El Bosco vuelve a su ciudad natal

 

Nederland, Den Bosch, vrijdag, 2 dagen voor het sluiten van de expositie , gefotografeerd om 8 uur tm 10uur in de avond

En la segunda mitad del siglo XV un joven y talentoso pintor criado en una familia de pintores empezó a firmar usando como apellido el nombre de la ciudad en la que nació y se crió. Paradojas de la historia, con el pintor consagrado unánimemente como uno de los grandes maestros de todos los tiempos, hoy esa ciudad a lo primero que remite es al nombre del artista.

La ciudad de ‘s-Hertogenbosch, popularmente conocida como Den Bosch, se ha convertido en un hito turístico cultural por ser la ciudad natal de Jeroen van Aeken, más conocido como Hieronymus Bosch, El Bosco.

Ubicada en el corazón de la Holanda católica, Den Bosch se distingue por la imponente catedral gótica de San Juan Evangelista, por sus coloridos e intensos carnavales en febrero y por la presencia ubicua de El Bosco encarnado en todas las formas imaginables. Hay un centro de arte que lleva su nombre, que cuenta con prolijas reproducciones y un montaje muy didáctico; se realizan congresos, encuentros y actividades a la sombra de su célebre figura, en las callejuelas empedradas uno puede toparse con reproducciones a escala de alguna de las criaturas imaginarias que pueblan sus cuadros, recorriendo la plaza central uno pueda dar con el taller y con una estatua en su honor, y también hay bares y restoranes y hasta platos que llevan su nombre, o negocios de objetos y ropa y hasta servilletas de papel que apelan o le sacan el jugo a la figura del pintor.

Lo único que no hay, pequeño detalle, son obras originales. Ni un dibujo, ni un boceto. Nada. Por más que se esmeren las autoridades municipales y las del centro de arte, hay una realidad que no puede cambiar: la falta de obras (algo similar ocurre en la ciudad de Delft con las pinturas de Vermeer).

Hasta ahora. Porque con motivo de los cinco siglos de la muerte de El Bosco, por primera vez preciadas obras maestras como “El jardín de las delicias”, “El carro de Heno” y los cuatro postigos de “La visión del más allá”, entre otras, retornan temporalmente al sitio donde fueron concebidas. La exhibición “Visiones de un genio” es el resultado de un ambicioso proyecto de investigación y restauración.

Después de años de trabajo y análisis, un consejo de especialistas determinó que la obra certificada de El Bosco consiste en veinticuatro pinturas y veinte dibujos. Diecisiete de esas pinturas y diecinueve de esos dibujos, que forman parte de las colecciones permanentes del Prado, del Louvre y de la Accademia y del Palazzo Grimani en Venecia, de museos de Rotterdam, Berlín, Viena y Nueva York, entre otros, pueden verse en Den Bosch hasta el 8 de mayo. “Bienvenidos a casa,” puede leerse en numerosos carteles en neerlandés a lo largo del pueblo anunciando la exposición. Luego la muestra irá rotando por los mencionados museos, en la que está llamada a ser una de las exposiciones de pintura clásica más importantes del año.

El aniversario incluye una nutrida programación de actividades ad hoc (otras muestras de pintores afines o influidos por él, obras de teatro, conciertos, etcétera) que se sucederán a lo largo del año, tanto en Den Bosch como en otras ciudades de Holanda, pero el plato fuerte sin duda es “Visiones de un genio”. No solo porque reagrupa las obras, y en el lugar donde fueron creadas medio milenio atrás; no solo porque ofrece versiones restauradas de muchas de ellas, si no también porque reúne por primera vez partes de trípticos o paneles que estuvieron separados durante siglos.

En ese sentido, apenas ingresado a la muestra, el espectador se topa con uno de los puntos más altos. “La nave de los locos” y la “Alegoría de la gula y la lujuria”, dos tablas de madera separadas por la historia, una en exposición en el Louvre de París y otra en Yale, Estados Unidos, pueden ser vistas tal como fueron concebidas, como piezas de un mismo rompecabezas. Unos metros más adelante se encuentran otras dos tablas que también formaban parte de la misma obra original, “La muerte y el avaro” y “El peregrino”. Un rompecabezas incompleto pero potentísimo, que plantea de entrada los principales rasgos de la obra de El Bosco: el influjo de la tentación y de los pecados en el temperamento humano, escenas grupales entre bíblicas y carnavalescas, siempre algo desesperanzadas o hasta apocalípticas, pero difuminadas con cierta luz de benevolencia, de piedad por sus criaturas, incluso por las diabólicas o infernales.

El Bosco perteneció a una época de transición entre el Medioevo y el Renacimiento, años de fuertes tensiones religiosas que desembocarían en la reforma protestante y las guerras religiosas, años en que Europa comenzaba a descubrir la existencia de otros de otras civilizaciones. Si bien la muestra pone en evidencia que el pintor se nutría de la iconografía y de ilustraciones de la Edad Media tardía, visto hoy, sobre todo por ciertos detalles, algunas pequeñas criaturas o la arquitectura cósmica de ciertas construcciones, El Bosco parece haber venido de otro planeta para retratar a la humanidad. Sus cuadros poblados de personajes sufrientes, tironeados entre la salvación y el pecado, entre la animalidad y la beatitud conforman cada uno un microcosmos alucinado: escenas repletas de personajes comunes, figuras diabólicas, santos, ángeles, animales reales o imaginarios se revelan simultáneamente atávicas y visionarias, eminentemente medievales pero ya modernas en su concepción.

Los organizadores contaban con que “Visiones de un genio” iba a ser uno de los eventos del año, pero nunca imaginaron el caudal descomunal de la convocatoria. Casi cuatrocientas mil entradas anticipadas vendidas agotaron las localidades; gente de toda Holanda y Europa se hace una escapada hasta Den Bosch por el día o el fin de semana. El horario de apertura del museo de Noords Brabants fue extendido dos veces consecutivas y al día de hoy, cierra a las 11 de la noche.

Si bien la concurrencia es nutrida en todo momento, la escrupulosa organización holandesa, dividiendo la cantidad de visitantes en franjas horarias, permite que nunca sea insufrible moverse por las salas y que se pueda permanecer frente a cada obra el tiempo deseado.

Hasta el 8 de mayo, cuando la muestra siga el itinerario previsto, la ciudad natal de El Bosco será la meca para cientos de miles de feligreses de un pintor holandés. Una vez que los cuadros vuelvan a manos de sus propietarios, y el encantamiento se haya desvanecido, Den Bosch volverá a ser apenas una atracción turística, una parada más en el recorrido de ese parque temático histórico cultural llamado Europa.

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Apuntes para una ciudad imaginaria

Un director de cine lleva desde hace años registro de sus encuentros con Edgardo Cozarinsky en diversas ciudades del mundo. Las horas de material en bruto se acumulan sin que logre darle un orden que lo satisfaga y entonces convoca a un amigo escritor para que colabore en la película. Frente a la posibilidad de que el proyecto permanezca en suspenso indefinidamente, el escritor comparte a continuación sus impresiones sobre algunas de las secuencias inéditas que lo componen.

 

La película todavía no tiene nombre, dice. Simplemente un título de trabajo escueto y descriptivo bajo el que desde hace años él viene archivando ciertas filmaciones. “Escenas con E. C.”, se llama por ahora. Ya habrá tiempo de encontrarle un título o de que éste emerja cuando la totalidad tenga un sentido más definido, agrega mi amigo, un director de cine que hace años dejó de ser una joven promesa para volverse un nombre de prestigio entre la crítica especializada y el circuito internacional de festivales. Mi amigo (por discreción prefiero mantener su nombre en el anonimato) me convoca para que vea el material y lo ayude en el armado. Está desorientado, dice. Las horas de filmación se acumulan y le cuesta encontrar un hilo, o algunos hilos, que le permitan desovillar un relato. Tal vez porque está demasiado involucrado en las imágenes, dice. A fin de cuentas, él es también protagonista. Tal vez porque hasta el momento sus proyectos siempre transitaron el camino de la ficción más pura.

Como sea, él está al tanto de que soy un buen conocedor de la obra literaria y cinematográfica de Cozarinsky. Leí y escribí sobre varios de sus libros y muchas de sus películas ejercieron sobre mí fascinación, pero salvo por una entrevista que le hice con motivo de la salida de una novela años atrás, y por un puñado de veces en que me lo cruce en eventos culturales, la familiaridad con su obra no está contaminada por relación personal alguna. Puedo aportarle al documental, piensa él, una mirada exterior fría, implacable.

Me pide entonces que vea el material, que tome notas, que piense incluso algunos títulos posibles, y me facilita una clave para acceder a los archivos. Es esa típica convocatoria ambigua que solo puede venir de parte de ciertos amigos muy cercanos, en la que de entrada no queda en claro si te están pidiendo un favor o te están contratando, si la autoría de la obra será compartida o simplemente tu nombre va a figurar en los agradecimientos junto al tío del sonidista que facilitó una locación para rodar cierta escena, si la colaboración va a llegar a buen puerto, si va a aceptar las sugerencias o si después de escucharlas va a decirte muchas, muchas gracias pero no es ahí hacia donde me gustaría llevar la película. De todas formas acepto sin dudarlo, en parte porque le debo más de un favor a mi amigo, en parte porque la cena que invita esa noche en un pequeño restorán ruso del barrio de Boedo incluye vino y medio litro de vodka casero de color ambarino que preparan en ese local de pocas mesas atendido por un voluminoso ejemplar eslavo, que sirve los platos hechos por su madre, una rusa retacona entrada en años. Pero sobre todo acepto porque me intriga asomarme a esas filmaciones, como un investigador ocioso, casi como uno de los protagonistas y narradores de Cozarinsky, esos detectives amateurs que se aventuran a lo desconocido atraídos por misterios de diverso calibre.

Así que me paso las noches de varias semanas visualizando el material y tomando notas en una libreta verde que estreno para la ocasión. Dentro de esa carpeta de cientos de megabytes llamada “Escenas con E. C.” se acumulan, a su vez, decenas de subcarpetas con fechas y nombres de ciudades: “París, octubre 2012”, “Medellín, julio 2010”, “Buenos Aires, diciembre 2010”, “Buenos Aires, febrero 2011”, “Viena, noviembre 2013”, “Buenos Aires, julio 2013”, “París, octubre 2012”, etcétera, etcétera. Al principio los videos me resultan decepcionantes: largas secuencias desprolijas, interminables, morosas, que dan cuenta de la compulsión de mi amigo por filmarlo todo, con un sonido por momentos defectuoso. Pero a la segunda o tercera noche empiezo a darme cuenta de que estoy frente a un diamante en bruto. Enseguida consigno en la libreta verde una hipótesis que luego no hace más que confirmarse: las escenas podrían dividirse en dos grupos: situaciones estáticas en mesas de bares y restoranes, por un lado, y caminatas urbanas, por el otro.

La carpeta “Buenos Aires, agosto de 2011” registra una cena en la misma cantina rusa de Boedo en la que mi amigo me había citado unas semanas atrás para sumarme al proyecto. Cuando se enciende la cámara Cozarinsky está hablando sobre un viaje reciente a Jeon Ju, en Corea del Sur, invitado por un festival de cine, que terminó con una escapada a Vladivostok, ciudad terminal del transiberiano en el extremo oriental ruso, que hacía décadas quería conocer. A él le hubiera gustado visitar también Japón, dice Cozarinsky, donde su padre había estado a principio de los años cuarenta a bordo de un barco militar argentino, pero el reciente tsunami y la hecatombe en la central nuclear nipona habían vuelto a la isla un destino riesgoso. La grabación termina en la vereda del ruso; en plena noche invernal, Cozarinsky con la campera cerrada hasta el cuello habla con el encargado en mangas de remera. Este último revela cómo logra hacerse traer desde Rusia ciertos ingredientes para que su madre prepare el vodka casero que distingue al lugar.

Secuencias alrededor de mesas de bares, restoranes y cantinas, o bien largos paseos a pie por la ciudad, decía, vertebran el material. Por ejemplo, una caminata palermitana por la calle Gurruchaga hacia Villa Crespo, en un atardecer de diciembre de 2010. El director de La guerra de un solo hombre comenta el olor particular que se respira a esa hora en el verano porteño; como si el aroma de los jacarandás operara cual magdalena proustiana, pasa a desgranar recuerdos sobre su madre Sara. Cuando cruzan Avenida Córdoba, Cozarinsky recuerda una anécdota que late en el corazón de la novela que escribía por ese entonces, que luego publicaría bajo el título Dinero para fantasmas. Mi amigo prácticamente no habla, tan solo intercala algunos comentarios, pero filma ininterrumpidamente durante veinticinco minutos hasta que llegan a un restorán árabe en la calle Thames. Dos personas los esperan para cenar –un célebre director de teatro de apellido armenio y un actor galán maduro de la televisión– y entonces mi amigo, a pedido del director de teatro, “tengamos la fiesta en paz,” solicita, apaga la cámara.

Otra secuencia memorable incluye el registro de una tanguería en Medellín, Colombia, junio de 2010, repleta de retratos de Carlos Gardel. Cozarinsky no aparece en ningún momento. Anoto un signo de pregunta en la libreta verde y le escribo a mi amigo. Me responde que su idea es superponer esas imágenes con la voz en off de Cozarinsky hablando sobre el Zorzal Criollo y su devoción por el tango, una pasión tardía pero irrefrenable que lo tomó de grande. Después, me topo con una caminata de ellos dos bordeando el paredón del Cementerio de la Chacarita hasta llegar al Cementerio Británico, un lugar al que Cozarinsky, gran conocedor de la ciudad, nunca había ido hasta entonces. Una vez en el Británico, luego de pasar junto a la tumba de Torre Nilson, se lo nota evidentemente apesadumbrado. Es la única vez en la que pide apagar la cámara. Algo más intrascendente me resulta una seguidilla de cenas en Santé, un bistró francés de Barrio norte que funcionó durante años como segundo hogar de Cozarinsky, como su oficina, tal como le gustaba decir a él. Tal vez porque incluso yo tuve la oportunidad de compartir ahí con él unas copas de champagne al terminar la única entrevista que le hice, esas grabaciones no atraen demasiado mi atención.

Los videos en la carpeta “Viena, noviembre de 2013”, por el contrario, se ubican entre los más jugosos. En ellos Cozarinsky no solo conduce a mi amigo por varios bares vieneses de la época de oro de la ciudad como el Sperl, el Loos y el Kleines, sino que también lo lleva a recorrer la Cripta de los Capuchinos, donde descansan en exhibición los sarcófagos de la dinastía Habsburgo. Es además el sitio que da nombre a la novela más célebre de Joseph Roth, uno de los escritores de cabecera del autor de Vudú urbano. En Viena coincidieron con motivo del festival de cine, y ahí indudablemente Cozarinsky oficia de Cicerone, de guía en busca de los rastros de una ciudad, de una Europa, que ya no existe. Entre bar y bar se suceden extensas caminatas por los recovecos de la vieja capital imperial, y no deja de asombrarme la velocidad con que Cozarinsky avanza dando largas zancadas a pesar de su corta estatura, a pesar de sus años, a pesar de hablar sin interrupción, hasta que su respiración se vuelve jadeante y entrecortada, pero también la de mi amigo, que casi no habla, mide un metro ochenta y tiene cuarenta años menos que él.

Un bistró francés en Barrio norte, un ruso en Boedo, una dudosa trattoria italiana en Berlín, un fernet puro con hielo en el San Bernardo de Villa Crespo, una recorrida por ciertos cafés de Viena; platos de quesos y charcuterie y vino blanco en el bar de Tournon de París (en el que Joseph Roth pasó sus últimos años bebiendo y escribiendo), una seguidilla intermitente de noches en las milongas del Salón Canning y en el Niño Bien, una tarde en el Cementerio Británico de Chacarita, otro encuentro fugaz en Berlín, en otro bar signado por la estela del escritor austríaco, el Joseph Roth Diele, en Potsdamer Strasse; un paseo por Avenida Corrientes que comienza junto al santuario del Gauchito Gil, en Chacarita… No me hace falta terminar de ver todas las secuencias para entender que hay un entramado invisible que las une: son todos lugares desplazados en el tiempo y en el espacio, originarios de un pasado remoto o de tierras lejanas, modelados por el éxodo inmigrante o la intrepidez del peregrino, embajadas o más modestamente minúsculas secciones consulares de un mundo ya desvanecido al cual sus protagonistas ya no pueden, en caso de que quieran, regresar. Gente o espectros que están lejos, sí, pero ¿lejos de dónde? ¿De sus orígenes, de su destino, de su lugar en el mundo, en caso de que algo así exista? El legado, la herencia, es el otro vector de estas conversaciones: historias, libros, impresiones que pasan de una generación a otra o, en el caso de Cozarinsky y mi amigo, salteándose un par de generaciones en el medio.

Al terminar de visualizar las últimas carpetas se me ocurre que el documental podría adoptar la forma de una travesía infinita por un ciudad imaginaria que incluyera veredas y rincones porteños, vieneses, parisinos, berlineses, etcétera, etcétera: una caminata que desemboque en la mesa de un bar; luego otra caminata hasta llegar a la mesa de una milonga, y así. Una ronda urbana interminable en la que se amalgamen diversos tiempos y latitudes; una deriva protagonizada por las mismas dos personas, una siempre en cuadro, Cozarinsky, y la otra, mi amigo, apenas una voz sin cuerpo.

Cuando expongo por teléfono la idea, entusiasmado casi eufórico, mi amigo me dice que le resulta interesante, que lo va a tener en cuenta en el futuro. ¿En el futuro? Sí, en el futuro, porque ahora le surgió otro proyecto, un largometraje financiado por un productor estadounidense que puede implicar el gran salto que lo catapulte más allá del circuito de festivales. Va a dejar en suspenso el documental sobre Cozarinsky. Además, después de todo, siente que es un trabajo todavía en progreso, que puede cobrar más cuerpo si sigue registrando sin apuro esos encuentros durante algunos años más. Para tener lo que queda de la fiesta en paz yo prefiero evitar recordarle la urgencia con la que me había convocado, el plazo perentorio para ver el material que, haciendo caso a sus ruegos en la cantina rusa de Boedo aquella noche, ablandado por el vodka casero, yo había aceptado sin chistar.

Pasó casi un año, y cualquier rastro de enojo o malhumor hacia él se disipó. La verdad es que le debía unos cuantos favores, así que estamos a mano. Además, tampoco puedo negar que disfruté viendo ese material en bruto, espiando esos momentos de intimidad entre ellos dos. Ahora casi que siento que conozco a Cozarinsky personalmente, como si hubiera sido yo quien lo acompañó en esas situaciones. Eso sí: como mi amigo en ningún momento me pidió reserva o discreción, me siento habilitado para compartir mis impresiones. Nunca difundiría los videos ni se los mostraría a un tercero sin su autorización, pero estas notas tomadas de madrugada en la libreta verde son mías y no creo estar traicionándolo al compartirlas en esta ocasión.

Matías Capelli

(Texto publicado en el número 2 de la revista El ansia)

 

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Vivir o registrar

Si le hubieran preguntado ¿un concierto de quién te gustaría ver, de poder elegir, sin incluir artistas muertos, retirados o grupos separados?, el primer nombre de la lista hubiera sido el de esa banda canadiense que subía al escenario. Iba todo perfecto, como soñado, hasta que al tercer tema el cantante se excusó por el timbre de su voz: ese mismo día le habían diagnosticado neumonía. En vez de pensar qué mala suerte, años esperando y justo se viene a enfermar hoy, pensó qué buena suerte que el show no se canceló. Estaba tan entusiasmado, solo veía el vaso medio lleno. Las circunstancias ayudaban: la sala chica, semicircular, le permitía estar a pocos metros del escenario, de pie sobre unas gradas sin necesidad de hacer torsiones con la cabeza para encontrar un hueco a través del cual mirar.
Ahí estaba: todo perfecto, como soñado, pero real. O sea, él con el cansancio del día a cuestas, con los pies doloridos adentro de los zapatos, arrepentido por no haber ido al baño durante la previa, el cantante un poco maltrecho por la afección pulmonar. Detalles, detalles insignificantes, sobre todo teniendo en cuenta que el que estaba empezando era uno de sus temas predilectos. Se emocionó, piel de gallina, y entonces la reacción automática: sacó el celular del bolsillo, encendió la cámara, levantó el brazo y encuadró a la banda. Bastaron algunos segundos para que empezara a sentirse un impostor. ¿Para qué filmaba? ¿Para mandarle el video a sus amigos? ¿Para subirlo a las redes sociales y obtener algunos likes?
Desde el momento en que había pulsado rec algo en la forma en que experimentaba el concierto se había visto alterada –para mal. Iba el video por el segundo veintidós cuando guardó el dispositivo en el bolsillo. Ya encontraría la forma de contarle a sus amigos, de contarle al mundo, lo perfecto que habían sido esos ochenta minutos a pesar de la neumonía del cantante, a pesar de los pies doloridos, a pesar de no contar con un souvenir audiovisual.

Columna publicada en el número de enero de la revista Los inrockuptibles.

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Dígitos y agujas

Uno podría suponer que una víctima colateral de la masificación de los teléfonos celulares fue la industria del reloj pulsera. Uno podría suponer que fue llevada a la ruina como el formato digital hizo con las películas de celuloide. Y sin embargo, aunque seguramente se venda menos cantidad de relojes que en el pasado, el reloj pulsera persiste. Persiste como objeto de lujo refulgiendo en las vitrinas de centros comerciales, aeropuertos y peatonales de las grandes ciudades, en las publicidades de las revistas y los programas de televisión premium, pero también persiste como objeto de consumo popular: ahí están los vendedores ambulantes con sus valijas abarrotadas.
La conclusión, entonces, es que alguien los compra, los usa o regala. ¿Pero quiénes? Si bien el reloj como idea, como abstracción, como regulador legal del tiempo, está más extendido y vigente que nunca, el reloj como objeto parece ser una especie en vías de extinción, al menos en su dimensión más funcional. Hoy en día, por ejemplo, ya nadie manda a construir o instalar relojes en la vía pública. Las ciudades occidentales, sin embargo, están repletas de dígitos y agujas de distintas épocas, distintas capas geológicas, desde ejemplares medievales hasta digitales en los
rascacielos con sus números en rojo simil radiodespertador titilante en la madrugada.
Cada reloj público es emisario del tiempo en que fue concebido: desperdigados en las calles de Buenos Aires hay varias decenas de modelos japoneses Seiko de los años setenta alimentados a luz solar. Todavía funcionan, y deben servirle de referencia o sacar a más de uno de apuro cada día. Por lo pronto, seguramente sean más útiles que el servicio telefónico del 113, cuya voz de mujer encerrada en la máquina del tiempo hace décadas repite incansablemente que son trece horas, veinte minutos, cuarenta segundos, biip, trece horas, veinte minutos, cincuenta segundos, biip

Columna publicada en el número de diciembre de Los inrockuptibles.

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Solución final

En un rincón de un barrio de la ciudad capital, como resultado de una irregularidad en el trazado urbano que hizo caso omiso al fundamentalismo racionalista de la cuadrícula, el cruce diagonal imperfecto de dos pequeñas calles generó una parcela que no era calzada ni tampoco vereda. Los metros cuadrados eran pocos; tal vez haber llamado plazoleta a ese puñado de baldosas dispuestas de forma triangular haya sido un exceso, pero ese era el término que la nomenclatura municipal le había asignado, cartel identificatorio verde sobre fondo blanco incluido.
¿Cómo es que se calculaba la superficie de un triángulo? ¿Cuál de los tres lados vendría a ser la hipotenusa, y cuáles los catetos? No viene al caso. La superficie era mínima, con un cantero en el medio del que brotaba una especie de helecho frondoso y resistente. Si la módica extensión llevaba a cuestionar la identidad de aquel espacio, el uso que le daban los vecinos y personas de paso no hacía otra cosa que confirmarla. Día y noche había alguien paseando al perro, bandas de jóvenes que acababan de salir o directamente se habían rateado ese día de la escuela se juntaban a matar el tiempo, pequeños grupos de oficinistas al mediodía se sentaban en el borde de ladrillo del cantero para comer de las bandejitas plásticas el almuerzo que habían comprado en el chino por peso de la otra cuadra. En otras palabras, lo que la gente suele hacer en una plaza, pero comprimido en un espacio minúsculo. Hasta que algún vecino cansado con contactos en la comuna 5 presentó una queja, sobre todo porque de noche también se juntaba gente y eso constituye un peligro, atiendamé, los pibes escriben las baldosas con aerosol y orinan el helecho.
Ahora esos ocho, nueve metros cuadrados están enrejados. Hay una puerta, abierta durante el día. Ya no es más una plazoleta. Ahora es una jaula a cielo abierto a la que uno puede entrar voluntariamente para experimentar sensaciones nuevas de la vida urbana actual.

Columna publicada en el número de noviembre de 2015 de Los inrockuptibles.

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La alarma de Skay

La culpa no es de él. Si cuando con su mujer compraron la casa en la que todavía viven, en esa parte de Palermo Viejo despuntaban talleres mecánicos, depósitos, viejas viviendas chorizo devenidas ph habitadas por viejos o jóvenes bohemios. Él es uno de los más grandes guitarristas del rock argentino. Ella, manager de la banda; más que una simple manager, la tercera pata de la mesa redonda.

¿Cómo iban a saberlo? El tiempo pasó volando, cambió el país, dejó de existir la superbanda casi al mismo tiempo que ese barrio se revelaba pampa húmeda para infinidad de bares, restoranes y negocios de todo tipo. Don Eduardo y señora, de Palermo, la venían zafando bastante bien hasta que dos jóvenes emprendedores decidieron abrir un bar en el terreno de al lado. Desde entonces, la mayoría de las noches ya no pudieron leer tranquilos en el living, mirar una película o hablar con amigos, ni que hablar de dormir, con esos bajos retumbando, con el bullicio de las risas y gritos, con el entrechocar de los platos y vasos, con el ajetreo de todo bar que se precie de divertido (y este lo era).

Las negociaciones fueron arduas, interminables, con denuncias, mediaciones, amenazas de clausura, reformas, insonorizaciones, más reformas, etcétera. Pero siempre, después de días o semanas de decibeles aceptables o de ausencia prolongada debido a un viaje del matrimonio, había un momento fatídico en que el DJ de turno giraba de más una perilla y don Eduardo perdía la paciencia. ¿Qué iba a hacer, él? ¿Salir a pedir que bajaran la música? ¿Llamar a la policía? Costó muchísimo, hasta que en un momento dieron con un sistema si no ideal, eficaz: una alarma. Una alarma invasiva, potente. Una de esas alarmas frente a las que no se puede hacer oídos sordos. De ahí en más cada vez que salta la térmica auditiva o que ella dice “esto no se banca más”, él, gran guitarrista del rock argentino, atizador del pogo más grande del mundo, deja lo que está haciendo y pulsa el botón. Y entonces bang, bang, DJ de turno, estás liquidado.

Columna publicada en el número de octubre de 2015 de Los inrockuptibles.

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El grano de la voz

Teclear en el teléfono no es tan sencillo como mascar chicle. Hacerlo implica escribir, incluso cuando se recurra a una ortografía deficiente, a una sintaxis errática, a un uso inflacionario de emojis, stickers, signos. Incluso para esos estándares, es una actividad que requiere de cierta concentración, enfocar la vista en la pantalla, elegir las palabras, encadenar una sucesión de símbolos. Escribir y caminar por la calle, escribir y andar en bicicleta, escribir y manejar (no en la pausa de un semáforo: manejando) no solo resulta peligroso si no muchas veces directamente tortuoso.

Hablar es distinto. Muchas veces se trata simplemente de abrir la boca y dejarse llevar por la pulsión de comunicar; requiere menos memoria RAM mental, compromete menos el cuerpo y es posible hacerlo a la par de otras acciones.

Grabar un mensaje de un tirón y dejarlo ir, o volver a repetirlo hasta quedar satisfecho. Así van tantos por la ciudad hoy en día, como agentes Cooper hablándole a Diane, grabándose mensajes en contestadores virtuales. Un remedo del sistema primitivo de comunicación por radio; con su sonido ambiente, con la modulación de la voces, sus titubeos y silencios, con sus “cambio” y sus “cambio y fuera”. Pero puntuado con el ritmo espaciado en el tiempo, intermitente, de la correspondencia virtual.

El intercambio de notas de voz resulta una sucesión de breves monólogos en los que es imposible interrumpir o pisar al otro, hablar al unísono ni quedarse callado cuando ya no hay más que decir.  Cambio y fuera.

Columna publicada en el número de agosto de 2015 de Los inrockuptibles.

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Ley de inercia

El lugar común quiere convencer de que el ciclista urbano es una persona más relajada, más sana, más conectada con el entorno, más calma que los desquiciados conductores o usuarios del transporte público. Pero el ciclista urbano está lejos de la postal publicitaria de la familia o el grupo de amigos bicicleteando despreocupados el fin de semana. Combinando muchas veces lo peor del peatón y del conductor, el ciclista urbano ranquea entre los bichos de ciudad más jodidos.  Cruzar en rojo, ir de contramano, por la vereda, en fin, el mobiliario urbano vuelto una superficie lisa sobre la que deslizarse; ni hablar del autoritarismo que ejerce sobre la franja de pavimento que le asignan en exclusividad.

El ciclista urbano anda como si estuviera duro. No son los gases que salen de los caños de escape los que alteran su conciencia. Es el impulso la droga del ciclista urbano. Sí, el ciclista urbano es adicto al impulso. El cuerpo todo se le vuelve una masa de músculos y nervios destinada a no perder la inercia, comprometida en llegar a destino cuanto antes. Tener que frenar, apoyar los pies en el suelo, detener el streaming callejero, pero sobre todo, el horror, el agujero negro, tener que esperar de pie, y después volver a darle duro en las primeras pedaleadas hasta arrancar, balanceando el peso de un pie a otro, sentarse recién una vez que la bicicleta alcanza cierta velocidad y genera nuevamente impulso. No fue tan grave pero hubiera preferido no tener que hacerlo. Igual ahora ya está. Vuelve a sonreír. Su cuerpo está recibiendo una nueva dosis de la sustancia más preciada por los que surcan en dos ruedas la ciudad.

Columna publicada en el número de septiembre de 2015 de Los inrockuptibles.

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Vista gorda

A lo lejos se escuchan chiflidos, una seguidilla, de esas que se van encadenando hasta sonar cada vez más cerca, un reguero en el aire que viene a alertar algo. Para cuando se acerca el patrullero ya está todo levantado: ropa interior, baratijas, películas pirateadas, accesorios para celulares. Todo guardado en bolsos, embolsado en mantas. Las mismas mantas que hasta hace un minuto servían de exhibidor sobre la vereda, y que en un movimiento rápido en el que se cifran milenios de venta ambulante, se volvieron contenedores de la mercancía listas para cargar al hombro disimulando su contenido. Pero acá no se trata de disimular o de esconder ante la mirada policial, mucho menos de escapar. Al menos en esa avenida es así: cuando se acerca el patrullero a guardar todo y esperar que pase hablando distraídamente con el de al lado, haciendo como si nada y un minuto después volver a desplegar las mantas contra el suelo, acomodar los productos y vociferar la oferta del día para llamar la atención del transeúnte. Cada tanto el simulacro caduca y hay redada, golpes, corridas y mercadería incautada. La última vez fue hace casi dos años. Desde entonces en esa avenida los días pasan sin incidentes. Se respetan, eso sí, ciertos rituales, como para reforzar los roles y ejercitar el músculo.

Columna publicada en el número de julio de 2015 de Los inrockuptibles.

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Tela de avión

Pudo pasar en cualquier gran aeropuerto del mundo, en medio de una de esas peregrinaciones de pasajeros en tránsito en las que hay que combinar vuelos y para eso ir de una punta a la otra de la terminal, en el mejor de los casos, o de una terminal a otra, en general. Cuando el tiempo apremia –en general apremia o se hace eterno- hay que caminar rápido, ligero, como una flecha; subir y bajar escaleras mecánicas, seguir caminando incluso cuando se está sobre las cintas mecánicas, pasando junto a los que avanzan tracción a sangre como si alguien en algún lado estuviera apretando el botón de turbo.

El primer encuentro fue en una escalera de concreto que conectaba dos niveles. Bajaba mientras una mujer en sus cincuentas subía de a dos en dos a un ritmo, a una velocidad extraña. Corría, pero no como suele correr la gente en los aeropuertos, como parte del intento desesperado por llegar a una puerta que está por cerrar, arrastrando equipaje y con la lengua afuera. Ella corría, sí, pero de otra forma, con otra concentración.

El segundo encuentro fue diez minutos más tarde, a punto de llegar a la puerta indicada para conectar el vuelo. Ella lo sobrepasó corriendo por el costado izquierdo. Ahora iban en la misma dirección y pudo verla alejarse y entendió mejor. La vez anterior no la había mirado de cuerpo entero: corría concentrada con el único fin de correr, con zapatillas de suela rosa fluo, un short tela de avión y una musculosa negra, como si estuviera en el parque favorito de su ciudad natal, como si estuviera en el gimnasio del barrio. Las escaleras de concreto, las rampas ascendentes y descendentes que para el resto de los transeúntes suelen ser un incordio, para ella eran la oportunidad de ejercitar con más de intensidad en la zona inferior de los gemelos, en los cuádriceps o glúteos.

Volvió a verla una vez más, mientras hacía la cola para embarcar. Seguía corriendo; no llevaba nada salvo, en una mano, el pasaporte y un papel doblado que debía ser la tarjeta de embarque. No estaba transpirada ni agotada; era un ejercicio ligero, asordinado, para mover un poco los músculos aprovechando toda la extensión del aeropuerto y sus accidentes geográficos. ¿Viajará así vestida? ¿Se cambiará? ¿Dónde guardará el equipaje mientras tanto? Parecía que sabía lo que estaba haciendo.

*Columna publicada en el número de junio de 2015 de Los inrockuptibles.

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