Amanece sobre el Ganges

Amanece sobre el Ganges y como cada día desde hace siglos en las escalinatas de Manikarnika son varias las piras en las que cadáveres arden a la vera del río sagrado.
Miles de peregrinos llegan a diario a Varanasi, capital espiritual de la India, para realizar abluciones purificadoras en el Ganges, visitar templos y participar en ceremonias. Y muchos también llegan hasta ésta, una de las ciudades más antiguas del mundo, para morir. En muchos casos cuando no se muere in situ, son los familiares quienes traen hasta acá al difunto, en auto, en tren, en avión, desde todas partes del subcontinente, a contrarreloj para evitar la descomposición, para cremarlo a cielo abierto. Luego esparcen las cenizas en la corriente de este río que mil kilómetros atrás baja prístino desde los Himalayas pero a esta altura ya presenta niveles hiperbólicos de polución.
Es que morir en Varanasi —conocida en el pasado como Benarés— y ser cremado en uno de sus ghats (escalinatas) es un ritual purificador que permite al espíritu acceder instantáneamente al moksha y librarse del ciclo de las reencarnaciones.
Envuelto en telas brillantes y coloridas, que varían según género y casta, el cuerpo del muerto es transportado en una camilla de bambú, desde el centro antiguo a través de los callejones ensortijados de la ciudad hasta el ghat de Manikarnika. El cortejo fúnebre avanza entonando rezos y cánticos hasta llegar a la ribera del Ganges, donde el cadáver es lavado.
Luego de la purificación con las aguas, el cuerpo es apoyado sobre unas piedras al aire libre y mientras se seca, el primogénito o el hombre mayor de la familia, encargado de comandar la ceremonia, se prepara: se viste con una larga túnica blanca enrollada al cuerpo y se afeita completamente la cabeza en el puesto cercano de un barbero callejero.
Los trabajadores del lugar, funebreros pertenecientes a la casta de los Doms, preparan la pira sobre la que arderá el cuerpo, un lecho de madera compuesto de entre 200 y 500 kilos, según la masa corporal a cremar. La leña puede ser de sándalo —la más costosa— o de árbol de mango —la más barata—, o de una combinación de diversos tipos. Incluso la opción más económica implica un precio exorbitante para el bolsillo de una familia humilde. Es el gran negocio que rodea al rito; en las inmediaciones de Manikarnika hay apiladas toneladas de leña y barcos cargueros atracan ahí mismo a cualquier hora con nuevas provisiones para alimentar las hogueras.
Una vez que el cuerpo está seco se lo coloca sobre el lecho de leña, se lo rocía con polvo de sándalo y otros inciensos y se lo cubre con leños para evitar que durante la combustión, al chamuscarse carne y huesos, el cadáver se mueva. El hijo mayor, entonces, siempre siguiendo las indicaciones del sacerdote, se acerca con un manojo de paja previamente encendido en un fuego eterno que arde protegido sobre las escalinatas. Según cuentan los lugareños, lleva miles de años ardiendo ininterrumpidamente.
Luego de dar varias vueltas alrededor del cuerpo, que a esta altura apenas se distingue abajo de las maderas apiladas, el hombre mayor de la familia enciende la pira. Cuando todo comienza a arder los familiares se alejan y un funebrero permanece cerca para asegurar que la combustión avance sin inconvenientes.
Salvo por un puñado de turistas extranjeras, en las escalinatas solo hay hombres: familiares de los muertos, trabajadores, vecinos, curiosos y turistas. Mujeres indias no hay. Las familiares del muerto permanecen en las inmediaciones del ghat, del otro lado de la baranda. “Son demasiado emocionales”, explica uno de los vendedores de té que tiene su puesto justo frente del barbero. “Con sus llantos y lamentos pueden alterar al espíritu en su tránsito final”.
Se escucha el crepitar de la madera y de la carne chamuscándose; el humo se eleva entre cenizas alborotadas por la brisa. Puede llegar a haber siete u ocho hogueras ardiendo en simultáneo en los distintos niveles de la escalinata, que se corresponden con las castas a las que puede pertenecer el muerto.
Los perros corretean o se echan junto al fuego, los niños del lugar juegan, lugareños curiosos se acercan a contemplar las cremaciones casi como en un pueblo los hombres se reúnen en una plaza a ver partidas de bochas o ajedrez. Y turistas, turistas a toda hora, pero siempre una magnitud diluida. A diferencia de otras atracciones turísticas de India, la rutina en Marnikarnika no se percibe corroída por el turismo de masas; aunque esté contaminada por la presencia de extranjeros ociosos, no termina de desvirtuarse el carácter sagrado, íntimo del ritual.
Una vez que la combustión está llegando a su fin y que el cuerpo está casi completamente calcinado, el sacerdote golpea el cráneo con un palo de bambú para partirlo en dos y liberar así al espíritu. Con el cuerpo y la madera consumidos, las brasas son hechas a un lado para dejar lugar a una nueva hoguera. En busca de restos de oro (un diente, alguna alhaja), los trabajadores del lugar revisan las cenizas antes de arrojarlas al Ganges.
No todos los muertos, sin embargo, pueden ser cremados. Quedan excluidos los niños, las mujeres embarazadas, los “santos” o sadhus, los leprosos. “Y aquellos que murieron picados por una cobra”, agrega el vendedor de té, como si fuera una línea memorizada que repite a diario decenas de veces. Estadísticamente la cantidad de víctimas del veneno de cobra debe ser ínfima pero la norma le da al rito un cariz mítico. Para todos ellos el destino no es el fuego sino el agua: ser arrojados río adentro.
Esa mañana, acostado en un margen de las escalinatas, yace el cuerpo de un niño, y de repente la escena adquiere un tono desolador. Porque en el hinduismo cuando el muerto es un adulto o un anciano, el proceso es vivido con aceptación. No llega a ser una ceremonia celebratoria, pero sí puede afirmarse que el dolor brilla por su ausencia. En cambio en la familia del niño hay angustia en carne viva, las mujeres lloran desgañitadas detrás de la baranda que las mantiene alejadas para no perturbar a los espíritus, mientras el padre y el abuelo, guiados por el sacerdote, preparan cabizbajos al pequeño cuerpo, envolviéndolo en un manto de tela blanca, con sogas amarradas a varias piedras que harán que el cuerpo se hunda hasta el fondo del Ganges.
Minutos más tarde los hombres se internan en bote río adentro. Ahora está tan lejos que ya no se distingue bien quién hace qué. Solo se ven tres hombrecitos. Uno de ellos recoge los remos. En el medio del Ganges, amplio, serpenteante y liso, dejan ir al pequeño bulto. La escena está tan alejada que es posible, por un segundo, distanciarse emocionalmente, si no fuera porque a pocos metros del sector de turistas y curiosos la madre llora desconsolada y la abuela se entrega a la tarea infructuosa de consolarla.
Una de las peculiaridades de esta sociedad, y un rasgo que podría extenderse a la mayor parte de las culturas de aquello que nosotros damos en llamar Oriente: los adelantos tecnológicos, la sociedad de masas y el desarrollo industrial no trajeron aparejado un proceso de secularización, conviven con tradiciones enraizadas en el pasado más remoto.
Como ese que antes de encender la hoguera que consumiría el cuerpo de su madre muerta se agachó y acercó su cara completamente afeitada a la de la mujer que le dio la vida; agarró el celular y sacó una foto de ambos, la mirada de él clavada en el lente. En el clic de ese instante se cifra en parte ese peculiar sincretismo que impacta a todo aquel que llega hasta orillas del Ganges desde el otro lado del mundo.
Publicado en Revista Ñ el sábado 5 de agosto.

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You’re only bleeding

She called you two weeks ago. Just like that. Out of the blue. Today is Mother’s Day, and you’re going to see her again. You wanted to make as good a start to the day as possible, but on Saturday night you went to bed late and drunk and she wakes you with another phone call at twenty past eleven the next morning. She’s called to ask if you’re coming to lunch as you agreed. You say that you are. She asks if Fernanda is coming, too. You say that she isn’t; you already told her that. She asks you, please, not to be late, and you hang up. Over the past few days a voice in your head has been telling you that it’s your fault that you haven’t seen her in all this time, and you’ve begun to think about how that might have made her feel. Being with her is a trick you learned when you were a boy, but since you’ve grown up you haven’t been able to do it so well. Also, whenever you make an effort to be nice you lose patience. But for some reason you think things will work themselves out at the lunch. On Friday afternoon you got her a gift. You can’t remember the last time you did that. And you have something to say to her, a few phrases that will make everything right.

It’s midday on the third Sunday of October in a year that doesn’t and will never have a decade. You step into the bath and slip into cloudy, impeccable nothingness, like in an advert for cream or salt. You’re shrouded in silence. You’re swimming in a pool on the roof of a tower of thirty dark floors. No one else is there. You lean your back against the tiles and look up: no light or noise. The water is so clear that you don’t notice when it’s gone. The floor is grass, and you walk like Kwai Chang Caine, like Johnnie Walker in a Scottish meadow; there are white sheep that turn into a white cloud, and you open your eyes, cough and spit out a little cold water. You have no idea what time it is because in the bath it’s always late at night. Then you hear the noise of the traffic and, on the other side of the wall, a neighbour flushing the toilet before washing their hands and closing the door behind them.

Something on that corner of the avenue seems familiar. Almost without thinking you walk the blocks that separate your flat from the area where you lived with your mum and sister a few years ago. Only now, going back, do you realize that you never went very far. You can’t remember what used to be on the avenue. It definitely wasn’t a pair of internet cafés.

To pass by the door, acting on a somewhat morbid urge to see how things have changed, you’d just have to turn the corner and carry on for half a block, but you don’t move. Your phone tells you that it’s ten past two. You hail a taxi, and when it pulls off you search your pockets for money. When you arrive you have to explain to the doorman who you are. He doesn’t believe you’re her son; he’s never seen you before. He makes you ring the bell. Fourteenth floor. He asks you if you were away travelling. You smile and look away. On the desk from which he presides over the lobby is an expensive mobile phone. Finally, a strange man’s voice tells you that you can come up. In the lift you tidy your hair and clothes in the mirror. You stare at your face and think about your sister. Somehow you feel that you abandoned her. For a long time, during those early years in Buenos Aires, you two were the only things that didn’t fall apart. Your mum’s big hair and your skinny dad with his moustache. You were both trapped on their merry-go-round like a fare fought over by a pair of taxi drivers on a slow night.

But all that’s over now. It’s simpler. You just have to share a few meals a year with the two women, plus a guy and his family, in a fourteenth-floor flat with a landing, open door and, behind it, a window that looks out onto a balcony, the nature reserve and the river behind it. You go inside, but no one’s around. You come back out, ring the bell and wait, but nothing happens. You wander around the living-room and bend over to read the spines of books and inspect the smiling faces in the picture frames. Your movements are tense and cautious, as though the decorations might disintegrate at the slightest touch. Or as though you were burgling the house of a family that has gone out to spend the day in the countryside.

Naked except for a towel, a blonde girl who isn’t your sister comes down the hall. Before closing the door to the bedroom she turns to look at you for an interminable second. Then your mother appears by her side and gives you a hug. She hasn’t changed – a little thinner, the hair blonder and in a different style, new, less-crumpled clothes, but the same. She steps back, rests her hands on your shoulders, looks at you and hugs you again. Then she steps back again. She’s crying. She says that she’s crying from joy. You put your hand in your jacket pocket and feel the package inside. You hug and kiss again. You’re about to open your mouth when she steps back again. Her eyes are red. She tells you to follow her. She wants to show you the flat. But all the doors to the bedrooms are locked. She says that they must be getting changed and shows you the bathrooms; one of them is still full of steam, foam, and there is a wet pair of burgundy-coloured panties hanging from the tap. You sneeze once, and again. She says that it must be the carpet. You’d better go into the kitchen. You keep on sneezing; it’s almost as if you were doing it on purpose, as though for some reason you were trying to make a show of being uncomfortable.

As you blow your nose she asks if you can do her a favour. “What?” Everyone’s busy getting ready and she still has to take a shower, but she miscalculated and needs more cream for the sauce and also there’s no wine, and Gustavo doesn’t like to eat without wine. A door opens, and a man’s voice, the same voice you heard distorted through the intercom, asks where something is. Who cares if he doesn’t like to eat without wine? He can get it himself. You’re alone together, and you don’t know when you’ll get another chance. But at the same time you suddenly feel shy, and you agree to go out. She asks you to take Lucky with you. The dog comes out from the laundry room, stretching.

It’s a new neighbourhood built on land reclaimed from the river, a country club of towers. All the buildings are enormous, spaced out as though the ground wouldn’t be able to hold them if they were any closer together. They’re surrounded by well-kept squares with recently planted trees and new benches. In another life your best ideas came when you walked this same dog through run-down plazas, smoking for blocks along streets that you no longer dare to go back to. From the outside the only supermarket in the area looks like a designer boutique. You tie the dog up and walk towards the sliding doors, which open on their own. A guard grabs your arm and tells you that you can’t leave a dog tied up on the pavement. You try to argue, but he just points at a sign that declares it is prohibited and then to the dog’s lead tied up to the lamp-post.

You walk a further six blocks along the avenue to a Korean supermarket. You go straight to the refrigerator with the dairy products. The smell of floor cleaner tickles your nose. You compare several different kinds of wines and pick a couple of the more expensive bottles. At the till the lady in front drops all her things on the belt and walks forward so she’s standing opposite the cashier. The cashier can barely see her over the till. On the black rubber belt are a lettuce, paper napkins, bread, a cut of beef you’ve never eaten and two cartons of wine. She asks the cashier to let her know when the bill comes to twenty pesos. The cashier says that they’re at nineteen pesos forty, and one of the wine cartons stays where it is. She has everything else in two bags. You don’t see what happened to the other wine carton – if she has bought it or not – because as she opens her purse she tells the cashier that food is very expensive. How can food be so expensive? She takes out a wrinkled twenty-peso note, the kind of note you’d see in the hands of a child going shopping for the first time, a note that spent years rolled up in the trunk of a ceramic elephant studded with glass jewels. As she smooths it out before giving it to the cashier, she asks her if she has a mother. Then she asks if she minds working on Mother’s Day. They should change what Mother’s Day is, she says.

She’s wearing dark glasses and shorts that reach down to her white knees, making her look a little out of place. You can sometimes tell what people are about to say from their postures. Her mummy lost her mummy – she says “mummy” twice – when she was very little, and she always felt bad on Mother’s Day.

The cashier is looking blankly at the special offers at the butcher’s counter. By now she must not see words, just exclamation marks and numbers all along the aisle. Numbers and exclamation marks at every imaginable angle on the signs and labels, with bleach-scented light shining down from the ceiling. The woman goes on talking. She says that there was a time when it was called the Day of the Family, and she thinks that’s better. You put the cream on the belt. The wine carton isn’t there. It cost a tenth of the wine you’re going to buy. While you pay you peer outside worriedly to make sure that the dog’s still there. You walk back quickly, almost without moving your arms, as though the cream will go bad if shaken outdoors.

They’re all sitting around the table. You kiss your sister, shake hands with Gustavo, kiss each of their daughters and the youngest son, although you can’t believe that he’s wearing one of your T-shirts. You don’t say anything. She’s the one who mentions it, as if it will somehow bring you closer. He must be sixteen or seventeen. He’s one of those teenagers who’s done his growing already. He’s tall, skinny, wears his hair slightly long, and you don’t know whether he shaves or if his beard hasn’t come out yet. He barely says anything at the table. You wonder whether you have anything else in common; he must be using a lot of your things. You tell her that she should have asked. She glares at you for a second and grabs your hand. Then she gives you an exaggerated, slightly absurd compliment that you find more annoying than embarrassing. You don’t say anything, and she tries to kiss you in front of everyone, but you move so she just brushes you. You snatch your hand away. You can’t help it. It’s as though something physical has got lost along the way.

And she’s living with another man. It’s not that you mind – in fact, you liked Gustavo right from the start, after he said “So you paint?” After a couple of glasses of wine you rediscover the layer of genuine empathy that has always made your interactions with other people easier. You like how he treats her, how he speaks to her and the jokes he makes to cheer her up after what you say. And the story he tells. The week before he went on a trip and got caught up in a road block. But it’s his tone more than anything. By now you’re guaranteed to like him whatever he says about the incident.

It seems that ahead of him was a minibus carrying a band that was supposed to be playing a gig in another city that night. They were late, and some of the musicians and a few others who didn’t look very musical got out to see what was going on. After a while a couple of band members started to play with the protesters’ drums, and everyone sang and chanted. Almost all of them were children, teenagers or women, he says. Of all ages, thirty-something and up. They had turned five bicycles upside down, with the seats resting on the asphalt, and a couple of kilometres of cars and trucks had backed up on either side. Then the musicians took pictures of themselves in front of the protestors’ flag, all of them smiling. Make sure that the organization’s crest is in there, shouted one of the women. And another said, This is all very well, but the roadblock stays.

They were from a town a couple of miles away and were protesting against plans for a refinery to be built in the area. The musicians had to keep going; they weren’t going to get there in time, and the organizer of the gig went over to plead with the protestors. He said that they supported the cause, they supported every cause. In fact, the worn-out green army jacket he was wearing had been given to him by El Perro a couple of weeks ago. Gustavo made a face to emphasize the absurdity of the situation. They supported the cause, the organizer said again, and he offered to read out the protestors’ petition on stage that night. Then he gave them several copies of the band’s first album and a few of their second, too.

His two daughters are there as well. You know that one is called Delfina and the other Belén, but you can’t remember which is which. They told you when you were introduced – you stared at the one who’d been wearing the towel – but you didn’t say their names out loud; you weren’t paying attention. The tablecloth is getting dirtier and dirtier. They’re both blonde. One is twenty-six, the other twenty-three. One of them says something about the musicians, something like all women like musicians but then end up marrying someone with money. It could have been worse; she might have said “painters” or “artists”. Gustavo answers, Only the stupid ones. He says it nicely, as though he’s still trying to teach her things.

The twenty-three-year-old seems like the eldest, your mother told you over the phone in an amused voice. You’re a little annoyed that she’s acting so familiarly, but, then again, if you lived there you’d be meeting her in the middle of the night in the kitchen, in a nightshirt, sitting on the counter, stretching out her pale legs next to you, her burgundy-coloured panties bunched to one side in the light of the open refrigerator and the green numbers of the clock on the microwave reflected in the window. And then they tell you that they’ve changed the dog’s name. Now its name is Eliot because “they like it better”. You have nothing against T.S. Eliot, Eliot Ness, Billy Elliot, Elliott Smith, Elliott Murphy or Missy Elliott, but people can’t go about changing a dog’s name, so you start calling him. “Lakiii…! Lakiii!” you shout, louder and louder.

Then you stop because everyone is staring at you except for your sister. Belén and Delfina make faces, and you see the resemblance even if you can’t tell which is which. For a second you think that family is something you catch. Then you realize that your sister is closer to them than you, and you feel that somehow you weren’t a good older brother. But it’s too late now. For another second you think that your relationship with her is like the plant the previous owners left behind in your flat. The plant you don’t water, not even in summer, but which still survives and sometimes even flowers.

The only moment you get alone with her, you don’t know what it is, but you can’t give her the gift. You feel as though the package were broken or the product faulty when you had it all planned out perfectly in your head. You start to cough and sneeze, and Gustavo sticks his head around the door to see what’s going on. He asks you if you’re all right, and she rubs a cloth in your face, a paper napkin. She tells you that you need to quit smoking. It’s not good for you. That’s it, you want to leave. She says “please”. You think that she’s going to say something more, but she just says “please” again and looks at you. It’s raining hard, and Gustavo offers to give you a lift. If you say no you’ll end up ruining the day, and it really didn’t go all that badly. Much as you try not to you can’t help feeling a kind of twisted regret; every time you leave you feel like you should have stayed, and whenever you stay a little longer you feel as though you should have left.

The only sound inside the car is the muffled noise made by the windscreen wipers. When he stops for a traffic light Gustavo sees the bag in your hand and asks you what it is. You say that it’s a gift from someone that you don’t want. “Thanks for reminding me.” You forgot that you were planning to exchange it. If you don’t go now you never will. He says that on Sundays shops don’t usually accept exchanges or returns, but you just want to get out of the car without offending him. You say that now that the rain is letting up you’ll give it a try. He can just drop you off on the avenue. Before getting out you shake hands and hug briefly.

There’s a queue of cars at the petrol station. People are inflating their tyres and filling up their tanks before getting locked back into their routines on Monday morning. Sunday afternoon still has that fixed sense of melancholy that comes with the knowledge that you’ll have to go to school the next day, especially on an afternoon like this when you have lots to do and no time to think. You’re going to tidy up a little and finish a bottle of wine that’s waiting to be finished, and as you’re thinking about that you see the woman who lives on the sixth floor sitting in the lobby. She’s using the chair the caretaker sits on when he has nothing to do.

You pass by her in silence because ever since you got out of the car you’ve been feeling a little slow. She’s lived in the building with her two children – a boy and a girl, about six or seven, who always shout when they get out of the lift – since before you moved in. She’s from Brazil, but her ex is Argentinian. You once exchanged a few words with him at the door of the building as he was waiting for his children to come down. From her expression it looks as though she’s waiting for him to bring them back. Your dad was always late when he had to come to pick you up – an hour or two. You drop your keys, and she turns to look at you. She looks at you without seeing anything, a little slow herself. You say “Hello” as you push the button to call the lift, but she doesn’t answer, and you say that someone must not have closed the lift doors properly. You peer into the gap between the frame and the door and say, “Someone must be unloading a whole floor full of shopping.” But she still doesn’t answer and continues to stare blankly out into the street. Suddenly she leans towards you and says, as though she were completing a sentence she’d started in her head, or was saying just before you arrived, that fortunately her ex-husband has taken the kids to his house. The boy is getting impossible; he hit her this morning.

There’s something about her annoyance with her son and the exhaustion in her voice and face that make you look her up and down for the first time, noticing the body under the tights and T-shirt. You tell her that your grandmother, your “mum’s mum”, used to say, “There’s nothing worse in the world than hitting your mother.” She laughs. You think that you might be able make yourself attractive to her by adopting an air of gentle empathy and youthful vigour. You’re sure that’s the right approach, but you can’t think what to say, so you start to shake the package. The sound of the metal door opening makes you jump. It’s the elderly couple who live on the fifth floor. They always take a couple of minutes to leave the building.

You get into the lift together, and only when you get to the fourth floor do you say, “So you’re on your own…” You feel strange knowing that another flat in the building in which you live is both identical and different from your own. Maybe you’re a little frightened at the prospect of glancing into the children’s room and seeing their still unmade beds, clothes on the floor and the black arm of an articulated toy figure. “Until tomorrow afternoon, thank goodness, when they come back from school,” she says before opening the door, getting out and looking at you from the hallway. The nightshirt you were going to give your mother would suit her. Maybe it would be a little tight and a little short. You’d like to say something about tonight, about how it’s better to spend Sunday nights with someone, to tell her that you have an almost full bottle of wine that needs finishing, but you don’t say a word, and she says, even though it’s only six in the evening, “Sleep well,” and closes the lift door.

The living-room in your flat is an empty mess, and you left the lights on. On the table are three open books, a full ashtray, a jumble of photographs, the mobile phone and a glass with dregs of wine. On a chair is a crumpled shirt and on another a teabag on which you can still see the impression left by a pair of nervous fingers. There’s no wind outside, no cars, no noise, just a few lights that come on and off in a mysterious pattern. From the seventh floor this part of the city looks like a stage set after the closing night.

On the side of the bath is a bottle of ordinary shampoo, shower gel, a book with a flowery border, toothpaste for sensitive teeth, a cup of coffee and a toothbrush. There’s limescale in between some of the tiles, and the shower curtain is mouldy along the edges. It’s cold, and you can never get the window to shut completely. You’re in the bath, warmed by the steam and a second serving of hot water. Sometimes you spend all day in there, running the hot water tap every now and again with one foot, while the other deals with the plug. It creates an amniotic atmosphere.

You think that it would be nice if it rained. Just then, as if your wish had been granted by a merciful power, you see a flash of lightning and a few drops of water hit the misted glass of the window. You think about the Brazilian woman, about how she’s actually not too daunting at all and that you’ll be better prepared the next time you meet. Maybe you could get her to let you into her flat when the kids aren’t there under the pretext of checking to see whether your bath is leaking. Meanwhile, for the moment, you could invite someone to the movies. But you have no idea what’s on. Not even a title or an actor’s name.

Traducción Kit Maude.

Publicado en The Short Story Project

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אתה רק מדמם (Solo estás sangrando)

Traducción al hebreo de Adam Blumenthal disponible en The Short Story Project

 

 

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El Bosco vuelve a su ciudad natal

 

Nederland, Den Bosch, vrijdag, 2 dagen voor het sluiten van de expositie , gefotografeerd om 8 uur tm 10uur in de avond

En la segunda mitad del siglo XV un joven y talentoso pintor criado en una familia de pintores empezó a firmar usando como apellido el nombre de la ciudad en la que nació y se crió. Paradojas de la historia, con el pintor consagrado unánimemente como uno de los grandes maestros de todos los tiempos, hoy esa ciudad a lo primero que remite es al nombre del artista.

La ciudad de ‘s-Hertogenbosch, popularmente conocida como Den Bosch, se ha convertido en un hito turístico cultural por ser la ciudad natal de Jeroen van Aeken, más conocido como Hieronymus Bosch, El Bosco.

Ubicada en el corazón de la Holanda católica, Den Bosch se distingue por la imponente catedral gótica de San Juan Evangelista, por sus coloridos e intensos carnavales en febrero y por la presencia ubicua de El Bosco encarnado en todas las formas imaginables. Hay un centro de arte que lleva su nombre, que cuenta con prolijas reproducciones y un montaje muy didáctico; se realizan congresos, encuentros y actividades a la sombra de su célebre figura, en las callejuelas empedradas uno puede toparse con reproducciones a escala de alguna de las criaturas imaginarias que pueblan sus cuadros, recorriendo la plaza central uno pueda dar con el taller y con una estatua en su honor, y también hay bares y restoranes y hasta platos que llevan su nombre, o negocios de objetos y ropa y hasta servilletas de papel que apelan o le sacan el jugo a la figura del pintor.

Lo único que no hay, pequeño detalle, son obras originales. Ni un dibujo, ni un boceto. Nada. Por más que se esmeren las autoridades municipales y las del centro de arte, hay una realidad que no puede cambiar: la falta de obras (algo similar ocurre en la ciudad de Delft con las pinturas de Vermeer).

Hasta ahora. Porque con motivo de los cinco siglos de la muerte de El Bosco, por primera vez preciadas obras maestras como “El jardín de las delicias”, “El carro de Heno” y los cuatro postigos de “La visión del más allá”, entre otras, retornan temporalmente al sitio donde fueron concebidas. La exhibición “Visiones de un genio” es el resultado de un ambicioso proyecto de investigación y restauración.

Después de años de trabajo y análisis, un consejo de especialistas determinó que la obra certificada de El Bosco consiste en veinticuatro pinturas y veinte dibujos. Diecisiete de esas pinturas y diecinueve de esos dibujos, que forman parte de las colecciones permanentes del Prado, del Louvre y de la Accademia y del Palazzo Grimani en Venecia, de museos de Rotterdam, Berlín, Viena y Nueva York, entre otros, pueden verse en Den Bosch hasta el 8 de mayo. “Bienvenidos a casa,” puede leerse en numerosos carteles en neerlandés a lo largo del pueblo anunciando la exposición. Luego la muestra irá rotando por los mencionados museos, en la que está llamada a ser una de las exposiciones de pintura clásica más importantes del año.

El aniversario incluye una nutrida programación de actividades ad hoc (otras muestras de pintores afines o influidos por él, obras de teatro, conciertos, etcétera) que se sucederán a lo largo del año, tanto en Den Bosch como en otras ciudades de Holanda, pero el plato fuerte sin duda es “Visiones de un genio”. No solo porque reagrupa las obras, y en el lugar donde fueron creadas medio milenio atrás; no solo porque ofrece versiones restauradas de muchas de ellas, si no también porque reúne por primera vez partes de trípticos o paneles que estuvieron separados durante siglos.

En ese sentido, apenas ingresado a la muestra, el espectador se topa con uno de los puntos más altos. “La nave de los locos” y la “Alegoría de la gula y la lujuria”, dos tablas de madera separadas por la historia, una en exposición en el Louvre de París y otra en Yale, Estados Unidos, pueden ser vistas tal como fueron concebidas, como piezas de un mismo rompecabezas. Unos metros más adelante se encuentran otras dos tablas que también formaban parte de la misma obra original, “La muerte y el avaro” y “El peregrino”. Un rompecabezas incompleto pero potentísimo, que plantea de entrada los principales rasgos de la obra de El Bosco: el influjo de la tentación y de los pecados en el temperamento humano, escenas grupales entre bíblicas y carnavalescas, siempre algo desesperanzadas o hasta apocalípticas, pero difuminadas con cierta luz de benevolencia, de piedad por sus criaturas, incluso por las diabólicas o infernales.

El Bosco perteneció a una época de transición entre el Medioevo y el Renacimiento, años de fuertes tensiones religiosas que desembocarían en la reforma protestante y las guerras religiosas, años en que Europa comenzaba a descubrir la existencia de otros de otras civilizaciones. Si bien la muestra pone en evidencia que el pintor se nutría de la iconografía y de ilustraciones de la Edad Media tardía, visto hoy, sobre todo por ciertos detalles, algunas pequeñas criaturas o la arquitectura cósmica de ciertas construcciones, El Bosco parece haber venido de otro planeta para retratar a la humanidad. Sus cuadros poblados de personajes sufrientes, tironeados entre la salvación y el pecado, entre la animalidad y la beatitud conforman cada uno un microcosmos alucinado: escenas repletas de personajes comunes, figuras diabólicas, santos, ángeles, animales reales o imaginarios se revelan simultáneamente atávicas y visionarias, eminentemente medievales pero ya modernas en su concepción.

Los organizadores contaban con que “Visiones de un genio” iba a ser uno de los eventos del año, pero nunca imaginaron el caudal descomunal de la convocatoria. Casi cuatrocientas mil entradas anticipadas vendidas agotaron las localidades; gente de toda Holanda y Europa se hace una escapada hasta Den Bosch por el día o el fin de semana. El horario de apertura del museo de Noords Brabants fue extendido dos veces consecutivas y al día de hoy, cierra a las 11 de la noche.

Si bien la concurrencia es nutrida en todo momento, la escrupulosa organización holandesa, dividiendo la cantidad de visitantes en franjas horarias, permite que nunca sea insufrible moverse por las salas y que se pueda permanecer frente a cada obra el tiempo deseado.

Hasta el 8 de mayo, cuando la muestra siga el itinerario previsto, la ciudad natal de El Bosco será la meca para cientos de miles de feligreses de un pintor holandés. Una vez que los cuadros vuelvan a manos de sus propietarios, y el encantamiento se haya desvanecido, Den Bosch volverá a ser apenas una atracción turística, una parada más en el recorrido de ese parque temático histórico cultural llamado Europa.

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Apuntes para una ciudad imaginaria

Un director de cine lleva desde hace años registro de sus encuentros con Edgardo Cozarinsky en diversas ciudades del mundo. Las horas de material en bruto se acumulan sin que logre darle un orden que lo satisfaga y entonces convoca a un amigo escritor para que colabore en la película. Frente a la posibilidad de que el proyecto permanezca en suspenso indefinidamente, el escritor comparte a continuación sus impresiones sobre algunas de las secuencias inéditas que lo componen.

 

La película todavía no tiene nombre, dice. Simplemente un título de trabajo escueto y descriptivo bajo el que desde hace años él viene archivando ciertas filmaciones. “Escenas con E. C.”, se llama por ahora. Ya habrá tiempo de encontrarle un título o de que éste emerja cuando la totalidad tenga un sentido más definido, agrega mi amigo, un director de cine que hace años dejó de ser una joven promesa para volverse un nombre de prestigio entre la crítica especializada y el circuito internacional de festivales. Mi amigo (por discreción prefiero mantener su nombre en el anonimato) me convoca para que vea el material y lo ayude en el armado. Está desorientado, dice. Las horas de filmación se acumulan y le cuesta encontrar un hilo, o algunos hilos, que le permitan desovillar un relato. Tal vez porque está demasiado involucrado en las imágenes, dice. A fin de cuentas, él es también protagonista. Tal vez porque hasta el momento sus proyectos siempre transitaron el camino de la ficción más pura.

Como sea, él está al tanto de que soy un buen conocedor de la obra literaria y cinematográfica de Cozarinsky. Leí y escribí sobre varios de sus libros y muchas de sus películas ejercieron sobre mí fascinación, pero salvo por una entrevista que le hice con motivo de la salida de una novela años atrás, y por un puñado de veces en que me lo cruce en eventos culturales, la familiaridad con su obra no está contaminada por relación personal alguna. Puedo aportarle al documental, piensa él, una mirada exterior fría, implacable.

Me pide entonces que vea el material, que tome notas, que piense incluso algunos títulos posibles, y me facilita una clave para acceder a los archivos. Es esa típica convocatoria ambigua que solo puede venir de parte de ciertos amigos muy cercanos, en la que de entrada no queda en claro si te están pidiendo un favor o te están contratando, si la autoría de la obra será compartida o simplemente tu nombre va a figurar en los agradecimientos junto al tío del sonidista que facilitó una locación para rodar cierta escena, si la colaboración va a llegar a buen puerto, si va a aceptar las sugerencias o si después de escucharlas va a decirte muchas, muchas gracias pero no es ahí hacia donde me gustaría llevar la película. De todas formas acepto sin dudarlo, en parte porque le debo más de un favor a mi amigo, en parte porque la cena que invita esa noche en un pequeño restorán ruso del barrio de Boedo incluye vino y medio litro de vodka casero de color ambarino que preparan en ese local de pocas mesas atendido por un voluminoso ejemplar eslavo, que sirve los platos hechos por su madre, una rusa retacona entrada en años. Pero sobre todo acepto porque me intriga asomarme a esas filmaciones, como un investigador ocioso, casi como uno de los protagonistas y narradores de Cozarinsky, esos detectives amateurs que se aventuran a lo desconocido atraídos por misterios de diverso calibre.

Así que me paso las noches de varias semanas visualizando el material y tomando notas en una libreta verde que estreno para la ocasión. Dentro de esa carpeta de cientos de megabytes llamada “Escenas con E. C.” se acumulan, a su vez, decenas de subcarpetas con fechas y nombres de ciudades: “París, octubre 2012”, “Medellín, julio 2010”, “Buenos Aires, diciembre 2010”, “Buenos Aires, febrero 2011”, “Viena, noviembre 2013”, “Buenos Aires, julio 2013”, “París, octubre 2012”, etcétera, etcétera. Al principio los videos me resultan decepcionantes: largas secuencias desprolijas, interminables, morosas, que dan cuenta de la compulsión de mi amigo por filmarlo todo, con un sonido por momentos defectuoso. Pero a la segunda o tercera noche empiezo a darme cuenta de que estoy frente a un diamante en bruto. Enseguida consigno en la libreta verde una hipótesis que luego no hace más que confirmarse: las escenas podrían dividirse en dos grupos: situaciones estáticas en mesas de bares y restoranes, por un lado, y caminatas urbanas, por el otro.

La carpeta “Buenos Aires, agosto de 2011” registra una cena en la misma cantina rusa de Boedo en la que mi amigo me había citado unas semanas atrás para sumarme al proyecto. Cuando se enciende la cámara Cozarinsky está hablando sobre un viaje reciente a Jeon Ju, en Corea del Sur, invitado por un festival de cine, que terminó con una escapada a Vladivostok, ciudad terminal del transiberiano en el extremo oriental ruso, que hacía décadas quería conocer. A él le hubiera gustado visitar también Japón, dice Cozarinsky, donde su padre había estado a principio de los años cuarenta a bordo de un barco militar argentino, pero el reciente tsunami y la hecatombe en la central nuclear nipona habían vuelto a la isla un destino riesgoso. La grabación termina en la vereda del ruso; en plena noche invernal, Cozarinsky con la campera cerrada hasta el cuello habla con el encargado en mangas de remera. Este último revela cómo logra hacerse traer desde Rusia ciertos ingredientes para que su madre prepare el vodka casero que distingue al lugar.

Secuencias alrededor de mesas de bares, restoranes y cantinas, o bien largos paseos a pie por la ciudad, decía, vertebran el material. Por ejemplo, una caminata palermitana por la calle Gurruchaga hacia Villa Crespo, en un atardecer de diciembre de 2010. El director de La guerra de un solo hombre comenta el olor particular que se respira a esa hora en el verano porteño; como si el aroma de los jacarandás operara cual magdalena proustiana, pasa a desgranar recuerdos sobre su madre Sara. Cuando cruzan Avenida Córdoba, Cozarinsky recuerda una anécdota que late en el corazón de la novela que escribía por ese entonces, que luego publicaría bajo el título Dinero para fantasmas. Mi amigo prácticamente no habla, tan solo intercala algunos comentarios, pero filma ininterrumpidamente durante veinticinco minutos hasta que llegan a un restorán árabe en la calle Thames. Dos personas los esperan para cenar –un célebre director de teatro de apellido armenio y un actor galán maduro de la televisión– y entonces mi amigo, a pedido del director de teatro, “tengamos la fiesta en paz,” solicita, apaga la cámara.

Otra secuencia memorable incluye el registro de una tanguería en Medellín, Colombia, junio de 2010, repleta de retratos de Carlos Gardel. Cozarinsky no aparece en ningún momento. Anoto un signo de pregunta en la libreta verde y le escribo a mi amigo. Me responde que su idea es superponer esas imágenes con la voz en off de Cozarinsky hablando sobre el Zorzal Criollo y su devoción por el tango, una pasión tardía pero irrefrenable que lo tomó de grande. Después, me topo con una caminata de ellos dos bordeando el paredón del Cementerio de la Chacarita hasta llegar al Cementerio Británico, un lugar al que Cozarinsky, gran conocedor de la ciudad, nunca había ido hasta entonces. Una vez en el Británico, luego de pasar junto a la tumba de Torre Nilson, se lo nota evidentemente apesadumbrado. Es la única vez en la que pide apagar la cámara. Algo más intrascendente me resulta una seguidilla de cenas en Santé, un bistró francés de Barrio norte que funcionó durante años como segundo hogar de Cozarinsky, como su oficina, tal como le gustaba decir a él. Tal vez porque incluso yo tuve la oportunidad de compartir ahí con él unas copas de champagne al terminar la única entrevista que le hice, esas grabaciones no atraen demasiado mi atención.

Los videos en la carpeta “Viena, noviembre de 2013”, por el contrario, se ubican entre los más jugosos. En ellos Cozarinsky no solo conduce a mi amigo por varios bares vieneses de la época de oro de la ciudad como el Sperl, el Loos y el Kleines, sino que también lo lleva a recorrer la Cripta de los Capuchinos, donde descansan en exhibición los sarcófagos de la dinastía Habsburgo. Es además el sitio que da nombre a la novela más célebre de Joseph Roth, uno de los escritores de cabecera del autor de Vudú urbano. En Viena coincidieron con motivo del festival de cine, y ahí indudablemente Cozarinsky oficia de Cicerone, de guía en busca de los rastros de una ciudad, de una Europa, que ya no existe. Entre bar y bar se suceden extensas caminatas por los recovecos de la vieja capital imperial, y no deja de asombrarme la velocidad con que Cozarinsky avanza dando largas zancadas a pesar de su corta estatura, a pesar de sus años, a pesar de hablar sin interrupción, hasta que su respiración se vuelve jadeante y entrecortada, pero también la de mi amigo, que casi no habla, mide un metro ochenta y tiene cuarenta años menos que él.

Un bistró francés en Barrio norte, un ruso en Boedo, una dudosa trattoria italiana en Berlín, un fernet puro con hielo en el San Bernardo de Villa Crespo, una recorrida por ciertos cafés de Viena; platos de quesos y charcuterie y vino blanco en el bar de Tournon de París (en el que Joseph Roth pasó sus últimos años bebiendo y escribiendo), una seguidilla intermitente de noches en las milongas del Salón Canning y en el Niño Bien, una tarde en el Cementerio Británico de Chacarita, otro encuentro fugaz en Berlín, en otro bar signado por la estela del escritor austríaco, el Joseph Roth Diele, en Potsdamer Strasse; un paseo por Avenida Corrientes que comienza junto al santuario del Gauchito Gil, en Chacarita… No me hace falta terminar de ver todas las secuencias para entender que hay un entramado invisible que las une: son todos lugares desplazados en el tiempo y en el espacio, originarios de un pasado remoto o de tierras lejanas, modelados por el éxodo inmigrante o la intrepidez del peregrino, embajadas o más modestamente minúsculas secciones consulares de un mundo ya desvanecido al cual sus protagonistas ya no pueden, en caso de que quieran, regresar. Gente o espectros que están lejos, sí, pero ¿lejos de dónde? ¿De sus orígenes, de su destino, de su lugar en el mundo, en caso de que algo así exista? El legado, la herencia, es el otro vector de estas conversaciones: historias, libros, impresiones que pasan de una generación a otra o, en el caso de Cozarinsky y mi amigo, salteándose un par de generaciones en el medio.

Al terminar de visualizar las últimas carpetas se me ocurre que el documental podría adoptar la forma de una travesía infinita por un ciudad imaginaria que incluyera veredas y rincones porteños, vieneses, parisinos, berlineses, etcétera, etcétera: una caminata que desemboque en la mesa de un bar; luego otra caminata hasta llegar a la mesa de una milonga, y así. Una ronda urbana interminable en la que se amalgamen diversos tiempos y latitudes; una deriva protagonizada por las mismas dos personas, una siempre en cuadro, Cozarinsky, y la otra, mi amigo, apenas una voz sin cuerpo.

Cuando expongo por teléfono la idea, entusiasmado casi eufórico, mi amigo me dice que le resulta interesante, que lo va a tener en cuenta en el futuro. ¿En el futuro? Sí, en el futuro, porque ahora le surgió otro proyecto, un largometraje financiado por un productor estadounidense que puede implicar el gran salto que lo catapulte más allá del circuito de festivales. Va a dejar en suspenso el documental sobre Cozarinsky. Además, después de todo, siente que es un trabajo todavía en progreso, que puede cobrar más cuerpo si sigue registrando sin apuro esos encuentros durante algunos años más. Para tener lo que queda de la fiesta en paz yo prefiero evitar recordarle la urgencia con la que me había convocado, el plazo perentorio para ver el material que, haciendo caso a sus ruegos en la cantina rusa de Boedo aquella noche, ablandado por el vodka casero, yo había aceptado sin chistar.

Pasó casi un año, y cualquier rastro de enojo o malhumor hacia él se disipó. La verdad es que le debía unos cuantos favores, así que estamos a mano. Además, tampoco puedo negar que disfruté viendo ese material en bruto, espiando esos momentos de intimidad entre ellos dos. Ahora casi que siento que conozco a Cozarinsky personalmente, como si hubiera sido yo quien lo acompañó en esas situaciones. Eso sí: como mi amigo en ningún momento me pidió reserva o discreción, me siento habilitado para compartir mis impresiones. Nunca difundiría los videos ni se los mostraría a un tercero sin su autorización, pero estas notas tomadas de madrugada en la libreta verde son mías y no creo estar traicionándolo al compartirlas en esta ocasión.

Matías Capelli

(Texto publicado en el número 2 de la revista El ansia)

 

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Vivir o registrar

Si le hubieran preguntado ¿un concierto de quién te gustaría ver, de poder elegir, sin incluir artistas muertos, retirados o grupos separados?, el primer nombre de la lista hubiera sido el de esa banda canadiense que subía al escenario. Iba todo perfecto, como soñado, hasta que al tercer tema el cantante se excusó por el timbre de su voz: ese mismo día le habían diagnosticado neumonía. En vez de pensar qué mala suerte, años esperando y justo se viene a enfermar hoy, pensó qué buena suerte que el show no se canceló. Estaba tan entusiasmado, solo veía el vaso medio lleno. Las circunstancias ayudaban: la sala chica, semicircular, le permitía estar a pocos metros del escenario, de pie sobre unas gradas sin necesidad de hacer torsiones con la cabeza para encontrar un hueco a través del cual mirar.
Ahí estaba: todo perfecto, como soñado, pero real. O sea, él con el cansancio del día a cuestas, con los pies doloridos adentro de los zapatos, arrepentido por no haber ido al baño durante la previa, el cantante un poco maltrecho por la afección pulmonar. Detalles, detalles insignificantes, sobre todo teniendo en cuenta que el que estaba empezando era uno de sus temas predilectos. Se emocionó, piel de gallina, y entonces la reacción automática: sacó el celular del bolsillo, encendió la cámara, levantó el brazo y encuadró a la banda. Bastaron algunos segundos para que empezara a sentirse un impostor. ¿Para qué filmaba? ¿Para mandarle el video a sus amigos? ¿Para subirlo a las redes sociales y obtener algunos likes?
Desde el momento en que había pulsado rec algo en la forma en que experimentaba el concierto se había visto alterada –para mal. Iba el video por el segundo veintidós cuando guardó el dispositivo en el bolsillo. Ya encontraría la forma de contarle a sus amigos, de contarle al mundo, lo perfecto que habían sido esos ochenta minutos a pesar de la neumonía del cantante, a pesar de los pies doloridos, a pesar de no contar con un souvenir audiovisual.

Columna publicada en el número de enero de la revista Los inrockuptibles.

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Dígitos y agujas

Uno podría suponer que una víctima colateral de la masificación de los teléfonos celulares fue la industria del reloj pulsera. Uno podría suponer que fue llevada a la ruina como el formato digital hizo con las películas de celuloide. Y sin embargo, aunque seguramente se venda menos cantidad de relojes que en el pasado, el reloj pulsera persiste. Persiste como objeto de lujo refulgiendo en las vitrinas de centros comerciales, aeropuertos y peatonales de las grandes ciudades, en las publicidades de las revistas y los programas de televisión premium, pero también persiste como objeto de consumo popular: ahí están los vendedores ambulantes con sus valijas abarrotadas.
La conclusión, entonces, es que alguien los compra, los usa o regala. ¿Pero quiénes? Si bien el reloj como idea, como abstracción, como regulador legal del tiempo, está más extendido y vigente que nunca, el reloj como objeto parece ser una especie en vías de extinción, al menos en su dimensión más funcional. Hoy en día, por ejemplo, ya nadie manda a construir o instalar relojes en la vía pública. Las ciudades occidentales, sin embargo, están repletas de dígitos y agujas de distintas épocas, distintas capas geológicas, desde ejemplares medievales hasta digitales en los
rascacielos con sus números en rojo simil radiodespertador titilante en la madrugada.
Cada reloj público es emisario del tiempo en que fue concebido: desperdigados en las calles de Buenos Aires hay varias decenas de modelos japoneses Seiko de los años setenta alimentados a luz solar. Todavía funcionan, y deben servirle de referencia o sacar a más de uno de apuro cada día. Por lo pronto, seguramente sean más útiles que el servicio telefónico del 113, cuya voz de mujer encerrada en la máquina del tiempo hace décadas repite incansablemente que son trece horas, veinte minutos, cuarenta segundos, biip, trece horas, veinte minutos, cincuenta segundos, biip

Columna publicada en el número de diciembre de Los inrockuptibles.

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