Un día en la vida, Luis Sagasti

Qué pasará por la cabeza de un guardia de seguridad al custodiar una alcantarilla, o la réplica de un mingitorio, devenida obra maestra en un museo de arte contemporáneo. El aburrimiento se acopia en bostezos, cabe imaginar, pero también, casi seguro, deja entrever el narrador de la notable Trampa de luz, la sensación de haberse quedado afuera de algo, la idea de que el sentido de las cosas se escapa como si fueran esos gusanos blancos que salen de la bolsa de basura del departamento del protagonista; algo que se escurre, el fruto de una forma que alcanzada su plenitud comienza a deteriorarse; o bien, como ocurre con el arte, lo que empieza como larva y germen termina en mariposa. Y en esa encrucijada parece encontrarse detenido el personaje que asiste a una progresiva e indolente degradación de las formas como si nada importara mucho en verdad, aferrado a recuerdos de ex novias, imaginando cosas que deberían haber sido y no lo fueron.

Una familia que se reúne un año después para el traslado del cuerpo del abuelo hacia otro cementerio. Un cuerpo que es metáfora de la descomposición de una familia, de una sociedad donde las cosas si se dicen se dicen a medias; donde voluntad y destino han jugado una partida con naipes de mazos distintos. A Capelli le bastan breves trazos, apoyados en los diálogos precisos y una sintaxis contundente, para trazar una deriva concentrada en un día donde nada pareciera tener mucho sentido.

Todo se presenta como corrido de lugar, fuera de foco. Un día de agosto donde hace treinta grados; el recuerdo de una mujer que esconde el libro de su amante en el congelador de una heladera; el robo porque sí de una tetera de un juego de platería francés: no otra cosa se le ocurre al protagonista para equilibrar lo que ya no puede sostenerse sino a fuerza de palabras sin sustento. El derrumbe puede ser visto, claro, como la caída de una clase que se ha acostumbrado de a poco a una penumbra creciente. Los chicos pueden jugar en el patio hasta que de la tarde solo queden hilachas. Los ojos se acostumbran a una luz cada vez más parca: las pupilas se agrandan. Quien llega desde dentro no puede entender cómo se puede jugar con tanta oscuridad. La luz se apaga de a poco y el protagonista juega resignado bajo la luz de una luna que permite dar cuenta, por contraste, de las estridencias de una clase encandilada por las luces que son un cebo que achicharra a quienes dan vueltas en torno a ellas en un ritual idiota. Claro que en ciertos lugares “se respira una atmósfera de riqueza aristocracia” donde no hay “ni rastros de bolsas de basura”

Y un punto insomne, por donde circulan obsesiones: el violento asalto a un camión de caudales. Sobre este punto se articulan una serie de escenas, verdaderos planos narrativos de gran musicalidad, que se ensamblan unas a otras para presentar en fragmentos la trama de una vida que es pura fracción, a la que ninguna totalidad pareciera dotar de sentido. Los continuos flash backs hablan de un manejo admirable del tempo narrativo. Esta plasticidad formal, que ya aparecía en algunos cuentos de Frío de Alaska, Capelli la maneja con un pulso muy firme que le permite al texto respirar donde es fácil perder el aliento. La pátina onírica de muchas escenas acentúa el carácter de irrealidad en la que se ha sumergido el protagonista, donde se ven posibilidades de acción, de lo que debía haber sido, lo que debía haberse hecho. De lo que no se hace, de lo que el sopor hace cuando no se tienen en claro la distancia que debe guardarse de la luz para que no se convierta en una trampa.
Luis Sagasti

Publicado en Bazar americano, noviembre 2011.

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