Estupor y temblores

A principios del mes pasado un terremoto sacudió las islas de Hawái y desencadenó la erupción del volcán Kilauea. ¿O fue al revés? ¿Fue la actividad volcánica lo que hizo temblar la tierra? ¿Algún geólogo en la sala? ¿No? Bueno, como sea. Lo cierto es que el 4 de mayo hubo un temblor fuerte de siete grados en la escala Ritcher y más de catorce réplicas posteriores al tiempo que el suelo en la isla se deformaba y resquebrajaba y, por entre esas grietas —se contabilizaron una veintena—, brotaron sobre la superficie toneladas de lava. Hubo miles de evacuados y cuantiosos daños materiales. Y aunque el fenómeno se prolongó durante semanas y todavía no puede darse por concluido, tal vez la ausencia de víctimas fatales contribuyó a que no fuera percibida por la comunidad internacional como una catástrofe dramática en “la gran feria de información climática” de la que habla Marcelo Cohen en su reciente Un año sin primavera.

Investigando un poco —porque, convengamos, casi nada sabemos de Hawái salvo que está a miles de kilómetros del continente americano y en realidad forma parte de Oceanía o que allí nació Barak Obama— es posible enterarse que desde 1983 el área está afectada por un proceso de erupción volcánica que abarca numerosos incidentes; más de sesenta desde principios de los ochenta. El archipiélago mismo es de origen volcánico, por lo que eventos de este tipo no deberían ser alarmantes. Son, más bien, la esencia misma de estas islas.

Sin embargo, basta mirar los videos y leer las crónicas para sentir el sudor frío del apocalipsis corriendo por la espalda: fisuras humeantes que se abren en el piso y desde donde brota lava, temblores y derrumbes, eyaculaciones de magma de noventa metros de altura, nubes de cenizas que volaron hasta los diez mil metros. Hay un video especialmente impresionante en que se ve a la lava del otro lado de una cerca o tranquera; pareciera estar conteniéndola, pero en realidad es una ilusión óptica y enseguida cede ante la presión del magma incandescente que avanza lento pero irrefrenable. Esto es lo más llamativo: su implacable lentitud. Al parecer, al menos en Hawái, avanzaba a velocidad de tortuga. O sea, la mayoría de los seres vivos pudieron ponerse a resguardo, pero aquello que no pudo moverse pereció sepultado bajo toneladas incandescentes de material volcánico.

Hay otra escena, todavía más impactante, candidata a plano del año de la asociación mundial de camarógrafos de la televisión. Empieza con la marea de lava avanzando milimétricamente a un lado de la ruta; del otro lado, un auto estacionado. Un Ford Mustang, para ser precisos. Lento, a paso de tortuga, el magma incandescente avanza sobre el pavimento. Le toma su tiempo, pero no tiene apuro; el apuro, la ansiedad, es una afección humana, a lo sumo propia del reino animal. Al reino mineral, de hecho, es infrecuente verlo en acción; una vez cada tanto, cuando vuela un cometa, cuando se abre una grieta, cuando cae un meteorito o ahora, avanzando sobre la ruta, acercándose hasta engullir el vehículo y hacerlo desaparecer bajo una marea de brasas. Podría hacer lo mismo con una ciudad entera.

La imagen es potente: la tierra, mejor dicho, una sustancia que sale de sus entrañas, destruyendo lenta pero inexorablemente a un automóvil. Un objeto que en algún punto simboliza o condensa todos los males ambientales generados por la humanidad de la revolución industrial en adelante: un modelo del desarrollo basado en la fabricación en serie, la contaminación ambiental, el extractivismo; un modelo de desarrollo basado en la premisa del crecimiento continuo, de que lo deseable es producir cada vez más y más, basada en el imperio del acero, el cemento y el asfalto, el consumo de petróleo y todos lo que acarrea (guerras, derrames), la polución, la aceleración de las cosas, el reino de la máquina, etcétera. Aunque es hermoso andar en auto por la ruta, en una avenida no muy congestionada, volviendo una noche de lluvia, así como estar escribiendo o leyendo estas palabras en una computadora mientras suena Apocalypse, de Bill Callahan, o Una casa con diez pinos, de Manal.

¿Podemos hablar de una relación de causalidad? ¿Hay alguna relación entre la actividad volcánica y el daño que la humanidad le viene infligiendo al planeta en los últimos siglos? No importa en realidad si hay o no causalidad. Ni siquiera un congreso de geólogos lograría ponerse de acuerdo sobre el asunto. La imagen hawaiana es potente en su elocuencia porque materializa la intrusión de Gaya. Sobre eso escribe Isabelle Stengers en su libro In Catastrophic Times. Stenger habla de la “intrusión de Gaya, esta ‘naturaleza’ que dejó atrás su rol tradicional y ahora tiene el poder de cuestionarnos a todos.” Gaya es el modo de nombrar a esa serie de relaciones que las disciplinas científicas estudian individualmente: los seres vivos, los océanos, la atmósfera, el clima, los suelos, etcétera. Darle a eso un nombre mitológico es considerar al planeta como un ser vivo unitario, no simplemente una suma de procesos. Nombrar a Gaya como aquella que se intrusa es también caracterizarla como “ciega de los daños que causa”. “Gaya, aquella que se intrusa, no pide nada de nosotros, ni siquiera una respuesta a la pregunta que ella impone. Ofendida, Gaya es indiferente a la pregunta por quién es responsable y no actúa ni bien ni mal,” afirma Stengers en un libro con el que, si bien tiene algunos puntos ciegos, es posible concordar cuando dice “la respuesta que debemos crear no es una respuesta a Gaya sino una respuesta a lo que provoca su intrusión así como a sus consecuencias.”

Las imágenes de Hawái son en algún punto bellas, conmovedoras. Pocas veces podemos ver a la tierra, a un vómito de la tierra avanzando sobre la superficie. Lo verdaderamente llamativo tiene que ver con otra cosa. Al menos al día de hoy es imposible encontrar un video en que se vea el accionar de la lava en tiempo real. Los videos que circulan están editados para resumir o acelerados para condensar la acción en pocos segundos y que sea, en la menor cantidad de tiempo, lo más impactante posible. ¿Más? ¡Más! ¿Más? ¡Más! Si el Apocalipsis llega seguramente será lento e irrefrenable y, viéndolo en las pantallas, no vamos a estar preparados para percibirlo.

(Publicado en el número de junio de la revista Los inrockuptibles).

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