Paisajes y signos, por Beatriz Sarlo

La ensayista continúa con su serie de lecturas de literatura argentina contemporánea. En este caso comenta el primer libro de Matías Capelli, publicado por la editorial Eterna Cadencia. Cuatro relatos en los que un mismo personaje –llamado Lekman– se encarama en distintas escenas de la vida urbana actual. La ciudad como telón de fondo, como “una maqueta después de la representación”, en cuya deriva se van sucediendo hechos de manera anónima, por razones que se desconocen. Un libro que permite ser leído en la herencia de cierta tradición de literatura argentina.

 

Lekman, el personaje de los cuatro relatos de Matías Capelli reunidos con el título de Frío en Alaska, nació en Noruega y llegó a la Argentina, de chico, durante la dictadura. Con poco menos de treinta años ha tenido, sucesivamente, dos mujeres: Juana, “única novia de la adolescencia”, y Fernanda que, en la primera página del libro está en Leeds, becada para escribir su tesis de doctorado. Lekman es pintor y Fernanda es crítica de arte, profesiones previsibles en una literatura que se escribe a comienzos del siglo XXI, era de la multiplicación de las artes, los artistas y los escritores como personajes de ficción (hay casi tantos como en Balzac y muchos más que en Proust). Por suerte, Capelli encuentra también algunos senderos desviados del camino de las artes.
Uno de ellos es la reconstrucción hipotética de la vida cotidiana de Fernanda que Lekman realiza a través de un curioso método obsesivo. Para que en Buenos Aires autoricen el pago de la beca inglesa, todos los meses se deben presentar

acá los recibos de sus gastos más ínfimos. Fernanda se los envía a Lekman, que los ordena y los lleva a la institución que financia el doctorado. Este gesto de disciplinado, burocrático, amor se convierte en reconstrucción de la vida cotidiana de Fernanda que transcurre a miles de millas: una entrada al cine, un café en Starbucks, un pasaje de Leeds a Londres y, sobre todo, una caja de preservativos son el encofrado que sostiene la vida de la mujer imaginada por su amante.
Lo concreto se convierte en signo. El amante (como ya lo indicó Barthes) venera los signos casi tanto como al objeto amado. La ausencia está en los detalles reveladores de lo concreto y no en las eventuales conversaciones por teléfono donde poco puede ser comunicado. Los detalles, en cambio, tienen la solidez indiscutible de las cosas que, una vez adquiridas, han debido, seguramente, cumplir una función en la vida de la mujer lejana. Los tickets son la prueba de actos realizados por Fernanda en Leeds o Londres; muestran, de modo menos vago que sus escasas noticias que ella ha estado en alguna parte, en un momento preciso del día, pagando por algo que consumió o va a consumir.
En lugar de hipotetizar lo que hace Fernanda, Lekman cree estar en condiciones de interpretar signos menos equívocos. El amor o el desapego son una nube de tickets. Sin embargo, la mujer puede alegar, con verdad, que esos tickets no prueban nada, ya que otras personas se los dieron, sabiendo que ella necesita presentarlos para cobrar su beca. Si acepta esta verosímil y sencilla aclaración de Fernanda, que también puede ser un subterfugio, lo inequívoco se vuelve equívoco porque la caja de preservativos o la entrada a un cine

no son atribuibles a las necesidades de ningún sujeto que Lekman conozca.
El lector tampoco puede estar seguro si fue ella quien bebió el café en Starbucks. Es interesante que las huellas de la infidelidad no sean los signos acostumbrados a representarla sino estos otros proporcionados por las impresiones de máquinas registradoras y cajas de supermercado. En lugar de descubrir una carta, un perfume, una marca o una fotografía que comprometa a la amada, se persiguen las pruebas de consumos que revelan sus actos más privados, con fecha y hora impresos por las máquinas, datos exteriores cuya verdad es inexorable. El supermercado, la farmacia o el bar de cadena son una topografía que la imaginación de Lekman ordena en itinerarios sentimentales. Algo del anonimato y de la cuantificación de la vida cotidiana aparece en el juego que interpreta tickets, como si los soportes acostumbrados de la sospecha y los celos se transfirieran a signos que antes no los representaban.
En el segundo relato, “Solo estás sangrando”, el personaje (sin nombre, pero también pintor, también indeciso y flotando entre signos) visita a su madre para almorzar el tradicional tercer domingo de octubre. Cuando sale a comprar vino, elige entre dos supermercados: uno, que parece vender objetos de diseño, y otro coreano, es decir los dos extremos de la exhibición de mercancías. La cajera del segundo “tiene la mirada perdida en las ofertas de carnicería, y a esta altura ya no debe ver más palabras sino signos de admiración y números a lo largo de las góndolas. Números y signos de admiración, en todas las inclinaciones posibles, en los carteles

y etiquetas, y una luz que huele a lavandina cayendo del techo”. Este es el paisaje de la desolación, donde todo es idéntico. El presente transcurre sin cualidades y Lekman, hombre también sin cualidades, no sabe por qué motivo es incapaz de entregar el regalo que le ha comprado a su madre. Tampoco sabe por qué se le insubordina el cuerpo, estornuda, sangra, eyacula, realiza actos superiores a su destreza: arroja una botella casi al azar y le rompe la cabeza a un tipo, lo arrastra hasta un hospital, pasa una noche sin poder entender sus propios movimientos.
La ciudad parece “una maqueta después de la representación final”, pista de una deriva donde los hechos suceden de manera anónima, tomando como objeto seres anónimos, por razones que se desconocen. Los sucesos parecen repetirse (“plagiados” escribe Capelli en su tercer relato), tan inmotivados como provenientes de un fondo que Lekman casi no distingue ni como vigilia ni como sueño; entonces, de pronto, algo explota con penetrante singularidad: una mano se aferra, a ras de la vereda, al tobillo de Lekman, solo para invitarlo a pasar a un bar ruidoso que funciona en un sótano.
“Frío en Alaska” es el último relato y el más largo. Alaska, después de un salar, sobre la costa chilena, no en América del Norte. Lekman ignora por qué eligió viajar allí y no a otra parte. El paisaje desconocido es buen lugar para las reminiscencias: un gesto de esa mujer le recuerda el de una novia, aunque quizás el recuerdo sea parte de la hipnótica somnolencia del viaje, de la falta de agua, del calor. Lekman se mueve de un lado a otro de la ensoñación con ojos abiertos, del recuerdo y del sueño: no decide, ni permite que el lector decida. Escalofríos: indecisión del cuerpo que cae bajo la fiebre. Pero también concreción del recuerdo cuando la novia, Juana, aparece o más bien se “materializa” y luego se esfuma.

El relato deriva hacia un fondo oscuro donde Lekman se desliza como quien visita un laberinto completamente desconocido, cuyos fragmentos, sin embargo, le recuerdan algo o donde encuentra mujeres que ha amado de modos diferentes. Los recorridos tienen la arbitrariedad y la simultánea necesidad de lo inconsciente. Nada asombra a Lekman, pero tampoco espera ni puede anticipar eso que le sucede. Todo es inevitable e inesperado.
No podría callar que “Frío en Alaska” me llevó a releer un cuento extraordinario, escrito en 1970, por Elvio Gandolfo: Vivir en la salina. Han pasado casi cuarenta años entre ambos relatos, pero hay un juego de resonancias y de ecos, como si existieran, más allá de la globalización literaria con sello español, textos que son la literatura argentina contemporánea.

*Capítulo XI de “Ficciones argentinas”, de Beatriz Sarlo, publicado por Mar dulce en 2012.
Texto publicado originalmente en el Suplemento Cultura, Diario Perfil, Abril de 2009.

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