Vista gorda

A lo lejos se escuchan chiflidos, una seguidilla, de esas que se van encadenando hasta sonar cada vez más cerca, un reguero en el aire que viene a alertar algo. Para cuando se acerca el patrullero ya está todo levantado: ropa interior, baratijas, películas pirateadas, accesorios para celulares. Todo guardado en bolsos, embolsado en mantas. Las mismas mantas que hasta hace un minuto servían de exhibidor sobre la vereda, y que en un movimiento rápido en el que se cifran milenios de venta ambulante, se volvieron contenedores de la mercancía listas para cargar al hombro disimulando su contenido. Pero acá no se trata de disimular o de esconder ante la mirada policial, mucho menos de escapar. Al menos en esa avenida es así: cuando se acerca el patrullero a guardar todo y esperar que pase hablando distraídamente con el de al lado, haciendo como si nada y un minuto después volver a desplegar las mantas contra el suelo, acomodar los productos y vociferar la oferta del día para llamar la atención del transeúnte. Cada tanto el simulacro caduca y hay redada, golpes, corridas y mercadería incautada. La última vez fue hace casi dos años. Desde entonces en esa avenida los días pasan sin incidentes. Se respetan, eso sí, ciertos rituales, como para reforzar los roles y ejercitar el músculo.

Columna publicada en el número de julio de 2015 de Los inrockuptibles.

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