“La escritura es una necesidad de la especie” (Entrevista a Marcelo Cohen)

El Delta Panorámico es el mundo ficcional en el que transcurren todos los libros publicados por Marcelo Cohen en la última década. Fue inaugurado por los relatos de Los acuáticos (2001), y Balada, su novela más reciente, como un islote recién emergido a la superficie, no hace más que expandir y reconfigurar sus límites. Y aunque a esta altura se pueda tener la impresión de que Cohen siempre trabajó meticulosamente sobre la misma maqueta, basta hojear sus libros de los años ochenta y noventa, y cotejarlos con sus datos biográficos, para hacerse una idea de la génesis o fundación de este espacio literario.
A mediados de los noventa Cohen regresó a la Argentina después de veinte años de exilio español. Era, por aquel entonces, un escritor de culto (y un muy destacado traductor literario). De la novela rockera El país de la dama eléctrica (1984) a la ciencia ficción distópica y retrofuturista de El oído absoluto (1989) y El fin de lo mismo (1992), con una decena de libros publicados Cohen había configurado una obra por demás singular, al margen de las tendencias dominantes de la literatura argentina. Fue esa distancia que mantuvo con el campo literario local –y con el español, al que nunca se integró– lo que le permitió ir libando una obra única, difícil de catalogar, que abrevaba tanto en Ballard y la speculative fiction anglosajona como en Leopoldo Marechal y Lezama Lima, por citar algunas referencias.
Fue una vez de vuelta en su ciudad natal, que el proyecto del Delta Panorámico fraguó. Era una forma de no estar en Buenos Ares, incluso estando físicamente, dice Cohen. “Me daba mucho miedo esta realidad invasiva y abrumadora, que me provocaba reacciones, tanto en el gusto como en la repulsión, mucho más intensas y violentas que la española. Entonces me inventé este lugar al que me voy todo el tiempo en que no estoy inmerso en la realidad nuestra tan problemática.”
Novela de aventuras en clave de comedia romántica, Balada transcurre en la isla Asunde. Después de escuchar a Deisi Munava, una enigmática gurú espiritual, pronunciar un número en voz alta, Lerena Dost apuesta y gana una fortuna en la lotería. Pero hay algo –llamémoslo culpa o agradecimiento– que la impulsa a dar con Deisi y para encarar la pesquisa convoca a Susano Botilecue, un viejo amor del pasado al que Lerena le había roto el corazón sin piedad.

 

Aunque no es una típica historia romántica sino más bien un coletazo tardío o, en términos musicales, un reprise, en Balada se habla en forma explícita acerca del amor. Que es lo único que da sentido al mundo o que licua el bloque de piedra que hay en lo más recóndito de todos los seres…
Suena bastante melodramático (risas). Balada es una comedia romántica con un dejo de otras cosas. O es la comedia romántica que podía escribir yo. De manera que esas frases pueden ser ciertas o pueden ser pura grandilocuencia del narrador que tiene simpatía por estos personajes que, cuando ya no tenían que ver el uno con el otro, deciden embarcarse juntos en la búsqueda de un objetivo muy preciso. ¿Qué decir? ¿Donde hubo fuego, cenizas quedan? ¿Que hay un rescoldo amoroso? Yo prefiero decir que a veces los cortes amorosos son prematuros y las relaciones siguen de largo sin las personas involucradas. El amor se metamorfosea, parece que se extingue, y a veces no.

 

Un torrente, como diría John Cassavetes…
Los españoles con su amor por el lugar común dirían que es como el Guadiana, ese río que desaparece y después vuelve a aparecer. No encuentro el símil, precisamente por eso escribí la novela. Lo cierto es que el amor nos puede convertir en estúpidos, pero también nos puede librar de muchas tonterías. El amante es implacable, pone el dedo donde más duele. El amante te enseña, siempre y cuando quieras prestar atención. Por eso tantas veces uno se escapa, porque no puede tolerar que lo hayan descubierto.

 

Hablando de baladas, ¿cuáles son tus favoritas?
I’ll Be Seeing You me conmueve hasta la médula, cantada por Billie Holiday o por Ricky Lee Jones. Y también baladas pop, como las de Stevie Wonder. Sobre todo esa que dice (Cohen tararea la letra) “My premonition misses” ¿Cómo es que se llama? (Se levanta y busca en su discoteca, mientras sigue tarareando) ¡Lately! Y Michelle, de los Beatles, también. O She, de Charles Aznavour. O baladas de Litto Nebbia como El otro cambió, los que se fueron o Haz tu mente al invierno del sur, que cantaba Gabriela. Y las de Spinetta me gustan muchísimo.

 

La figura del líder espiritual, en este caso Deisi, está presente en casi todos tus libros. ¿Te parece que puede accederse a la experiencia mística a través de los textos o que la figura del maestro juega un rol crucial?
Yo creo que hace falta un maestro, aunque puede no tener un certificado de magisterio. A todos los que les importa dar con, como decía Plotino, lo más importante –llamémoslo gracia, iluminación o el fin de la ansiedad, pueden llegar conversando con ciertas personas que se lo han tomado muy en serio. Cuando uno está verdaderamente sumido en esa búsqueda, que no es evidentemente mi caso, va y busca a ese tipo. Pero uno también puede sentarse y meditar, o hacer un psicoanálisis profundo. Todo eso funciona. Y la literatura también sirve para eso.

 

¿Te pasó de haber tenido crisis con la escritura, de desencanto, de replantearte por qué, para qué escribir?
Duran poco, pero, cada tanto, aparecen. A cierta altura de la vida, después de haber hecho tantas horas esto, al cohete, porque sí, porque te impulsaba qué exigencia, qué búsqueda de placer, qué necesidad amorosa, o qué sueño de realización, no importa; después de tantos años de haberlo hecho, te das cuenta que esto de escribir no tiene objetivo. Sin duda, como bien dice Aira, con el lápiz te dan el narcisismo. Pero llega un momento en que te das cuenta de que está la muerte, que después no hay nada, y que lo que más te gusta de hacerlo es estar haciéndolo. Yo me siento más pleno cuando el motor está funcionando. Cuando estoy escribiendo mi relación con el mundo es más viva, la percepción está más despejada, los sentidos están más atentos, y me llevo mejor con la gente. En mi caso los momentos de escribir duran lo que duran, y están mezclados con montones de otras exigencias. Si no, no podría hacer una revista como Otra parte. Lo que me molesta es no tener momentos de silencio en que no pase nada.

 

¿Es una cuestión higiénica?
Hay que tener tanto cuidado con las palabras, “higiénica” no es la correcta. Hay que tratar de despejar la percepción. No se trata de limpieza. Y si es una limpieza, es pasar el paño (risas) para que el vidrio no esté muy empañado. Para que la mente se apacigüe y evacue todo lo que no le sirve, lo que juzga que no la está alimentando.

 

Sos un lector voraz e incasable. ¿Con la lectura te pasa algo parecido?
Cada vez más, con los años, leer se volvió el placer esencial. Pero también me doy cuenta de que no sentiría tanto placer, si no fuera yo mismo escritor. Si no escribiera, no leería tan contento. Hay un resto de competencia con lo que lees, siempre. Aunque no veo posible escribir mejor que alguno de los escritores que admiro mucho. Eso para mi está liquidado. Mi relación no es la de Wallace Steven con Eliot, o la de Pound con Whitman. No es esa: los escritores que más admiro, me resultan inalcanzables.

 

¿En quiénes estás pensando?
El primer nombre que surge, como narrador, es Faulkner. Este verano lo estuve releyendo y me di cuenta de que esa monumentalidad dolorosa, esa torrencialidad donde se confunde imaginación, desgracia, agudeza de la percepción y audacia de la innovación, tragedia y ridículo; las formas del tiempo, el pasaje de las generaciones, la locura familiar… Toda esa corriente turbulenta y llena de remolinos que es una novela de Faulkner, está muy cerca de la locura. Uno empieza a tener la sensación de estar escuchando a un loco. A un loco iluminado. Y lo seguís porque la felicidad que te da es que el tipo se inventó una lógica. Y después están Kafka, Flaubert, Beckett, Joyce… O poetas como Pessoa, Eliot, Ponge, Michaux: ¿quién puede escribir como esos tipos? Seguramente saldrá el que escriba como ellos, pero uno no es tonto. Algunas cosas salieron más o menos bien, me lo dicen algunos lectores; no es que uno sienta que es un fracaso, pero conoce sus limitaciones.

 

Los personajes del Delta Panorámico, más que en papel, leen soportes similares a las tabletas. ¿Crees que seguirá habiendo, más allá de los libros, una literatura inmaterial?
El sentido de la literatura es la expansión permanente de sus límites. Yo creo que las literaturas inmateriales van a prosperar simplemente por la inquietud de la renovación, que es parte de la gracia de hacer literatura. La necesidad de escribir, como acto físico, y de obtener un documento de ese momento de escritura, es un impulso muy resistente que no desaparecerá. Da mucho gusto a las personas que lo practican, satisface necesidades, y sigue dando placer, estremecimiento, dolor y conocimiento a los que leen. Tanto el libro de papel como el electrónico, son objetos que uno tiene entre manos, donde hay unos signitos oscuros que en interacción con la mente, provocan la aparición de mundos, de personas y suscitan pensamientos y emociones. Es muy raro. Ya de por sí eso tiene un componente inmaterial muy fuerte. ¿Dónde tiene lugar? ¿En la mente, en los signos, en la mano que sostiene, en la luz que alumbra el texto, en el texto mismo? Me parece que es una adquisición de la humanidad, ya está en nuestros “memes”, que según el biólogo Richard Dawkins son algo así como genes culturales. Lo ves cuando un tipo entra un bar y necesita tener algo en la mano y ponerse a leer, aunque sea el Olé. La lectura es una necesidad de la especie.

 

¿Te imaginás escribir ficciones que no transcurran en el Delta Panorámico?
El Delta Panorámico se me hizo muy práctico porque puede pasar todo lo que pasa por mi cabeza. Me permite una ilusión de unidad, y de contar cualquier cosa viéndola desde afuera. Es un campo en donde lo que vivimos como realidad aparece como alucinación, y la lógica en la que nos movemos, aparece como un capricho. Me siento muy cómodo ahí. Pero al mismo tiempo me gustaría escribir una historia gótica sobre la Buenos Aires actual. ¿Qué narrador no siente la tentación de escribir una historia profusa que transcurra en los rincones que solo él cree conocer de su ciudad? A veces pienso que, tal vez, un escritor del Delta Panorámico, un personaje llamado Marcelo Cohen, pueda inventarse una ciudad completamente extravagante, llamada Buenos Aires. Ese es el truco que se me ocurrió. Espero llegar a hacerlo.

 

Sos un muy reconocido traductor literario, pero tu obra narrativa es prácticamente intraducible. ¿Vivís esta paradoja como una especie de karma, o es una estrategia deliberada?
Yo no me di cuenta de que me estaba volviendo intraducible. Y cuando me di cuenta, ya era tarde. Muchas veces algún extranjero se entusiasma con mis libros y me avisa que lo está traduciendo por gusto o desafío, pero después se da cuenta de que lo que va a dar en otro idioma es algo tan extravagante que probablemente va a ser muy poco leído. Pasa con otros escritores argentinos: es muy difícil traducir a Leónidas Lamborghini, a Zelarrayán o incluso a Cucurto. En la medida en que las lenguas se vuelven enormemente específicas, la traducción se hace más complicada. Y en el caso mío está la invención de palabras nuevas que manifiestan un mundo, determinado e inexistente, con sus propias reglas. Nunca pensé “¿y esto, cómo se va a traducir?”. Y ahora, como dirían las madres, mirá las consecuencias (risas).

Publicado en la Revista Ñ, octubre de 2011.

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