La celebración subrepticia

Hasta hace pocos años en Suiza existía una normativa, vigente desde la década del sesenta, que obligaba a todos los ciudadanos a construir un búnker en su propia vivienda o a pagar una tasa para contar con espacio en un refugio público cercano al domicilio. Fue una ley que surgió con la guerra fría ante el temor de un ataque nuclear. Y no se trataba de una habitación cualquiera bajo tierra, si no de un ambiente con paredes de hormigón y espacio para todos los miembros de la familia, puertas herméticas hechas de acero, sistema de ventilación, provisiones, etcétera.

Hoy la mayoría de esos ambientes se convirtieron en depósitos, estudios, habitaciones extra o cavas para conservar botellas de vino. El dato, comentado al pasar por Helga, la dueña de un albergue residencial de Basilea, sirve para confirmar el lugar común: el suizo, entre otras cosas, es un pueblo extremadamente cauto y previsor.

Cuando el brote de coronavirus irrumpió en Europa a mediados de febrero, con epicentro en el norte de Italia, se daba por descontado que no iba a demorar demasiado en llegar a Suiza. Con apenas un puñado de casos confirmados, el viernes 28 de febrero el gobierno central tomó una decisión drástica y suspendió todo evento público que reuniera a más de mil personas. Apenas dos días faltaban para que, en Basilea, empezara el Fasnacht, un carnaval multitudinario que durante setenta y dos horas congrega hasta 200.000 visitantes.

“Los tres días más hermosos (Die drey scheenschte Dääg)”, llaman los locales al carnaval más grande de Suiza, que tiene sus orígenes en la Edad Media. La reforma protestante trató de prohibirlo por todos los medios; sin embargo, las predicas en su contra y las sanciones resultaron inútiles. Fue una tradición que el pueblo se obstinó en defender, hasta volverse el único en su tipo en celebrarse en un territorio protestante.

No fue la única vez que el carnaval sufrió embates por parte del poder de turno; cuando la región estuvo bajo ocupación francesa, a finales del siglo dieciocho, también se lo prohibió, por su potencial subversivo: abría un resquicio para que los ciudadanos criticaran e insultaran a las autoridades. Nuevamente, los habitantes de Basilea y los pueblos vecinos se las ingeniaron para que la celebración resistiera de forma ininterrumpida; salvo durante las dos guerras mundiales, en que fue suspendido, y en 1920, en que se lo pospuso algunas semanas por la irrupción de la “gripe española”. Las circunstancias parecen repetirse un siglo después.

Los habitantes de la ciudad tenían hasta el último detalle listo para el Fasnacht de 2020; meses de preparativos, puesta a punto de máscaras y disfraces, ensayos por parte de los más de doce mil participantes, miles de francos suizos invertidos en chocolates, golosinas, confeti, frutas y flores que se arrojan y reparten entre el público.

Helga acepta resignada la decisión oficial, aunque esgrime que en Alemania, a pocos kilómetros de ahí, los carnavales siguen su curso. ¿No pudieron esperar unos días más?, se lamenta. Tanto o más apenado, aunque algo parco, su esposo Stefan, que participa en una de las cliques o comparsas, invita a bajar por las escaleras del viejo bunker para mostrar su colección de máscaras, disfraces, linternas, instrumentos musicales y muñecos alusivos que lleva años coleccionando.

Al igual que en el albergue de Helga, el ánimo que se respira en las calles del casco histórico bordea la desolación. Muchos turistas y visitantes habrán cancelado a último momento; a los pocos que de todos modos recalaron en la ciudad no les queda otra que deambular por las callejuelas del centro histórico a orillas del Rin para constatar la ausencia inesperada de aquello que los había traído hasta ahí.

Sin embargo, pasada la medianoche del domingo, comienza a percibirse un ánimo expectante, casi alborotado en los grupos de personas que toman cerveza y conversan a una hora insólita para la rutina de la ciudad. Alguien recomienda quedarse y esperar.

Hacia las 4 de la mañana del lunes la cantidad de gente reunida, si bien dispersa, supera la prohibición del millar. La tradición marca que a esta hora se apaguen absolutamente todas las luces del centro para sumirlo en la oscuridad total. Ese es el puntapié oficial de los desfiles y la fanfarria conocidos como Morgestraich, pero esta noche esa señal brillará por su ausencia.

Contra todo pronóstico, quien dice presente es una clique que se acerca por una callejuela angosta. Los redobles de tambores, los canticos y las melodías de los instrumentos de viento se escuchan cada vez con mayor nitidez hasta ingresar en la plaza.

El resplandor de los faroles de la vía pública y de las vidrieras de los negocios resulta tan anticlimático como ver una película en el cine con las luces prendidas. Sin embargo, es una situación potente. Hay gente de todas las edades marchando; hombres y mujeres en medio de la madrugada. Que no lleven las tradicionales máscaras en sus rostros, lo vuelve casi una declaración política. Nadie sabe si la policía, que vigila atenta pero con un ligero desgano, va a intervenir. Tal vez lo hagan solo si las cosas pasan a mayores. Todo se juega en la delgada línea que divide el desafío a la autoridad del desacato.

Sin tener que atenerse a un guion oficial, las acciones cobran el cariz de lo espontaneo. Los pasos retumban contra el empedrado centenario. Se lo toman en serio, como si fueran parte de una milicia lista para defender la ciudad. Parecen movidos por una pulsión atávica. El festejo, aunque amordazado, los tiene a ellos mismos como protagonistas y destinatarios, no al turista. Lo llevan a cabo porque les importa, más allá de la desprolijidad.

Durante las próximos tres días, en las calles del centro histórico, se respira un espíritu particular: el del festejo subrepticio. Es y no es carnaval. Los bares y tabernas del centro mantienen sus menús y horarios especiales, las personas se reúnen en grupos pequeños, pero que a veces amontonados sobrepasan el centenar. Cada tanto es posible toparse con una clique que avanza por las calles, cantando, a veces con disfraces, a veces vestidos de civil.

Un grupo de cuatro personas disfrazados con atuendos usados para para manipular material radiactivo avanzan con un ataúd del Fasnacht. Alguien construyó un santuario en la plaza central para el difunto festejo de 2020. Hay velas encendidas dejadas por personas que pasan por ahí. Disfrazados de coronavirus fluorescentes algunos se mofan de la prohibición. “Que disfruten del ‘carnaval-que-no-está-sucediendo’”, dice un lugareño mientras regala flores a los que pasan caminado.

En los callejones detrás de la calle principal, en algunos bares o locales de las cliques, las linternas encendidas funcionan como contraseña. Una vez adentro, treinta, cuarenta personas, se dejan llevar por el festejo subterráneo, semiprivado. Nadie puede prohibirlo. En un momento irrumpe un Schnitzelbank, mezcla de juglar y bardo popular que entona versos satíricos mientras el resto de su clique reparte la letra impresa en papel. Dispara, mordaz: “Cancelaron el Carnaval, pero todavía se puede ir de compras a Milán”.

Antes de abandonar el albergue el jueves, Helga hace prometer un futuro regreso a la ciudad para asistir al Fasnacht en todo su esplendor. Lo que no sabe, tal vez obnubilada por la frustración, es que los habitantes de Basilea acaban de ofrecer una muestra auténtica del espíritu indomable y festivo que hace siglos los caracteriza, y que la espectacularidad del atractivo turístico no debe hacer más que disfrazar.

Publicado en Revista Ñ, Clarín, Marzo de 2020.

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