La reserva donde matan animales

La provincia de Flevoland en los Países Bajos es una porción de tierra nueva en el Viejo Continente. Su superficie está compuesta por cientos de kilómetros cuadrados ganados al agua en los años cincuenta y sesenta. Donde supo haber mar y pantano, hay tierra firme: una de las grandes proezas de la infraestructura holandesa.

En un país en el que es posible toparse continuamente con construcciones del mil ochocientos, del mil setecientos, o con caminos o trazas urbanas hechas en la Edad Media, Flevoland es la excepción: todo fue diseñado y construido después de la Segunda Guerra Mundial. Los edificios, las iglesias, las escuelas; bares y hospitales, los puentes, las vías del tren y las autopistas: todo.

Uno va por ejemplo por las calles de la ciudad de Almere recién bajado del tren y se descubre rodeado de un mundo construido después de la ocupación nazi. Estas tierras ganadas al agua no presenciaron los horrores de la historia.

Tiene algo utópico la idea de poder construir sobre tabula rasa, y las autoridades holandesas tuvieron esa oportunidad delante de sí. Trazaron rutas y calles, construyeron ciudades, delimitaron terrenos cultivables y zonas industriales. Y también un predio de cinco mil hectáreas destinado a convertirse en una reserva natural, Oostvaardersplassen, que recrearía los humedales y deltas del norte de Europa antes de la depredación humana. Una utopía nostálgica y futurista a la vez.

Normalmente la idea de reserva implica preservar, resguardar un ecosistema existente, pero acá, literalmente, se empezó de cero. Sobre la tierra nueva creció vegetación autóctona. En pocos años se volvió tan tupida que a fines de los ochenta las autoridades decidieron introducir grandes herbívoros como ciervos, ponis y bueyes para que equilibraran la vegetación. Unos cien ejemplares, en total, sumando todas las especies.

Estamos a finales de la primavera y una vez adentro de Oostvaardersplassen, después de internarse por el sendero principal, llegamos a una casilla de madera y vidrio construida un par de metros sobre el nivel del suelo. Es un avistadero estratégicamente ubicado para observar la pradera en que se congregan una multitud de ciervos, bueyes, y más allá pájaros.

La imagen lleva a pensar en la sabana africana, por la cantidad de animales por metro cuadrado. Pero es recién al calzarse los binoculares que se revela, en todos sus detalles, una abundancia con la que es imposible toparse en Europa actualmente. No es algo de este mundo humano del capitalismo tardío. Es tal la exuberancia primaveral que lo primero en que uno piensa es: así se verían estas tierras si no hubiéramos existido. Error. No solo de nosotros están a salvo, si no también de casi cualquier tipo de predador.

Es como si en la construcción del ecosistema las autoridades hubieran obviado unos cuantos eslabones de la cadena alimentaria. Al estar artificialmente protegidos, los mamíferos se reprodujeron exponencialmente. Resultado: más seres vivos que los que naturalmente debería haber y períodos en los que el ecosistema no logra generar la cantidad de alimento necesario para alimentar a tantos, especialmente durante la escasez invernal.

“Un poco de hambruna no es un problema. Mantiene a los animales activos y genera cierto dinamismo en el ecosistema”, dice el médico veterinario Maarten Frankenhuis en un documental de la televisión holandesa. “Pero si se vuelve una tragedia, diría que hay que hacer algo. Hay que ejecutar a los animales antes de que la hambruna se vuelva un asunto serio y de esa forma reducir la población hasta que coincida con la oferta de alimento”. Según Frankenhuis es un sistema que se aplica en otras reservas como Veluwe, también en Países Bajos, en donde se caza a lo largo del año para prevenir un sufrimiento mayor en invierno.

El lenguaje de los especialistas que opinan sobre el tema se rige con los parámetros del malthusianismo: oferta de alimento, cantidad de población, tasa de supervivencia. Parecen burócratas de los organismos multilaterales de crédito. “No vamos a hacer ningún cambio. La supervivencia está basada en la disponibilidad natural de fuentes de alimentación. Las fuentes naturales deciden cuantos animales pueden vivir,” dice Frans Vera, uno de los fundadores de la reserva. “Cuando la población llega a un nivel en el que el alimento disponible no alcanza, algunos mueren. Es tan simple como eso”.

Pero las imágenes no son tan simples: guardaparques en camioneta remolcando ciervos muertos, grúas removiendo cadáveres y tirándolos en contenedores, ciervos ahogados en charcos por haber caído rendidos de hambre, famélicos, piel y hueso. Morir ahogado por el hambre, ver árboles con la corteza roída en busca de alimento: son imágenes de sufrimiento.

El invierno pasado los grandes mamíferos de Oostvaarderplassen padecieron un fuerte ajuste: de cinco mil sobrevivieron mil ochocientos; el noventa por ciento de los sacrificados fueron ejecutados por el organismo que maneja el parque, luego de que la asociación holandesa de caza deportiva se negara a participar. “No es honorable ni placentero matar sistemáticamente tantos animales”, adujeron.

Del otro lado de la grieta, los ecologistas. Decenas de activistas han quebrado repetidamente el cerco para alimentar a los animales, para salvarlos. Este último verano, en que buena parte de Europa se vio impactada por la sequía, un grupo saboteó una represa para desviar agua y hacer que llegara hasta los animales.

Alimentar a los animales en invierno fomentaría el desequilibrio, convertiría a Oostvaarderplassen en algo más parecido a un zoológico, a un parque de atracciones; esterilizarlos para que no se reproduzcan podría ser considerado demasiado invasivo para los estándares de una reserva. Aunque, a esta altura, tampoco parece adecuado juzgar a este parque con los criterios de la naturaleza salvaje o la típica operación de resilvestrado (rewilding).

El verdadero problema es que el parque es relativamente chico: cinco mil hectáreas. A causa de los alambrados los animales no pueden migrar en busca de zonas más favorables, que es lo que harían en una situación similar. La ausencia de predadores como los lobos, agrava el problema. El ambicioso proyecto de hacer un corredor interestatal de reservas naturales desde los Países Bajos hasta Alemania, por el que los animales circularían libremente, fue archivado por motivos presupuestarios.

Tiene algo de campo de concentración, Oostvaarderplassen; eso es lo que termina revelándose al ver ciervos moverse con dificultad, tan debilitados por la hambruna que terminan agonizando ahogándose en un charco sin poder moverse. O peor: guardaparques matando con rifles a los más débiles, cargando los cadáveres en un remolque. Por lo pronto, se acerca un nuevo invierno después de un verano de altas temperaturas y sequías extendidas. En menos de un año la población se duplicó.

Según un censo reciente, en la reserva hay dos mil trescientos ciervos y antes de que termine diciembre solo pueden quedar cuatrocientos noventa. Habrá que sacrificar mil ochocientos, probablemente, ya que trasladarlos es “demasiado estresante” para los animales. En el caso de los caballos, están viendo de relocalizar los sobrantes en la provincia de Frisia, al norte del país.

Es utópico construir sobre tabula rasa y las autoridades holandesas tuvieron esa oportunidad. El caso Oostvaarderplassen parece una pesadilla de la razón. Una confirmación de que el camino al infierno está plagado de buenas intenciones.

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