Tela de avión

Pudo pasar en cualquier gran aeropuerto del mundo, en medio de una de esas peregrinaciones de pasajeros en tránsito en las que hay que combinar vuelos y para eso ir de una punta a la otra de la terminal, en el mejor de los casos, o de una terminal a otra, en general. Cuando el tiempo apremia –en general apremia o se hace eterno- hay que caminar rápido, ligero, como una flecha; subir y bajar escaleras mecánicas, seguir caminando incluso cuando se está sobre las cintas mecánicas, pasando junto a los que avanzan tracción a sangre como si alguien en algún lado estuviera apretando el botón de turbo.

El primer encuentro fue en una escalera de concreto que conectaba dos niveles. Bajaba mientras una mujer en sus cincuentas subía de a dos en dos a un ritmo, a una velocidad extraña. Corría, pero no como suele correr la gente en los aeropuertos, como parte del intento desesperado por llegar a una puerta que está por cerrar, arrastrando equipaje y con la lengua afuera. Ella corría, sí, pero de otra forma, con otra concentración.

El segundo encuentro fue diez minutos más tarde, a punto de llegar a la puerta indicada para conectar el vuelo. Ella lo sobrepasó corriendo por el costado izquierdo. Ahora iban en la misma dirección y pudo verla alejarse y entendió mejor. La vez anterior no la había mirado de cuerpo entero: corría concentrada con el único fin de correr, con zapatillas de suela rosa fluo, un short tela de avión y una musculosa negra, como si estuviera en el parque favorito de su ciudad natal, como si estuviera en el gimnasio del barrio. Las escaleras de concreto, las rampas ascendentes y descendentes que para el resto de los transeúntes suelen ser un incordio, para ella eran la oportunidad de ejercitar con más de intensidad en la zona inferior de los gemelos, en los cuádriceps o glúteos.

Volvió a verla una vez más, mientras hacía la cola para embarcar. Seguía corriendo; no llevaba nada salvo, en una mano, el pasaporte y un papel doblado que debía ser la tarjeta de embarque. No estaba transpirada ni agotada; era un ejercicio ligero, asordinado, para mover un poco los músculos aprovechando toda la extensión del aeropuerto y sus accidentes geográficos. ¿Viajará así vestida? ¿Se cambiará? ¿Dónde guardará el equipaje mientras tanto? Parecía que sabía lo que estaba haciendo.

*Columna publicada en el número de junio de 2015 de Los inrockuptibles.

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