Límite de maniobra

Íbamos en la misma dirección, ellos adelante. Un hombre de mi edad —sería demasiado benévolo considerarlo joven, pero precipitado llamarlo viejo— llevaba a un chico en la sillita de la bicicleta. Yo acababa de salir de casa rumbo a Palermo. Avanzábamos por Gamarra rodeados de un aire matinal espeso y húmedo. Esa parte del barrio, que había quedado expuesta a la desregulación urbana que trajo el nuevo código de planeamiento, estaba salpicada de casas bajas demolidas, edificios recientes y obras paralizadas a la espera de tiempos más rentables para la construcción.

Bordeamos por Campillo el predio del Hospital Tornú. Las copas de los árboles, abovedadas en altura, proyectaban un túnel de sombra. Nunca había entrado al hospital, pero me daba cierta tranquilidad saberlo cerca, sobre todo por la guardia. Leí alguna vez que lo levantaron a principios de 1900 para enfermos de tuberculosis, cuando todo esto era todavía tierra de quintas. Los jardines, con sus líneas espaciosas y sus árboles verdes todo el año, habían sido diseñados por Carlos Thays y se dejaban entrever detrás de rejas y construcciones anexas.

Con el correr de las cuadras, me había hecho a la idea de que el hombre de la bicicleta era Gerardo, un viejo compañero de trabajo al que hacía más de una década que no veía. Por gente en común sabía que tenía un hijo y se había mudado por la zona. Habíamos sido muy cercanos, pero la relación se diluyó una vez que dejamos de trabajar juntos. ¿Habíamos sido verdaderamente amigos, o solo buenos compañeros de trabajo? A veces es más difícil llevarse bien trabajando con alguien que fuera del trabajo. Con los años había hecho unos cuantos amigos nuevos, pero no volví a tener esa química laboral con alguien.

Al menos de atrás era igual: la nuca, los hombros, la manera de sostener la ropa con el cuerpo. Me alegró la idea de encontrármelo, me traía recuerdos de otra vida: lo bien que nos entendíamos y la pasábamos juntos. Estuve por gritar ¡Gerardo! –mejor dicho: ¡Ger!–. Traté de acelerar el pedaleo para verle la cara de costado. Los estoy siguiendo, me dije, entre sorprendido e intrigado después de cruzar Chorroarín.

Avanzábamos entre viviendas que convivían con galpones y sedes de grandes empresas, con hospitales y escuelas públicas que rompían el patrón residencial. Entre pasajes y lotes chicos, viviendas de trabajadores y pequeños talleres, un hipermercado ocupaba toda una manzana; al lado, un centro comunitario; después la plaza Malaver, un oasis de árboles gigantes escondidos antes de que la calle Girardot se interrumpiera contra el ferrocarril.

Era una zona compuesta por fragmentos irregulares, piezas de un rompecabezas encastrado a la fuerza. Un puñado de cuadras encapsuladas por un hospital o una fábrica, por avenidas de tránsito pesado, por las vías del tren. Cada sector correspondía a una de esas viejas quintas que rodeaban el Tornú y que después fueron loteadas, conservando la fisonomía de grandes terrenos delimitados por antiguas rutas o caminos rurales.

Llegados a este punto, había dos opciones para cruzar: cargar la bicicleta por un puente peatonal —un verdadero incordio, y con un chico atrás, directamente el infierno— o avanzar hasta la estación Artigas. Antes de la estación, un cartel grande advertía: “Límite de maniobra”. Supuse que indicaba a los maquinistas que hasta ahí había margen para accionar los frenos, que después ya era tarde.

Cruzamos la vía por el paso peatonal. Esperábamos junto al semáforo y finalmente los tuve cerca. No era Gerardo, pero sí eran padre e hijo. Ambos llevaban casco y aprovechaban la parada para conversar. El chico, con una mochila y un muñeco en las rodillas, le preguntó si aquel coche fúnebre era un “auto de los muertos”. El padre se giró para responderle, con los pies firmes en el suelo y el caño de la bicicleta entre las piernas. Visto de atrás tenía un aire, pero de frente no guardaba el menor parecido con Ger. El chico apretaba una y otra vez el botón del semáforo, como si la insistencia misma pudiera hacer cambiar la luz. En la ciudad son raros estos dispositivos; una buena idea —interrumpir el tránsito solo cuando alguien lo necesita— que no había prosperado.

Podría haber retomado mi ruta por Elcano, pero ya no dudé: los seguí hacia Paternal. La vereda estrecha del Cementerio Británico, levantada por las raíces y con el puesto de flores abierto, dejaba poco espacio para pasar. Bordeando el paredón, la senda se ensanchaba hacia una larga recta con doble carril. Empecé a preguntarme por dónde iban a seguir; la vereda que rodeaba el predio estaba a punto de interrumpirse. ¿Iban a entrar a la isla de Paternal? ¿Irían hasta Warnes? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a dejarme llevar? Y en eso entraron por el acceso que da a la avenida Garmendia. El falso Gerardo saludó al guardia con un ademán. Nunca había entrado en bicicleta; siempre lo había circundado. Los imité —y también saludé al cuidador.

No era un atajo, era más bien un pasadizo a otra dimensión. El silencio amplificaba todo: el golpeteo de los neumáticos en los adoquines y el pavimento, el canto de los pájaros, las risas y los gritos de los peones. De pronto un tren en el viaducto se recortó en el cielo. ¿Y si, en vez de estar yendo al jardín de infantes, ese par de desconocidos iba a ver a algún pariente muerto, un abuelo o una madre? Íbamos por la parte de las tumbas en tierra. Lápidas, fotos, ofrendas coloridas y flores poblaban ese sector más plebeyo. ¿El muñeco que llevaba el hijo en la mano sería una ofrenda? Se veía un entierro a lo lejos y un par de visitantes solitarios en parcelas alejadas.

Las calles no tenían nombre; iban en diagonal de una punta a la otra del predio, del osario al crematorio, de las bóvedas al camposanto. Había algo hipnótico en esa geometría alterada: cada giro parecía llevarnos al mismo punto, cada cruce a la misma hilera de tumbas. Las veces que había entrado buscando la capilla o el crematorio, en general apurado, terminé perdido dando vueltas. Una vez murió la madre de una amiga, llovía fuerte, el taxi me dejó en la puerta de Lacroze y corrí cientos de metros hasta la capilla, con unos borceguíes cada vez más pesados por el agua y un ramo de flores que se iba deshaciendo.

En cambio, ahora el día estaba soleado y los movimientos tenían la liviandad de un paseo en bicicleta por un parque. Pero no era un parque. ¿O sí, y todo dependía de la circunstancia que te llevara ahí? En ese extravío silencioso, los perdí de vista por un instante hasta que la salida apareció de golpe. Cruzamos el portón de Jorge Newbery como si fuera una frontera invisible. Enseguida me sacaron unos cuantos metros. Tenía que escribirle a Gerardo, ver en qué andaba. Pensé en eso mientras agarraba por Corrientes en dirección al centro. Padre e hijo siguieron hacia Chacarita o Colegiales, por calles cuyos nombres también conozco, aunque a veces se me confunda el orden.

Publicado originalmente en La Agenda, octubre 2025.

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