido. Son cuatro partes que funcionan como relatos interdependientes, cada uno con una anécdota que aparenta ser central y que va cayendo en direcciones que parecen productos de una deriva por la mente de Lekman y por la ciudad de Buenos Aires. El primero, por ejemplo, encuentra a un Lekman desapasionadamente obsesionado con las boletas que envía Fernanda desde Inglaterra Fernanda. Ella ha sido su pareja y ahora está instalada en Europa gracias a una beca de artes que exige un minucioso detalle del uso del estipendio. Pero lo que promete ser un relato condicional y administrado por los celos (Lekman registra las compras de preservativos, los viajes a Londres de Fernanda) se disuelve cuando Lekman sale a la calle y una serie de incidentes lo conducen primero al peligro, y después a la culpa.
Los escenarios que elige Matías Capelli para su personaje en este relato hacen pensar en las películas de Martín Rejtman, a pesar de que su ruptura con el realismo no sea tan radical ni pase por lo mismos lugares: un pub-disco vacío, un supermercado coreano, un hospital hostil.
El segundo relato, sin embargo (escrito en segunda persona sin una visible necesidad) pone a Lekman en una situación familiar típica de los relatos post-divorcio, almorzando en el día de la madre con la nueva familia de la suya y haciendo las muecas propias de la situación, con una amenaza de realismo de baja intensidad que hace dudar de la apuesta general del libro.
El tercero es la noche zombi de Lekman, que despierta con una culposa polución nocturna y sale a caminar para encontrarse con un perseguidor indigente, al que termina hiriendo de un certero botellazo a distancia. Toda la secuencia vacila entre el sueño y la vigilia, como en una reconstrucción en neutro (la prosa de Capelli tiende a la claridad y a la precisión) del desconcertante Restos diurnos de Fogwill.
El cuarto relato es la apuesta de máxima de Frío en Alaska, y también activa inmediatamente un recuerdo cinematográfico: el de Mulholland Drive, de Lynch. En este relato Lekman realmente actúa como una conciencia descompuesta, una mezcla de anécdotas vertebradas sobre un viaje fantasmal hacia un dudoso balneario llamado Alaska. En el viaje, Lekman atraviesa a pie un salar inmenso y se cruza con los indicios de toda su vida, sin que al lector se le den pistas del estatus de esos indicios en relación a una supuesta realidad objetiva. El rompecabezas tiende a armarse en el final, como en la película de Lynch, y nos muestra la cercanía del fracaso general de Lekman (como pintor, como amante), como si el personaje hubiera fallado al blanco de la vida. Pero es un fracaso ligero, sin estridencias, el fracaso que corresponde a la juventud de una ciudad que pierde sustancia y se transforma en un módulo habitacional sin identidad, la ciudad que Capelli ha dibujado alrededor de su espectro.
Algo falta en esta intersección entre vacíos que es el libro, sin embargo, algo que integre los pedazos: una falta que altera el tempo narrativo y obstaculiza la lectura, y que uno puede situar entre las irregularidades temporales del relato y los arrebatos líricos de la prosa de Capelli, deuda probable con las citas de Clarice Lispector que abren y cierran el volumen.
Flavio Lo Presti 

*Públicado en el Suplemento Cultura, La voz del interior, 6/11/08.

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Distorsiones cotidianas, por Walter Cassara

Con un pie en la vigilia y otro en el mundo de los sueños, imperturbable, taciturno y ligeramente paranoico, Lekman -el personaje que une las cuatro historias que componen Frío en Alaska, primer libro de Matías Capelli- podría ser quizás un digno heredero del afiebrado nihilismo à la russe si no fuera porque se desliza por la realidad como un zombi, y porque carece, además, de un pathos reconocible. Nada, en apariencia, lo conmueve. Ninguna tensión emocional, ningún “demonio” filosófico parece alterar esa serena y banal ataraxia en la que su juventud se consume. No obstante, a pesar de su atonía o quizás a causa de ella, Lekman se está “desangrando”. De hecho, el segundo relato de la serie, narrado en segunda persona, se titula “Sólo estás sangrando”, con ese adverbio delante (“sólo”) que hace que la situación, en vez de atenuarse, se enfatice brutalmente.
En este sentido, la prosa austera, estilizada y precisa de Frío en Alaska es el correlato perfecto de ese absoluto vacío, de esa pura interioridad sin referentes que se expresa a través de su personaje principal. Un poco a la manera en que el cineasta americano Gus Van Sant, en Elephant , aborda con largos travelling s y contraplanos esa afasia emotiva en la que viven muchos adolescentes en la actualidad, la escritura de Capelli se demora en la cotidianidad de Lekman (sus amores fallidos, su familia, su vocación frustrada de pintor) para registrar las cosas desde un punto de vista crítico o “clínico”, aunque algo distorsionado por la mirada del personaje. Así, puede comparar el color del cielo con “una taza derramada de petróleo sin refinar” o describir un festejo del día de la madre en los términos de alguien que se siente “entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country”.
En la última historia, la que da título al libro, Alaska -que muy poco o nada tiene que ver con el estado norteamericano homónimo- es un lugar imaginario en el que se entrecruzan el paisaje de un balneario bonaerense con un desierto de sal y, por si eso fuera poco, con la estepa siberiana. El relato, que está narrado como una serie de sueños incongruentes que se van ligando, actúa como un catalizador de las tres historias anteriores. Si bien una lógica onírica rige la construcción narrativa, no se trata aquí de sueños labrados como ficciones o parábolas literarias, al modo en que lo hicieron Borges o Kafka. Se trata de restos diurnos, auténticas costras del inconsciente que se acoplan azarosamente hasta conformar una historia completa. De ese detritus apenas entrevisto con los ojos abiertos, de esas nulidades, frustraciones y sombras de la existencia, está hecha la vida de Lekman y también la escritura -tan bien calibrada- de Matías Capelli, joven escritor nacido en Buenos Aires en 1982.
Walter Cassara

*Publicado en el ADN cultura, La Nación, 11/10/08.

 

 

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