Corta la bocha

El teléfono de línea, ese electrodoméstico prehistórico que suele pasarse días sin sonar, está inquieto. La campanilla repiquetea a toda hora. Martes ocho y media de la mañana. Riiing. Hola, soy Margarita Stolbizer y quiero presentarte a nuestro candidato, Sergio Abrevaya, y pedirte que nos acompañes. Este domingo 26 votá por una alternativa socialdemócrata con permanencia en el tiempo. Lo agarraron dormido y escuchó hasta el final. Once y cuarto: Hola, soy Horacio Rodríguez Larreta. Hace ocho años empezamos juntos este camino. Hicimos mucho… Clac, el auricular plástico golpea contra el aparato. Doce cuarenta del mediodía: Hola, soy Gabriela Michetti y este domingo 26… y ahora el ruido del plástico es más fuerte, seco. Tres cuarenta y cinco: Hola, soy Mariano Recalde y quiero que este domingo nos… Ahora aprieta ligeramente el botón y deja descolgado. Pero espera una llamada importante y no puede darse el lujo. ¿Por qué nunca puso identificador de llamadas? Ahora es tarde. Suena y no le queda otra que atender. Hola, soy Gabriela Cerruti y… clac. Diecisiete cuarenta: Hola, soy Aníbal Iba… ¡Caradura! Dieciocho cero cinco: Hola, soy Graciela Ocaña y… y el veneno para hormigas, ¿dónde habrá quedado? Con el correr del día fue ganando velocidad de reflejos: Hola, soy Ivo Cutza… Hola, soy Martín Lou … Veinte quince: Hola, soy Carlos Hell… Veinte treinta y ocho: Hola, soy Clau… Veintiuna treinta y tres: Hola, soy Héctor Tu… Nunca atendió tantas veces el teléfono, pero la llamada ansiada no llegó. Tal vez intentaron comunicarse justo cuando él escuchaba la grabación de los candidatos. Se va a dormir amargado. En medio de la madrugada el teléfono vuelve a sonar. Del otro lado está Del Sel, pero él vota en Capital. ¿Un error del conmutador electoral o una alucinación onírica? Hola, negrito, quiero ser el próximo gobernador para terminar con la inseguridad, con el narcotráfico, para terminar con las pibitas de trece años que se embarazan para cobrar una platita todos los meses, para que los negritos se bañen con agua caliente y dejen de manguear. Votame, hacelo por Santa Fe. Pesadilla, no hay duda.

Columna publicada en el número de mayo de 2015 de la revista Los Inrockuptibles.

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Por las calles de Teheran

“Lo más peligroso en esta ciudad”, dice Nozhan, “es cruzar la calle”. Nacido y criado en Teherán, Nozhan vivió doce años en Europa antes de volver a Irán en 2013, y conoce los temores ligados a su país que pululan por Occidente. La gran mayoría, puede uno comprobar in situ, son falsos, infundados. Pero eso es algo que se va revelando a medida que pasan los días. Por ahora, para un recién llegado el comentario funciona entonces como advertencia y como dardo tranquilizador. “Sobre todo, evitá cruzar por la senda peatonal”. ¿Evitá o tratá? “Cuando ven a alguien cruzando por la senda peatonal”, dice, “los conductores en vez de frenar, aceleran”.
El transporte público en Teherán de subtes y metrobuses es moderno y barato, pero insuficiente para las diez millones de personas que se mueven por la ciudad de sábado a jueves (el viernes es el día no laborable). La gran mayoría recurre al auto particular, taxi, remís o taxi colectivo y por ende el tránsito es demencial. A eso se le suma un ejército de taxis informales, hombres que salen a trabajar con su propio auto, desempleados o semi-empleados que changuean un ingreso extra haciendo un recorrido y negociando con el pasajero una tarifa. Sobre todo en las horas pico de la mañana y del atardecer está lleno de autos particulares que deambulan a la busca de algún pasajero por el carril derecho, o en doble o triple fila a la salida de una estación, listos para partir vociferando a los gritos su destino como tenderos del bazar.
Casi no hay semáforos en la ciudad, y los pocos que hay –luces amarillas titilando– están fuera de servicio. Si el peatón es demasiado cauto puede pasarse horas esperando el momento oportuno para cruzar, por lo que hay que ejercitar una mezcla de cautela y arrojo que infunda respeto y obligue a los conductores a frenar o a esquivar el bulto. Otro riesgo para el extranjero de visita en Teherán consiste en terminar deshidratado, famélico, al borde del golpe de calor. A finales de junio el termómetro llega a marcar más de cuarenta sequísimos grados en una ciudad muy polucionada. Es pleno ramadán; prohibido comer, tomar y fumar en lugares públicos desde que el sol sale hasta que se pone. Por lo tanto bares, restoranes y casas de comida están cerrados hasta el ocaso; uno puede comprar una botella de agua en la calle pero tomarla a la vista de cualquiera puede terminar en un problema con la ley.
Puertas adentro se puede comer normalmente, pero para el extranjero que pasea por las calles de Teherán es más complicado, no hay hogar al que volver. Llegado un punto necesitamos sí o sí entrar a boxes y Nozhan se pone a hablar con un verdulero. Enseguida el tipo nos hace pasar a la trastienda, nos ofrece agua y frutas. Ya refrescados, comiendo ciruelas y banana, intercambiamos algunas frases de rigor con Nozhan de intérprete. Uno percibe la calidez y la hospitalidad, aunque la barrera lingüística sea infranqueable. Después de un rato lo mejor es quedarse callado, escucharlos hablar entre ellos y apreciar la musicalidad del farsi, su dulzura opaca. Antes de irnos, intentamos pagar. Se niega a cobrarnos. Cómo voy a cobrar por darles refugio, dice.
Otro buen lugar para buscar refugio en las horas de la tarde son los museos (Teherán tiene excelentes museos históricos, de arte tradicional y uno contemporáneo, inesperadísimo, fabuloso, con obras de Pollock, Bacon y Warhol, entre muchos otros) o el Gran Bazar: con sus pasillos de sombra fresca, un laberinto interminable de puestos tanto de baratijas como de artesanías magistrales y alfombras carísimas.
¿Cuánto cuestan las cosas? Imposible saberlo a ciencia cierta. La moneda oficial es el rial; en todos los billetes, de cualquier denominación, está la cara de Khomeini con la cifra en farsi y en el reverso, en números arábigos. Pero la mayoría no habla o piensa en rial, sino en tomán, que implica un cero menos. El rial reemplazó al tomán en los años treinta, pero las dos monedas se siguen usando casi indistintamente y para un extranjero puede resultar arduo saber si tiene que pagar diez o cien mil, que el vendedor diga un precio y la etiqueta otro.
En algunos recovecos del bazar, así como en parques y rincones urbanos es posible encontrarse con renegados del ayuno que, alertas ante la llegada de la policía, se esconden a pitar, engullir y tomar. Lo que sí se respeta a rajatabla en público es el código de vestimenta. Los hombres no pueden usar shorts. Las mujeres no pueden usar ropa que deje expuesta partes del cuerpo ni sea demasiado ceñida, y tienen que cubrirse al menos la nuca y las orejas. Algunas van completamente cubiertas, con túnica y chador, pero no es lo más común.
Paseando por los pasillos de un centro comercial de clase media llama la atención la cantidad de mujeres con la nariz operada. Mucha “nariz perfecta” y además mucho tabique vendado o vestigio de cirugía plástica reciente. Claro: si en la nariz y en los ojos se condensa el poder público de seducción de la mujer iraní. Puertas adentro la gente hace lo que quiere, en todos los aspectos: las mujeres pueden usar minishort y remeras escotadas, los hombres pueden estar con el torso desnudo, y está muy extendido el uso recreativo de cáñamo y opiáceos, por poner ejemplos. Esa división tajante entre lo público y lo privado es uno de los rasgos más característicos del país; las viviendas cumplen una función de velo social, incluso las más humildes tienen algo de palacio, de fortaleza, en la que cada uno es dueño y señor.
A medida que avanza la tarde, empiezan a advertirse las secuelas del ramadán. Los transeúntes se vuelven siluetas fantasmales, el ayuno raya lo insoportable justo antes del último rezo del día, al término del cual se permite satisfacer los apetitos. Beber, sí, pero ni una gota de alcohol. Salvo ciertos vinos de fabricación casera que se consumen puertas adentro, el alcohol reina por su ausencia y al mismo tiempo en muchas casas iraníes la botella de agua suele ser una vieja botella de algún destilado: whisky escocés, vodka ruso.
Comienza el rezo en las mezquitas y cunde sensación de inminencia de desahogo. La gente sale a la calle con heladeras y samovares portátiles, con ollas y paquetes de comida, con la alfombra enrollada en busca de un sitio en el parque más cercano. Nozhan insiste con llevarme al Abo-o-Atash, el parque “del agua y del fuego”. Dice que tengo que conocer el Tabiat, el “puente de la naturaleza”, que inauguraron hace poco. “Es una maravilla que cruza por arriba de la autopista y conecta con el parque Taleghani. Es mucho más lindo que el High Line neoyorquino,” dice orgulloso, de su país y de él, por haber viajado tanto durante la larga década en que estuvo radicado en Holanda.
Llega la noche y familias y amigos copan el parque, cuya principal atracción es un sistema de fuentes y dos torres en cuyas puntas arde fuego. La gente se aleja de las zonas más transitadas y tiende las alfombras a lo largo del parque. Dejan los zapatos en el pasto y se sientan, ahora sí, a comer, a conversar, a fumar en pipa, a tomar té. Los chicos corren por ahí; parejas, familias y amigos conversan. Ahora un dulce, otra ronda de té, ahora frutas, unas pitadas de la pipa, más té, un puñado de dátiles y frutos secos, y así pasan las horas hasta entrada la madrugada. Es el mejor momento del día en Teherán en esta época del año, con la gente conversando en el parque sobre sus alfombras en la fresca noche persa como vienen haciendo hace siglos sus ancestros. Resplandeciendo verde con su silueta ultramoderna sobre una autopista por la que van y vienen cientos de autos por minuto, el Tabiat luce magnífico y enigmático. Como en casi todo, Nozhan también tenía razón sobre esto.

Publicado en el diario Clarín, domingo 30 de agosto de 2015.

Link: http://www.clarin.com/opinion/Iran-Occidente-vida_cotidiana-islam_0_1422458177.html#

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Puro fluir de intensidades

“El cuento liberado de su clásica estrategia se convierte en un puro fluir de intensidades. Una idea narrativa, por banal que sea, se convierte en un impulso de avance que adquiere espesor en la prosa, hace proliferar las acciones o se detiene en los mínimos detalles. Así funciona Frío en Alaska (Eterna Cadencia, 2008), de Matías Capelli. Lekman, el protagonista, narra el modo en el que imagina la vida de su ex pareja, Fernanda, que reside temporalmente en Leeds con la beca de su tesis sobre arte. Los tickets que ella le manda periódicamente para rendir sus gastos son el medio con el que Lekman trata de reconstruir la vida que ya no comparten. La relación con su madre y la familia de su nuevo esposo, una noche pasada en vela, el divagar de las anécdotas en los cuatro relatos va desdibujando lentamente la causalidad hasta que en el cuento final, “Frío en Alaska”, que narra un viaje a una salina en el altiplano, la realidad, el recuerdo y el sueño son ya indiscernibles.”

Fragmento de “El cuento argentino del siglo XXI“, artículo de Martín Lojo publicado en la revista ADN cultura, La Nación, febrero de 2014.

 

 

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Principe d’incertitude (traducción de Aurore Perrin)

Le matin, Fernanda commence par boire un café double ou un jus d’orange dans l’un des quatre Starbucks café de Leeds. Elle lit peut-être un de ces romans de poche qui lui ont coûté six livres, ou feuillette le journal, qu’elle achète presque tous les jours, à moins qu’elle ne boive d’un trait le verre d’eau servi avec le café pour faire passer une aspirine certains matins. Elle en achète un tube de temps en temps, toujours dans la même pharmacie. Une fois par mois elle paie quarante livres de téléphone fixe et mobile, vingt-cinq livres pour le câble et pour la connexion internet haut débit. En eau, gaz et électricité, cinquante livres au total. Elle ne paie pas de loyer parce qu’elle habite dans un appartement que lui a prêté une amie partie «pour un an, peut-être deux » en Italie. Elle achète des livres, une fois par semaine, généralement le mardi matin, le jeudi après-midi ou, beaucoup plus rarement, le samedi. Elle fait toujours ses courses dans le même supermarché, une fois par semaine ou tous les dix jours. Au total cela ne représente pas beaucoup plus que ce qu’elle dépensait à Buenos Aires quand elle vivait seule, au milieu de la dernière décennie. Les cartes téléphoniques internationales à cinq livres, elle les dépense en général en un seul coup de fil. Elle mange dehors une fois par jour, soit le midi soit le soir. Elle se déplace rarement en bus et achète très peu de vêtements, mais prend de temps en temps le train pour Londres et là-bas, c’est cinéma, concert, bars, chambre dans un hôtel trois étoiles, parfois c’est une chambre double, billet de métro pour Victoria Station et un café ou deux avant de reprendre le train. Ou bien juste un taxi quand elle est en retard, or Fernanda est presque toujours en retard quand elle a un train, un avion ou un bus à prendre.

Lekman range les factures qu’elle lui envoie tous les mois par courrier. Il renverse tous les petits papiers sur la grande table du salon qu’il utilise à peine désormais, les retourne puis les regroupe, d’abord par jour, il fait trois longues rangées de dix jours chacune, puis par catégorie: « logement », « nourriture », « dépenses personnelles » et « matériel de recherche ». Il colle une ou deux factures sur des feuilles A4 qu’il perfore ensuite, inscrit à côté de chacune le total en dollars, puis les additionne, total par rubrique, total du mois, même chose en pesos, et range chacune des feuilles dans l’un des quatre dossiers, un par catégorie, qu’il doit présenter avant le vingt de chaque mois à la fondation britannique qui a accordé à Fernanda une bourse d’un an renouvelable un an. Avec le temps il a pris l’habitude de le faire en pensant à autre chose, un tableau à terminer, le repas de ce soir, ou quelle forme donner à telle image, la petite révélation qu’il a eue la veille à la campagne en voyant une poule perchée en haut d’un escalier contre le mur de la maison, la lumière d’août d’un coucher de soleil hivernal.

Il prépare tout cela sans vraiment y prêter attention, afin de se poser de moins en moins de questions sur la signification de certains des reçus. Un mélange de surprise, d’indignation et de douleur, voilà ce qu’il éprouvait au début, d’ailleurs il lui arrive encore, de temps à autre, de ressentir un pincement, surtout lorsqu’il se dit que cela ne ressemble pas à de la négligence, on dirait plutôt qu’elle veut qu’il apprenne certaines choses, comme ces voyages à Londres, ou ce qu’elle achète au supermarché, la boîte de préservatifs de douze unités – des Durex, deux livres quinze – qu’il a découverte il y a quelque temps sur un ticket au milieu d’une longue énumération de produits innocents: des brocolis surgelés, du café guatémaltèque, du dentifrice et trois bouteilles d’eau gazeuse. Mais Fernanda n’a jamais rien dit à ce sujet, et Lekman n’avait trouvé ni le moment ni les mots pour la questionner.

Une petite amie du lycée lui disait qu’il était timide parce qu’il était né en Norvège. La famille de Lekman était arrivée en pleine dictature. Il était encore tout petit quand son père avait été affecté à la filiale locale d’une banque française. Juana avait été la première et unique petite amie de son adolescence. Ils étaient restés ensemble un an, exactement: elle l’avait quitté la veille de leur premier anniversaire. À l’exception des mois qui suivirent, la plupart du temps la solitude avait été un choix de Lekman. Malgré cela, ou peut-être justement pour cela, il avait attiré les femmes depuis son plus jeune âge. Ses gènes scandinaves lui avaient valu une croissance précoce et à quatorze ans, avec son mètre soixante-quinze et ses bras puissants il en faisait déjà vingt.

Son premier baiser, il l’avait donné à la mère d’un ami un soir où il avait dormi chez lui. Il était allé à la cuisine manger un morceau en cachette et l’avait trouvée pieds nus, en nuisette, la porte du frigo ouverte. Ses lèvres étaient fraîches, comme si elle venait de boire de l’eau au goulot de la carafe, et légèrement sucrées. Au réveil, il fut paniqué à l’idée de provoquer un scandale. Puis il ne pensa plus qu’à ce qu’il ferait lorsqu’il se retrouverait avec elle, mais il n’en eut pas l’occasion, et peu de temps après il commença à sortir avec Juana. Ce qui lui plaisait, plus que ses traits nordiques, c’était l’entendre chanter et jouer de la guitare. À part Juana, seuls l’entendirent les rares amis du lycée qui allaient chez lui, et parmi eux celui dont il avait embrassé la mère. Ils lui dirent qu’ils aimaient bien sa musique même s’ils la trouvaient un peu bizarre.

Lekman fit deux ans de droit puis se rendit compte qu’il ne voulait être ni avocat ni musicien. En Norvège, peut-être, mais pas ici : il voulait dessiner ou peindre. Il s’inscrivit à un atelier. Au bout d’un an il laissa tomber la faculté tout en gardant son travail et commença à prendre des cours particuliers avec un maître prestigieux. Une année passa encore, et il travaillait de moins en moins au bureau. Tout le monde fut satisfait de sa première participation à une exposition collective et les critiques dirent de son oeuvre quelque chose qu’il ne comprit pas mais qui lui sembla être un éloge.

Il quitta son maître le jour où, alors qu’il arrivait à son atelier à l’heure du cours, il le trouva en caleçon en train d’arpenter la pièce d’un mur à l’autre tout en déroulant une énorme pelote de laine rouge, sa poitrine frôlant les lattes du plancher, les yeux rivés sur l’extrémité du fil. Il rencontra plusieurs professeurs: aucun ne lui convenait tout à fait, il se trouvait à un moment de sa formation trop délicat pour tout recommencer avec quelqu’un d’autre, mieux valait se lancer seul ou tenter sa chance ailleurs, changer d’air, lui dit un de ceux qu’il avait consulté en lui tendant la main en signe d’au revoir.

Il envoya des reproductions de ses meilleurs travaux dans des instituts de divers pays, mais ne reçut aucune réponse, sauf d’une école portugaise où il ne se souvenait pas d’avoir postulé. Il décida de démissionner du poste que son père lui avait obtenu dans la banque française, de s’enfermer pour peindre et de vivre d’illustrations que lui commandait sporadiquement une maison d’édition pour enfants. Et sans qu’il sût pourquoi, chaque fois qu’il voyait son père, celui-ci revoyait son fils dans son uniforme de collégien, assis dans l’un des fauteuils en velours de l’auditorium. C’est que l’artiste doit se lever alors même qu’il est confortablement installé, Lekman sans exception. Mais il est possible qu’au moment où tu voudras te rasseoir, la chaise ne soit plus au même endroit, répondait son père, car la terre tourne, et alors tu devras attendre debout, comme un idiot, jusqu’à la mort.

Six mois plus tard il participa pour la deuxième fois à une exposition collective. Ce qui compte, au début, ce n’est pas de vendre, ce sont les échos, c’est pourquoi la présentation est aussi importante que l’œuvre elle-même, lui dit un critique. Ce mois-là il vendit un tableau, son père lui en acheta un deuxième, et il reçut un mail d’une certaine Fernanda López, une journaliste qui voulait l’interviewer.

À présent Lekman est beaucoup moins naïf, les années ont passé. Malgré tout, chaque fois qu’il se remémore ces conversations avec son père il est attendri – à l’époque, ces paroles avaient aiguisé son courage et lui avaient permis de lui tenir tête, d’insuffler une dimension épique à des décisions qu’il n’aurait sans cela pas eu la force de prendre – à vrai dire, cela fait longtemps que, sans être devenu tout à fait cynique, il a fini par céder et par adopter le jargon et les attitudes de l’art contemporain, lesquels lui ont pour la plupart été inculqués par Fernanda, elle qui désormais lui écrit et l’appelle peu, une fois tous les quinze jours, mais quand ils se parlent ils restent au moins une demie-heure au téléphone, surtout le dimanche après-midi, à Leeds il est minuit. Ces dimanches où elle rentre de Londres, comme les reçus le lui confirment ensuite. Elle doit ressentir ce mélange de culpabilité et de vide, cela lui arrive à lui aussi.

Pour combler un silence Fernanda s’assure qu’il a bien reçu les papiers et lui demande d’être gentil, de ne pas oublier de les remettre à temps pour qu’on lui avance les frais du mois suivant. Il lui répond de ne pas s’inquiéter, c’est un travail ennuyeux mais il aime bien les tâches mécaniques, qui lui évitent d’avoir à penser, ça fait du bien quand on a passé des jours enfermé à travailler, « ça me change les idées ». Comme d’aller à la campagne : la route déserte, droite, à cent quarante. Elle demande s’il n’a pas repris la cigarette, et il ment en disant que non. Et Lekman lui raconte qu’il vient de gagner une bourse pour se consacrer à un projet de six mois, il y croit, même s’il ne sait pas encore quoi faire exactement. Elle lui demande de lui envoyer des esquisses par mail sitôt qu’il en aura, et de ne pas oublier – s’il te plaît – ce texte qui ouvrait le catalogue de sa première exposition collective parrainée par une multinationale, elle va sûrement lui être très utile pour son mémoire. Il dit oui, pourtant il ne l’envoie jamais, et ils se disent au revoir: parfois l’un des deux dit « je t’aime »et l’autre « moi aussi », parfois l’un des deux le dit et l’autre ne répond rien, et parfois ni l’un ni l’autre ne dit rien.

Il doit remettre les dossiers le lundi matin et c’est à peine s’il a ouvert l’enveloppe en papier kraft en provenance de Grande-Bretagne posée sur la table du salon. Et pour la première fois il se demande pourquoi c’est lui qui fait tout cela. Mais il l’avait promis à Fernanda, et de surcroît elle n’avait personne d’autre, alors mieux vaut finir le plus vite possible. Il essaie de se concentrer et de réfléchir à un nouveau système ou procédé pour les ordonner. Le vendredi il se réveille toujours tôt à la campagne et quand il rentre, après un déjeuner léger de quinze pesos eau minérale comprise dans un grill sur la route, quatre-vingt dix pesos d’essence et quatre pesos vingt de péage, il est fatigué. Et si en plus il reste chez lui tout seul, les choses peuvent se compliquer. Et s’il sort avec des amis, ils finissent tous par boire du whisky ou du vin autour d’une table et par aller l’un après l’autre aux toilettes, tous parlent sauf lui, ils ne peuvent plus s’arrêter de parler et Lekman finit par s’endormir, dodeline de la tête, se réveille en sursaut, ses amis rient, rient très fort, et il leur demande de l’excuser: il s’est levé à sept heures du matin, il a fait de la route et a sommeil.

Il est loin d’avoir terminé, et de plus les trous dans les rangées de factures sont autant de jours où Fernanda disparaît. Parfois cela l’inquiète, parfois il se console en se disant que s’il n’y a pas de reçus c’est qu’il n’y a pas de dépenses, et que s’il n’y a pas de dépenses c’est parce qu’elle est restée à l’appartement. Il y a des jours où Fernanda va au cinéma et regarde deux films de suite, parce qu’à Leeds certains petits cinémas programment des films différents selon l’heure. Ou bien elle va au supermarché et achète de tout et revient un quart d’heure plus tard acheter quelque chose qu’elle a oublié. C’est curieux, pense Lekman certains après-midi, malgré la distance, il est mieux informé aujourd’hui de ce qu’elle fait que lorsqu’ils vivaient ensemble. Et d’après ce qu’il peut en déduire, elle n’avance guère dans la thèse qui lui vaut sa bourse. Elle est aussi dispersée que lui ici, qui est sur la liste pour exposer dans une galerie importante à la fin de l’année, une exposition individuelle, et cette bourse, qui l’eut cru, et son champs en friche.

Jusqu’à l’année précédente il était inondé et plutôt qu’un champ c’était une lagune de mille cinq cents hectares avec une frange sèche de paturâge près de la clôture le long de la route. Et puis un entrepreneur de province avait surgi du néant pour proposer de le louer au père de Lekman. Il voulait exploiter la lagune, monter un club de pêche, construire un quai, planter des arbres et des parasols, semer des poissons, installer des barbecues et apporter quelques barques. Il paya dix loyers rubis sur l’ongle, mais un lundi midi on se rendit compte qu’il y avait des problèmes et avant la fn de l’année et du contrat, la lagune s’était asséchée et le club avait fermé.

C’est à cette époque que Fernanda avait décidé de partir pour l’Angleterre terminer sa thèse de doctorat, une étude comparée d’un peintre britannique et de quatre jeunes artistes de pays émergents. Aucun des cinq n’était né dans le pays où il résidait. Ils avaient émigré dans leur enfance et, pour une raison mystérieuse, produisaient une oeuvre bien plus radicale que les autres artistes de ces pays, ou quelque chose comme ça, Lekman n’avait jamais vraiment compris la démarche, ni d’ailleurs la plupart des autres articles que Fernanda avait publiés au cours de ces deux dernières années qu’ils avaient vécues ensemble.

Le Britannique était né en Turquie, avait émigré à neuf ans; il avait participé à des expositions à NewYork et Amsterdam, ainsi qu’une petite rétrospective au musée d’art contemporain de son Istamboul natale. C’est l’un des rares artistes vivants qu’admire Lekman. C’est lui qui avait fait découvrir son oeuvre à Fernanda, après lui en avoir parlé pendant des soirées entières, au cours d’un voyage en Europe peu après qu’ils se soient installés ensemble. L’Argentin n’est autre que Lekman. Comme lui, les trois autres débutent à peine leur carrière, « je préfère les artistes moins célèbres, vierges de toute exploration universitaire », disait Fernanda, et Lekman ne pouvait réprimer un léger frisson chaque fois qu’il l’entendait prononcer ces paroles.

Au début il considéra les choses dans les termes où elle les lui avait présentées: il avait bien plus à gagner que les autres, et surtout plus que l’Anglais, c’est-à-dire le Turc, qui était déjà assez reconnu. En d’autres termes, la comparaison allait être flatteuse pour son oeuvre. Il pensa qu’il n’y avait que son père pour employer ce terme. Il mit plusieurs mois à comprendre que le Turc anglais habitait probablement à Leeds ou à Londres. C’est la deuxième révélation du jour, ce vendredi après-midi tandis qu’il regarde par la fenêtre en préparant du café avec les restes qu’il a trouvés dans le réfrigérateur.

Il l’imagine le regard perdu, ce soir même, après avoir soupé un menu pour une personne avec une demi-pinte de bière (cinq livres quatre-vingt-dix) dans une chaîne de pizzeria comme elle le fait presque tous les vendredi soir quand elle ne va pas à Londres, tandis qu’au même moment, dans la cuisine, en plein après-midi, il se prépare un café, les factures éparpillées sur la table du salon. Pour les préservatifs, bien sûr, il comprend. Lui aussi en achète encore de temps en temps, pas par douze, certes, mais par boîtes de trois. Ce qui le chiffonne, ce sont ces voyages à Londres. Mettons qu’elle y aille avec le Turc britannique. Cela doit être intéressant, c’est certain, même lui aimerait. Mais pourquoi toujours Londres, et jamais une autre ville? Ou l’Ecosse? Et de toute façon, il ne voit pas le rapport avec un doctorat en arts comparés, ni comment il se fait que les gens de la fondation, qui sont si pointilleux avec les factures, ne s’en étonnent pas.

Il regarde le jour précédent et le jour suivant, ouvre le réfrigérateur et y trouve des sacs plastique vides, des bouteilles vides, un pot de confiture ouvert. La seule chose qui puisse le sauver ce soir, c’est de remplir son réfrigérateur et de manger en quantité. Sur le chemin du supermarché il tombe sur l’affiche d’un film américain qui vient de sortir et que Fernanda a déjà vu il y a plusieurs mois, il se souvient du billet de couleur orange sur lequel était imprimé le titre du film. Il croise aussi une fille portant le tee-shirt d’un groupe anglais et, sans s’expliquer pourquoi, se dit que les peintres qui vivent en Angleterre le portent sûrement mieux que les Argentins, comme c’est presque toujours le cas avec avec les groupes de rock.

Il achète des produits frais et des conserves. Certaines marques ressemblent à celles de là-bas, pas autant qu’avant, mais malgré tout beaucoup sont identiques, sauf les produits ménagers. Il achète deux bouteilles de bière et deux d’eau minérale et, pendant un instant, pense à ses factures à lui : bars, peinture, toiles, essence, péage, tickets de caisse que la caissière du supermarché, qui est chinoise, ou coréenne ou japonaise, met dans sa main avec la monnaie, puis elle se regarde les ongles comme si leur vernis s’écaillait au contact des pièces. Lekman compte les sacs – il y en a beaucoup – et demande s’il peut être livré à domicile. La caissière acquiesce tout en tirant une liasse de billets de cent pesos de la poche intérieure de son blouson, ou de son corsage, il ne voit pas bien, pour ranger les deux qu’il vient de lui donner, et crie en japonais, coréen ou chinois, et de la porte du fond sort un type qui pourrait bien être son cousin éloigné ou une espèce d’esclave, met les sacs dans le chariot et attend.

L’idée de parcourir trois pâtés de maison côte à côte avec un inconnu le met mal-à-l’aise dans un premier temps. Il se met à marcher quelques mètres devant lui, à pas pressés, en l’ignorant. Il n’arrive pas à deviner s’il vient d’arriver dans le pays ou s’il y vit déjà depuis plusieurs années, toujours enfermé dans le hangar du fond. S’il n’en sort que pour faire les livraisons et s’il ne connaît que cette partie de la ville, qui doit être presque un rêve, l’interruption de son obscur monde de l’entrepôt où il range la nourriture, sur le lit superposé en pin où il reste allongé pendant des heures à pleurer ses moussons.

À présent ils marchent sur le trottoir abîmé d’une avenue où passent des bus en klaxonnant. Lekman regarde derrière lui au moment de tourner pour s’assurer que l’autre le suit toujours. Et il se demande, d’abord par ennui, puis avec une perversité inédite, jusqu’où cet homme serait capable de le suivre et qui, à en juger par sa façon de marcher, tirait certainement, sur sa terre natale, l’une de ces voitures à traction humaine qui transportent des gens à l’arrière, sous un parasol. À quel moment finirait-il par lui dire quelque chose, dans combien de pâtés de maison? Jusqu’où pourrait le conduire, littéralement, sa servilité, et que lui dirait-il alors, dans quelle langue? Lâcherait-il le chariot et une insulte qu’il ne comprendrait pas et retournerait-il au supermarché, ou essaierait-il de le frapper? Ou bien peut-être qu’incapable de rentrer il serait perdu, errant dans le quartier, halluciné dans une ville inconnue? Peut-être finira-t-il ainsi par se retrouver dans un autre supermarché oriental où on le comprendra et où on le reconduira dans le sien, à moins qu’il ne reste dans celui-ci, qui est peut-être mieux que l’actuel, qui sait s’il n’y a pas, en plus du hangar, une petite cour intérieure, et des lits qui ne sont pas superposés, et s’il ne retrouvera pas un cousin qui est venu dans le pays avec un autre arrivage.

Lekman commence à ressentir une excitation presque enfantine, comme si d’une certaine façon il se vengeait de tous les immigrés du monde, à commencer par lui-même et par ceux de l’Asie du sud-est, mais aussi des Turcs et des Pakistanais britanniques, et des quatre autres artistes plasticiens. Et il tourne de l’autre côté, traverse comme s’il était seul, c’est comme cela qu’il traverse depuis des mois, sans tenir compte des craintes de Fernanda, qui le faisait toujours traverser quand il n’y avait personne, mais alors une voiture sombre tourne au coin de la rue, passe juste à côté de lui et renverse le porteur.

Il avait fait des études de droit pendant deux ans, et quoique recalé en droit pénal (ce qui servit de motif ou d’excuse pour abandonner cette voie), il sait qu’il porte une part de responsabilité dans l’incident et prend peur. L’homme du supermarché est étendu par terre, sur le bitume, au milieu des sacs et des achats répandus, et n’a pas l’air blessé. Deux hommes descendent de la voiture, l’un a une barbe et les cheveux longs, l’autre est aussi grand que Lekman et plus costaud. Sur la banquette arrière il y a deux femmes. Les types regardent le Chinois et lui demandent par signes s’il va bien. Puis ils regardent Lekman, se regardent, regardent l’autre à nouveau et lui proposent de le ramener. Soit le type ne comprend pas l’espagnol, soit il n’est capable de rentrer qu’en retournant sur ses pas, alors il dit non d’un geste de la main et de la tête, et s’en va.

Alors le barbu dit à Lekman qu’il peut monter, ils vont le ramener. Lekman ne répond pas, ne bouge pas, et le barbu redescend et lui dit de venir, il tente de le rassurer. « Ne t’inquiète pas », dit-il, il ouvre le coffre et y met certains des sacs du supermarché, tout ce qui n’a pas cassé. Lekman monte sans être tout à fait convaincu, comme si le plus important était de ne pas se séparer des courses. Il s’assied et ferme la porte sans cesser de regarder à travers la vitre dans la direction du porteur, qui s’éloigne dans l’autre sens, heureusement le bon.

En l’espace d’une seconde, lui qui se plaignait de la monotonie de sa vie en la considérant sous l’angle de ses dépenses, s’était soudain imaginé au poste de police. Il se calme un peu et décide de penser à autre chose. Il est assis sur la banquette arrière, un peu serré, à côté des deux filles. Il n’a pas eu l’occasion de les observer attentivement, mais il a une bonne intuition, elles portent une jupe courte et sentent bon. La voiture continue tout droit jusqu’au deuxième carrefour puis s’engage dans l’avenue vers le centre. Ce n’est que lorsqu’ils passent sous un pont que Lekman comprend qu’ils ne le ramènent pas chez lui. Il envisage de descendre à un feu rouge, mais dans ce cas il perdrait tout ce qu’il a dans le coffre, presque deux cents pesos de courses.

Ils arrivent devant un bar dans un quartier de bureaux. À côté de la porte du local il y a une femme en train de pleurer, ses mains lui couvrent le visage. Ils descendent au sous-sol par un escalier et s’installent dans les canapés. Il n’y a personne d’autre qu’eux dans le local qui semble d’une autre époque. La musique date d’il y a trois ou quatre ans. L’une des filles va aux toilettes et au bout d’un moment l’un des types, le costaud, l’y rejoint. Lekman l’imagine contre le mur, la jupe retroussée, les collants baissés, et lui, calant une jambe sur les cabinets. Mais la fille revient et glisse un mot à l’oreille de l’autre, une blonde avec des petits seins qui se soulèvent dans son corsage. Il avait imaginé que la blonde était avec l’autre type, mais elles repartent toutes deux aux toilettes et et lui se retrouve seul avec le barbu, chacun à une extrémité du canapé.

Il fait un geste de la main pour appeler la serveuse, c’est la femme qui pleurait dehors dix minutes plus tôt. Il commande un verre. La musique est mauvaise et le son, assez fort pour qu’il préfère l’écouter plutôt que parler. D’autant plus qu’il ne sait pas quoi dire. Il vide son verre presque d’un trait et se met à jouer avec la paille jusqu’à la déformer entièrement. Il commande un autre verre et le barbu lui dit que lui aussi en veut un. La serveuse dépose deux verres identiques, elle s’éloigne et ils gardent le silence. Lekman se met à retourner les sacs et les portefeuilles des autres. Le barbu demande ce qu’il se passe et il répond qu’il vient d’entendre un téléphone sonner. Ce doit être le tien, dit-il. L’autre sort son portable, le regarde, et dit non, ça n’est pas le sien. « C’est peut-être le tien, justement? » Mais Lekman n’a pas pris son portable. Alors je ne sais pas. « Pourtant, je suis sûr d’avoir entendu une sonnerie de téléphone ». Oui, ça arrive, répond-il à voix haute, près de son oreille, c’est comme si certaines notes de certaines chansons faisaient vibrer la neurone où ce son est enregistré.

Il avait appris à treize ans ce qu’était un harmonique. À cet âge-là il avait pas mal de préjugés et avait été surpris qu’un philosophe comme Pythagore ait pu étudier pendant son temps libre – c’est du moins ce qu’il supposait – le son qu’émet une corde selon sa longueur. Tout comme il avait été surpris que son professeur de musique, qui portait toujours des pantalons colorés et dont l’haleine sentait le thé, les biscuits mais aussi, comme il ne l’avait compris que plus tard, la marihuana, en sût beaucoup plus au sujet de Pythagore que cette anecdote sur l’harmonique qu’il devait raconter au moins une fois à chacun de ses élèves.

À ce souvenir, Lekman s’intéresse désormais à la conversation et demande ce qu’il en est des filles : est-ce qu’elles sont ensemble, est-ce que chacune est avec l’un d’eux? Le type se met à rire et lui dit qu’elles sont attachées de presse, deux presseuses, alors qu’eux sont journalistes. Ils sont en train de faire plus ample connaissance, dit-il, et il émet un rire gras. C’est un avantage en nature, vu ce qu’on nous paye… », et Lekman ne sait pas s’il s’est interrompu au milieu de sa phrase ou si sa plainte s’est noyée dans la musique avant de parvenir à ses oreilles.

Le barbu s’approche du mur, touche quelque chose derrière des rideaux et va sur la piste de danse qui, tout comme le reste du local, est vide, à l’exception de celui qui passe la musique dans un coin, un gars maigre aux cheveux longs. La boule à facettes se met à tourner. Il fait signe à Lekman de s’approcher, celui-ci commande encore un verre pour se donner une contenance, et le rejoint. La chanson qui passe manque de rythme, impossible de danser là-dessus, tout au plus peut-on tourner sur soi-même les bras sur le côté, à peine étendus, comme si tout le bar était une boîte à musique en mode mineur et aux piles usagées. Et puis, bien sûr, lui aussi aimerait bien être enfermé depuis vingt minutes dans les toilettes avec deux filles. Au lieu de quoi il avait manqué de provoquer la mort de quelqu’un, ensuite il avait bu trois fernets, et à présent il dansait avec un autre homme sur la piste d’un bar vide et sur une chanson de Morrisey.

Il faut qu’il parte: si les années passées avec Fernanda lui ont appris quelque chose, c’est bien à se méfier des journalistes. Pourtant le barbu a l’air sympathique. Il l’accompagne à la voiture, ouvre le coffre, lui donne ses sacs de courses et lui demande s’il ne veut pas qu’il le raccompagne, sûr? Lekman dit non, il lui serre la main et prend un taxi. Le trajet est long, les remarques que lui fait le chauffeur lui font un peu peur et par moments il fait semblant de dormir.

Il n’avait presque plus pris le taxi depuis qu’il s’était acheté la voiture, lorsqu’il avait décidé de s’occuper du terrain à la campagne à la mort de son père, finalement ça ne lui prenait pas trop de temps. L’agronome qu’il avait engagé lui avait dit que le lac avait accumulé tant de sédiments que l’excès de minéraux rendait toute germination « impossible et dangereuse ». Pendant un an on va rien pouvoir cultiver, mais à l’avenir il sera extrêmement fertile, avait-il dit, grâce au potassium. De toute façon, il continue d’y aller une fois par semaine, le jeudi. À chaque fois, il y passe la nuit et là-bas, se réveille à sept heures, c’est tard pour les paysans qui sont déjà réveillés à quatre heures et demi l’été, à cinq heures, cinq heures et demi l’hiver; il y a du givre tous les matins jusqu’à septembre, lorsqu’on sort de la maison ce sont des glaciers fondus qui brillent tels les soleils d’une lointaine dimension. Il vérifie que tout va bien, que les six paysans sont bien là, non qu’ils travaillent, puisqu’il n’y a rien à faire; mais au moins, qu’ils sont sur place pour que personne ne se mette à occuper le terrain, à s’installer dans leurs maisons, et il s’assure aussi que personne, ni voleur ni paysan, n’a rien volé, et que ces derniers ne sont pas soûls et ne font pas venir de femmes. En tout cas, pas quand il est là, car il en va de son autorité, le reste du temps, qu’ils fassent ce qu’ils veulent, tant qu’ils ne volent pas et n’abîment pas. Mais il y a des fois où il y va, rentre et se rend compte qu’il n’a pas échangé un mot avec qui que ce soit, tout au plus quelques saluts de la main. Il se réveille devant chez lui. Il descend du taxi et dépose les sacs de courses sur le trottoir le temps de chercher la clé pour ouvrir la porte. Il monte dans l’ascenseur, pose à nouveau ses courses par terre, et s’appuie contre le mur, tout comme cette nuit-là avec Fernanda, dans ce même ascenseur. Elle était rentrée pour quelques jours. Elle devait rester deux semaines mais était finalement partie au bout de huit jours, et lui avait parlé pour la première fois de la possibilité de rester une seconde année, en disant qu’elle le ferait peut-être.

Malgré tout, les retrouvailles n’avaient pas été désagréables, pensa plus tard Lekman en dressant un bilan dans lequel l’épisode de l’ascenseur compensait d’autres moments où elle recevait des appels sur son portable britannique et revenait au bout de dix à quinze minutes. Un soir qu’ils regardaient un film blottis dans le lit, son portable sonna. Fernanda répondit et partit parler dans la cuisine, très exactement à l’autre bout du trois pièces de Lekman. Elle y resta pendant six minutes, qu’il passa pour sa part couché, dans le silence, la lumière éteinte et le film sur pause, arrêté sur le sourire déformé de l’un des acteurs. Au cinéma il n’y a pas d’instants parfaits, de tableaux, mais un effet de continuité, pensa Lekman au début, en regardant l’écran du téléviseur. Ensuite il pensa à d’autres choses, sans détacher son regard de l’écran. On n’entendait aucun bruit, pas même la voix de Fernanda, mais il savait qu’elle parlait au téléphone, qu’elle chuchotait en anglais, en se couvrant la bouche avec la main. Quand elle revint, le magnétoscope était passé automatiquement sur STOP. Elle se coucha dans le lit et lui dit, comme si de rien n’était, de remettre le film.

Ce qui est sûr, pense Lekman tandis qu’il pose les sacs de courses sur le plan de travail de la cuisine, c’est que s’il n’y avait pas eu l’histoire de son père, Fernanda ne serait pas revenue. Et depuis cette fois-là, ils n’ont pas reparlé de futures visites. En voyant les factures sur la table du salon, telles qu’il les avait laissées quelques heures auparavant, c’est comme s’il se réveillait d’un rêve, d’une nuit ou de plusieurs mois, et il l’appelle pour la première fois depuis longtemps.

Elle décroche à moitié endormie et demande s’il s’est passé quelque chose. S’il l’appelle pour une raison particulière. Il lui répond que non, qu’il avait juste envie de parler, il lui raconte ce qui s’est passé avec le garçon du supermarché, il ne comprend pas comment il a pu agir ainsi, si cruellement; l’épisode du bar, le chauffeur de taxi bizarre qui l’a ramené. L’un des journalistes m’a suivi dehors et a encore insisté pour me raccompagner. Un taxi arrivait à une vingtaine de mètres, lentement, et un autre derrière, libre aussi, mais roulant beaucoup plus vite. À tel point qu’il l’a dépassé et a pilé. C’était un modèle de voiture qu’il n’avait jamais vu auparavant. Le taxi qui arrivait derrière lui a freiné à la hauteur de celui qui venait de le dépasser, a insulté le chauffeur, lequel ne disait rien et regardait devant lui, jusqu’à ce que l’autre chauffeur se lasse et s’éloigne en maintenant la main sur le klaxon jusqu’au carrefour suivant. « Un soir comme celui-ci, on ne fait pas de cadeau », a-t-il dit tandis qu’il passait la première sitôt que l’autre atteignait le coin de la rue. Il aurait juré que c’était un paralytique et qu’il conduisait en actionnant des leviers avec les mains, dit Lekman. Il était assis à l’arrière à moitié endormi, et le présentateur d’une émission de radio nocturne a demandé dans quel volet d’une saga cinématographique se passait telle action et le chauffeur s’est retourné et a dit, surexcité: « Dans le trois, celui où on lui colle une bouteille d’oxygène pour lui faire avaler, ha, et ensuite ils lui tirent dessus, ici, boom, et il explose, ha ha… j’adore ce moment! » a dit le type, dit Lekman, et Fernanda rit et lui dit quelque chose à propos des chauffeurs de taxi londoniens.

Il lui demande alors si elle s’apprêtait à sortir, là-bas il doit être neuf heures du matin. Oui, neuf heures, mais elle dormait, dit Fernanda. Ah, mais bien sûr, aujourd’hui on est samedi, autrement à cette heure-ci en général tu es déjà en train de prendre ton petit-déjeuner. Et à peine a-t-il terminé sa phrase qu’il regrette de passer devant elle pour un maniaque qui connaît sa routine comme s’il la suivait tous les jours dans la rue. Cela n’a pas l’air de déranger Fernanda. Elle rit, encore ensommeillée, et lui dit de ne pas trop se fier aux factures, Starbucks, par exemple, elle n’y va pas très souvent, en général elle n’y prend pas son petit-déjeuner. Cela lui arrive de temps en temps, mais la plupart des reçus, c’est une amie roumaine, qui est serveuse dans l’une de leurs enseignes, qui les lui donne. Et comme ça elle les rajoute aux autres parce qu’à vrai dire, dit-elle, il y a des fois où je ne me souviens même pas comment j’ai dépensé l’argent, ou alors je perds les factures, tu sais que je suis tête-en-l’air pour ce genre de choses. Et Lekman sent quelque chose s’effondrer, dégringoler de quelque part, une phrase sans paroles qui roule le long de son corps.

Il retrouve son souffle et s’enquiert de son travail, ce qu’il n’avait presque jamais fait depuis tout ce temps, il s’en rend compte quand elle commence à lui raconter et que tous les noms ainsi que la plupart des mots qu’elle emploie lui sont inconnus. Il la laisse parler puis lui demande des nouvelles du Turc. Ça va, dit-elle, tout va bien. Il lui demande si elle le connaît personnellement. Oui, bien sûr, dit Fernanda, c’est pour cela que je suis venue, d’une certaine manière, pour cela et parce que l’université possède une bibliothèque très fournie et me donne toutes les facilités. Il lui demande comment il est, en vrai, et elle lui répond qu’elle ne saurait pas dire.

Il se rappelle la façon dont elle l’a abordé: le premier entretien, comment ils se sont revus à plusieurs expositions, à des rencontres, à des ateliers. De l’un d’entre eux ils étaient partis ensemble manger, il était tard, une heure et demi du matin, et il l’avait emmenée dans une cantine de chauffeurs de taxis. Il s’était dit que cela lui faisait perdre toutes ses chances avec elle, mais il l’y avait emmenée quand-même, un peu pour la tester, en partie aussi parce qu’il avait faim et que quand il a faim il est de mauvaise humeur. Et elle l’avait abreuvé de théories sur l’art, de réflexions sur son œuvre, avec des approches et des clés nouvelles qui permettaient de comprendre les travaux d’autres artistes et de considérer comme tels bien des personnes que Lekman, qui était assez conservateur, peut-être à cause de sa formation autodidacte, méprisait jusqu’alors.

Il raccroche et s’allonge dans son lit: il n’arrive pas à s’endormir. Il se lève, retire ses vêtements. Le tee-shirt qu’il a porté toute la journée, depuis ce matin à la campagne, c’est Juana qui le lui avait offert il y a au moins dix ans. Pourtant il est toujours en bon état, gisant sur le téléviseur sous un pantalon avec des traces de boue sur l’ourlet. Il est couché les yeux ouverts. Il met de la musique et se recouche. Deux fois il sursaute en croyant entendre le téléphone sonner; c’est peut-être Fernanda qui veut encore parler ou bien, il ne sait pas pourquoi il y pense, Juana.

Il n’arrive toujours pas à s’endormir. Il prend une douche et remet les mêmes vêtements que la veille. Il va dans la cuisine et range les courses, vide les sacs. Les six œufs qu’il a achetés sont cassés. Il ouvre l’emballage en carton humide et visqueux et voit des taches rouges, du sang au milieu du liquide épais, mélange de jaune, de blanc et de quelques plumes. La poule de la ferme. Il met l’eau à chauffer. Il s’apprête à faire du café puis se rend compte qu’il a oublié d’en acheter. Le moteur du frigo s’éteint seul et on n’entend plus que le tic-tac de l’horloge au-dessus de la porte de la cuisine. Il est neuf heures moins le quart. À cette heure-ci, Fernanda a sûrement déjà déjeuné, en tout cas elle est levée.

À neuf heures cinq il est devant la porte du supermarché, lequel, comme on est samedi, n’ouvre qu’à dix heures. Il s’assied sur le rebord pour attendre, mais aussitôt se relève et va jusqu’à l’hôpital public le plus proche, quatre pâtés de maison plus loin. Il demande à l’accueil si un patient oriental a été hospitalisé la veille, en début de soirée. L’infirmière lui répond qu’elle ne saurait pas dire, « p’tête ben qu’oui, p’tête ben qu’non ». Une autre infirmière, assise derrière le guichet lui dit qu’hier elle remplaçait une collègue de l’équipe de nuit, et qu’elle a entendu parler d’un type qui était arrivé tout seul, à pied, vers huit ou neuf heures. Il n’avait rien de grave, mais le médecin qui l’a examiné lui a recommandé de passer la nuit en observation. Et lorsqu’on a voulu enregistrer son identité et ses coordonnées, il s’est enfui, c’était sûrement un sans-papiers ou alors il ne se sentait pas si mal que ça. Tandis qu’elle descend les escaliers, les yeux de Lekman se troublent, peut-être à cause du mélange d’anesthésiant et de désinfectant qu’on respire.

Devant la porte du supermarché les employés commencent à s’attrouper en attendant le responsable qui a la clé. Il a peur qu’on le reconnaisse s’il reste immobile devant eux et part faire un tour. Lorsqu’il revient c’est enfin ouvert. Il prend un petit paquet de biscuits, du lait, et un paquet de café de cinq cent grammes. La caissière est la même que la veille au soir et en lui rendant la monnaie elle le salue d’un bonjour impersonnel. Mais lui ne la quitte pas des yeux et lui demande si tout va bien. Elle dit oui, mais il n’est pas rassuré, il se rapproche un peu d’elle et lui redemande si tout va bien, si elle est sûre, à présent en couvrant tout le supermarché d’un regard qui va se perdre dans la porte du fond qui donne sur l’arrière-boutique. Aucun problème, monsieur, répond-elle, un peu agacée par son insistance.

Translated by Aurore Perrin and published by French magazine Retors in october 2010. “Retors”, N°12 – Hispanophonies II : Argentines Nouvelles. Available at http://www.retors.net/spip.php?rubrique151

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Sicherung (traducción de Timo Berger)

Die Beerdigung von Pedro vor einem Jahr stellte sich als Scheinbegräbnis heraus. Als seine Kinder am Friedhof ankamen, teilte man ihnen mit, dass die Familiengruft voll war und der Sarg in einer Gemeinschaftsgrabstätte untergestellt werden müsste, bis man die ältesten Vorfah­ren eingeäschert hätte. Platz zu schaffen, würde Zeit in Anspruch nehmen und unzählige bürokratische Vorgän­ge erfordern. Sie bekamen zumindest die Erlaubnis, die Gruft zu öffnen, dem Toten das letzte Geleit zu geben und sie wieder zu verschließen. Später, unter Ausschluss der Öffentlichkeit, wurde der Sarg wie mit den Behörden ver­einbart wieder herausgetragen und in ein Depot gebracht. Am folgenden Tag rief Víctor seine Brüder an. Er sagte ihnen, er würde es nicht hinnehmen, dass sein Vater in einem Keller mit anonymen Leichen verfault, dass ihn das schlechte Gewissen nicht schlafen ließ und dass er zwei Parzellen auf einem Privatfriedhof in den Außenbezirken erstanden hatte, mit einer Allee und sogar einem Teich, der Rasen perfekt gemäht, ein Golfplatz. Die eigentliche Beerdigung fand in der darauf folgenden Woche statt. Es war intime Formalität, im Beisein der Witwe und der vier Söhne, so wie wenn man einen Baum verpflanzt.

Auch die gerade zu Ende gegangene Zeremonie war zum Teil eine Scheinbeerdigung, weder Fisch noch Fleisch; auf einmal doch mehr als eine bloße Gedenkfeier zum ers­ten Todestag. Nach den Worten des Priesters verspreng­ten sich die mehr als hundert Teilnehmer, es waren sogar Menschen darunter, die vor einem Jahr nicht auf dem in­nerstädtischen Friedhof gewesen waren und die sich jetzt neu gruppierten und in Richtung Parkplatz ein Rinnsal aus schwarzen Ameisen bildeten, als ob einer das 18. Loch gespielt hätte. „Nicht mal tot wird der Ruhe geben“, sagte jemand aus der sich immer weiter lichtenden Gruppe der Freunde des Verstorbenen und lachte verschmitzt.

Aus der Stadt erreichten uns Sturmböen: Der Wind und die Vegetation milderten die Hitze des Tages ab. Dort ließ der Regen nicht lange auf sich warten, auch hier schien es gleich anzufangen. Die Welt stand kurz davor, von einem Moment auf den anderen unterzugehen, und trotzdem geschah nichts von all dem. Die Regenschirme, die vie­le mitgebracht hatten, wirbelten wie Stöcke herum und begleiteten den Austausch von Küssen, Umarmungen, Handschlägen und sogar Sarkasmen, wie der von gerade eben, die die Gewitterwolken des Schmerzes verscheuch­ten, die sich über einigen zusammengebraut hatten. Was mag die Großmutter, die die ganze Zeit vor der Parzelle stand, die ihr ältester Sohn für sie und ihren Mann er­worben hatte und in der irgendwann ihr eigener Körper seine letzte Ruhestätte finden sollte, gefühlt haben? Und während der Priester sprach, lag da ein Groll in der Luft? War das sein Hüsteln, das zwischen Stille und gesenkten Köpfen widerhallte? Der Kerl muss unseren Großvater in seinen letzten Jahren gekannt haben. Nur das erklärt, dass er solche Lobreden ausgeschüttet hatte – denn, wenn er – wie letzten Endes jeder – die eine oder andere zu Recht verdiente, so waren es nicht unbedingt diese, die ihn am besten widerspiegelten.

Ein Vogel flog eilig in sein Nest zurück, schwarz vor einem Hintergrund aus dichten sepiafarbenen Wolken. Es schien, als würde die geringste Reibung sie in Blitz und Donner ausbrechen lassen, bis jetzt aber hörte man nur das Rauschen von der Autobahn. Das gleichförmige Geräusch rasender Autos und das Brummen des Indus-triegebiets bereiteten das mentale Terrain für die ein oder andere transzendentale Meditation, doch dann sah er von Weitem schon Laura, auch sie erkannte ihn sofort. Er hatte noch nicht mal zwischen Überraschung und Freude die Augenbrauen hochgezogen, als sie ihn schon begrü­ßen kam. Sie war mit Daniela unterwegs, kam gegen den Strom der Leute, die zum Parkplatz drängten, auf ihn zu.

Er wollte eine Begegnung mit Marcos und seinem Partner vermeiden. „Nicht mal tot wird er Ruhe geben“, wieder­holte er, doch das fanden sie nicht lustig. Laura teilte nicht seinen Sinn für Humor. Trotzdem war sie diejenige seiner Cousinen, mit der er sich in der letzten Zeit am besten vertrug. Mehr als eine Komplizenschaft seit der Kindheit, die er auch mit Delfina oder Marcos gehabt haben könnte, vereinte sie eine feinsinnige Sympathie, eine aufkeimende Erwachsenheit, die ihm meist als Produkt eines Missver­ständnisses vorgekommen war. So oder so hatte sie ihm Daniela vorgestellt, ihre Busenfreundin, mit der er das, was sie in Folge hatten, nie klären konnte, sodass sie auf­hörten, sich zu treffen.

Sie verharrten einige Sekunden in Stille, die drei alleine auf dem gepflasterten Weg, bis in der Ferne einige Ra­sensprenger angingen und er Laura fragte, ob sie ihn mit­nehmen könnte, und sie wie immer, wenn sie ihm einen Gefallen tun konnte, der ihr keine Anstrengung abver­langte, überschwänglich zusagte. Als sie das Auto erreich­ten, tauchte eine andere Frau auf, die sich ihnen anschloss. Eine Kollegin von Daniela, die in der Gegend wohnte. Sie war als Begleitung mitgekommen und jetzt würden sie sie auf der Rückfahrt bei ihr rauslassen. Ihr Name war Rocío. Aber Agustín kannte seine Cousine aus eigener Erfah­rung: Sie hatte sie mitgebracht, um sie einem ihrer Brüder oder Cousins vorzustellen. Sie ließ keine Gelegenheit aus. Sie waren immer so gewesen, die beiden, Lara und Dani­ela: eine verheiratete Terrorzelle.

Er bot Daniela den Vordersitz an, um nicht mit ihr zu­sammen auf der Rückbank zu sitzen. Als sie auf die Au­tobahn fuhren, fragte Daniela, ob sie das Radio anstellen könnte und Laura sagte Nein, ihr jüngerer Bruder habe vor ein paar Tagen einen Bleistift in den Zigarettenanzünder gesteckt, als sie kurz irgendetwas holen ging, und es habe einen Kurzschluss gegeben und fast sei alles in Flammen aufgegangen, und nun würde nichts mehr auf dem Ar­maturenbrett funktionieren. Auch nicht die Klimaanlage, und es wäre also besser, die Scheiben ein wenig herunter­zukurbeln. „Wann war das?“, fragte Rocío, nur um etwas

zu sagen, aber Lara antwortete nicht, so als ob es sich bei den „vor ein paar Tagen“ in Wirklichkeit um Monate ge­handelt hätte, als ob diese Geste der Nachlässigkeit etwas offenbarte, was man besser verstecken sollte. „Wie schade, dass deine Eltern nicht gekommen sind“, sagte Laura zu Agustín und blickte ihn im Rückspiegel an. Sie war die vierte oder fünfte Person aus seiner Familie, die densel­ben Kommentar vom Stapel gelassen hatte, und obwohl er ihm anfangs ganz natürlich vorkam, bemerkte er bald eine gewisse Ironie, eine gewisse Gewalt in diesen Worten, die so überlegt daherzukommen schienen.

Da niemand etwas sagte, fingerte Rocío ihr Handy her­aus, klappte es auf und ließ ein Lied durch den Lautspre­cher tönen. Die Musik klang verzerrt und schrill. Agustín war kurz davor, sie zu bitten, es auszuschalten, aber er stellte fest, dass es den dreien Spaß machte, über die Au­tobahn zu fahren und schweigend diese romantische Bal­lade zu hören, dass man so auch nicht darüber nachden­ken musste, was man sagen sollte, und so blieb er still, hielt sich am Griff fest, sah zum halb heruntergekurbelten Fenster hinaus und schloss die Augen im Fahrtwind. So ließ es sich aushalten. Er befürchtete, dass es ein Problem mit der Erbschaft gegeben hatte.

Obwohl es ein neuer Wagen war, fuhr Laura nur 70 km/h und wechselte zwischen der mittleren und der rech­ten Fahrspur ab, deswegen musste sie sich mit Lastwagen, Kombis und Bussen herumschlagen, zusätzlich zu den ramponierten Autos, die sich allein aus Trägheit fortbe­wegten. Es gelang ihr nicht, sie rechtzeitig zu überholen. So musste sie die Geschwindigkeit reduzieren und hin­ter ihnen herfahren, und sie ärgerte sich darüber, dass sie nicht den Mut aufbrachte, an ihnen vorbeizuziehen. Da­niela sprach über die Schwägerin der Frau ihres anderen Cousins. Sie hatte sich von ihrem Mann getrennt, oder er hatte sie verlassen. Das war das, was sie sich fragte, denn sie habe so schlecht ausgesehen, so verbraucht, dass ihr die Zweifel kamen. Laura antwortete: „Das kannst du nicht verstehen, es ist nicht deine Familie.“ Es herrschte ein fast partnerschaftliches Vertrauen zwischen beiden, das aufgrund ihrer Freundschaft entstanden war, aber es überraschte ihn doch, dass seine Cousine das Thema der­maßen abwürgte.

Das Fahren fiel ihr immer schwerer und sie war unru­hig. Irgendwann bat sie, dass sie alle ruhig sein sollten. Man hörte nur noch das Handy. Aber nach einer Minute wollte Daniela mit einem weiteren Gerücht über dieselbe Frau das Thema wieder aufgreifen, und dann ja, entfuhr Laura ein maßloser Schrei: „Ruhe!“ Er weiß, wie nervös sie es macht, auf der Fernstraße zu fahren. Und es wur­de langsam Nacht. Auch wenn die Dämmerung gerade erst anbrach und es sich um eine fünfspurige beleuchtete Autobahn handelte, die so ausgestattet war, es mit einem Verkehr rund um die Uhr und in doppelter Geschwin­digkeit aufzunehmen, sagte Laura „Fernstraße“. Und sie sagte, dass es dunkel sei und dass sie nicht gerne nachts auf der Fernstraße fahre, sie stellte sich wie ein Idiot an, sah weder die Wegweiser noch die Schilder rechtzeitig.

Eine zurückgehaltene Wut entströmte ihren Poren. Sie erinnerte sich nicht einmal daran, wo sie abfahren muss­te, um Rocío nach Hause zu bringen, die sich angespro­chen fühlte und aus ihrem Sitz auffuhr und ihr Handy zuklappte. Alles schwieg. Man hörte nur das Rauschen des Fahrtwindes. Lara bat sie, ihr rechtzeitig Bescheid zu geben, wann sie von der Autobahn herunterfahren sollte. Und dass sie verdammt noch mal über irgendwas reden sollte oder Musik anmachen, denn genau so wie sie den Lärm nicht ertrug, ertrug sie auch nicht so viel Stille, die machte sie sogar noch nervöser.

Als das dritte Lied verklungen war, schaltete Rocío es ab, weil eine SMS ankam. Sie las sie, blickte auf und sagte, „es ist hier, die nächste Ausfahrt“. Lara hatte gerade noch Zeit, um über zwei Fahrspuren zu fahren und die Abfahrt zu nehmen. Als sie in der Nebenstraße angelangt waren, sagte Rocío, sie solle zuerst rechts abbiegen und dann links. Und dann anderthalb Kilometer geradeaus fahren. Sie sagte es auswendig, wandte ihren Blick nicht von der kleinen Anzeige ab. Ihre Finger waren damit beschäftigt, eine Antwort zu tippen. Man merkte ihr an, dass sie nicht

wusste, was sie schreiben sollte, dass sie ihre Antwort be­reute, dass sie wieder die ursprüngliche Nachricht las.

Agustín scannte sie mit seinem Blick, und er bemerk­te die Überraschung in ihrem Gesicht, als sie aufblickte und alles um sie herum sehr viel unsicherer geworden war, nicht das geringste Anzeichen einer geschlosse­nen Wohnanlage. „Sind wir nicht unter der Autobahn durchgefahren?“, fragte sie leicht verunsichert. Obwohl es sich um ein in der Nähe gelegenes Gebiet handelte, kam es ihr vollkommen fremd vor. „Sehr weit dürften wir jedenfalls nicht vom Weg abgekommen sein. Du hast gesagt, zuerst rechts, dann links.“ „Nein zuerst links, dann rechts.“ „Bist du dir sicher?“ schaltete sich Danie­la ein. „Ich fahre die Strecke jeden Tag.“ Daniela sagte, sie sollte geradeaus weiterfahren und die erste nach links fahren, vielleicht würde sie so wieder auf die Autobahn kommen, aber Rocío sagte Nein, es wäre besser, umzu­drehen und den gleichen Weg zurück zu nehmen, dass ihr die Gegend überhaupt nicht gefiele. Lara befand sich am Rand der Hysterie. Die drei schauten zum Fenster hinaus, so nah waren sie noch nie einem Slum gekom­men (auch wenn die Siedlung davon immer noch weit entfernt war). Man konnte keine Menschen sehen, aber es lag eine Feindseligkeit in der Luft.

Agustín wollte etwas sagen. Er schaffte nicht mal, den kurzen Namen seiner Cousine auszusprechen, bis die­se ihm unmissverständlich zu schweigen gebot. Daniela wollte auch etwas vorbringen, doch Lara schrie: „Wenn ihr die Klappe nicht haltet, kann ich nicht weiterfahren!“ Die beiden anderen sprachen weiter, als hätten sie nichts gehört, ihre hochtönenden Stimmen überlagerten sich, und dann trat Lara in die Bremsen und sagte, bis sie nicht stillhalten und sich einigen würden, fahre sie nicht wei­ter. Und sie brachte nicht nur den Wagen zum Stehen, sondern sie schaltete den Motor ab und zog den Schlüssel heraus, als würde sie ihn gleich herunterschlucken. Aber stattdessen drehte sie sich um und zeigte mit der Spitze des Schlüssels auf Agustín. „Die Schuld an allem hatte dein Alter, ich kann es immer noch nicht glauben.“

Es war ein derart unangebrachter, derart unangemesse­ner Kommentar seiner Cousine; er mag sie die ganze Zeit beschäftigt haben. Vielleicht war sie sogar nur deswegen auf ihn zugegangen, um mit ihm darüber zu sprechen. Sie hatte eingewilligt, ihn mitzunehmen, nur um irgendwann das Gespräch auf das Thema zu lenken. Aus einer der Hütten kam jemand heraus, mit langsamen, aber sicheren Schritten. „Warum fragen wir ihn nicht, wie wir von hier wieder wegkommen?“ „Kommt der zu uns?“ „Was hat er da, einen Knüppel?“ Rocío konnte nicht aufhören, Fra­gen anzuhäufen, eine nach der anderen, und jetzt baten die beiden Lara einhellig, sie möge doch bitte losfahren, egal in welche Richtung, sie solle den ersten Gang ein­legen und aufs Gas drücken, aber sie war dermaßen ein­geschnappt, dass sie sagte, sie würde sich nicht von der Stelle bewegen, bis sie nicht wüsste, wo sie war und wo sie hinfahren müsste.

Agustín machte die Tür so auf, dass es ihnen gut vor­gekommen sein mag, als würde er sie dort allein lassen, und er ging vorne um das Auto herum, ohne den Blick zu heben, aber aus dem Augenwinkel schien es ihm, dass es jetzt drei, vier Typen waren, die sich näherten. Vielleicht kamen sie aus purer Neugier, wollten ein neues Auto aus der Nähe betrachten, mit drei Premium-Ladys darin, die von Tuten und Blasen keine Ahnung hatten. Er öffnete die Fahrertür und Lara sprang auf und heulte erschrocken los, denn sie dachte, dass man sie jetzt wirklich ausrauben würde. Und als er sah, dass sie den Platz nicht freimachte, herrschte er sie seinerseits wie ein Dieb oder Entführer an. Sie quetschte sich nach hinten, zwängte sich auf den Platz neben dem Fenster. Ohne eine Sekunde zu zögern, startete Augustín den Wagen und wendete, um wieder auf die Autobahn zu fahren, und das Bild von Laras Hintern über der Handbremse zwischen den Sitzen hindurch­schlüpfend, brachte ihm wieder in Erinnerung, warum sie immer seine Lieblingscousine gewesen war.

Publicado en la antología Neues von Fluss (Noticias del río), editorial Lettrétage, Berlín, 2010.

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Una recapitulación (sobre el taller Mario Jorge De Lellis)

Mario Jorge De Lellis fue un insigne poeta porteño de los cincuenta y sesenta. Poco tiempo después de su muerte, un grupo de escritores principiantes bautizaron con su nombre a un taller literario que marcaría a fuego la forma en que entenderían a la literatura de ahí en más. A continuación, un ejercicio de ficción recrea aquellos años.

 

Si mal no recuerdo el taller empezó en 1969. Al principio se llamaba “taller Aníbal Ponce” y se hacía los sábados en el barrio de Once, alrededor de una mesa en una oficina que nos prestaba el IFT, el teatro de la comunidad judía comunista. Casi todos caímos ahí por nuestro vínculo con la juventud del Partido. El que no era militante, simpatizaba: Gruss, Cohen, Asís, Freidemberg, Reches, Aulicino y yo éramos parte de un grupo de pendejos apasionados coordinado por José Murillo. Era una buena persona Murillo, muy elegante, de bigote recortado, siempre de traje, canoso y de ojos verdes, acento jujeño, pero con una visión literaria dogmática. Hubo una época en que se dedicó a la literatura infantil y publicaba cuentos con animales en el monte jujeño, buenos relatos, pero por ese entonces había pasado a escribir novelas proletarias que salían por alguna de las seis o siete editoriales del PC. Una de sus novelas se llamó Los traidores y era sobre el movimiento sindical, aparecía Vandor pero con otro nombre, porque él había trabajado en fábricas y sabía de eso. Lo apreciábamos aunque nos resultaba demasiado rígido y limitado, con bajadas de línea del tipo la literatura tiene que estar al servicio de la revolución, alumbrar la conciencia del hombre nuevo.

No recuerdo si fue producto de una defenestración de Murillo o si el IFT no pudo albergarnos más, lo cierto es que nos fuimos a la SADE, al caserón de la calle México, y ahí empezó a llamarse taller Mario Jorge De Lellis. Creo que fue el Turco Asís, que tenía mucha circulación por los cafés de Corrientes, quien vino y nos dijo que se había encontrado con Ulyses Petit de Murat, presidente de la SADE, y que este le había ofrecido un espacio para hacer el taller. Lo discutimos y aceptamos ir incluso teniendo aversión hacia la SADE. Era como dar un empuje de luz y de juventud, mal que bien.

Para nosotros De Lellis era un personaje legendario por las historias que de él se contaban. Era un tipo muy recio, socarrón, de perfil bajo, que representaba todo lo que era la porteñidad. Se pasaba las noches chupando en los boliches, muy de Almagro, del bar Gildo de Medrano y Corrientes, hincha fanático de Boca. Pero más allá del mito, la verdad es que no era un poeta al que admiráramos tanto como a Tuñón, por ejemplo, a quien íbamos a visitar. Además De Lellis había muerto dos o tres años antes. Le pusimos su nombre porque estábamos en esa corriente medio porteñista coloquialista, nos gustaba Gelman, y entonces en algún punto sí fue una declaración de principios. Fue una marca urbana, ideológica en cuanto a tener libertad y no estar atados.

Cuando nos mudamos a la SADE dejó de haber coordinador y cada reunión pasó a ser coordinada por un integrante del taller que se hacía cargo de distribuir el uso de la palabra cuando se comentaba un texto sometido a consideración. Era como se dice ahora un taller autogestionado. Alguien se proponía para ser leído en la siguiente reunión y traía fotocopias. Había poetas y narradores, la mayoría teníamos dieciocho, diecinueve años. Leíamos poemas, fragmentos de novelas, cuentos, y después venía la ronda de crítica, totalmente libre, en la que cada uno decía lo que opinaba. Había turbulencias dentro del taller porque éramos de hacer críticas muy duras, muy desbocadas; tal vez porque no teníamos muchos elementos teóricos terminábamos diciendo cualquier disparate. Todo era “no me gustó porque es una cagada”, “cómo escribís así”, etcétera. Eso sí: había mucha honestidad intelectual. Éramos muy apasionados, y muy crueles. Yo aprendí así, a los palos. Si hay algo que reivindico es haber aprendido que el poema es un objeto estético, no es a mí me pasó tal cosa y esto es lo que me salió. Éramos muy críticos y autocríticos, no se permitía la chantada, la cosa fácil. No queríamos seducir, queríamos conmover.

Teníamos una línea antinerudiana, provallejiana a full. Éramos muy de Girondo, de Huidobro, en cambio a Benedetti lo denostábamos mal. Nos interesaba la poesía yanqui, que no era tan conocida, toda la generación de Wallace Stevens, Williams C. Williams, muchísimo Eliot, Ezra Pound. Montale y Pavese fueron dos de nuestros maestros. No eran autores para Gelman o para Urondo, no era los que ellos leían. Hubo un recambio; en ese momento leer a Dylan Thomas era rarísimo, no era una lectura de época. Novela se leía sobre todo la novela argentina que iba saliendo, lo que editaba Tiempo contemporáneo: Viñas, Rozenmacher, etcétera. Cada tanto, una vez por mes, había un invitado, por ejemplo un abogado que hoy es uno de los grandes abogados de derechos humanos, hasta trabajó para Naciones Unidas, Rodolfo Mattarollo, en ese momento era poeta y vino a dar una clase de poesía francesa. O un poeta comunista paralítico de apellido Malamud, no era muy buen poeta pero daba una lección rara de creencia en la poesía y voluntad de sobrevivir. Y después los maestros, tipos que iban a dar una charla, a contestar preguntas: Isidoro Blainstein, Haroldo Conti, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Humberto Constantini, Luis Luchi, Alfredo Carlino, Miguel Briante.

Mal que bien por ese entonces muchos sacaron su primer librito. Por esos años Aulicinio publicó su primer libro, Reunión, del cual reniega; Freidemberg, Blues del que vuelve solo a casa; Cohen los cuentos de Lo que queda, del que reniega, él también. Y en ese momento era difícil sacar narrativa, salvo ser un Turco que convencía a cualquiera. El Turco tenía una labia impresionante, era muy hábil: sacó un libro de poemas, Señorita Vida, la novela Don Abdel Salim, el burlador de Domínico y los cuentos de La manifestación, en el que todos éramos personajes, nos escrachó. Un librito digno, igual. A finales del 72 salió una antología que se llamó Los que siguen. Era de ediciones Noé y tenía poemas de Lucina Álvarez, Guilermo Boido, Daniel Freidemberg, Guillermo Martínez Yantoro, Rubén Rechés, Jorge Ricardo Aulicino, Manuel Ruano y también algunos poemas míos. A Gruss se le dijo lisa y llanamente vos todavía no estás y ella acató.

En ese momento el que verdaderamente tenía una idea personal de la poesía era Reches, un poeta romántico tardío con unos poemas increíbles en que podía aparecer la palabra “rueca”. Tenía un hálito muy rimbaudeano, una voz muy linda. Era comunista hijo de comunistas, como Aulicino. Después en los ochenta publicó Arrabal de esferas, que le presentó Beatriz Sarlo, y en noviembre pasado editaron su poesía reunida, que son setenta páginas. A Reches lo había traído el Turco y era un poeta que no se parecía a nadie, de un lirismo triste, con una dicción muy clara y sin embargo, en fin. Otros que también se acercaron al taller a través del Turco, aunque eran más grandes que nosotros, fueron Oscar Barros y su mujer, Lucina Álvarez. Eran de esos noviazgos de los setenta de estar siempre en los cafés, horas de café por día leyéndose cosas. Barros era un intelectual de Corrientes que escribía pero nunca terminaba de escribir una novela demasiado cortazariana. Lucina había sido mujer, compañera nada menos que de De Lellis. Era mucho más joven que él y lo había cuidado en su agonía, De Lellis enfermo a los cuarenta y pico y ella de veinte. Por supuesto que tenía un aura por haber sido mujer del tipo. Muy hermosa, buena poeta, era impensable para cualquiera de nosotros, pero Barros no había tenido escrúpulos con el mito. Vivían en un departamento por Arenales y Coronel Díaz. Después los dejé de ver y en mayo del 76 los secuestró un grupo de tareas.

Durante el taller no tomábamos, fumábamos como escuerzos, eso sí. Después íbamos a comer. En esa época eras pobre pero podías comer afuera, podías comprar libros usados, pilas de libros, íbamos al cine, no sé cómo hacíamos. Al principio después del taller tomábamos algo a la vuelta del IFT. Había un bar en la esquina de Corrientes y Pueyrredón, El paulista, y otro a la vuelta, sobre Corrientes hacia Bulogne sur Mer, La cubana, que tenía una barra adelante, un pasillo estrecho y después un saloncito. Éramos pendejos, teníamos veinte años, faltaba un poco para que empezáramos a ginebrear, así que era más de café que de trago. La nuestra era una bohemia no diría mojigata pero sí muy tibia. Éramos militantes entonces el alcohol nunca abundaba, al porro cada uno entró por su lado. El primer o segundo BA rock que se hizo en el Velódromo, cuando vi parejas de mujeres besándose fue un shock, no lo iba a condenar pero mi ser de joven comunista crujía de un deseo que yo no entendía.

No se hablaba tanto de política, lo que más interesaba era la literatura. Participábamos poco de las reuniones oficiales partidarias, y de parte de los dirigentes del área cultural nunca tuvimos presión. Nos movíamos con bastante autonomía, no había bajada de línea del PC en materia literaria o estética, no había un control ideológico muy estricto. Muchos de nosotros pertenecíamos a una célula de la rama de la cultura, con Héctor Agosti a la cabeza. Éramos muy autocríticos del Partido, no por nada todos nos terminamos yendo. El PC tenía ese pacifismo cauto que al final lo llevó a la condena, sobre todo por seguidismo soviético, pero te enseñaba autodefensa, a tirar, tenías un arma en tu casa. Durante un tiempo, en la época más brava, tuve un arma en casa. Nadie lo supo nunca, ni siquiera mi compañera.

En la SADE duramos poco. Una vez pusieron una bomba en un edificio de la misma manzana y de la explosión se cayó parte del techo en el salón que nos prestaban, entonces nos dijeron que por un tiempo no volviéramos. En ese interín hubo elecciones, Petit de Murat perdió y asumió Dardo Cúneo, con quien estábamos enfrentados. Cúneo nos dijo que la SADE organizaba actividades oficiales, que si queríamos seguir con el taller, iba a tener que ser un taller de la SADE, pero el De Lellis, no. Entonces nos fuimos a la Sociedad de Artistas Plásticos, que nos prestó un lugar en Viamonte y Florida, y después yiramos por oficinas, locales de galerías. Cada uno se fue alejando del taller en distintos momentos. Yo estuve hasta que hice el servicio militar, en el año de Cámpora. Creo que en el 73 fue un poco la dispersión. Freidemberg y Gruss se hicieron pareja, Asís dentro de su mujerieguismo se hizo una novia más estable, Mirta Hortas, una escritora realista muy buena con la cual se casaría. Ninguno de ese núcleo siguió, pero había entrado gente que lo sostuvo: Alicia Genovese, Juano Villafañe, Leonor García Hernando, Luis Alonso, Sergio Kisielewsky, Nora Perusíny, toda la gente de la revista Mascaró, que eran más chicos. Ellos un poco se apropiaron del De Lellis, si hasta terminaron haciendo una obra de teatro.

Una vez tomamos el edificio de la SADE, subimos la escalera, tiramos bancos, el Turco mandándose una perorata arriba del escritorio, Reches cantando en francés canciones de Jacques Brel, una euforia de pendejos… Íbamos a las asambleas, armábamos quilombo. Creamos un movimiento político que ganó elecciones de la SADE en alianza con los socialistas; estaba Conti, Constantini, Cohen llegó a ser vocal. Otra vez ejecutamos una acción contra la dirección de Cúneo, no recuerdo bien por qué, lo cierto es que fuimos a sabotear un acto. Organizaban una especie de feria del libro, un precedente de la feria actual, en la calle Florida casi plaza San Martín. Habían montado un escenario y un podio para hablar el día de la inauguración, y nosotros fuimos a sabotear el acto con bombitas de olor. Era ridículo porque era al aire libre. Lo tremendo fue que al llegar vimos que en el podio estaba Tuñón, a quien respetábamos mucho y con quien teníamos cierta relación. Entonces fuimos por el costado a hablar con él, el tipo bajó del escenario, y nosotros le informamos que estábamos en contra de esta comisión directiva, que íbamos a sabotear el acto. Y Tuñón nos dijo por qué van a hacer eso, muchachos, es una pavada, Cúneo es un buen tipo. Estábamos todos con bombitas de olor en los bolsillos, Carlino que pasaba tapándose con un piloto listo para dar la orden, y al final ganó la opción de hacer explotar las bombitas. Lo peor es que pasó inadvertido, a lo sumo alguno se dio vuelta diciendo qué feo olor.

Una versión de este texto fue publicada en la revista El ansia, número 1, octubre de 2013, Buenos Aires. Gracias a Irene Gruss, Marcelo Cohen, Mirta Hortas y Jorge Aulicino por los testimonios.

FOTO DE LA ÉPOCA

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Edgardo Cozarinsky en Viena

Son las tres de la tarde de un sábado de noviembre en Viena y Edgardo Cozarinsky sale, unos minutos más tarde de lo previsto, del cine donde acaban de proyectar su flamante Carta a un padre . Lo escoltan empleados de la organización de la Viennale y el voluminoso crítico finlandés Olaf Möller, presentador del film y moderador de una ronda de preguntas con el público que se extendió debido al interés suscitado. Conmovida y curiosa, la audiencia quería saber más acerca de ese relato de un cineasta que parte en busca de las huellas de su padre y descubre los lazos imprevisibles que lo unen con una genealogía hecha de rupturas, de hombres dispuestos a aventurarse a lo desconocido: abuelo gaucho judío de fines del siglo XIX; padre oficial de marina; él mismo, escritor y cineasta. Así lo dirá el propio Cozarinsky más adelante durante la entrevista: que se trata de una investigación alejada de toda certeza, en la que en poco más de una hora se descubren sucesivas capas de secretos y acuerdos tácitos; cartas, relatos, paisajes y fotografías exhumadas que echan luz sobre las contradicciones que yacen bajo toda identidad. Con el agregado de que la pesquisa es conducida por el hijo entrado en su séptima década, cuando en el pasado esto mismo no le generó ningún interrogante. Como en buena parte de su obra fílmica y literaria, en Carta a un padre el detective termina por descubrir algo sobre sí mismo, al tiempo que hilvana una novela familiar con escalas en Buenos Aires, Entre Ríos, París y Japón, a lo largo del siglo XX.

Ahora es noviembre de 2013 en Viena, y una lluvia fina y persistente empieza a condensarse sobre bufandas y abrigos de los que permanecen conversando en grupos en la vereda, fuera del cine. Del otro lado de la avenida, en medio de la plaza Schwarzenbergplatz, respaldado por la interminable columnata semicircular, se erige un monumental soldado soviético que empuña fusil, escudo y bandera y conmemora los diecisiete mil rusos muertos en la recuperación de la ciudad. Un poco más adelante, desafiando la ley de gravedad, la fuente Hochstrahlbrunnen irradia en sentido inverso su propia lluvia, artificial y mucho más copiosa. Cozarinsky propone hacer la entrevista en el Sperl Café, uno de sus reductos favoritos de la capital austríaca. A pie son veinte minutos atravesando Karlsplatz, uno de los centros geográficos de la ciudad, pero tras despedirse de Möller y mandarle saludos a un amigo en común, la hostilidad del clima impone la opción de la combi del festival. Una vez en el vehículo del otro lado del vidrio apenas empañado se suceden avenidas, edificios y cafés en las esquinas. Ahora a la derecha se divisa el “repollo dorado” que corona el Pabellón de la Secesión, uno de los más espléndidos exponentes del modernismo vienés (edificio financiado a fines de 1800 por el empresario siderúrgico Karl Wittgenstein, padre de Ludwig), en el que se puede ver, entre otras obras, el Friso de Beethoven, de Klimt; ahora a la izquierda se vislumbra el fabuloso mercado callejero Naschmarkt. En medio de este decorado, Cozarinsky declara sentir afecto particular por esta ciudad. Tal vez sea porque acá es posible percibir con vida, dice, cierta impronta de la vieja Europa.

La primera vez que estuvo en Viena, recuerda, fue a mediados de los años ochenta con motivo de un congreso de historia del cine. “Pero después de la primera sesión, me escapé a recorrer la ciudad y busqué la Cripta de los Capuchinos por fidelidad a Joseph Roth, que iba a ser mi autor de cabecera.” Y cada vez que puede, como un ritual, vuelve a visitar los sótanos de la iglesia donde están alojados los sarcófagos de los emperadores, emperatrices y otros miembros de la familia Habsburgo, sitio que dio nombre a una de las novelas más célebres e imperecederas de Roth. Afinidades de todo tipo ligan a Cozarinsky con la ciudad que marcaba el pulso de la cultura centroeuropea a fines de siglo XIX y principios del XX. Por eso, estrenarCarta a un padre justamente en un festival como la Viennale tiene un significado especial. Lo considera, sin rodeos, un festival de amigos, en el que se siente querido por el director Hans Hurch [ver recuadro]. “Es un festival sin mercado, que busca lo que sale del mainstream o revaluar hoy películas históricas que valen la pena. El público de la Viennale se parece un poco al del Bafici porteño: gente impaciente por descubrir algo que no sea mercadería.” Hasta el momento, sólo en Viena se vio completa su trilogía “de cámara” que inauguró con Apuntes para una biografía imaginaria , prosiguió con Nocturnos y cierra Carta a un padre .

El viaje es corto; los cuerpos no llegan a acostumbrarse al calor que ya están de vuelta a la intemperie, en la esquina del Sperl Café, cerca de la zona de los grandes museos. Con sus más de mil quinientos cafés, no es difícil encontrar en Viena reductos elegantes o encantadores, pero probablemente ninguno como el Sperl, que irradia un estilo único, tradicional y despreocupado, como la luz tenue de las lámparas que tiñen el resplandor que entra por las ventanas. Cozarinsky se precia, por lo visto con fundamentos, de ser un entendido en la materia y cuenta que a lo largo de los años, guiado por su amiga, la directora austríaca Ruth Beckermann, fue descubriendo los cafés más típicos y aprendió a distinguirlos de los más turísticos por la clientela. “Al Demel, excelentes reposteros de la corte imperial pero con demasiadas señoras de sombrero, no le di más que una ojeada. Tampoco me atrajeron el Mozart ni el Landtmann; el Central sólo por la arquitectura delirante y los retratos de Sissi y Franz Joseph. Busqué en cambio aquellos donde gente de muy distinta edad pasa horas leyendo los diarios sostenidos por varillas, o escribiendo en cuadernos? Hoy lo hace en laptops . Me interné en el cavernoso Havelka, que parece no haber sido desempolvado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; me cayó mejor el Prückl, con su atmósfera años 50, muy El tercer hombre . Finalmente recalé en el Sperl, que iba a ser mi preferido: me cayó simpático, un poco fuera del centro y con algo indefinible que me interpeló, no sé si serán estos billares. Hago excepciones: el Kleines Café tarde a la noche, y para el último trago, ya lejos de todo café, el Loos Bar, si es que logro entrar en ese minúsculo recinto de maderas veteadas, ángulos rectos y luces color miel que en 1908 fue recibido, como toda la arquitectura de Loos, como una transgresión al gusto de la ciudad.”

Podría pasar el resto del encuentro escuchándolo desglosar lugares ocultos, develando anécdotas y algunos chismes literarios, pero estamos acá por una nota sobre su nueva película para la revista cultural -no de viajes- de La Nacion. Enciendo el grabador que registra su voz sobre un ruido ambiente especial, sonidos que son también parte de la postal: conversaciones en esa singular modulación autóctona del alemán, ruidos de tazas y cubiertos, el humo del tabaco que vuelve el aire más denso y comprimido, el ajetreado entrechocar que llega desde los billares del fondo.

-Mientras que los Apuntes… pertenecen a “una biografía imaginaria”, y en Nocturnos hay puesta en escena y lirismo, en Carta a un padre los lazos con lo real tienen menos dobleces. ¿Cómo fue cobrando forma?

Carta a un padre es un proyecto que fue haciéndose necesario para mí a medida que avanzaba su concreción. Un film de voces y de imágenes, algunas de ellas llegadas de un pasado lejano, otras filmadas por mí en los lugares donde busqué las huellas de mi padre. Siento que, sin saberlo, todo mi trabajo anterior fue llevándome gradualmente hacia este film.

-Aunque viajó mucho por el mundo, nunca había estado en la provincia de Entre Ríos, ¿cómo fue ese primer contacto con la tierra de su padre? ¿Nunca había surgido la posibilidad de ir, o de alguna forma había evitado hacerlo hasta ahora?

-Creo que, como tantas otras cosas relacionadas con mi padre, que murió cuando yo no había salido de una adolescencia demorada, sólo empezaron a interesarme al llegar a esta edad en que sentís que los plazos se acortan y lo que no hacés ya probablemente no lo hagas. Ir a Entre Ríos, visitar los paisajes donde creció y se formó mi padre, y de los que escapó a los dieciocho años para hacerse marino… ¿Por qué? Todo era parte de las preguntas que empezaron a dar forma al film. Un film de preguntas sin respuesta, pero que iluminan y provocan más que toda respuesta.

-Al presentar la película comentó que a diferencia de la mayoría de los documentales, en éste no es la voz la que comenta las imágenes, si no que son las imágenes las que comentan la voz?

-Es una vieja idea que empezó con La guerra de un solo hombre . Buscar una nueva forma de diálogo entre la voz y la imagen. Las tomas duran más de lo que durarían en un film narrativo, de acción. La voz invita a observar, a contemplar, a descubrir algo en ellas.

-También dijo que cierra una trilogía “de cámara”. ¿Qué caracteriza este tipo de cine?

-Hay un cine de cámara que no se propone interpelar a un público multitudinario. No exige las dimensiones de una platea numerosa, todo lo contrario: del mismo modo, el ámbito propicio para una sinfonía de Mahler no lo es para un cuarteto de Haydn. El espacio de recepción ideal para lo que llamo cine de cámara es íntimo, me atrevo a decir confidencial. En él, el espectador puede escuchar voces y música e internarse en el juego de documento y ficción que proponen las imágenes y los textos de mis films, lejos del ruido de mandíbulas que trituran pochoclo habitual en las multisalas. En ese espacio elegido, sin apremios, se hace posible un contacto distinto con el público. La legítima seducción del cine industrial se basa en el esplendor del espectáculo; el cine de cámara, en cambio, permite imaginar una manera diferente de diálogo con el espectador.

-En uno de los momentos más potentes de Carta a un padre se asoma a un punto ciego: “¿Qué hubiera hecho mi padre, oficial de la Marina, durante la dictadura de los años 70 de haber estado vivo?”. También hay otro “preferiría no saberlo”, respecto de la inscripción en un cuchillo que su padre trajo del Japón. En ese caso, el temor es que una frase banal rompa el misterio de ese objeto exótico?

-Para lo relativo a los años 70 nunca tendré una respuesta. Para el cuchillo, fue pasar, por una vez solamente, del “preferiría no saberlo” al enterarme. Recordá que aparece tres veces en el film, como un eje que lo sostiene. La primera, como simple objeto exótico en mi infancia; la segunda, ya que no sé bien por qué fue uno de los pocos objetos que llevé conmigo cuando me fui a vivir a París y sentí el miedo de que la inscripción de la vaina lo revelara como recuerdo turístico. La tercera, al lanzarme a este film, cuando me animé a enterarme: hago traducir la inscripción y confirmo aliviado que es un instrumento ritual para el seppuku , el suicidio ritual del soldado que se abre el vientre para preservar su honor.

-Durante las preguntas del público al final de ambas funciones despertó mucho interés el incipiente nazismo en Buenos Aires a fines de los años treinta que retrata la película. ¿Lo sorprendió?

-Es inevitable que el tema sea muy sensible en Austria. En 1938 una mayoría aplastante aclamó la anexión al Tercer Reich, a esa Alemania triunfante guiada por un hijo de Austria: Adolf Hitler. Y el público siempre me interroga sobre los lazos misteriosos entre Austria y la Argentina, donde el nacional socialismo pasó a ser socialismo nacional? Tengo amigos judíos que no pisan Austria por principio. Yo prefiero exorcizar los demonios del pasado.

Publicado en la Revista ADN cultura, La Nación, Noviembre de 2013.

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Latencia

Puntual a mediodía la alarma de la central atómica suena atronadora. No es una nota que pasa de un tono a otro o que juega con el ataque y el silencio como hacen las sirenas de ambulancias o patrulleros pero tampoco se desgañita inalterable. Más parecida a la de los camiones de bomberos, es un bramido metálico que modula milimétricamente como si alguien en algún lugar girara lento una manivela. A pesar del sonido ominoso que retumba contra el cielo, los únicos que en el pueblo cercano se inquietan al escucharla son los infrecuentes visitantes ocasionales y personas de paso que adquieren gestos desencajados, dejan de hacer lo que estaban haciendo paralizados por un pánico que ni siquiera les permite preguntarse si pueden hacer algo para ponerse a salvo. Ese mediodía dos empleados de una empresa de correo privado están bajando de la camioneta una encomienda y los sorprende la sirena. Uno de ellos se queda helado; es fornido y voluntarioso, tiene menos de treinta y entró a trabajar hace dos semanas. El otro es un par de décadas mayor, lleva la camisa desabrochada hasta el pecho y se encarga de las planillas del recorrido y los remitos; hace años trajina las rutas de la región y ya perdió la cuenta de las veces que escuchó ulular a la sirena de la central nuclear a mediodía. Para mortificar al novato como suele hacerse entre compañeros de trabajo, recién cuando medio minuto después deja de sonar dice que no hay de qué preocuparse, solo es una prueba de rutina del sistema de seguridad. A veces hay simulacros de evacuación sorpresivos, una vez al año o incluso menos porque si no imaginate, él nunca lo vivió pero le contaron. En cambio la de recién era la alarma que confirma que todo está bien, que no hay de qué preocuparse. Ya bastante inquietantes son esas dos columnas de humo a lo lejos, dos columnas extraordinariamente blancas y espesas, lo más compacto que el humo al viento puede resistir. Su consistencia las delata como un producto artificial; y que sean tan blancas, mullidas, les da algo idílico, como si emanaran de una fábrica de nubes o de copos de algodón. Una fábrica de algo, una procesadora de alimentos, había preguntado el empleado nuevo al divisarlas al fondo cuando venían por la autopista. Se usan toneladas de agua para refrigerar los reactores; lo que largan las dos torres es tan tóxico como el vapor de una pava, dice mientras revisa en la planilla la dirección del próximo destino. Vistas de cerca las dos chimeneas de hormigón armado resultan de un diámetro y altura descomunal. Al costado hay un edificio de oficinas minúsculo en comparación y una playa de estacionamiento. Enrejado y custodiado como si fuera una cárcel o batallón del ejército el predio está bordeado por un río de caudal nada desdeñable que se arremolina en amplios recodos tal vez diseñados por los propios ingenieros para aumentar la cantidad de agua a disposición. En la orilla opuesta hay bosquecitos e incluso algunas vacas pastando. Para llegar al pueblo hay que cruzar el río por un puente; a partir de entonces las granjas son reemplazadas por casas de piedra y enseguida se desemboca en el centro. En los techos de casi todas las casas y edificios hay montadas antenas de televisión digital, hay autos importados último modelo dando vueltas o estacionados, gente que va y viene de compras por los comercios de las calles céntricas y hombres ociosos tomando aperitivos en los bares de la plaza principal. Es un panorama que desentona con los pueblos de la región que lleva visitados con la camioneta del correo en estas dos semanas. Pueblos y pequeñas ciudades de provincia de austeridad desangelada. Por albergar a la central este condado tiene ventajas impositivas; es una especie de zona franca, un oasis fiscal. Llamarlo paraíso sería demasiado, dice abrochándose un par de botones de la camisa después de haber tocado el timbre en el número 17 de la calle Hector Beriloz. Vienen a entregarle a una tal señora J. Salazar un paquete 20x15x32 que pesa un kilo y medio y tiene estampado el logo de una librería virtual. El domingo anterior había sido el día de la madre y al empleado nuevo le había dado desconsuelo darse cuenta de la cantidad de hijos que mandan a sus madres flores compradas por internet en cajas de cartón ingrávidas. A todo esto la sirena ya paró, el pueblo recuperó su ritmo y rumor habitual, y solo quien dirija la mirada en dirección al río advertirá esas dos columnas de humo blanco elevándose al cielo.

Publicado en Espacio Murena en Mayo de 2015. Disponible online.


							
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Un día lúmpen, por Oliverio Coelho

Hay días excepcionales en la tierra que concentran el sentido de una vida pasada o por venir, abren o clausuran un destino. En esa suerte de día/palimpsesto, crece Trampa de luz, el esperado segundo libro de Matías Capelli (Buenos Aires, 1982).
Todo sucede en 24 horas cerradas, un 24 de agosto. El protagonista empieza descubriendo que su ex mujer está embarazada cuando ella, sin avisar, le toca el timbre para cancelar una vieja deuda. A lo largo de ese día caluroso y sembrado de trampas, nuestro héroe, un verdadero soldado del ocio y la nostalgia, especula con el destino de un fideicomiso que dejó su abuelo y con la posibilidad de cobrarlo a espaldas de la familia, repasa un tendal de deudas y de amistades que no son lo que parecen, e incluso recorre todas las batallas perdidas en el amor.
Es un día narrado con pulso milimétrico, donde todo parece a punto descomponerse en pleno invierno, y donde un acontecimiento se repite, como un mantra residual de la violencia urbana: el robo a un blindado con su tendal de víctimas. En un tercer plano, el narrador anecdotiza todas las tensiones pasadas de una familia en la que el protagonista parece ser un excedente ingrato, una polilla, un desheredado que por eso mismo tiene las libertades de un jugador o, mejor todavía, de un hereje.
Un Chevette desvencijado, la munificencia de un portero llamado Silas que lo implica en trabajos de lo más extraños –desde pegatinas de carteles hasta abducción de alcantarillas– y una puta de Misiones –“una bambi mesopotámica”– que corona a altas un día perfecto, apuntalan la deriva del héroe por una ciudad/trampa que parece desintegrarse bajo una luz de neón. La prosa cáustica y lúcida de Capelli mastica trozos de esa realidad tóxica y los devuelve convertidos en gemas contemporáneas. Es que estamos en verdad ante una novela omnívora que resuelve un problema fundamental de la literatura actual: cómo combinar una épica contemporánea e intimista con un lenguaje vivo.
Oliverio Coelho

Publicado en Nación Apache, 24 de agosto de 2013.

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Sin llave

Bajé a comprar unas cosas para comer y a llevar ropa a lavar, y en el palier me encontré con el chico que vivía en uno de los departamentos de planta baja. Rubio y flaquito, de unos siete años, golpeaba enojado la puerta de su casa. Yo cargaba un bolso con ropa sucia. Era pasado mediodía, el hambre me apuraba a ir y volver rápido, y me hice el desentendido. La bronca del chico debía ir dirigida a la madre, que estaría del otro lado. Hasta donde sabía, vivían los dos solos. Habían llegado al edificio el año anterior, ella tal vez recién separada. Casi todo sobre mis vecinos eran suposiciones porque no entablaba diálogo o relación; pero a un hombre, con ellos dos, seguro no había visto. Al salir a la calle me di vuelta y miré a través del vidrio de entrada: el pibe estaba de brazos cruzados recortado a contraluz al fondo del pasillo. Supuse que a la madre en algún momento el hijo de vacaciones debía volvérsele insoportable y lo sacaba un rato; después almuerzo, siesta, tele, jueguitos, algo así. Dentro de todo no me parecía tan mal plan. El departamento daba al patio común del edificio. Plantas, caminos de piedra, canteros, cada tanto la visita de un gato. Alguien de su edad, imaginaba, podía llegar a divertirse siempre y cuando las expulsiones no fueran muy prolongadas.
Ese día de fines de enero no solo hacía mucho calor, había un viento fuerte y seco como del desierto, unas tremendas ráfagas abrasadoras. Además del temita del tobillo, una fractura mal soldada por la que en unas semanas me iban a operar, me atormentaba ver que los días pasaban, en cualquier momento el año ya iba a estar en marcha, y yo seguía todo tal cual el anterior. Me dolía hasta al caminar despacio, entonces me movía lo indispensable, y eso a su vez me ponía de un humor de perros, cruzado mal. Aunque si todos fuéramos por ahí llorando nuestros males como niños, sería ensordecedor andar por la ciudad, incluso semivacía como está en verano.
Debían ser las dos cuando volví. El chico seguía sentado en el palier cabizbajo contra la puerta de su departamento. Mientras esperaba el ascensor noté que algo raro pasaba. Por lo que pude ver en su expresión la furia había transmutado en angustia. Pero lejos de mostrarse suplicante en busca de ayuda, se lo veía empacado. Pregunté si estaba todo bien. Dijo que sí, orgulloso y porfiado. Me compadecí de la madre, tener que bancarse a un pibe como este día tras día, te la regalo. Pregunté si no lo dejaban entrar. Está abierto, dijo y se puso de pie y empezó a agitar desesperado el picaporte. Tenía la cara y los ojos claros enrojecidos por el llanto. La puerta estaba, sin duda, cerrada. Lo que él quería decir era sin llave. Y que del otro lado no había madre, nadie. Eso cambiaba todo. Debía estar solo y haber cometido la imprudencia de salir al pasillo, de repente una corriente de aire y pum, portazo y pánico. Estaba furioso con la puerta, que le había jugado una mala pasada, y consigo mismo. Puede que llevara más de una hora en el palier, escabulléndose cada vez que escuchaba venir a algún vecino para no llamar la atención. O por ahí justo en ese rato nadie había entrado ni salido. Era lo más probable, con el calor que hacía, quien no se había ido de vacaciones afuera de la ciudad, permanecía bajo el amparo del aire acondicionado.
Aunque sabía que iba a ser inútil, yo también agarré el picaporte y traté de abrir. Un par de veces me había pasado de salir y dejarme las llaves adentro y había recurrido al cerrajero de la vuelta, quien mandó al hijo o aprendiz, tan simple era en el gremio la operación. Las dos veces habían abierto la puerta en menos de un minuto con una radiografía curtidísima por el uso. Llamar a un cerrajero para abrir una casa ajena me parecía un atrevimiento, casi tanto como llevarme al chico unas horas hasta que la madre regresara. Radiografías, claro. Pedí que me esperara un segundo. Subí a casa, dejé las compras en la mesa de la cocina y agarré uno de los tantos retratos de rayos equis del tobillo derecho que me habían sacado en el último tiempo. El chico me esperaba expectante. Plegué la radiografía hasta que se amoldó a la forma del marco, la metí por la rendija y empecé a darle fuerte para arriba y para abajo con las dos manos tratando en algún momento de doblegar el pestillo. Si no lograba abrirlo, al menos me habría involucrado lo suficiente, habría hecho méritos como para quedar a cargo del chico. Le dejaría una nota a la madre y lo llevaría al cine o a tomar un helado y después a la sombra de la plaza. En contra de lo que hubiera pensado, la idea me entusiasmó. Tal vez me alegrara la tarde. Entonces tac, abrió. La cara se le iluminó, empezó a reírse y a hablar y darme las gracias atropelladamente. Le dije de nada, amigo, y subí por el ascensor. La próxima que me lo cruce voy a preguntarle el nombre, pensé con la mirada perdida en los rayones que después de la fricción ahora surcaban los huesos de mi pie derecho.

Publicado en ADN cultura, La nación, 18 de enero de 2012.

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