Por las calles de Teheran

“Lo más peligroso en esta ciudad”, dice Nozhan, “es cruzar la calle”. Nacido y criado en Teherán, Nozhan vivió doce años en Europa antes de volver a Irán en 2013, y conoce los temores ligados a su país que pululan por Occidente. La gran mayoría, puede uno comprobar in situ, son falsos, infundados. Pero eso es algo que se va revelando a medida que pasan los días. Por ahora, para un recién llegado el comentario funciona entonces como advertencia y como dardo tranquilizador. “Sobre todo, evitá cruzar por la senda peatonal”. ¿Evitá o tratá? “Cuando ven a alguien cruzando por la senda peatonal”, dice, “los conductores en vez de frenar, aceleran”.
El transporte público en Teherán de subtes y metrobuses es moderno y barato, pero insuficiente para las diez millones de personas que se mueven por la ciudad de sábado a jueves (el viernes es el día no laborable). La gran mayoría recurre al auto particular, taxi, remís o taxi colectivo y por ende el tránsito es demencial. A eso se le suma un ejército de taxis informales, hombres que salen a trabajar con su propio auto, desempleados o semi-empleados que changuean un ingreso extra haciendo un recorrido y negociando con el pasajero una tarifa. Sobre todo en las horas pico de la mañana y del atardecer está lleno de autos particulares que deambulan a la busca de algún pasajero por el carril derecho, o en doble o triple fila a la salida de una estación, listos para partir vociferando a los gritos su destino como tenderos del bazar.
Casi no hay semáforos en la ciudad, y los pocos que hay –luces amarillas titilando– están fuera de servicio. Si el peatón es demasiado cauto puede pasarse horas esperando el momento oportuno para cruzar, por lo que hay que ejercitar una mezcla de cautela y arrojo que infunda respeto y obligue a los conductores a frenar o a esquivar el bulto. Otro riesgo para el extranjero de visita en Teherán consiste en terminar deshidratado, famélico, al borde del golpe de calor. A finales de junio el termómetro llega a marcar más de cuarenta sequísimos grados en una ciudad muy polucionada. Es pleno ramadán; prohibido comer, tomar y fumar en lugares públicos desde que el sol sale hasta que se pone. Por lo tanto bares, restoranes y casas de comida están cerrados hasta el ocaso; uno puede comprar una botella de agua en la calle pero tomarla a la vista de cualquiera puede terminar en un problema con la ley.
Puertas adentro se puede comer normalmente, pero para el extranjero que pasea por las calles de Teherán es más complicado, no hay hogar al que volver. Llegado un punto necesitamos sí o sí entrar a boxes y Nozhan se pone a hablar con un verdulero. Enseguida el tipo nos hace pasar a la trastienda, nos ofrece agua y frutas. Ya refrescados, comiendo ciruelas y banana, intercambiamos algunas frases de rigor con Nozhan de intérprete. Uno percibe la calidez y la hospitalidad, aunque la barrera lingüística sea infranqueable. Después de un rato lo mejor es quedarse callado, escucharlos hablar entre ellos y apreciar la musicalidad del farsi, su dulzura opaca. Antes de irnos, intentamos pagar. Se niega a cobrarnos. Cómo voy a cobrar por darles refugio, dice.
Otro buen lugar para buscar refugio en las horas de la tarde son los museos (Teherán tiene excelentes museos históricos, de arte tradicional y uno contemporáneo, inesperadísimo, fabuloso, con obras de Pollock, Bacon y Warhol, entre muchos otros) o el Gran Bazar: con sus pasillos de sombra fresca, un laberinto interminable de puestos tanto de baratijas como de artesanías magistrales y alfombras carísimas.
¿Cuánto cuestan las cosas? Imposible saberlo a ciencia cierta. La moneda oficial es el rial; en todos los billetes, de cualquier denominación, está la cara de Khomeini con la cifra en farsi y en el reverso, en números arábigos. Pero la mayoría no habla o piensa en rial, sino en tomán, que implica un cero menos. El rial reemplazó al tomán en los años treinta, pero las dos monedas se siguen usando casi indistintamente y para un extranjero puede resultar arduo saber si tiene que pagar diez o cien mil, que el vendedor diga un precio y la etiqueta otro.
En algunos recovecos del bazar, así como en parques y rincones urbanos es posible encontrarse con renegados del ayuno que, alertas ante la llegada de la policía, se esconden a pitar, engullir y tomar. Lo que sí se respeta a rajatabla en público es el código de vestimenta. Los hombres no pueden usar shorts. Las mujeres no pueden usar ropa que deje expuesta partes del cuerpo ni sea demasiado ceñida, y tienen que cubrirse al menos la nuca y las orejas. Algunas van completamente cubiertas, con túnica y chador, pero no es lo más común.
Paseando por los pasillos de un centro comercial de clase media llama la atención la cantidad de mujeres con la nariz operada. Mucha “nariz perfecta” y además mucho tabique vendado o vestigio de cirugía plástica reciente. Claro: si en la nariz y en los ojos se condensa el poder público de seducción de la mujer iraní. Puertas adentro la gente hace lo que quiere, en todos los aspectos: las mujeres pueden usar minishort y remeras escotadas, los hombres pueden estar con el torso desnudo, y está muy extendido el uso recreativo de cáñamo y opiáceos, por poner ejemplos. Esa división tajante entre lo público y lo privado es uno de los rasgos más característicos del país; las viviendas cumplen una función de velo social, incluso las más humildes tienen algo de palacio, de fortaleza, en la que cada uno es dueño y señor.
A medida que avanza la tarde, empiezan a advertirse las secuelas del ramadán. Los transeúntes se vuelven siluetas fantasmales, el ayuno raya lo insoportable justo antes del último rezo del día, al término del cual se permite satisfacer los apetitos. Beber, sí, pero ni una gota de alcohol. Salvo ciertos vinos de fabricación casera que se consumen puertas adentro, el alcohol reina por su ausencia y al mismo tiempo en muchas casas iraníes la botella de agua suele ser una vieja botella de algún destilado: whisky escocés, vodka ruso.
Comienza el rezo en las mezquitas y cunde sensación de inminencia de desahogo. La gente sale a la calle con heladeras y samovares portátiles, con ollas y paquetes de comida, con la alfombra enrollada en busca de un sitio en el parque más cercano. Nozhan insiste con llevarme al Abo-o-Atash, el parque “del agua y del fuego”. Dice que tengo que conocer el Tabiat, el “puente de la naturaleza”, que inauguraron hace poco. “Es una maravilla que cruza por arriba de la autopista y conecta con el parque Taleghani. Es mucho más lindo que el High Line neoyorquino,” dice orgulloso, de su país y de él, por haber viajado tanto durante la larga década en que estuvo radicado en Holanda.
Llega la noche y familias y amigos copan el parque, cuya principal atracción es un sistema de fuentes y dos torres en cuyas puntas arde fuego. La gente se aleja de las zonas más transitadas y tiende las alfombras a lo largo del parque. Dejan los zapatos en el pasto y se sientan, ahora sí, a comer, a conversar, a fumar en pipa, a tomar té. Los chicos corren por ahí; parejas, familias y amigos conversan. Ahora un dulce, otra ronda de té, ahora frutas, unas pitadas de la pipa, más té, un puñado de dátiles y frutos secos, y así pasan las horas hasta entrada la madrugada. Es el mejor momento del día en Teherán en esta época del año, con la gente conversando en el parque sobre sus alfombras en la fresca noche persa como vienen haciendo hace siglos sus ancestros. Resplandeciendo verde con su silueta ultramoderna sobre una autopista por la que van y vienen cientos de autos por minuto, el Tabiat luce magnífico y enigmático. Como en casi todo, Nozhan también tenía razón sobre esto.

Publicado en el diario Clarín, domingo 30 de agosto de 2015.

Link: http://www.clarin.com/opinion/Iran-Occidente-vida_cotidiana-islam_0_1422458177.html#

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