La costa del pampero

Supongamos que una joven llega a principios de la temporada de verano al Viejo Hotel Ostende. Casi no hay huéspedes todavía y los empleados, presurosos, van de un lado a otro ultimando detalles en este edificio de principios de siglo pasado que conserva intacta su elegancia austera. Antes de viajar ella leyó en Internet que ahí se suelen organizar actividades culturales; desde residencias de escritores y artistas visuales, a ciclos de cine en la playa y talleres de todo tipo. Esa sensibilidad infrecuente para el rubro se palpa en cada detalle, desde la elección de la música funcional a la comida, y le da al lugar un encanto único.

Una tarde, mientras lee una novela recostada junto a la pileta, advierte a dos empleadas de limpieza que conversan desde ventanas contiguas mientras sacuden las fundas de las almohadas. En otra habitación, dos chicas descorren la cortina y fuman un cigarrillo a medias. Acto seguido, un hombre en bata se asoma por otra ventana y apunta sus binoculares hacia el ala opuesta del hotel. Y entonces ocurre algo que desconcierta completamente a nuestra protagonista: las mismas acciones vuelven a sucederse, no una, si no cuatro, cinco veces. Primero las empleadas de limpieza que se asoman y conversan entre sí de ventana a ventana mientras sacuden las fundas, después las chicas que comparten un cigarrillo y, por último, el tipo que se asoma en bata y mira con binoculares. En algún rincón del hotel, una mujer grita “una más” y, desde su reposera, nuestra protagonista vuelve a ser testigo de la misma secuencia. Levanta la vista y descubre, en una ventana del segundo piso detrás de ella, a un grupo de personas alrededor de una cámara, y a la misma mujer de antes, que esta vez grita: “Corte. Ahora sí: listo.”

Recién entonces los reconoce: forman parte de ese grupo con el que se cruza en el comedor a la hora de la cena; diez o doce amigos que lucen cada noche más exhaustos y felices. Nunca los ve durante el desayuno, porque deben filmar desde que el sol sale hasta que se pone. No termina de entender si son profesionales o aficionados; al principio incluso llegó a pensar que eran estudiantes, por el ambiente relajado que se respira entre toma y toma. Lo cierto es que, hasta donde ella tenía entendido, un rodaje, incluso de una película independiente, acarrea indefectiblemente a un enjambre de técnicos y asistentes, generadores eléctricos, luces, micrófonos, maquilladores, corridas, catering, camiones, tensión, agotamiento, etcétera.

Nuestra protagonista no es, lo que se dice, una cinéfila, aunque la cara de uno de ellos –el tipo grandote, de barba, que parece liderar la cuestión– le resulta conocida. Ella no sabe sus nombres, pero se trata de Mariano Llinás y su equipo de El Pampero cine: Agustín Mendilaharzu, Alejo Moguillansky y Laura Citarella. Quienes, junto al sonidista Rodrigo Sánchez y Soledad Rodríguez y algunos actores y actrices amigos (Julián Tello, Santiago Gobernori, Laura Paredes y Luciana Acuña, entre otros), estuvieron rodando a mediados de diciembre el más reciente de sus proyectos, Ostende, escrito y dirigido por Citarella.

Verlos trabajar es un buen ejemplo de cómo funciona esta pujante factoría audiovisual. Citarella, que había estado a cargo de la producción de los proyectos de El pampero, se ubica ahora detrás de cámara, secundada por Mendilaharzu; mientras Llinás y Moguillansky se encargan de la producción y hasta hacen de extras.

Más allá de los roles, son un grupo personas viviendo en estado de cine y otorgándole a sus películas una impronta común. Desde el fundamentalismo formalista de Castro, de Moguillansky, hasta esa hipnótica caja de música narrativa que es Historias extraordinarias, de Llinás, en las películas de El pampero (y Ostende no es la excepción) el relato y los personajes, más que fines en sí mismos, suelen ser excusas para hacer brotar más relatos y más personajes; la ficción entendida como el terreno más fértil posible para cultivar más y más ficciones.

Con el Viejo Hotel Ostende como protagonista central, en el mediometraje de Citarella entran en tensión Hitchcock y Rohmer, con algo de Détective, de Godard. Intrigas de pasillo, ventanas indiscretas, personajes enigmáticos, por un lado; y, por el otro, planos que exceden en su duración a la acción propiamente dicha, momentos en los que la película respira y deja entrar el aire del mundo.

Cultores de un cine auténticamente independiente que combina pericia técnica, solvencia narrativa y arrojo experimental (una de las cuadraturas del círculo del séptimo arte), a pesar del prestigio acumulado, a Llinás y compañía no les está resultando sencillo conseguir financiación para sus próximos proyectos. La tercera película de Llinás se titula La flor y está compuesta de seis partes que se van escribiendo y filmando sucesivamente (ya terminaron la segunda). Y así como algunas escenas de Historias extraordinarias transcurrían en África, uno de los relatos de La flor tiene lugar en Rusia. Pero para viajar a Rusia se necesita plata y la plata, dice Llinás, todavía no aparece.

Cuando nuestra protagonista escucha a este hombre barbudo y grandote decir que sí o sí tiene que viajar a Rusia porque se lo “pide la película”, advierte en el brillo de su mirada una seguridad visionaria que raya incluso con cierta megalomanía. Entonces cae por primera vez en la cuenta de que hacer cine es tanto filmar una película como llevar a cabo la epopeya del rodaje –una conquista de lo inútil, diría Herzog. De ahí en más, cada vez que se cruce con el equipo de filmación en los pasillos o en la pileta, va a venirle a la cabeza la imagen de aquellos dos emprendedores belgas que en 1913 recalaron en un punto desolado de la costa bonaerense y, entre los médanos, ahí donde antes no había nada, construyeron ese hotel magnífico que todavía persiste.

*Publicado en la Revista Ñ, Enero de 2011. Ver pdf

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