El orden y la chatarra, por Beatriz Sarlo

El piso de la cocina está sembrado de granitos blancos; parecen grumos de arroz cocido, pero son gusanos. Salen de una bolsa de basura donde se pudre un seso, que daba asco cuando todavía estaba fresco. El lector también siente asco. Y esto es lo bueno: que una sensación pase de lo imaginado por el escritor a la sensibilidad de su eventual lector. Algunas escenas de Trampa de luz, la primera novela de Matías Capelli, tienen esa capacidad de convencer sobre lo que cuentan. Así, una noche de tormenta en los suburbios, donde la oscuridad es menos temible que la mezcla de engrudo, agua y barro que cubre al personaje, que está haciendo una changa con la pegatina de carteles políticos; o la amenaza de tres tipos a un auto detenido en la bajada de una autopista, donde el personaje sale disparado de su abulia para tomar el volante y salvar a las chicas tontas que lo acompañan; o un prostíbulo de las orillas, que sirve el litro de cerveza en gigantescos vasos de plástico para evitar que los restos de una vajilla normal se conviertan en armas de las grescas entre la concurrencia.
Con un poco de Beckett, en la impasibilidad del personaje, y algo de Onetti, en la turbiedad del relato, Capelli cuenta un solo día de agosto, en el que hace treinta grados de temperatura mientras se prepara una tormenta. El narrador se impone un paso acotado de tiempo que no da lugar a imprecisiones y permite comprobar si está preparado para el ejercicio de narrar en orden los hechos de esas veinticuatro horas, lo cual puede parecer fácil pero no lo es. Exige un fuerte control de la materia tanto en lo que se cuenta del presente como en los flashbacks que van abriendo el relato hacia el pasado. La novela no se desequilibra ni en uno ni en otro tramo de tiempo.
Contribuye a este equilibrio la narración en una tercera persona que no se aparta nunca del único personaje cuyos pensamientos y movimientos sigue exclusivamente. El discurso indirecto libre (es decir la tercera persona que funciona semánticamente como una primera, produciendo el efecto de que el narrador sabe todo lo que tiene o quiere saber sobre el personaje) permite esta fijación estricta de duraciones, ya que el relato sólo se distrae o se desvía cuando es el personaje quien se desvía o se distrae; no hay otros que lleven la narración de aquí para allá.
La novela se atiene deliberadamente a estas reglas de sintaxis narrativa. Capelli confía en la coherencia que pueden darle a un texto donde se cuenta una deriva, pero no se elige la forma floja y más bien fácil de pasar de cualquier cosa a cualquier otra. Por el contrario, todo en Trampa de luz está perfectamente motivado. Capelli presenta una vida caprichosa y medio desquiciada, pero no una narración que merezca estos adjetivos. Aunque la novela es “temáticamente” actual, tiene un orden que no responde a la costumbre de contar vidas desordenadas de modo desordenado.
El día elegido, en el final del invierno porteño, hace un calor que anuncia tormenta. En ese clima de inminencia tiene lugar la ceremonia fúnebre que recuerda el primer aniversario de la muerte del abuelo del personaje. Esto permite intercalar una historia familiar que, en parte, explica al personaje (le da un origen a su presente) y, en parte, abre el transcurso del día intercalando una historia familiar decadente, en un aspecto, y de enriquecimiento “menemista”, en otro. El personaje ha trampeado a sus primos con una fracción de herencia e intuimos que él mismo será trampeado: es un perdedor y no saldrá de su agujero. Deambula como una excrecencia inesperada en el cementerio parque, un paisaje bien de nuevos ricos, y arrastra hasta ese lugar una vaga propuesta para que se reúnan una madre y una hija (su abuela y su propia madre). Nada que nadie pueda tomar en serio, gastar plata para mandar a una vieja a Vancouver, donde vive su hija, sin razón evidente, salvo que el personaje piensa que estaría bien.
Así son sus cosas y sus proyectos: carecen de razones, pierde trabajos sin ser un inútil completo, adquiere otros, depende del portero de su casa para conseguirlos. Así también entran y salen algunas (pocas) mujeres de su vida. La mañana en que comienza la novela, una de ellas, Ariadna, le tira su hilo, bajo la forma de un fajo de billetes. El hilo de Ariadna no lo guía dentro de ningún laberinto pero le permite pagar la luz que estaban por cortarle. Es evidente que Capelli no quiere suscitar una divagación académica sobre el nombre de esta mujer que lo ha abandonado y reaparece tan providencialmente. Más bien, muestra la forma en que los mitos han venido degradándose hasta llegar a ser sólo un auxilio contra los cortes de Edesur por falta de pago.
La novela se protege de interpretaciones eruditas del nombre Ariadna, porque es una escritura culta que no subraya las referencias culturales. Evita enfatizar señalamientos para lectores que los necesitarían como si estuvieran recorriendo no una ficción sino una pista de aterrizaje. La primera mujer se llama Ariadna, y cuando aparece, esa mañana de agosto, no sólo le tira un fajo de billetes al personaje, sino que le avisa que está embarazada de otro hombre. La otra chica se llama Nadia, el que quiera seguir el nombre que lo siga. Pero no es necesario.
Lo que en cambio merece pensarse es el motivo por el cual nunca es nombrada una ciudad descripta con fragmentos que pertenecen a Buenos Aires (cada lector puede decir: Constitución al sur, Flores al sur, Pompeya, lo que sea). En las primeras páginas, los treinta grados de calor y la basura en las calles ponen las cosas en una zona marginal que podría estar en muchas partes. Más tarde, se aclara que la tormenta esperada es la de Santa Rosa, típica del invierno porteño. Esas casas de departamentos más o menos señoriales en barrios que no prosperaron, esas iglesias tan cerca de descampados, esos boliches de barriada pasoliniana, esas colectoras de autopista donde se fantasea la inseguridad o se esconde el peligro verdadero, son Buenos Aires para quien conoce bien esta ciudad.
Capelli no menciona calles, plazas ni barrios, como si este fuera el verdadero secreto de su novela. Produce una especie de intriga urbana: ¿dónde estoy? ¿dónde están caminando estas gentes? En contra de una fijación pintoresquista, Capelli describe una especie de modelo de Buenos Aires, donde cada fragmento es reconocible, pero no se lo menciona por su nombre. Preciso en la descripción de edificios y calles; mudo en la mención de nombres. La estrategia es deliberada.
Va en contra de la identificación fácil, como todo en esta novela de medios tonos. El deterioro es desprolijo, no dramático. Lo que se cuenta es una historia de pérdidas: el departamento se arruina; el auto, en una descripción detallada y perfecta, se reduce a chatarra. Esto es lo mejor de Trampa de luz, que presenta, pieza a pieza, la decadencia del metal, la oxidación, las abolladuras, los vidrios rotos. Si algunas novelas se definen en una escena, Capelli ha alcanzado la suya destruyendo un auto.
Beatriz Sarlo

Publicado en el Suplemento Cultura, Diario Perfil, septiembre de 2011.

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