Cine en verano

Alguien nacido a principios de los ochenta no pudo compartir, cuando despuntó la década siguiente, el lamento repetido por los mayores cada vez que comentaban que un viejo cine de barrio o del centro de la ciudad había pasado a funcionar como templo evangelista o había sido demolido para construir en su lugar un edificio de oficinas o un estacionamiento. Alguien nacido a principios de los ochenta experimentó más bien con placentera fascinación la otra cara del mismo fenómeno: el surgimiento de las modernas multisalas en los centros comerciales que ofrecían un combo de cine, videojuegos y hamburguesas con amigos sin control parental por apenas veinte pesos, o la opción casera del VHS. En cuanto a los cines, ni hablar: las butacas eran más cómodas, incluso algunas reclinables, el sonido envolvente pegaba directo en el pecho, y las dimensiones reducidas del ambiente volvían más palpables las sensaciones, a diferencia de esos enormes teatros vetustos a donde de vez en cuando esos mismos chicos todavía éramos llevados por la costumbre de padres y abuelos.

No había nada que añorar, entonces, hasta que al entrar por primera vez (primera que tenga memoria, al menos) a la sala principal del Monumental de Lavalle, una tarde de verano de 2010, sentí en carne propia la raíz de aquel lamento. Y enseguida, segundo momento de la misma revelación, cobró densidad el título de esa elegía, ese blues que Edgardo Cozarinsky había compuesto en homenaje a ciertos modos anacrónicos de experimentar el cine. Unos años antes, al leerlo, no me había sentido demasiado interpelado, pero ahora sus palabras se materializaban como ladrillos de ese edificio imponente, que a pesar de estar subdividido en ocho salas y de la decoración genérica que ostentaba el vestíbulo, seguía haciendo honor a su nombre. Por Palacios plebeyos monumentales como esos es que el término “pantalla grande” todavía es sinónimo de cine, aunque una película hoy pueda ser vista desde el visor de un celular último modelo.

¿Quiénes van al Monumental un martes a las tres y veinte de la tarde y se sientan en sus no tan incómodas butacas (esta sí, una modernización atinada)? Un joven oficinista o ejecutivo bien trajeado que no deja de teclear en su celular hasta que empieza la película, un grupo de adolescentes suburbanos de visita en la ciudad, una pareja de jubilados, una señora mayor sola, un turista gringo que hojea impaciente una guía de la ciudad. Una de los momentos más jugosos del libro de Cozarinsky narra cómo tantos cines de mala muerte del centro eran puntos de encuentro clandestinos para los más variados intercambios sexuales. En su oscuridad anónima las salas, más que lugares para apreciar arte, se habían vuelto reductos viciosos en los que incluso se podía fumar. Al menos la película proyectada reponía en parte el trash perdido. Un maldito policía en Nueva Orleans, de Werner Herzog, no es tanto una remake de la de Abel Ferrara (Herzog nunca reharía una película) sino que se suma como nuevo episodio a la saga que inauguró Harvey Keitel y que ahora encarna un Nicolas Cage colocado. Retrato de la metamorfosis y la peculiar redención (hasta ahí nomás) de un policía descarriado, corrupto y drogón en una Nueva Orleans que tras el paso del Katrina y las inundaciones luce poblada de reptiles inquietantes que asoman frente a cámara relamiendo su lengua bífida como si supieran algo que los humanos desconocemos.

Frente a esa pantalla imponente que subyuga y hace sentir un espectador insignificante (sobre todo porque la platea está sobre un mismo plano, no en declive), terminó de brotar una forma atípica de melancolía: no por algo que se perdió, si no por aquello que nunca se tuvo. Fue como añorar el esplendor de una civilización antigua al contemplar las ruinas de uno de sus templos. Tal como señala Cozarinsky, desde The Last Picture Show, de Bogdanovich en adelante, la celebración melancólica de los cines desaparecidos se volvió un tema en sí mismo. Un tema que no es –no puede ser– el de esta crónica. En parte porque tal vez lo único que le quede por perder al cinéfilo porteño hoy por hoy sea la Lugones, donde por esas semanas proyectaban,  casualmente, una retrospectiva de casi todos los documentales de Herzog (en DVD). Un viaje en el tiempo a los orígenes de la filmografía del director alemán. Estrenada en 1972, Fata Morgana es una temprana obra maestra en la ya está presente ese peculiar guerra de sentido entre el documental y la ficción y esa guerra material entre el hombre y la naturaleza que estructuró toda la obra del alemán. A partir de imágenes de tribus del Sahara yuxtapuestas a fragmentos recitados del Popol Voh, Herzog construye una ficción lírica y visionaria a la vez. Hasta que en medio del desierto, a cuenta de nada, aparecen ¡reptiles! que miran a cámara y sacan la lengua como si estuvieran riéndose de algo.

Hablando de especies y lucha por la supervivencia, la Lugones perdura como un espécimen único en su tipo: tiene estatus de viejo cine, las entradas cuestan menos de la mitad que en una sala común y la programación es exhaustiva y consistente, de cinemateca. En los museos también son baratas las entradas, buenas las salas y es variada la programación, pero no deja de ser ir-al-museo para ir-al-cine, visitar un refugio de la cultura. Ir al auditorio de Proa en La Boca, por ejemplo, a ver Copacabana, un documental de Martín Rejtman sobre la comunidad boliviana en Buenos Aires, implica toparse con señoras hojeando suplementos culturales, conversaciones atildadas, codos en apoyabrazos sosteniendo mentones juiciosos. El cine es cómodo pero nadie se despatarra. Nadie osa comer, aunque sea la tarde de un sábado. A lo sumo un caramelo, una pastilla, un sorbo de agua mineral. El bar de la terraza ofrece en su menú empanadas. Ni salteñas, ni tucumanas, sino “del NOA.”

A los largos planos de las celebraciones de la virgen de Copabana por el Bajo Flores, el desfile y el baile de las comparsas, le seguían los ensayos previos, las reuniones preparatorias, en un montaje que invertía la temporalidad. Al ser el retrato de una comunidad, las historias singulares estaban apenas esbozadas: una mujer hablaba por teléfono desde un locutorio, diarios de fotos familiares disparaban recuerdos. La parquedad de Rejtman era terreno fértil para los devaneos mentales del espectador, que cuando no están bien orientados dentro de una sala de cine pueden terminar en la paranoia. En mi cabeza se proyectó la imagen de la bicicleta en la calle, atada de la cadena de un ancla que hacía de monumento en la plazoleta de enfrente. No suelo dejar la bicicleta atada en ningún lugar, pero al llegar resultó tranquilizador ver la zona repleta de turistas, y detectar dos efectivos de Prefectura hacia el oeste, un patrullero de la Federal en dirección al Puente Pueyrredón, y a tres efectivos de la flamante Policía Metropolitana. Formaban un triángulo escaleno multifuerza que delimitaba una zona segura para el turismo internacional. Como si el halito primermundista que emanaba de Proa copara los fines de semana la Vuelta de Rocha (aunque no fuera suficiente para que, como en una publicidad de producto de limpieza, las partículas desinfectantes purificaran el Riachuelo y reverdecieran sus costas y los peces brincaran vitales). El mundo puede estar a punto de venirse abajo y uno ahí adentro podría ni darse cuenta. Tal vez los cines sean el mejor lugar para esperar el fin del mundo, como sugería Bioy. Por lo pronto, ya debía haber empezado a oscurecer. ¿Desde cuándo los policías eran sinónimo de seguridad? ¿Cuántas bicicletas me habían robado en lugares supuestamente seguros? No iba ni una hora de película cuando, a punto de ponerme de pie, Copacabana terminó. Al salir, por suerte, todas las cosas aparentemente seguían en su lugar.

El otro polo del cine no comercial son los “cine-arte”, que más allá de sus buenas intenciones, a largo plazo, no parece sustentables: sus salas mediocres, sus precios de mercado, su programación muchas veces en DVD pixelados, sólo se justifica para “clases medias altas que prefieren ver cine europeo fuera de su casa”, como señala la socióloga Ana Wortman, especialista en consumos culturales. Y la mayoría de ellos, matrimonios, podría agregar quien visite el Arteplex de Villa del Parque. Todo fue producto de un malentendido. Llevado por la nostalgia arqueológica post Monumental y la noticia de la restauración de un viejo cine de barrio, terminé en la calle Cuenca, donde creí entender que proyectaban la película portuguesa Aquel querido mes de Agosto. Recién ahí me enteré que el cine Parque Xacobeo funcionaba en realidad en el subsuelo de una galería de mercerías y lencerías, ópticas, relojerías y casas de computación, y, por ahora, sólo ofrecía funciones los fines de semana. El Arteplex del barrio estaba también sobre la calle Cuenca (de ahí la confusión), pero dos cuadras más al sur, del otro lado de las vías, en el segundo piso de un centro comercial de barrio, un punto intermedio entre la galería, el paseo de compras y el centro cultural. En el patio de comidas, de noche, se imparten clases de tango que recuerdan bastante a las celebraciones populares de los pueblos portugueses que retrata Miguel Gomes, en los que la música cumple una función central, telúrica, pero escapa a toda apreciación crítica. Gomes va y busca, hasta que finalmente encuentra una historia (¿o es que él la hace surgir?). Como para Herzog, para Gomes el documental es ir con una cámara y un sonidista, algunas intuiciones, algunas ideas no del todo elaboradas, una mirada indeterminada y la confianza en que si algo tiene que aparecer, tarde o temprano, aparecerá. “Lo importante, más que el retrato, es estar junto al árbol”, decía el pintor español Antonio López en El sol del membrillo. Algo muy similar podría postularse para la crónica.

Ahora bien: la potencia del cine siempre se basó en esa mezcla inestable de arte y entretenimiento; y esos dos polos parecen estar cada vez más disociados (sólo autores como Herzog logran todavía hacer pie en las dos aguas, y hasta ahí). Todo pareciera indicar que es cada vez más una disyuntiva: o el destino de museo, de sala de cine arte, el repliegue hogareño, o el entretenimiento hedonista en 3D. Domingo a la tarde en el Abasto. En las escalinatas se juntan durante horas más de un centenar de adolescentes que probablemente no ingresen al centro comercial más que para ir al baño o comprar una hamburguesa. Se encuentran, se muestran, bailan, se sacan fotos con sus celulares, se mandan mensajes. Pueblan la escalinata como un anfiteatro. Dos chicas se trenzan a trompadas hasta que las separan. Alguien nacido a principios de los ochenta (un joven, dirían los diarios) que suba esos escalones y escuche diálogos deshilachados, palabras sueltas, nuevos modismos, es probable que por primera vez en su vida se sienta viejo –tal vez eso explique también esa incipiente melancolía de izquierda por viejos cines a los que nunca fue.

Aunque no haya que pagar para entrar al shopping, el corte social entre el afuera y el adentro es tajante. La entrada del cine también es un punto de encuentro: gente que escapa a la abulia dominguera, caras de resaca, reviente, citas o salidas familiares. Entrar a la sala 3D para la quinta función del día es como volver a subir después de la última parada en un micro de larga distancia que viene desde “el NOA” o desde Villazón. El borboteo de la pajita hurgando los últimos restos de gaseosa, el olor de los nachos con queso, el tibio dulzor que emana de los pochoclos y que se impregna en las alfombras y cortinados que recubren piso y paredes, exasperan tanto como la asepsia de Proa. El 3D es como terminar por el principio, como cuando Cozarinsky decía que en los orígenes del cine “era la ilusión óptica, la novedad tecnológica lo que congregaba al público, todavía no la ficción y su relato”. Algo similar puede decirse frente a la tosquedad argumental de Avatar, que después de los primeros diez o quince minutos de fascinación sensorial se vuelve un bodrio predecible (¿cuántas veces vimos esta misma historia?). Una abuela le dirá a su nieto, al concluir la función, que todo eso no es ninguna novedad, que ella ya lo había visto en los cincuenta, lo llamaban Cinemascope.

Cada vez más cerca de los simuladores de realidad virtual de los parques temáticos, en unos años tal vez vayamos a salas para nos apliquen electrodos en la sien y así sentir, realmente. Basta imaginar que entonces alguien en medio de la proyección se desconecte para ir al baño y vea trescientas personas sentadas, extáticas con sus sonrisas de tornasol frente a una pantalla sobre la que ya no se proyecta nada. Podría ser la imagen de un documental de Herzog sobre el futuro de la humanidad. Bastará en ese caso asomarse debajo de las butacas para comprobar si es que hay reptiles agazapados esperando pacientes su turno para volver a dominar el mundo.

 

Publicado en la revista Otra parte Nº 20, otoño 2010

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