Un campo minado, por José María Brindisi

Como todos saben, si estamos reunidos hoy aquí es para celebrar algo. Pero más allá de las cuestiones obvias -es decir: la aparición de Trampa de luz, de Matías Capelli, es decir la salida del libro en sí-, me gustaría, sin ánimo de ser aguafiestas o de retrasar demasiado aquello que todos empezarán a desear pronto (es decir que me calle y nos dediquemos a beber), detenerme brevemente a interrogarnos, o al menos interrogarme en voz alta, por las razones verdaderas o profundas de esta celebración: los modos, las prácticas y la arquitectura de lo que ya, tratándose de un segundo libro, hay que empezar a llamar “una obra”, y que obligan a leerla y considerarla desde una perspectiva que, por suerte, se pelea furiosamente con otras.

Porque en definitiva, ¿qué estamos festejando? Sin duda, una concepción de la literatura. En principio, una literatura sin andamios; una escritura que oculta sus costuras, que no evidencia sus intenciones entre otras cosas porque no las disocia de la función reconstructiva del lector, de ese movimiento que resulta esencial para que la lectura no se asemeje al ejercicio inocuo de ver la televisión, o cada vez con mayor frecuencia, a la pasión que evidenciamos por enviar y recibir mensajes de texto.

Se trata, además, de una literatura sin gestos, lo que equivale a decir: sin artificios. No porque no los haya en lo formal, sino porque Capelli jamás nos suelta la mano, jamás permite que nos acordemos de que él existe, que está agazapado detrás de las palabras, haciendo -como todos los escritores- malabarismos. La soberbia, esa palabra tan ambigua, es una cualidad que a su literatura le sobra; en tanto autor, y debemos agradecérselo, es por el contrario un defecto del que noblemente carece. Ante tanta chinoiserie, tanta ceremonia vulgar, tanta provocación berreta, tanto inspector de revoluciones, tanta conversión de consigna en slogan -y aunque no lo parezca sigo hablando de literatura-, una obra como la de Capelli es una expresión concreta, rotunda, una escritura sin estridencias y sin demagogia. Casi casi, podríamos decir, una constante declaración de principios.

La escritura de Capelli, y Trampa de luz es una poderosa confirmación al respecto, es pura subjetividad: o le creemos ciegamente, o nos quedamos sin nada. ¿Qué significado tiene, a partir de allí, la decisión silenciosa de que su protagonista no tenga nombre, o al menos no lo tenga para nosotros? En más de un sentido, esa ausencia de nombre funciona como la antítesis del “Llámenme Ismael” de Melville; en la reafirmación de aquél se hallaba el comienzo de la aventura, o al menos su posibilidad. Aquí, en cambio, la anonimia del personaje no hace otra cosa que volverlo trágicamente vulnerable, a la vez que obtura casi cualquier escape. Aun en esa plataforma escéptica, es una literatura que exige una cuota demencial de fe: lejos de recostarse en la objetividad perversa de los hechos, Capelli nos obliga a treparnos al lomo de su protagonista, de sus personajes en general, porque unos pasos más allá no existe chance alguna de comprenderlos. Es preciso perseguirlos en la minuciosidad de sus movimientos, comprometerse de lleno con la obsesión quirúrgica de los narradores de Capelli, para que aquello que se cuenta despliegue todo su sentido, o simplemente lo tenga.

Puestos a revisar las razones de nuestro brindis, me apresuro a contradecir cualquier sospecha: no es la suya, ni de lejos, una literatura del vacío, ese virus que tanto se ha extendido en las últimas tres décadas y que ha producido montones de escritores, aunque escasísimas obras. De ningún modo: al igual que en la mayoría de los relatos de Frío en Alaska, su libro anterior, el protagonista de Trampa de luz sólo se esconde, de a ratos, en esa suerte de displicencia, que no lo es, esa suerte de frialdad o distanciamiento, que no lo son. Sucede que en su largo despertar, en el camino a esa revelación a la que acuden como moscas todos sus fantasmas –esa jornada interminable que equivale a varias vidas–, ese a quien por el momento llamaremos X va siempre un paso por detrás, todavía inocente de aquello que le está ocurriendo pero que a medida que pasan las horas funciona como un rumor cada vez más desatado. El recorrido de X en esta novela es absolutamente implosivo, pero ahí está: luego de algunas páginas comprendemos que lo que estamos atravesando es un campo minado, y uno de los mayores aciertos de la novela es, justamente, y lo diremos de un modo críptico para no provocar la ira de los futuros lectores, el modo en que esa explosión se manifiesta en la superficie de la historia, o más precisamente el sitio en que está enquistada.

Permítanme precisar también, en particular porque me negaría rotundamente a levantar mi copa en honor de semejante idea, que la de Capelli tampoco es una literatura de peripecias, de hechos menores, de esa trivialidad que es la justificación perfecta para muchas de nuestras miserias como escritores, incluida la falta de pasión, y de ambición. Como acabo de sugerir, Trampa de luz es una novela en buena medida iniciática; para X, sospecho, ya nada será igual. Y es notable, en cuanto a ello, o resulta tentador imaginar cuánto habrá resistido Capelli la necesidad de contar y contar, de poner en colores aquello que funciona mejor en blanco y negro, evidenciando aquello de que la pelea central del escritor –de los buenos escritores, en realidad– no es tanto con sus limitaciones sino, por sobre todo, con aquello de lo que se sabe capaz.

Hace algunos años el novelista norteamericano Don De Lillo, a propósito de su relación con las palabras, decía lo siguiente: “Cuando escribo una frase, no me fijo sólo en cuestiones de sonido, ritmo y forma, de cómo abrirla y cerrarla. Me interesa el aspecto visual de la escritura, letra a letra, palabra a palabra”. No hay duda de que Capelli emprende su lucha con el lenguaje de un modo similar, sólo que en ese proceso deconstructivo elige no juguetear con las palabras sino husmear y husmear, como en puntas de pie, en la intimidad de sus criaturas, en el devenir de sus posibilidades trágicas; sucede que lleva a cabo su tarea más como un artesano que como un artista, es decir sin pompa y sin solemnidad.

Dos características, que a la vez permiten empezar a leer la obra de Capelli como un sistema con sus propias reglas, se imponen en Trampa de luz como recursos excepcionalmente logrados: por un lado, el narrador que disimula la cercanía para con el personaje, que evita la asfixia, para despellejarlo luego de a poco, colándose en cada modulación, en cada duda, en cada angustia; en paralelo, la singular utilización del tiempo, que parece no transcurrir y sin embargo cada vez tiene más peso, un continuum que es, para X, un puente a la locura, o en el mejor de los casos un infierno sostenido.

Y ya que estamos en tren de decidir por qué brindamos, me gustaría hacerlo por una literatura, como la de Capelli, en la que no suceden pequeñas cosas sino que hasta el más mínimo gesto, el eco impensado de una frase, está cargado de significado. Claro que ese significado, para sobrevivir, debe permanecer oculto. Y en esa tensión entre saber y no saber, entre atrapar algo y asumir que siempre va a escaparse, es donde preferimos vivir algunos lectores, a riesgo de no dormir, de alimentar nuevas obsesiones, o de que la literatura se nos vuelva de carne y hueso.

Para terminar, permítanme también introducirlos aunque sea elípticamente en un registro íntimo, es decir abandonar por un momento el Capellí de rigor, y transformarlo sencillamente en Matías. Ha pasado el tiempo, y el tiempo seguirá pasando. Y en otras noches como ésta vamos a mirar atrás y pensar en eso: en cómo el tiempo nos acompaña y nos construye. Y a mí hoy me gustaría, Matías, además de celebrar la salida de un libro, brindar antes que nada, y simplemente, por eso.
José María Brindisi

Leído en la presentación de Trampa de luz, agosto de 2013.

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