Amanece sobre el Ganges

Amanece sobre el Ganges y como cada día desde hace siglos en las escalinatas de Manikarnika son varias las piras en las que cadáveres arden a la vera del río sagrado.
Miles de peregrinos llegan a diario a Varanasi, capital espiritual de la India, para realizar abluciones purificadoras en el Ganges, visitar templos y participar en ceremonias. Y muchos también llegan hasta ésta, una de las ciudades más antiguas del mundo, para morir. En muchos casos cuando no se muere in situ, son los familiares quienes traen hasta acá al difunto, en auto, en tren, en avión, desde todas partes del subcontinente, a contrarreloj para evitar la descomposición, para cremarlo a cielo abierto. Luego esparcen las cenizas en la corriente de este río que mil kilómetros atrás baja prístino desde los Himalayas pero a esta altura ya presenta niveles hiperbólicos de polución.
Es que morir en Varanasi —conocida en el pasado como Benarés— y ser cremado en uno de sus ghats (escalinatas) es un ritual purificador que permite al espíritu acceder instantáneamente al moksha y librarse del ciclo de las reencarnaciones.
Envuelto en telas brillantes y coloridas, que varían según género y casta, el cuerpo del muerto es transportado en una camilla de bambú, desde el centro antiguo a través de los callejones ensortijados de la ciudad hasta el ghat de Manikarnika. El cortejo fúnebre avanza entonando rezos y cánticos hasta llegar a la ribera del Ganges, donde el cadáver es lavado.
Luego de la purificación con las aguas, el cuerpo es apoyado sobre unas piedras al aire libre y mientras se seca, el primogénito o el hombre mayor de la familia, encargado de comandar la ceremonia, se prepara: se viste con una larga túnica blanca enrollada al cuerpo y se afeita completamente la cabeza en el puesto cercano de un barbero callejero.
Los trabajadores del lugar, funebreros pertenecientes a la casta de los Doms, preparan la pira sobre la que arderá el cuerpo, un lecho de madera compuesto de entre 200 y 500 kilos, según la masa corporal a cremar. La leña puede ser de sándalo —la más costosa— o de árbol de mango —la más barata—, o de una combinación de diversos tipos. Incluso la opción más económica implica un precio exorbitante para el bolsillo de una familia humilde. Es el gran negocio que rodea al rito; en las inmediaciones de Manikarnika hay apiladas toneladas de leña y barcos cargueros atracan ahí mismo a cualquier hora con nuevas provisiones para alimentar las hogueras.
Una vez que el cuerpo está seco se lo coloca sobre el lecho de leña, se lo rocía con polvo de sándalo y otros inciensos y se lo cubre con leños para evitar que durante la combustión, al chamuscarse carne y huesos, el cadáver se mueva. El hijo mayor, entonces, siempre siguiendo las indicaciones del sacerdote, se acerca con un manojo de paja previamente encendido en un fuego eterno que arde protegido sobre las escalinatas. Según cuentan los lugareños, lleva miles de años ardiendo ininterrumpidamente.
Luego de dar varias vueltas alrededor del cuerpo, que a esta altura apenas se distingue abajo de las maderas apiladas, el hombre mayor de la familia enciende la pira. Cuando todo comienza a arder los familiares se alejan y un funebrero permanece cerca para asegurar que la combustión avance sin inconvenientes.
Salvo por un puñado de turistas extranjeras, en las escalinatas solo hay hombres: familiares de los muertos, trabajadores, vecinos, curiosos y turistas. Mujeres indias no hay. Las familiares del muerto permanecen en las inmediaciones del ghat, del otro lado de la baranda. “Son demasiado emocionales”, explica uno de los vendedores de té que tiene su puesto justo frente del barbero. “Con sus llantos y lamentos pueden alterar al espíritu en su tránsito final”.
Se escucha el crepitar de la madera y de la carne chamuscándose; el humo se eleva entre cenizas alborotadas por la brisa. Puede llegar a haber siete u ocho hogueras ardiendo en simultáneo en los distintos niveles de la escalinata, que se corresponden con las castas a las que puede pertenecer el muerto.
Los perros corretean o se echan junto al fuego, los niños del lugar juegan, lugareños curiosos se acercan a contemplar las cremaciones casi como en un pueblo los hombres se reúnen en una plaza a ver partidas de bochas o ajedrez. Y turistas, turistas a toda hora, pero siempre una magnitud diluida. A diferencia de otras atracciones turísticas de India, la rutina en Marnikarnika no se percibe corroída por el turismo de masas; aunque esté contaminada por la presencia de extranjeros ociosos, no termina de desvirtuarse el carácter sagrado, íntimo del ritual.
Una vez que la combustión está llegando a su fin y que el cuerpo está casi completamente calcinado, el sacerdote golpea el cráneo con un palo de bambú para partirlo en dos y liberar así al espíritu. Con el cuerpo y la madera consumidos, las brasas son hechas a un lado para dejar lugar a una nueva hoguera. En busca de restos de oro (un diente, alguna alhaja), los trabajadores del lugar revisan las cenizas antes de arrojarlas al Ganges.
No todos los muertos, sin embargo, pueden ser cremados. Quedan excluidos los niños, las mujeres embarazadas, los “santos” o sadhus, los leprosos. “Y aquellos que murieron picados por una cobra”, agrega el vendedor de té, como si fuera una línea memorizada que repite a diario decenas de veces. Estadísticamente la cantidad de víctimas del veneno de cobra debe ser ínfima pero la norma le da al rito un cariz mítico. Para todos ellos el destino no es el fuego sino el agua: ser arrojados río adentro.
Esa mañana, acostado en un margen de las escalinatas, yace el cuerpo de un niño, y de repente la escena adquiere un tono desolador. Porque en el hinduismo cuando el muerto es un adulto o un anciano, el proceso es vivido con aceptación. No llega a ser una ceremonia celebratoria, pero sí puede afirmarse que el dolor brilla por su ausencia. En cambio en la familia del niño hay angustia en carne viva, las mujeres lloran desgañitadas detrás de la baranda que las mantiene alejadas para no perturbar a los espíritus, mientras el padre y el abuelo, guiados por el sacerdote, preparan cabizbajos al pequeño cuerpo, envolviéndolo en un manto de tela blanca, con sogas amarradas a varias piedras que harán que el cuerpo se hunda hasta el fondo del Ganges.
Minutos más tarde los hombres se internan en bote río adentro. Ahora está tan lejos que ya no se distingue bien quién hace qué. Solo se ven tres hombrecitos. Uno de ellos recoge los remos. En el medio del Ganges, amplio, serpenteante y liso, dejan ir al pequeño bulto. La escena está tan alejada que es posible, por un segundo, distanciarse emocionalmente, si no fuera porque a pocos metros del sector de turistas y curiosos la madre llora desconsolada y la abuela se entrega a la tarea infructuosa de consolarla.
Una de las peculiaridades de esta sociedad, y un rasgo que podría extenderse a la mayor parte de las culturas de aquello que nosotros damos en llamar Oriente: los adelantos tecnológicos, la sociedad de masas y el desarrollo industrial no trajeron aparejado un proceso de secularización, conviven con tradiciones enraizadas en el pasado más remoto.
Como ese que antes de encender la hoguera que consumiría el cuerpo de su madre muerta se agachó y acercó su cara completamente afeitada a la de la mujer que le dio la vida; agarró el celular y sacó una foto de ambos, la mirada de él clavada en el lente. En el clic de ese instante se cifra en parte ese peculiar sincretismo que impacta a todo aquel que llega hasta orillas del Ganges desde el otro lado del mundo.
Publicado en Revista Ñ el sábado 5 de agosto.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s