El piso de la cocina está sembrado de granitos blancos; parecen grumos de arroz cocido, pero son gusanos. Salen de una bolsa de basura donde se pudre un seso, que daba asco cuando todavía estaba fresco. El lector también siente asco. Y esto es lo bueno: que una sensación pase de lo imaginado por el escritor a la sensibilidad de su eventual lector. Algunas escenas de Trampa de luz, la primera novela de Matías Capelli, tienen esa capacidad de convencer sobre lo que cuentan. Así, una noche de tormenta en los suburbios, donde la oscuridad es menos temible que la mezcla de engrudo, agua y barro que cubre al personaje, que está haciendo una changa con la pegatina de carteles políticos; o la amenaza de tres tipos a un auto detenido en la bajada de una autopista, donde el personaje sale disparado de su abulia para tomar el volante y salvar a las chicas tontas que lo acompañan; o un prostíbulo de las orillas, que sirve el litro de cerveza en gigantescos vasos de plástico para evitar que los restos de una vajilla normal se conviertan en armas de las grescas entre la concurrencia.
Con un poco de Beckett, en la impasibilidad del personaje, y algo de Onetti, en la turbiedad del relato, Capelli cuenta un solo día de agosto, en el que hace treinta grados de temperatura mientras se prepara una tormenta. El narrador se impone un paso acotado de tiempo que no da lugar a imprecisiones y permite comprobar si está preparado para el ejercicio de narrar en orden los hechos de esas veinticuatro horas, lo cual puede parecer fácil pero no lo es. Exige un fuerte control de la materia tanto en lo que se cuenta del presente como en los flashbacks que van abriendo el relato hacia el pasado. La novela no se desequilibra ni en uno ni en otro tramo de tiempo.
Contribuye a este equilibrio la narración en una tercera persona que no se aparta nunca del único personaje cuyos pensamientos y movimientos sigue exclusivamente. El discurso indirecto libre (es decir la tercera persona que funciona semánticamente como una primera, produciendo el efecto de que el narrador sabe todo lo que tiene o quiere saber sobre el personaje) permite esta fijación estricta de duraciones, ya que el relato sólo se distrae o se desvía cuando es el personaje quien se desvía o se distrae; no hay otros que lleven la narración de aquí para allá.
La novela se atiene deliberadamente a estas reglas de sintaxis narrativa. Capelli confía en la coherencia que pueden darle a un texto donde se cuenta una deriva, pero no se elige la forma floja y más bien fácil de pasar de cualquier cosa a cualquier otra. Por el contrario, todo en Trampa de luz está perfectamente motivado. Capelli presenta una vida caprichosa y medio desquiciada, pero no una narración que merezca estos adjetivos. Aunque la novela es “temáticamente” actual, tiene un orden que no responde a la costumbre de contar vidas desordenadas de modo desordenado.
El día elegido, en el final del invierno porteño, hace un calor que anuncia tormenta. En ese clima de inminencia tiene lugar la ceremonia fúnebre que recuerda el primer aniversario de la muerte del abuelo del personaje. Esto permite intercalar una historia familiar que, en parte, explica al personaje (le da un origen a su presente) y, en parte, abre el transcurso del día intercalando una historia familiar decadente, en un aspecto, y de enriquecimiento “menemista”, en otro. El personaje ha trampeado a sus primos con una fracción de herencia e intuimos que él mismo será trampeado: es un perdedor y no saldrá de su agujero. Deambula como una excrecencia inesperada en el cementerio parque, un paisaje bien de nuevos ricos, y arrastra hasta ese lugar una vaga propuesta para que se reúnan una madre y una hija (su abuela y su propia madre). Nada que nadie pueda tomar en serio, gastar plata para mandar a una vieja a Vancouver, donde vive su hija, sin razón evidente, salvo que el personaje piensa que estaría bien.
Así son sus cosas y sus proyectos: carecen de razones, pierde trabajos sin ser un inútil completo, adquiere otros, depende del portero de su casa para conseguirlos. Así también entran y salen algunas (pocas) mujeres de su vida. La mañana en que comienza la novela, una de ellas, Ariadna, le tira su hilo, bajo la forma de un fajo de billetes. El hilo de Ariadna no lo guía dentro de ningún laberinto pero le permite pagar la luz que estaban por cortarle. Es evidente que Capelli no quiere suscitar una divagación académica sobre el nombre de esta mujer que lo ha abandonado y reaparece tan providencialmente. Más bien, muestra la forma en que los mitos han venido degradándose hasta llegar a ser sólo un auxilio contra los cortes de Edesur por falta de pago.
La novela se protege de interpretaciones eruditas del nombre Ariadna, porque es una escritura culta que no subraya las referencias culturales. Evita enfatizar señalamientos para lectores que los necesitarían como si estuvieran recorriendo no una ficción sino una pista de aterrizaje. La primera mujer se llama Ariadna, y cuando aparece, esa mañana de agosto, no sólo le tira un fajo de billetes al personaje, sino que le avisa que está embarazada de otro hombre. La otra chica se llama Nadia, el que quiera seguir el nombre que lo siga. Pero no es necesario.
Lo que en cambio merece pensarse es el motivo por el cual nunca es nombrada una ciudad descripta con fragmentos que pertenecen a Buenos Aires (cada lector puede decir: Constitución al sur, Flores al sur, Pompeya, lo que sea). En las primeras páginas, los treinta grados de calor y la basura en las calles ponen las cosas en una zona marginal que podría estar en muchas partes. Más tarde, se aclara que la tormenta esperada es la de Santa Rosa, típica del invierno porteño. Esas casas de departamentos más o menos señoriales en barrios que no prosperaron, esas iglesias tan cerca de descampados, esos boliches de barriada pasoliniana, esas colectoras de autopista donde se fantasea la inseguridad o se esconde el peligro verdadero, son Buenos Aires para quien conoce bien esta ciudad.
Capelli no menciona calles, plazas ni barrios, como si este fuera el verdadero secreto de su novela. Produce una especie de intriga urbana: ¿dónde estoy? ¿dónde están caminando estas gentes? En contra de una fijación pintoresquista, Capelli describe una especie de modelo de Buenos Aires, donde cada fragmento es reconocible, pero no se lo menciona por su nombre. Preciso en la descripción de edificios y calles; mudo en la mención de nombres. La estrategia es deliberada.
Va en contra de la identificación fácil, como todo en esta novela de medios tonos. El deterioro es desprolijo, no dramático. Lo que se cuenta es una historia de pérdidas: el departamento se arruina; el auto, en una descripción detallada y perfecta, se reduce a chatarra. Esto es lo mejor de Trampa de luz, que presenta, pieza a pieza, la decadencia del metal, la oxidación, las abolladuras, los vidrios rotos. Si algunas novelas se definen en una escena, Capelli ha alcanzado la suya destruyendo un auto.
Beatriz Sarlo

Publicado en el Suplemento Cultura, Diario Perfil, septiembre de 2011.

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Sugerir el poema, decía Mallarmé. En lugar de nombrarlo, sugerirlo. El poema o la novela, para el caso es lo mismo. Por ahí camina la escritura de Matías Capelli. En los relatos de Frío en Alaska. Y ahora en su primera novela, Trampa de luz. En lugar de nombrar, sugerir. Escribir sugiriendo. Eludir la pesadez referencial de las representaciones realistas, costumbristas, etc. Eludir el tedio. Nombrar es perder las tres cuartas partes del goce, también decía Mallarmé. Sí: nombrar es aburrir. Así que sugerir, entonces. Dejarle al lector algunos agujeros para que pueda respirar.

Un día en la vida de un joven sin nombre en una ciudad sin nombre. Una ciudad que podría ser Buenos Aires, pero también cualquier otra ciudad del mundo. Es lo de menos. Anomias. Un día de novela, entonces. De la visita salvadora de Ariadna (su ex novia) por la mañana (que viene a devolverle dinero) a la visita al prostíbulo por la noche con su amigo Silas, el portero del edificio, que hace las veces de compañero de changas. Después, una coda. Un bonus track. Una de las mejores escenas del libro. Un amanecer cómicamente sórdido en el interior del viejo Chevette desguazado de la madre. (Ese Chevette que recorre todo el libro, punteando la indolencia.) En el medio, desplazamientos. Un vagabundaje. El protagonista de Trampa de luz va de acá para allá, como abombado. Al garete. Sin ganas, algo deprimido. Un poco, no mucho. Como todos los jóvenes. O casi todos. Arrastrando la osamenta. Cargando su desidia como una suerte de maldición que no parece preocuparle demasiado. Sacando mecánicamente fotos con la cámara de Ariadna, resabio de otra época en la que a la vida, sin ser maravillosa, al menos no había que arrastrarla. (“Toda vida es un proceso de demolición”, decía Scott Fitzgerald). En su deambular, pasa por la “central de pagos de la compañía eléctrica” para pagar la luz, se mete en el museo de arte contemporáneo (“más que nada por el aire acondicionado y para usar el baño”), hace tiempo antes de asistir, por la tarde, a una ceremonia en homenaje al abuelo Joaquín, fallecido un año atrás, en el cementerio parque.

En segundo plano, por atrás, la historia de la familia. Los abuelos, los padres, los tíos, los primos. Una historia que se cuela, de a poco, por los resquicios del texto. Y la noticia de un robo de un camión de caudales en el que murieron dos custodios (los mataron a quemarropa junto al parque del lago, en un puesto de comida). También, una puntada detrás del ojo, consecuencia de las constantes erecciones, propias de la juventud. Como un castigo. Fogonazos que cruzan el cerebro. Y la gripe “mortal”, o “letal”, que reenvía al espectáculo de la gripe porcina de 2009. Leitmotivs. Puntales del texto. Eso y el calor. Agobiante. Treinta y cinco grados de sensación térmica. La novela, sin embargo, no transcurre en verano. Estamos en agosto (nos enteramos). Se avecina la clásica tormenta de Santa Rosa. En Trampa de luz, todo está regido por una suerte de principio de incertidumbre: las cosas nunca son lo que parecen. Un seso crudo se pudre en un tacho de basura. Del tacho salen gusanos blancos que, en un primer vistazo, parecen granos de arroz. Parecen, pero no. Son gusanos. Una simple muestra de los millones que afuera, en la calle, en las veredas, en las esquinas, ayudan a descomponer los residuos encerrados en las bolsas de basura que se acumulan por un conflicto gremial de los recolectores. Dobleces, trampas.

Trampa de luz es, también, una novela de pasajes. De trampas y de pasajes. Un sutil encadenamiento de escenas. Hábiles costuras que hacen pensar, al principio, en un mal funcionamiento. Que el narrador trastabilla. Pero no. Parece, pero no. A las pocas páginas comprobamos que en esas pequeñas elipsis, en esos sorpresivos saltos y desajustes, hay toda una apuesta narrativa. Del marco al pasado y del pasado al marco. Casi siempre en indirecto libre. El narrador sigue de cerca, nada se le escapa. Escribe los pormenores de la cabeza del protagonista. Devaneos. Pasajes y devaneos. Todo impecablemente imbricado. Pero nunca la explicación, esa enemiga del relato. En la casa del tío Víctor, se mete en su bolsita de plástico una tetera de plata. Después, un encendedor de metal macizo que encuentra en la cama de su prima. Distraídamente, mirando para otro lado, haciéndose el boludo, se los carga. Porque sí. Con algo de resentimiento, vengativamente (el tío Víctor es un burgués exitoso, adinerado). Pero eso no se enfatiza, no se señala. Como un cleptómano, pero sin la enfermedad. Sin causa. Los comportamientos de los personajes no son anunciados, las acciones no se anticipan. No hay “mecanicidad” en Trampa de luz. Un mundo nuevo en cada frase. Nada es previsible. Locura doméstica, de entre casa.

Finalmente, la tormenta no termina de desatarse. Unos chaparrones, sí. Pero nada más. “Al final, un fiasco tu Santa Rosa”, le dice el protagonista a Silas cuando vuelven de pegar unos carteles en la calle. La tensión se desinfla. Como en los relatos de Hemingway o de Raymond Carver, la amenaza se desvanece, se disuelve, se vuelve inofensiva. La escena de sexo en el Montreal, un piringundín de mala muerte, prefigura el hermoso final, en el que, si el Chevette vandalizado tuviera espejo retrovisor, el protagonista podría ver en su rostro “una expresión ausente casi beatífica”. La expresión de un Buda después de masturbarse. Un Buda sin sabiduría. Un Buda que dice: “Los días pasan, a veces es lo único que puede decirse de ellos.”
Mariano Dupont

*Publicado en El interpretador, mayo 2012.

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El nombre no importa. Nunca lo sabrá el lector. El simulacro del anonimato se mantiene hasta el final, cuando el joven protagonista de Trampa de luz (Eterna Cadencia), la primera novela de Matías Capelli, ante la quietud del amanecer, distingue la silueta tenue de un arcoiris contra la palidez del cielo. Quizá sea un efecto óptico, el residuo póstumo de la belleza frente a un cuadro cuyo tema es la degradación. O un modo de compensar la secuencia de una analogía que se intuye desde el principio. Un auto y una vida transformados en chatarra. “Los días pasan, a veces es lo único que puede decirse de ellos”, sugiere el narrador, como si fuera una primera persona que dosifica la calibrada intensidad de sus acotaciones. Del epílogo de ese día de agosto en que la sensación térmica bordeó los 35 grados y la anunciada tormenta de Santa Rosa se malogró en un chaparrón, mejor no adelantar una línea más. El derrotero inicial se rastrilla sin estridencias. La mañana de ese día en que se cumple un año de la muerte de su abuelo se aceita con una visita inesperada. Su ex pareja, embarazada de otro, le devuelve un dinero que promete un módico alivio a las deudas acumuladas por alguien que a duras penas sobrevive de changas: pega carteles políticos junto al portero de su edificio. Ver basura de días anteriores en el piso, y sobre todo comida, incuba el asco del protagonista. Ya ni el fumigador se atreve a entrar a ese departamento de su abuela, que le dejaron sus padres cuando se fueron a vivir a Canadá.

Antes de que el alivio se evapore como se han esfumado sus ahorros, el fajo de billetes que le arrimó su ex –Ariadna– mitiga una urgencia doméstica: abona la luz y evita que se la corten. Este joven desclasado de “alcurnia”, nieto de un estafador –el abuelo Joaquín–, que nunca tuvo pulso para los negocios y dilapidó su patrimonio, tira del ovillo de la historia de su familia. El aniversario de la muerte de su abuelo alienta una evocación de la que emergen macerados rencores de clase cuando contrasta in situ la brecha material con su tío y primos ricos. “Ya es hora de que les toque perder”, postula este joven que no termina de completar el círculo de su presunta derrota al flamear la bandera del desdén maternal. Las “mentiras tranquilizadoras” –que le siga hablando a su madre de lo que ha perdido, el trabajo en el gimnasio y de Ariadna– certificarían un legado atávico, la punta de un afilado iceberg de capas de imposturas. Pero las herencias, siempre incómodas, también sucumben al efecto de la descomposición.

El autor de los cuentos de Frío en Alaska repasa los disparadores de su primera novela. “Quería narrar un día en la vida de una persona, una idea más formal. Había algo en el día que es un relato en sí mismo; tiene una narrativa propia, como cualquier día tomado aisladamente”, cuenta el escritor a Página/12. Al eslabón del desafío formal, la unidad de tiempo, le añadió una imagen que avivaba un enigma. “Había un auto cerca de mi casa. Cada vez que pasaba estaba peor. Y seguía ahí. Como me intrigaba mucho, me empecé a preguntar qué historia podía haber detrás de ese auto. Si era de alguien que tenía problemas económicos, en todo caso lo habría vendido. Me preguntaba si el dueño estaría muerto o enfermo; qué podía esconder como historia un auto abandonado. Y esto me terminó llevando a imaginar a una persona más o menos de mi edad. Digamos que empecé por el final, por la imagen del auto, y después vino el resto.”

–¿Por qué aparece la herencia como uno de los tópicos más potentes de la novela?

–Alguien hereda un auto usado y un departamento de su familia y no es capaz de conservarlos. Este personaje no puede conservar lo que tiene, desde las relaciones de pareja hasta lo material, como la herencia modesta que le dejan los padres cuando se van a vivir al exterior. En la novela está la herencia en sentido simbólico, no sólo de los objetos, sino de ciertos destinos, familiares. El abuelo del protagonista, en un momento, mediante unos manejos turbios amasa una fortuna, pero después la dilapida hasta perderlo todo. Mi personaje está en la encrucijada de traicionar a parte de su familia y quedarse con una plata, pero se pregunta si él también es parte de este linaje de hombres fracasados.

–Quizás algo de ese linaje ya estaba en los cuentos de Frío en Alaska, ¿no?

–Sí, Trampa de luz mantiene una afinidad con variaciones. El protagonista masculino es bastante solitario, con una relación conflictiva con su entorno. Decidí que estas cuestiones resonaran entre los dos libros, como si hubiera un diálogo.

–¿Este diálogo incluiría también la sensación de extranjería? Cuando el personaje de Trampa de luz recorre “el oasis residencial distinguido” de Barrio Parque, es un fracasado en un ámbito que destila opulencia, como si fuera un forastero.

–Dentro de ciertos límites no muy dramáticos, el personaje es un desclasado. Así como es un forastero con cierta parte de su familia o en ciertas zonas de la ciudad, también en la segunda mitad de la novela, cuando se interna en los bajos fondos del conurbano, se involucra. Pero tampoco termina de reconocerse ahí, como si estuviera teniendo una aventura medio lumpen. El personaje de Trampa de luz puede ir al Malba, recorrerlo y sentirse un poco extraño, aunque se puede conmover con una imagen y sabe cómo moverse en un museo. Y después termina el día en un cabaret de mala muerte.

–¿Se siente más afín en el Malba o en el cabaret de mala muerte?

–Creo que justo está en un momento de transición. De hecho, tal vez pueda encontrar un trabajo estable. Al ser sólo un día en su vida, me preocupé por dejar ciertos resquicios de dudas. Aunque el relato es bastante desolador, no quise que quedara como un derrotado total. El portero le dice en un momento: “Sos joven, pibe, pero no por mucho tiempo”. Quizás en dos años tenga una vida más esperanzadora. Aunque es una novela sobre la decadencia, la decadencia es algo que se puede ver a través del tiempo; en cambio en un día sólo hay signos. Pero nada más.

–Desde el punto de vista personal, ¿cómo se posiciona ante el tema de las herencias literarias? Su generación, a diferencia del personaje, ¿se puede hacer cargo de las herencias y tramitar mejor la cuestión?

–Creo mucho en las tradiciones más que en las generaciones; en ese sentido, reconozco algunas formas de procesar las herencias, de no renegar, sobre todo en la literatura argentina y rioplatense, que es tan rica. Pero al mismo tiempo siento cierta incomodidad. Hace poco estuve en una lectura en Villa Ocampo con Hernán Ronsino y Gabriela Cabezón Cámara. En algún momento, esa mansión fue la literatura argentina; hoy, entre comillas, somos nosotros… De hecho, alguien dijo que si viviéramos en esa casa escribiríamos mucho mejor. Pensándolo desde el nivel material, sentíamos esa brecha; pero a la vez estábamos ahí leyendo y apropiándonos del lugar. La forma en que uno puede apropiarse de esa herencia es mucho más bastarda que antes; ahora está atravesada por las noticias, Internet y formas del lenguaje que van más allá del libro y la alta literatura. Necesito leer cualquier cosa que se edita y me interesa como necesito leer un clásico, buscando tener un pie en cada lado. No hay ya una tradición a la cual adherir o rechazar, sino que uno puede ir encontrando su lugar.

–¿En qué tradiciones se fue reconociendo y cómo fue combinando ese concepto de tener “un pie en cada lado”?

–Me gusta el canon literario argentino de Borges, (Antonio) Di Benedetto, (Juan José) Saer y (Manuel) Puig. Pero, a la hora de escribir, lo contemporáneo me interpela mucho más. Los cuentos de Martín Rejtman me impulsaron a escribir. Leyendo a Di Benedetto, que me fascina, no encontré la forma en que podía ponerme a escribir a partir de ahí. Pero en esto de tener un pie en cada lado, a veces lo contemporáneo puede aturdir un poco. La poesía argentina contemporánea también me interpela. Martín Gambarotta, sobre todo su libro Punctum, fue como una bomba. Y Alejandro Rubio, Sergio Raimondi y Daniel Durand… Seguro me estoy olvidando de alguien más. Tomaba de estos poetas un repertorio de voces o de tonos que no me obligaban a narrar, algo que a veces me aburre un poco.

Entrevista: Silvina Friera
Publicado en el diario Página 12, noviembre de 2011.

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Qué pasará por la cabeza de un guardia de seguridad al custodiar una alcantarilla, o la réplica de un mingitorio, devenida obra maestra en un museo de arte contemporáneo. El aburrimiento se acopia en bostezos, cabe imaginar, pero también, casi seguro, deja entrever el narrador de la notable Trampa de luz, la sensación de haberse quedado afuera de algo, la idea de que el sentido de las cosas se escapa como si fueran esos gusanos blancos que salen de la bolsa de basura del departamento del protagonista; algo que se escurre, el fruto de una forma que alcanzada su plenitud comienza a deteriorarse; o bien, como ocurre con el arte, lo que empieza como larva y germen termina en mariposa. Y en esa encrucijada parece encontrarse detenido el personaje que asiste a una progresiva e indolente degradación de las formas como si nada importara mucho en verdad, aferrado a recuerdos de ex novias, imaginando cosas que deberían haber sido y no lo fueron.

Una familia que se reúne un año después para el traslado del cuerpo del abuelo hacia otro cementerio. Un cuerpo que es metáfora de la descomposición de una familia, de una sociedad donde las cosas si se dicen se dicen a medias; donde voluntad y destino han jugado una partida con naipes de mazos distintos. A Capelli le bastan breves trazos, apoyados en los diálogos precisos y una sintaxis contundente, para trazar una deriva concentrada en un día donde nada pareciera tener mucho sentido.

Todo se presenta como corrido de lugar, fuera de foco. Un día de agosto donde hace treinta grados; el recuerdo de una mujer que esconde el libro de su amante en el congelador de una heladera; el robo porque sí de una tetera de un juego de platería francés: no otra cosa se le ocurre al protagonista para equilibrar lo que ya no puede sostenerse sino a fuerza de palabras sin sustento. El derrumbe puede ser visto, claro, como la caída de una clase que se ha acostumbrado de a poco a una penumbra creciente. Los chicos pueden jugar en el patio hasta que de la tarde solo queden hilachas. Los ojos se acostumbran a una luz cada vez más parca: las pupilas se agrandan. Quien llega desde dentro no puede entender cómo se puede jugar con tanta oscuridad. La luz se apaga de a poco y el protagonista juega resignado bajo la luz de una luna que permite dar cuenta, por contraste, de las estridencias de una clase encandilada por las luces que son un cebo que achicharra a quienes dan vueltas en torno a ellas en un ritual idiota. Claro que en ciertos lugares “se respira una atmósfera de riqueza aristocracia” donde no hay “ni rastros de bolsas de basura”

Y un punto insomne, por donde circulan obsesiones: el violento asalto a un camión de caudales. Sobre este punto se articulan una serie de escenas, verdaderos planos narrativos de gran musicalidad, que se ensamblan unas a otras para presentar en fragmentos la trama de una vida que es pura fracción, a la que ninguna totalidad pareciera dotar de sentido. Los continuos flash backs hablan de un manejo admirable del tempo narrativo. Esta plasticidad formal, que ya aparecía en algunos cuentos de Frío de Alaska, Capelli la maneja con un pulso muy firme que le permite al texto respirar donde es fácil perder el aliento. La pátina onírica de muchas escenas acentúa el carácter de irrealidad en la que se ha sumergido el protagonista, donde se ven posibilidades de acción, de lo que debía haber sido, lo que debía haberse hecho. De lo que no se hace, de lo que el sopor hace cuando no se tienen en claro la distancia que debe guardarse de la luz para que no se convierta en una trampa.
Luis Sagasti

Publicado en Bazar americano, noviembre 2011.

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Un campo minado, por José María Brindisi

Como todos saben, si estamos reunidos hoy aquí es para celebrar algo. Pero más allá de las cuestiones obvias -es decir: la aparición de Trampa de luz, de Matías Capelli, es decir la salida del libro en sí-, me gustaría, sin ánimo de ser aguafiestas o de retrasar demasiado aquello que todos empezarán a desear pronto (es decir que me calle y nos dediquemos a beber), detenerme brevemente a interrogarnos, o al menos interrogarme en voz alta, por las razones verdaderas o profundas de esta celebración: los modos, las prácticas y la arquitectura de lo que ya, tratándose de un segundo libro, hay que empezar a llamar “una obra”, y que obligan a leerla y considerarla desde una perspectiva que, por suerte, se pelea furiosamente con otras.

Porque en definitiva, ¿qué estamos festejando? Sin duda, una concepción de la literatura. En principio, una literatura sin andamios; una escritura que oculta sus costuras, que no evidencia sus intenciones entre otras cosas porque no las disocia de la función reconstructiva del lector, de ese movimiento que resulta esencial para que la lectura no se asemeje al ejercicio inocuo de ver la televisión, o cada vez con mayor frecuencia, a la pasión que evidenciamos por enviar y recibir mensajes de texto.

Se trata, además, de una literatura sin gestos, lo que equivale a decir: sin artificios. No porque no los haya en lo formal, sino porque Capelli jamás nos suelta la mano, jamás permite que nos acordemos de que él existe, que está agazapado detrás de las palabras, haciendo -como todos los escritores- malabarismos. La soberbia, esa palabra tan ambigua, es una cualidad que a su literatura le sobra; en tanto autor, y debemos agradecérselo, es por el contrario un defecto del que noblemente carece. Ante tanta chinoiserie, tanta ceremonia vulgar, tanta provocación berreta, tanto inspector de revoluciones, tanta conversión de consigna en slogan -y aunque no lo parezca sigo hablando de literatura-, una obra como la de Capelli es una expresión concreta, rotunda, una escritura sin estridencias y sin demagogia. Casi casi, podríamos decir, una constante declaración de principios.

La escritura de Capelli, y Trampa de luz es una poderosa confirmación al respecto, es pura subjetividad: o le creemos ciegamente, o nos quedamos sin nada. ¿Qué significado tiene, a partir de allí, la decisión silenciosa de que su protagonista no tenga nombre, o al menos no lo tenga para nosotros? En más de un sentido, esa ausencia de nombre funciona como la antítesis del “Llámenme Ismael” de Melville; en la reafirmación de aquél se hallaba el comienzo de la aventura, o al menos su posibilidad. Aquí, en cambio, la anonimia del personaje no hace otra cosa que volverlo trágicamente vulnerable, a la vez que obtura casi cualquier escape. Aun en esa plataforma escéptica, es una literatura que exige una cuota demencial de fe: lejos de recostarse en la objetividad perversa de los hechos, Capelli nos obliga a treparnos al lomo de su protagonista, de sus personajes en general, porque unos pasos más allá no existe chance alguna de comprenderlos. Es preciso perseguirlos en la minuciosidad de sus movimientos, comprometerse de lleno con la obsesión quirúrgica de los narradores de Capelli, para que aquello que se cuenta despliegue todo su sentido, o simplemente lo tenga.

Puestos a revisar las razones de nuestro brindis, me apresuro a contradecir cualquier sospecha: no es la suya, ni de lejos, una literatura del vacío, ese virus que tanto se ha extendido en las últimas tres décadas y que ha producido montones de escritores, aunque escasísimas obras. De ningún modo: al igual que en la mayoría de los relatos de Frío en Alaska, su libro anterior, el protagonista de Trampa de luz sólo se esconde, de a ratos, en esa suerte de displicencia, que no lo es, esa suerte de frialdad o distanciamiento, que no lo son. Sucede que en su largo despertar, en el camino a esa revelación a la que acuden como moscas todos sus fantasmas –esa jornada interminable que equivale a varias vidas–, ese a quien por el momento llamaremos X va siempre un paso por detrás, todavía inocente de aquello que le está ocurriendo pero que a medida que pasan las horas funciona como un rumor cada vez más desatado. El recorrido de X en esta novela es absolutamente implosivo, pero ahí está: luego de algunas páginas comprendemos que lo que estamos atravesando es un campo minado, y uno de los mayores aciertos de la novela es, justamente, y lo diremos de un modo críptico para no provocar la ira de los futuros lectores, el modo en que esa explosión se manifiesta en la superficie de la historia, o más precisamente el sitio en que está enquistada.

Permítanme precisar también, en particular porque me negaría rotundamente a levantar mi copa en honor de semejante idea, que la de Capelli tampoco es una literatura de peripecias, de hechos menores, de esa trivialidad que es la justificación perfecta para muchas de nuestras miserias como escritores, incluida la falta de pasión, y de ambición. Como acabo de sugerir, Trampa de luz es una novela en buena medida iniciática; para X, sospecho, ya nada será igual. Y es notable, en cuanto a ello, o resulta tentador imaginar cuánto habrá resistido Capelli la necesidad de contar y contar, de poner en colores aquello que funciona mejor en blanco y negro, evidenciando aquello de que la pelea central del escritor –de los buenos escritores, en realidad– no es tanto con sus limitaciones sino, por sobre todo, con aquello de lo que se sabe capaz.

Hace algunos años el novelista norteamericano Don De Lillo, a propósito de su relación con las palabras, decía lo siguiente: “Cuando escribo una frase, no me fijo sólo en cuestiones de sonido, ritmo y forma, de cómo abrirla y cerrarla. Me interesa el aspecto visual de la escritura, letra a letra, palabra a palabra”. No hay duda de que Capelli emprende su lucha con el lenguaje de un modo similar, sólo que en ese proceso deconstructivo elige no juguetear con las palabras sino husmear y husmear, como en puntas de pie, en la intimidad de sus criaturas, en el devenir de sus posibilidades trágicas; sucede que lleva a cabo su tarea más como un artesano que como un artista, es decir sin pompa y sin solemnidad.

Dos características, que a la vez permiten empezar a leer la obra de Capelli como un sistema con sus propias reglas, se imponen en Trampa de luz como recursos excepcionalmente logrados: por un lado, el narrador que disimula la cercanía para con el personaje, que evita la asfixia, para despellejarlo luego de a poco, colándose en cada modulación, en cada duda, en cada angustia; en paralelo, la singular utilización del tiempo, que parece no transcurrir y sin embargo cada vez tiene más peso, un continuum que es, para X, un puente a la locura, o en el mejor de los casos un infierno sostenido.

Y ya que estamos en tren de decidir por qué brindamos, me gustaría hacerlo por una literatura, como la de Capelli, en la que no suceden pequeñas cosas sino que hasta el más mínimo gesto, el eco impensado de una frase, está cargado de significado. Claro que ese significado, para sobrevivir, debe permanecer oculto. Y en esa tensión entre saber y no saber, entre atrapar algo y asumir que siempre va a escaparse, es donde preferimos vivir algunos lectores, a riesgo de no dormir, de alimentar nuevas obsesiones, o de que la literatura se nos vuelva de carne y hueso.

Para terminar, permítanme también introducirlos aunque sea elípticamente en un registro íntimo, es decir abandonar por un momento el Capellí de rigor, y transformarlo sencillamente en Matías. Ha pasado el tiempo, y el tiempo seguirá pasando. Y en otras noches como ésta vamos a mirar atrás y pensar en eso: en cómo el tiempo nos acompaña y nos construye. Y a mí hoy me gustaría, Matías, además de celebrar la salida de un libro, brindar antes que nada, y simplemente, por eso.
José María Brindisi

Leído en la presentación de Trampa de luz, agosto de 2013.

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Luego de los relatos de Frío en Alaska, Matías Capelli da un segundo paso en la ficción con una primera novela que lo ubica como uno de los narradores más prometedores de la actualidad.

El 24 de agosto será un día para recordar en la vida del protagonista de Trampa de luz, un hombre joven que se vino abajo sin estrépitos pero que aún parece no haber llegado a tocar fondo. No va a haber un hecho extraordinario que vaya a romper la serie de días ausentes, sino que él será quien se decida a tomar conciencia del nivel de abandono al que ha llegado. La visita inesperada de la ex que viene a devolverle plata lo sacude de la parálisis: el descubrir que ella ha avanzado y espera un hijo, reconocerse en el estado ruinoso de la casa heredada, sucia hasta criar gusanos en el piso, el encuentro postergado con la familia del tío que goza de buen pasar económico en el aniversario de la muerte del abuelo. Con pocos hechos, un día que estaba destinado a ser uno más cobra un nuevo sentido.

En el tono y el argumento, se percibe en este nuevo libro el eco del primero.

—Parece un díptico con Frío en Alaska —reconoce Capelli—, pero es involuntario. Hay ciertas cosas que al verlas aparecer las asumí y, en vez de ir para otro lado, traté de reforzarlas. Simetrías como el reencuentro con la familia de un personaje que estaba alejado de ella y al volver se siente extraño y a su vez querido.

—El título Trampa de luz provoca la pregunta sobre quién es el que cae en ella. ¿Qué oculta esa trampa de luz?

—El título fue de las últimas cosas que hice antes de poner el punto final. Lo encontré unos días antes de presentar la novela en la editorial. Conocía el objeto que se usa para atraer y matar insectos voladores, hay muchos en las carnicerías o en el campo, pero no sabía cómo se llamaba. Esa metáfora resume o cifra el estado del personaje, la situación en la que está. Me interesa explorar cierta sordidez de los personajes. Quería dar cuenta de la trayectoria decadente que viene experimentando hace varios meses en la estructura de un día en el cual no pasa nada demasiado trascendental para su vida. Y cuando la novela termina, aún no se sabe si el personaje tocó fondo y va a empezar a subir o si todavía le falta seguir bajando. Es la sensación que quería dejar.

—El tono de la novela me hizo acordar a El pozo, de Onetti.

—No lo había pensado, pero Onetti me gusta mucho. Creo que sus personajes están todavía una rosca más en decadencia, por una cuestión de edad y demás, pero los veo emparentados aunque me interesan otros tipos de conflictos, la decadencia social siempre dentro de ciertos límites de una clase media. De hecho, aunque el personaje haya perdido todo, está contenido por redes familiares y demás que, cuando se ve en una situación verdaderamente extrema, le hacen sentir que no pertenece a aquel lugar. La sensación es que no pertenece ni a la clase media alta, como parte de su familia, ni a los mundos bajos en los que se mueve de noche con el portero Silas. Lo que tiene de los personajes de Onetti o de Arlt es que busca una forma de salvarse realmente: no para estar bien un tiempo, sino salvarse. Eso también juega con el título: una especie de espejismo, una forma de salvarse económicamente para toda la vida, y le termina saliendo mal. Creo que eso le da un conflicto más potente que el de Frío en Alaska. Me gusta explorar esa sordidez, pero no me interesa la catástrofe total.

—¿Por qué el protagonista no tiene nombre?

—En una versión tenía nombre, pero me parecía que el narrador estaba tan pegado a él, al punto que muchas veces adoptaba su perspectiva, que acepté la idea de Mariano Dupont, un amigo escritor, que me recomendó que no tuviera. Cuando uno piensa en sí mismo, a veces se putea con un vocativo, pero en general no se llama por el nombre. Me parecía que si el narrador lo nombraba se iba a crear una distancia que no tenía que ver con el planteo de la novela.

—La novela comienza con el fin de una relación. ¿El amor es algo movilizante o es también una trampa de luz?

—Más allá de lo que significa para mí como ser humano, me parece que en Frío en Alaska había un trabajo con la melancolía, con la distancia, con la separación y, en cambio, Trampa de luz es una novela sobre –si existe la categoría– el desamor. El arco que dibuja el personaje es casi como pasar del desamor a experimentar algo que no se sabe si es amor o una trampa de luz con una prostituta, pero digo: volver a sentir algo por alguien. Esa era una zona que me interesaba ver. Comienza totalmente insensibilizado por los meses de decadencia y dejadez, es algo así como tierra arrasada a nivel emocional, y hacia el final termina teniendo un sentimiento por alguien.

—Aunque él se vea a sí mismo como un adulto, la crisis por la que atraviesa ¿no es una crisis adolescente, en su caso de un adolescente tardío?

—Me parece que hasta que no tenés hijos, sobre todo en la sociedad actual, la seudo post adolescencia se estira mucho, puede durar hasta los 35. No sé si la palabra es adolescente, pero sí creo que la completa adultez se da cuando uno se convierte en padre y él, aunque esté a la intemperie porque sus padres están en el exterior, sigue siendo un hijo. Claro que él tenía la vida armada, pero una serie de cosas que suceden antes de comenzar la novela lo desacomodan. Sí fue alguien que nunca se preguntó demasiado qué quería hacer: de hecho en un momento el abuelo le pregunta por qué estudió educación física, si ni siquiera le gustaba el deporte.

—¿Cómo juega la ciudad en la historia? Parece ser más un personaje que un telón de fondo.

—Me interesaba trabajar ciertas ideas formales previas a la novela. Una era la ciudad, que está identificable, pero a su vez tiene las referencias bastante borradas. Para mí el personaje vive en Pompeya: está la iglesia y el puente. La familia vive en el norte. Me interesaba el contraste, los cambios abruptos que se dan entre una zona y otra, como el recorrido del colectivo 128, que va desde Pompeya hasta Barrio Parque: es muy impresionante cómo va cambiando la ciudad en una misma calle durante cuarenta cuadras. Hay una novela de Oliverio Coelho, Ida, que me marcó a la hora de pensar una novela con una trama bastante mínima en la cual un personaje sobreimprimiera su propio drama personal en la ciudad. Hay muchas novelas que tienen la ciudad como protagonista, pero la novela de Coelho me inspiró mucho para escribir. En Ida la ciudad está mucho más presente con nombres de calles, lugares, y demás; a mí me parecía que tenía que ver con esta cosa esmerilada que tiene la novela, en la que se ven las siluetas pero no se terminan de definir.

—¿A qué dificultades te enfrentaste para llevar adelante la historia?

—Una de las cosas que más trabajo me llevó fue lograr un equilibrio. No quería que fuera una historia totalmente oscura o decadente. Espero haber llegado al relato de un día en el que hay muchos elementos con tensiones entre sí: no todo va mal, tiene momentos de liberación y de risa y de pasarla bien aunque su situación sea un bajón. Quise encontrar el equilibrio en las cosas que no son siempre un drama o una comedia.

—Hay una escena de Frío en Alaska en la que Lekman ve a la hija del marido de la madre y se imagina acostándose con ella. Aquí en Trampa de luz, el protagonista entra al dormitorio de la prima antes de ir al cementerio y la imagina desnuda: está todo mal, pero la pulsión está.

—Por eso decía lo del equilibrio. Me interesaba eso, pero no quería hacer un personaje pajero. El erotismo es medio complicado, pensaba cómo poner esa tensión sexual y erótica para que no sea el típico comentario pajero del primo mayor. Esas cosas me llevaron bastante trabajo y reescrituras: tratar de encontrar la propia verdad del texto y no manipular el momento de calentura o del drama.

—A nivel personal, ¿qué buscás al escribir sobre esta clase de temas: exorcizar miedos?

—Sí, aunque suene un poco místico, puede ser por esto de exorcizar miedos. Hay miedos, sensaciones que uno siente y que después se encarga de extremar literariamente o de darle un cuerpo que no sea el propio. De todas formas, por lo menos en los dos libros que escribí no me propuse escribir sobre un personaje sórdido, en decadencia… Tiene que ver con lo que se arma cuando se van encastrando algunas ideas formales más que el conflicto del personaje. Todo eso fue apareciendo y se terminó de resolver con las reescrituras y casi con el título el sentido final. Tenía algunos preceptos más formales: quería escribir una novela que transcurriera en un día, en la ciudad, que hubiera cierto recorrido urbano por distintas zonas de la ciudad, me interesaba mucho la idea del auto abandonado. Los autos abandonados me llaman mucho la atención. Había uno a dos cuadras de casa; pensaba cómo puede alguien dejar un auto abandonado: se habrá muerto, se habrá enfermado, se fue del país, qué historia oculta. No me propuse escribir una novela sobre un tipo dejado, sino que a partir de la imagen del auto abandonado imaginé qué tipo de persona, de más o menos mi edad, podía tener un auto abandonado y llegar a ese estado.

Entrevista: Patricio Zunini
Entrevista publicada en el blog de Eterna cadencia, agosto 2011.

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Hace un tiempo alguien dijo: “Mirá, probablemente todos estamos de acuerdo en que estos son tiempos oscuros y estúpidos, ¿pero necesitamos ficciones que no hacen más que dramatizar lo oscuro y estúpido que es todo?”
Trampa de luz cuenta un día de un personaje oscuro y estúpido. La oscuridad no es el mal y la estupidez no es la imbecilidad; lo oscuro y lo estúpido son antes bien formas de la pasividad, de la cobardía, de la especulación, de lo miserable, del abandono, del silencio, de la traición, de la apatía. Nunca sabemos el nombre del protagonista de la novela; Matías Capelli lo sigue paso a paso desde la mañana hasta la madrugada sin nunca referirlo, diciendo simplemente lo que hace, lo que dice, lo que piensa; los nombres, las descripciones, los artículos (no es ni un “él”), son para los demás. Ese relato implacable en donde el protagonista es lo omnipresente por la fuerza de su desdibujamiento, es el punto más fuerte de la novela, el recurso con el que Capelli demuestra ser un narrador muy hábil, capaz de generar inquietudes grandes con gestos pequeños. Trampa de luz, por lo tanto, difícilmente pueda suscitar discusiones por su ejecución. Lo que sí se presta a la problematización es el tipo de literatura que hace y en que se inscribe Trampa de luz.
Sería una tarea importante buscar explicación a los motivos por los cuales parte de la generación de escritores argentinos que hoy rondan los treinta años ha decidido trabajar en un registro naturalista que se entrega a los detalles, a lo mínimo, sin ninguna ambición de inscribir esas descripciones en un movimiento mayor que las organice. El robo al camión de caudales, el embarazo de la ex novia, la traición a los primos, la relación con el abuelo, la pegatina de carteles, la escena violenta con una amante son en Trampa de luz episodios que se suceden sin que unos parezcan seguirse de otros, como imágenes de un juego de naipes sin valores ni palos.
¿Qué es lo que Capelli quiere contarnos? Trampa de luz, antes que una historia, parece el ejercicio de registro de un día de un hombre, con lo cual la sensación es que el protagonista podría ser cualquier otro, que en ese lugar donde hay un sujeto que nunca es referido, podría haber tranquilamente cualquier otro sujeto que sería igual no en lo que hace, lo que dice y piensa, pero sí en su relación de distancia respecto a un relato que nos los muestra sin poder decir nada de él.
Y tal vez sea muy cierto que la generación argentina que hoy ronda los treinta años se sienta oscura y estúpida, pero ante esa situación ¿qué es lo que nos ofrece una literatura que no hace más que hablarnos de esa abulia y esa sensación de derrota cuando ni siquiera está claro cuál es la batalla?
Sí, tal vez la realidad sea una porquería, pero si ése es el caso, o al menos el de ciertas realidades, la tarea de intervenir sobre esa realidad requiere de mucha ambición, y no creo que sea descabellado pedir que esa ambición empiece en el terreno donde por suerte aún todo es posible, que es el de las letras, el de las mujeres y hombres que pueden darse el lujo inmenso de sentarse ante un papel o una computadora y escribir, haciendo el trabajo de al menos soñar que no existen ataduras, o que es posible descubrir cómo desanudar las muchas que sentimos.
Rodrigo Ottonello

Publicado en el blog Las despiadadas, enero de 2012.

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Dice Beatriz Sarlo sobre qué es lo bueno: “Que una sensación pase de lo imaginado por el escritor a la sensibilidad de su eventual lector”. Lo dice en referencia a la novela Trampa de Luz, de Matías Capelli, por la que se siente conmovida en particular en el momento en que el protagonista cree ver granos de arroz en el suelo pero se agacha y no, son otra cosa, lo que pisa son gusanos, o larvas, o la mugre que cobra vida.

El protagonista de Trampa de luz ronda por una ciudad en descompocisión, donde el caos gobierna los detalles y los alguaciles de la lluvia son peste, con párrafos donde todo va de mal en esto: “Ráfagas de basura se arremolinan en medio de la avenida y el calor, a esta altura agobiante, vuelve palpable una podredumbre asfáltica con vapores de carbono, macerada las veinte horas que lleva la huega de recolectores”.
La pregunta ¿qué nos quiere decir Trampa de luz? puede aparecer cuando el trip urbano lleva al lector por sensaciones que parecen ahuecadas por el tedio, por el sopor del peso de los días. La respuesta puede ser post-existencialismo, La náusea, Sartre revisitado y siglo XXI. Pero hay más.

Lo que dijo Beatriz Sarlo fue publicado en el libro Ficciones Argentinas, que reúne las críticas que hizo de 33 escritores argentinos para el suplemento cultural del diario Perfil. Eso que tiene de atractivo Sarlo, además de su indudable sagacidad intelectual, es que no se olvida de ver qué hacen los jóvenes, y los analiza con la misma calidad que puede prestarle a Walter Benjamin. Sarlo también opina de otras cosas… pero escribió Borges, un escritor en las orillas; también Escritos sobre literatura argentina.

“Que una sensación pase de lo imaginado por el escritor a la sensibilidad de su eventual lector”. En Bajo este sol tremendo Carlos Busqued hace sentir el asco: “La piel sudaba y el sudor se enfriaba y las sensaciones de frío y ardor no se anulaban sino que coexistían de manera desagrable”.

Ahí Javier Cetarti es un nihilista al que le encanta fumar marihuana y ver documentales por tv. En las primeras páginas de Bajo este sol tremendo recibe un llamado: el marido de su madre la asesinó, también a su hermano y después se suicidó. A Javier la noticia no lo conmueve, salvo por la posibilidad de cobrar una herencia y así viaja a Lapachito, un pueblo desolado de Chaco donde el barro y el líquido que desborda de las fosas cloacales (un caldo de mierda), se funden hasta formar un suelo blando. También hace calor, mucho, y al desgano natural de su vida se le suma el desgano que trasmite el entorno.

Después de los tramites funerarios Javier viaja a Córdoba, a tomar poseción de la casa de su hermano asesinado, y todo el desgano se traslada con él. Pronto convierte la casa en un lugar oscuro y estático, donde se entretiene “algunas horas por día clasificando la basura: completamente drogado, sentado en un banquito, iluminado por una lamparita de cien watts en una portátil, revisando y envolsando las cosas y sorprendiéndose apagadamente por la amplísima variedad de porquerías”. En este párrafo, incluso cuando Javier se sorprende por algo, el narrador necesita aclarar que lo hace “apagadamente”, para reforzar la idea que presenta el libro.

Dos casos contemporáneos donde surgen pasajes en que lo dicho se funde a la sensación, donde el narrador está influenciado por los nervios de la trama y es interceptado por ella para lograr el efecto. Sarlo, la tercera es la vencida: “Que una sensación pase de lo imaginado por el escritor a la sensibilidad de su eventual lector”.

Matías Máximo
Publicado en el blog Letras al filo, Febrero de 2013. Disponible online.

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Los dos lados de la trampa, por Felipe Benegas Lynch

Una trampa de luz es un espejismo: uno cree estar afuera, deseando entrar, y de repente está adentro, sin poder salir. La atracción es irresistible, natural. Así se ven los bichitos que pululan sobre una lámpara incandescente en la portada de la novela de Matías Capelli. Así va su personaje, sin poder salir de la engañosa luz de ciertos vínculos que lo arrastran a un encierro destructor.
Porque de pronto la atracción deviene laberinto y la Ariadna que debía guiarnos hacia la salida se aleja embarazada de otro. En la clausura del laberinto todo se empieza a descomponer. Para colmo, la idiosincrasia nacional suma al calor una huelga de recolectores y la podredumbre es general: “Hay bolsas destripadas pero algunas permanecen intactas, infladas y con gotas de humedad que se condensan contra el lado interno del plástico, aire y sudor de millares de gusanitos llevando adelante incansables el proceso de descomposición. No vienen de afuera, sino de la propia materia.”
La novela es breve y nos conduce a través de la intensidad de un día, atípicamente caluroso para agosto (“la sensación térmica ya bordea los treinta y cinco grados”), un día que es casi un descenso infernal (“ese veinticuatro de agosto la ciudad es un infierno”) y que nos llevará junto al abatido personaje desde la mañana en que su ex (Ariadna) decidió pasar a devolverle la plata de las vacaciones (y, de paso, comunicarle que está embarazada de otro), al amanecer del día siguiente, que lo encontrará dentro de un Chevette tan deteriorado como sus vínculos familiares, donde la luz destella, quizás, como un arco iris lejano, como una grieta de salida en el laberinto, o como una trampa más de la luz, quién sabe.
La pregunta –para los que no somos insectos y podemos formularla– es: ¿de qué lado nos situamos frente a los núcleos de atracción que nos depara la vida? ¿Por qué ir detrás de aquella mujer? ¿A qué círculo social integrarse? ¿Ser empresario o profesor de gimnasia? ¿Cuál es el límite cuando se trata de dinero?
El personaje se debate entre sus dos linajes en una ciudad que no ha dejado de ser el mapa de la desigualdad norte/sur. Al norte, la parte de su familia paterna que todavía juega a la aristocracia (“Una zona de alcurnia anacrónica en la que arboledas ocultan como bosques pequeños castillos”); al sur, él, que habita el departamento de su abuela materna, quien “despotricaba contra ellos”, los del norte, desde esa zona de riachos y puentes donde los intendentes gobiernan sus barrios como feudos en los que todo se decide de un modo oscuro y desigual.
Él cruza las fronteras, atraído por erráticas guías femeninas que nos remiten también a cierta aristocracia literaria (Ariadna, Nadia, Albertina). De uno y otro lado roba: tapas de alcantarillas, teteras de plata, fondos fiduciarios. Parece haber aceptado que eso de que “el que roba al ladrón…” Pero no hay consuelo en esa frase. Los dolores siguen y la liberación podría encontrarse solo desde el centro de ese encierro, del revoloteo en torno a la luz del dinero, del afecto, de la contención. Una vez adentro, se puede salir. Esa es la gracia del descenso, de tocar fondo. De otro modo uno se estrella una y otra vez en el umbral.
Capelli logra arrastrarnos detrás de los pasos de su personaje. Su novela es, de alguna manera, un relato iniciático: para el personaje, para el escritor y para el lector, que agradece el sutil ejercicio de la trampa bien entretejida.
Desde la oscuridad del descenso, cuando la luz ya se ha revelado como trampa y engaño, podemos vislumbrar otra luz: “la silueta tenue de un arcoiris”, que es el opuesto de la trampa, un destello de intemperie que nos abre la posibilidad de un día más, un paso afuera del engaño.
Felipe Benegas Lynch

Publicado en la revista digital Boca de sapo, Septiembre de 2011. Disponible online.

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Nací en 1982. Eso, en la lógica pre-escuela de los annales, me convierte en miembro de la generación de los ochentas. Escribo. Como es evidente por el hecho de que mis letras aparecen en esta página web, pero también porque llevo un tiempo escribiendo ficción. Así pues, si llegara a publicar, sería un escritor de [la generación de] los ochentas. Y cuando inicio un relato, cuando lo pienso, cuando lo repienso en el camión, cuando se lo cuento a Fran, cuando me siento frente a la computadora, cuando abro cuarenta y dos pestañas en Google Chrome, cuando corrijo (pues de alguna manera nunca escribo, todo es poner notas, agregar detalles, citar, abrir otro archivo en el que ordeno las mencionadas notas…) me doy cuenta de qué difícil es terminar un relato. No iniciarlo (ya decía Mamet en Los tres usos del cuchillo que cualquiera puede escribir un primer acto, incluso un muy buen primer acto, pero que la mayoría de personas no puede terminar un relato porque su tercer acto no tiene ningún valor–eso a causa de que el segundo acto es pésimo. Escribir, en resumidas cuentas para Mamet, es escribir segundos actos) no iniciarlo, decía, porque de proyectos está llena mi computadora. Quizás incluso no terminarlo en el sentido físico del asunto, sino darle cierre, tener la sensación de que todo lo que te ocupaba, como tú ocupas una construcción por un tiempo y esa construcción no es en ningún sentido eso, un edificio, un conjunto ordenado de materiales, sino es sobre todo donde vives, todo eso pues se ha mudado de la manera más pacífica y armoniosa posible al texto. Simplemente, no lo he logrado nunca. Así, cuando leo a escritores de la generación de los ochentas, siento al menos cierta reverencia, cierta sensación de que sea lo que fuere que se está plasmando en las páginas, alguien de mi edad, más o menos, ya ha hecho un esfuerzo que yo no he podido realizar. Leí pues, Trampa de luz de Matías Capelli con ese respeto mínimo por delante.

Bien, esa es la parte política, por así decirlo, la parte de los buenos modales. Existe otra parte, la parte del lector que más o menos soy de manera regular y que no es tan amigable, que toma un texto y dice que debe pedírsele con la misma exigencia con la que se lee a Joyce y a Faulkner. La parte que dice que un texto es si quiera bueno sólo si es indiscutible. (Cosa que sostenía aquí sin tener en cuenta el contexto del premio Anagrama. Y que creo que sostenía sin tantos “qués”). Además, una parte muy entonada con las condiciones prácticas de la procuración de una experiencia estética, a mi parecer, pues qué sentido tendría leer algo menos atrevido en su forma de construir lingüísticamente una experiencia, menos comprensivo y observador en la representación de la diversidad humana, menos ameno y propositivo en su reto al lector, menos blank pues que J y F, qué sentido, si los tenemos a ellos. Cuando se esgrime la explicación (o justificación) de que una obra no es tan buena [que lo que nos ha dado la historia de la literatura] porque el autor es joven, se me revuelve algo detrás de los ojos. Si no es tan buena como lo que sea que es el parámetro, para qué leerla. Las esperanzas están bien en la iglesia, señor@s.

EC TAPA TRAMPA DE LUZ FINALComo verán, esa parte es muy difícil de tratar y en la mayoría de los casos, no tiene la última palabra respecto a mis lecturas. Es decir, antes hay un “aYWueY, es de los ochentas”, durante hay un “ajá, destinada, entrecortada y reprimenda (fin del primer párrafo) rima, Mati” y al final… Trampa es la segunda novela del escritor argentino y me parece que tiene muchos aspectos rescatables. Posee un ritmo que casi no se presenta en la narrativa local joven, frases largas y cadenciosas que no pretenden construir su prosodia a base de comas ni modificaciones sin propósito del orden normal de la oración. Una construcción interesante de la trama, sin las señas regulares de cortesía que pueden convertir los relatos en tramos muy predecibles (desde el “entonces” hasta Gandalf defendiendo la posible valía de Gollum) y que logra cierto nivel de maestría, pues a pesar de ser un relato muy concentrado, Trampa de luz se reserva una refrescante dosis de incertidumbre sobre el destino y finalidad de las peripecias de su héroe. Esto también indica un respeto generoso al lector, pues esta ausencia de marcas que siempre coquetean con el convertirse en explicaciones denota la sensación de que el narrador de la novela sabe que puede entendérsele sin más. La muestra más obvia de esto ocurre en la página 54, donde una aventura ocurre por un par de párrafos sin la necesidad de afirmar que, como es obvio por el desvío que las acciones narradas toman del tronco principal de la realidad ficcional que se viene presentado, se trata de una ensoñación. Además, el evitar decir lo obvio funciona como un pequeño gancho que te obliga a terminar la fantasía dentro de la ficción para saber si el narrador te dará esa pequeña palmada en la espalda que dice, sí, me entendiste. Pero se la ahorra, bien.

No obstante, Trampa de alguna manera parece sugerir al lector de qué pie cojea. Hay un par de afirmaciones que suenan más bien fuera de lugar, como precauciones ante una posible crítica y eso, por supuesto, indica claramente cuáles considera el autor que son los puntos débiles de su narrativa. Les cito una frase tal y después les comento un poco del contexto:

O no: a Nadia debería haberla violado contra la pared. Claro que hay una diferencia, pero es de grado, y de cuánto, exactamente, entre violar al voleo y metérsela de prepo a una amante renuente. (p. 72)

Nadia es una de las amantes del personaje principal y un par de escenas antes lo había visitado por la tardenoche para al parecer tener un encuentro sexual. No obstante, y sin gran explicación (obvio), Nadia declara que no desea el encuentro y debe soltarse de un agarre a cuyo perpetrador, el personaje principal, también le asustó. En la escena mencionada, el personaje recuerda mediante la voz del narrador que ya en alguna ocasión había tenido relaciones con Nadia a la fuerza, cosa que al parecer ella había terminado disfrutando. Así, cuando el narrador dice–tratando de convencerse más que de convencernos–que “claro” que existe tal diferencia y de inmediato condiciona su propia certeza (de grado y cuánto), parece en realidad decirnos que no, que no sabe si existe esa diferencia y que nos muestra su ignorancia con miedo a que lo critiquemos. Lo más fácil, quizás, hubiera sido quitar la duda y dejar la rotunda frase “a Nadia debería haberla violado contra la pared”. (Claro que queremos ser políticamente correctos…)

Me enteré del Test de Bechdel por un video de TED talks donde Bob Mankoff comentaba algunos de los aspectos que las caricaturas de The New Yorker deben de tener. Independientemente del punto que quería ilustrar Mankoff, la prueba pretende establecer algo así como el límite inferior al que una obra de ficción debe llegar para poder debatir su sesgo genérico. Es decir, si una obra de ficción no puede pasar el test, mantienen sus proponentes, es imposible que no esté sesgada falocentricamente. El que lo supere no implica que sea una obra diversa e inclusiva, pero al menos permite discutir el asunto. Les comento en qué consiste la prueba mientras se la aplico a Trampa.

El test consiste en tres preguntas. La primera se pregunta por el número de personajes femeninos que aparecen en la obra en cuestión. El límite que proponen es de al menos dos y de preferencia, estos personajes deben tener nombre. En la obra de Capelli hay muchos personajes femeninos y ni a uno sólo le hace falta nombre. La segunda es si estos personajes hablan entre sí. En Trampa hay una sola escena en la que varios personajes femeninos hablan entre sí. Ocurre al final del primer acto y está mediada por la presencia del personaje principal. Sus primas y una amiga le dan un aventón de regreso a la ciudad después del funeral en que la familia se reunió. La tercera pregunta es la más importante. Estas mujeres que hablan en la obra de ficción, ¿tienen un tema para conversar que no sea el personaje masculino, los hombres o sus deseos de relación con ellos? Y aquí es donde Trampa falla la prueba. La prima lleva la conversación por el derrotero de si uno de los asistentes al cementerio está soltero…

Fue aquí cuando la oración sobre la violación de Nadia cobró sentido. ¿Qué le falta a Trampa de luz?, ¿qué permite que la sutileza con la que nos revela la trama, que casi pasa desapercibida, no me llene el ojo, a mí, que creo que el único valor contemporáneo en literatura es la sugerencia? Pues creo que eso, su miedo a parecer machista, siéndolo, y los esfuerzos que realiza para tratar de paliar tal sesgo.

Más hubiera valido seguir intentando con el humor:

Quizás sean hermanas, sólo que una vez en la ciudad eligieron caminos y una tuvo más suerte que la otra. Bien le vendría poder meter a las dos en una misma cama y disfrazarlas de tenistas, Venus y Serena y él, como el poeta que solía citar Lautaro, un Carlos cualquiera rodeado por las mellizas Williams. (p.85)
Juan Orea

Publicado en la revista digital Profética, Julio de 2013. Disponible online.

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