Apuntes para una ciudad imaginaria

Un director de cine lleva desde hace años registro de sus encuentros con Edgardo Cozarinsky en diversas ciudades del mundo. Las horas de material en bruto se acumulan sin que logre darle un orden que lo satisfaga y entonces convoca a un amigo escritor para que colabore en la película. Frente a la posibilidad de que el proyecto permanezca en suspenso indefinidamente, el escritor comparte a continuación sus impresiones sobre algunas de las secuencias inéditas que lo componen.

 

La película todavía no tiene nombre, dice. Simplemente un título de trabajo escueto y descriptivo bajo el que desde hace años él viene archivando ciertas filmaciones. “Escenas con E. C.”, se llama por ahora. Ya habrá tiempo de encontrarle un título o de que éste emerja cuando la totalidad tenga un sentido más definido, agrega mi amigo, un director de cine que hace años dejó de ser una joven promesa para volverse un nombre de prestigio entre la crítica especializada y el circuito internacional de festivales. Mi amigo (por discreción prefiero mantener su nombre en el anonimato) me convoca para que vea el material y lo ayude en el armado. Está desorientado, dice. Las horas de filmación se acumulan y le cuesta encontrar un hilo, o algunos hilos, que le permitan desovillar un relato. Tal vez porque está demasiado involucrado en las imágenes, dice. A fin de cuentas, él es también protagonista. Tal vez porque hasta el momento sus proyectos siempre transitaron el camino de la ficción más pura.

Como sea, él está al tanto de que soy un buen conocedor de la obra literaria y cinematográfica de Cozarinsky. Leí y escribí sobre varios de sus libros y muchas de sus películas ejercieron sobre mí fascinación, pero salvo por una entrevista que le hice con motivo de la salida de una novela años atrás, y por un puñado de veces en que me lo cruce en eventos culturales, la familiaridad con su obra no está contaminada por relación personal alguna. Puedo aportarle al documental, piensa él, una mirada exterior fría, implacable.

Me pide entonces que vea el material, que tome notas, que piense incluso algunos títulos posibles, y me facilita una clave para acceder a los archivos. Es esa típica convocatoria ambigua que solo puede venir de parte de ciertos amigos muy cercanos, en la que de entrada no queda en claro si te están pidiendo un favor o te están contratando, si la autoría de la obra será compartida o simplemente tu nombre va a figurar en los agradecimientos junto al tío del sonidista que facilitó una locación para rodar cierta escena, si la colaboración va a llegar a buen puerto, si va a aceptar las sugerencias o si después de escucharlas va a decirte muchas, muchas gracias pero no es ahí hacia donde me gustaría llevar la película. De todas formas acepto sin dudarlo, en parte porque le debo más de un favor a mi amigo, en parte porque la cena que invita esa noche en un pequeño restorán ruso del barrio de Boedo incluye vino y medio litro de vodka casero de color ambarino que preparan en ese local de pocas mesas atendido por un voluminoso ejemplar eslavo, que sirve los platos hechos por su madre, una rusa retacona entrada en años. Pero sobre todo acepto porque me intriga asomarme a esas filmaciones, como un investigador ocioso, casi como uno de los protagonistas y narradores de Cozarinsky, esos detectives amateurs que se aventuran a lo desconocido atraídos por misterios de diverso calibre.

Así que me paso las noches de varias semanas visualizando el material y tomando notas en una libreta verde que estreno para la ocasión. Dentro de esa carpeta de cientos de megabytes llamada “Escenas con E. C.” se acumulan, a su vez, decenas de subcarpetas con fechas y nombres de ciudades: “París, octubre 2012”, “Medellín, julio 2010”, “Buenos Aires, diciembre 2010”, “Buenos Aires, febrero 2011”, “Viena, noviembre 2013”, “Buenos Aires, julio 2013”, “París, octubre 2012”, etcétera, etcétera. Al principio los videos me resultan decepcionantes: largas secuencias desprolijas, interminables, morosas, que dan cuenta de la compulsión de mi amigo por filmarlo todo, con un sonido por momentos defectuoso. Pero a la segunda o tercera noche empiezo a darme cuenta de que estoy frente a un diamante en bruto. Enseguida consigno en la libreta verde una hipótesis que luego no hace más que confirmarse: las escenas podrían dividirse en dos grupos: situaciones estáticas en mesas de bares y restoranes, por un lado, y caminatas urbanas, por el otro.

La carpeta “Buenos Aires, agosto de 2011” registra una cena en la misma cantina rusa de Boedo en la que mi amigo me había citado unas semanas atrás para sumarme al proyecto. Cuando se enciende la cámara Cozarinsky está hablando sobre un viaje reciente a Jeon Ju, en Corea del Sur, invitado por un festival de cine, que terminó con una escapada a Vladivostok, ciudad terminal del transiberiano en el extremo oriental ruso, que hacía décadas quería conocer. A él le hubiera gustado visitar también Japón, dice Cozarinsky, donde su padre había estado a principio de los años cuarenta a bordo de un barco militar argentino, pero el reciente tsunami y la hecatombe en la central nuclear nipona habían vuelto a la isla un destino riesgoso. La grabación termina en la vereda del ruso; en plena noche invernal, Cozarinsky con la campera cerrada hasta el cuello habla con el encargado en mangas de remera. Este último revela cómo logra hacerse traer desde Rusia ciertos ingredientes para que su madre prepare el vodka casero que distingue al lugar.

Secuencias alrededor de mesas de bares, restoranes y cantinas, o bien largos paseos a pie por la ciudad, decía, vertebran el material. Por ejemplo, una caminata palermitana por la calle Gurruchaga hacia Villa Crespo, en un atardecer de diciembre de 2010. El director de La guerra de un solo hombre comenta el olor particular que se respira a esa hora en el verano porteño; como si el aroma de los jacarandás operara cual magdalena proustiana, pasa a desgranar recuerdos sobre su madre Sara. Cuando cruzan Avenida Córdoba, Cozarinsky recuerda una anécdota que late en el corazón de la novela que escribía por ese entonces, que luego publicaría bajo el título Dinero para fantasmas. Mi amigo prácticamente no habla, tan solo intercala algunos comentarios, pero filma ininterrumpidamente durante veinticinco minutos hasta que llegan a un restorán árabe en la calle Thames. Dos personas los esperan para cenar –un célebre director de teatro de apellido armenio y un actor galán maduro de la televisión– y entonces mi amigo, a pedido del director de teatro, “tengamos la fiesta en paz,” solicita, apaga la cámara.

Otra secuencia memorable incluye el registro de una tanguería en Medellín, Colombia, junio de 2010, repleta de retratos de Carlos Gardel. Cozarinsky no aparece en ningún momento. Anoto un signo de pregunta en la libreta verde y le escribo a mi amigo. Me responde que su idea es superponer esas imágenes con la voz en off de Cozarinsky hablando sobre el Zorzal Criollo y su devoción por el tango, una pasión tardía pero irrefrenable que lo tomó de grande. Después, me topo con una caminata de ellos dos bordeando el paredón del Cementerio de la Chacarita hasta llegar al Cementerio Británico, un lugar al que Cozarinsky, gran conocedor de la ciudad, nunca había ido hasta entonces. Una vez en el Británico, luego de pasar junto a la tumba de Torre Nilson, se lo nota evidentemente apesadumbrado. Es la única vez en la que pide apagar la cámara. Algo más intrascendente me resulta una seguidilla de cenas en Santé, un bistró francés de Barrio norte que funcionó durante años como segundo hogar de Cozarinsky, como su oficina, tal como le gustaba decir a él. Tal vez porque incluso yo tuve la oportunidad de compartir ahí con él unas copas de champagne al terminar la única entrevista que le hice, esas grabaciones no atraen demasiado mi atención.

Los videos en la carpeta “Viena, noviembre de 2013”, por el contrario, se ubican entre los más jugosos. En ellos Cozarinsky no solo conduce a mi amigo por varios bares vieneses de la época de oro de la ciudad como el Sperl, el Loos y el Kleines, sino que también lo lleva a recorrer la Cripta de los Capuchinos, donde descansan en exhibición los sarcófagos de la dinastía Habsburgo. Es además el sitio que da nombre a la novela más célebre de Joseph Roth, uno de los escritores de cabecera del autor de Vudú urbano. En Viena coincidieron con motivo del festival de cine, y ahí indudablemente Cozarinsky oficia de Cicerone, de guía en busca de los rastros de una ciudad, de una Europa, que ya no existe. Entre bar y bar se suceden extensas caminatas por los recovecos de la vieja capital imperial, y no deja de asombrarme la velocidad con que Cozarinsky avanza dando largas zancadas a pesar de su corta estatura, a pesar de sus años, a pesar de hablar sin interrupción, hasta que su respiración se vuelve jadeante y entrecortada, pero también la de mi amigo, que casi no habla, mide un metro ochenta y tiene cuarenta años menos que él.

Un bistró francés en Barrio norte, un ruso en Boedo, una dudosa trattoria italiana en Berlín, un fernet puro con hielo en el San Bernardo de Villa Crespo, una recorrida por ciertos cafés de Viena; platos de quesos y charcuterie y vino blanco en el bar de Tournon de París (en el que Joseph Roth pasó sus últimos años bebiendo y escribiendo), una seguidilla intermitente de noches en las milongas del Salón Canning y en el Niño Bien, una tarde en el Cementerio Británico de Chacarita, otro encuentro fugaz en Berlín, en otro bar signado por la estela del escritor austríaco, el Joseph Roth Diele, en Potsdamer Strasse; un paseo por Avenida Corrientes que comienza junto al santuario del Gauchito Gil, en Chacarita… No me hace falta terminar de ver todas las secuencias para entender que hay un entramado invisible que las une: son todos lugares desplazados en el tiempo y en el espacio, originarios de un pasado remoto o de tierras lejanas, modelados por el éxodo inmigrante o la intrepidez del peregrino, embajadas o más modestamente minúsculas secciones consulares de un mundo ya desvanecido al cual sus protagonistas ya no pueden, en caso de que quieran, regresar. Gente o espectros que están lejos, sí, pero ¿lejos de dónde? ¿De sus orígenes, de su destino, de su lugar en el mundo, en caso de que algo así exista? El legado, la herencia, es el otro vector de estas conversaciones: historias, libros, impresiones que pasan de una generación a otra o, en el caso de Cozarinsky y mi amigo, salteándose un par de generaciones en el medio.

Al terminar de visualizar las últimas carpetas se me ocurre que el documental podría adoptar la forma de una travesía infinita por un ciudad imaginaria que incluyera veredas y rincones porteños, vieneses, parisinos, berlineses, etcétera, etcétera: una caminata que desemboque en la mesa de un bar; luego otra caminata hasta llegar a la mesa de una milonga, y así. Una ronda urbana interminable en la que se amalgamen diversos tiempos y latitudes; una deriva protagonizada por las mismas dos personas, una siempre en cuadro, Cozarinsky, y la otra, mi amigo, apenas una voz sin cuerpo.

Cuando expongo por teléfono la idea, entusiasmado casi eufórico, mi amigo me dice que le resulta interesante, que lo va a tener en cuenta en el futuro. ¿En el futuro? Sí, en el futuro, porque ahora le surgió otro proyecto, un largometraje financiado por un productor estadounidense que puede implicar el gran salto que lo catapulte más allá del circuito de festivales. Va a dejar en suspenso el documental sobre Cozarinsky. Además, después de todo, siente que es un trabajo todavía en progreso, que puede cobrar más cuerpo si sigue registrando sin apuro esos encuentros durante algunos años más. Para tener lo que queda de la fiesta en paz yo prefiero evitar recordarle la urgencia con la que me había convocado, el plazo perentorio para ver el material que, haciendo caso a sus ruegos en la cantina rusa de Boedo aquella noche, ablandado por el vodka casero, yo había aceptado sin chistar.

Pasó casi un año, y cualquier rastro de enojo o malhumor hacia él se disipó. La verdad es que le debía unos cuantos favores, así que estamos a mano. Además, tampoco puedo negar que disfruté viendo ese material en bruto, espiando esos momentos de intimidad entre ellos dos. Ahora casi que siento que conozco a Cozarinsky personalmente, como si hubiera sido yo quien lo acompañó en esas situaciones. Eso sí: como mi amigo en ningún momento me pidió reserva o discreción, me siento habilitado para compartir mis impresiones. Nunca difundiría los videos ni se los mostraría a un tercero sin su autorización, pero estas notas tomadas de madrugada en la libreta verde son mías y no creo estar traicionándolo al compartirlas en esta ocasión.

Matías Capelli

(Texto publicado en el número 2 de la revista El ansia)

 

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