Distorsiones cotidianas, por Walter Cassara

Con un pie en la vigilia y otro en el mundo de los sueños, imperturbable, taciturno y ligeramente paranoico, Lekman -el personaje que une las cuatro historias que componen Frío en Alaska, primer libro de Matías Capelli- podría ser quizás un digno heredero del afiebrado nihilismo à la russe si no fuera porque se desliza por la realidad como un zombi, y porque carece, además, de un pathos reconocible. Nada, en apariencia, lo conmueve. Ninguna tensión emocional, ningún “demonio” filosófico parece alterar esa serena y banal ataraxia en la que su juventud se consume. No obstante, a pesar de su atonía o quizás a causa de ella, Lekman se está “desangrando”. De hecho, el segundo relato de la serie, narrado en segunda persona, se titula “Sólo estás sangrando”, con ese adverbio delante (“sólo”) que hace que la situación, en vez de atenuarse, se enfatice brutalmente.
En este sentido, la prosa austera, estilizada y precisa de Frío en Alaska es el correlato perfecto de ese absoluto vacío, de esa pura interioridad sin referentes que se expresa a través de su personaje principal. Un poco a la manera en que el cineasta americano Gus Van Sant, en Elephant , aborda con largos travelling s y contraplanos esa afasia emotiva en la que viven muchos adolescentes en la actualidad, la escritura de Capelli se demora en la cotidianidad de Lekman (sus amores fallidos, su familia, su vocación frustrada de pintor) para registrar las cosas desde un punto de vista crítico o “clínico”, aunque algo distorsionado por la mirada del personaje. Así, puede comparar el color del cielo con “una taza derramada de petróleo sin refinar” o describir un festejo del día de la madre en los términos de alguien que se siente “entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country”.
En la última historia, la que da título al libro, Alaska -que muy poco o nada tiene que ver con el estado norteamericano homónimo- es un lugar imaginario en el que se entrecruzan el paisaje de un balneario bonaerense con un desierto de sal y, por si eso fuera poco, con la estepa siberiana. El relato, que está narrado como una serie de sueños incongruentes que se van ligando, actúa como un catalizador de las tres historias anteriores. Si bien una lógica onírica rige la construcción narrativa, no se trata aquí de sueños labrados como ficciones o parábolas literarias, al modo en que lo hicieron Borges o Kafka. Se trata de restos diurnos, auténticas costras del inconsciente que se acoplan azarosamente hasta conformar una historia completa. De ese detritus apenas entrevisto con los ojos abiertos, de esas nulidades, frustraciones y sombras de la existencia, está hecha la vida de Lekman y también la escritura -tan bien calibrada- de Matías Capelli, joven escritor nacido en Buenos Aires en 1982.
Walter Cassara

*Publicado en el ADN cultura, La Nación, 11/10/08.

 

 

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