La alarma de Skay

La culpa no es de él. Si cuando con su mujer compraron la casa en la que todavía viven, en esa parte de Palermo Viejo despuntaban talleres mecánicos, depósitos, viejas viviendas chorizo devenidas ph habitadas por viejos o jóvenes bohemios. Él es uno de los más grandes guitarristas del rock argentino. Ella, manager de la banda; más que una simple manager, la tercera pata de la mesa redonda.

¿Cómo iban a saberlo? El tiempo pasó volando, cambió el país, dejó de existir la superbanda casi al mismo tiempo que ese barrio se revelaba pampa húmeda para infinidad de bares, restoranes y negocios de todo tipo. Don Eduardo y señora, de Palermo, la venían zafando bastante bien hasta que dos jóvenes emprendedores decidieron abrir un bar en el terreno de al lado. Desde entonces, la mayoría de las noches ya no pudieron leer tranquilos en el living, mirar una película o hablar con amigos, ni que hablar de dormir, con esos bajos retumbando, con el bullicio de las risas y gritos, con el entrechocar de los platos y vasos, con el ajetreo de todo bar que se precie de divertido (y este lo era).

Las negociaciones fueron arduas, interminables, con denuncias, mediaciones, amenazas de clausura, reformas, insonorizaciones, más reformas, etcétera. Pero siempre, después de días o semanas de decibeles aceptables o de ausencia prolongada debido a un viaje del matrimonio, había un momento fatídico en que el DJ de turno giraba de más una perilla y don Eduardo perdía la paciencia. ¿Qué iba a hacer, él? ¿Salir a pedir que bajaran la música? ¿Llamar a la policía? Costó muchísimo, hasta que en un momento dieron con un sistema si no ideal, eficaz: una alarma. Una alarma invasiva, potente. Una de esas alarmas frente a las que no se puede hacer oídos sordos. De ahí en más cada vez que salta la térmica auditiva o que ella dice “esto no se banca más”, él, gran guitarrista del rock argentino, atizador del pogo más grande del mundo, deja lo que está haciendo y pulsa el botón. Y entonces bang, bang, DJ de turno, estás liquidado.

Columna publicada en el número de octubre de 2015 de Los inrockuptibles.

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